Los rayos del sol bañaban su nuca y sus brazos descubiertos por las mangas de la camisa, donde se mostraban unos músculos forjados por el trabajo del día a día. Pequeñas perlas de sudor rodaban por su frente hasta perderse en su barba con varios días sin afeitar, mientras que el cuello de su camisa y la espalda de la misma se empapaban debido a su transpiración.
- ¡Apúrense! – Gritó una voz con autoridad detrás de ellos, la camioneta de carga que había llegado con las piñas de maguey estaba semi-vacía a la entrada de la hacienda - ¡Tenemos que despejar la entrada para cuando llegue el patrón!
La hacienda de la familia San Román sólo contaba con una entrada para los vehículos: una doble puerta de madera que recibía y despedía los camiones de carga, así como vehículos de transporte en donde llegarían los dueños, admirados y respetados por todos los trabajadores.
- ¡Ya llegaron! ¡Los patrones llegaron! – Anunció el capataz con un grito, abriendo las enormes puertas de roble, por donde una camioneta hummer color negro hizo aparición, un hombre con prominente bigote iba al volante de la misma, al lado de una mujer de aspecto joven que todos identificaron como su esposa, y otras dos personas en los asientos traseros.
- ¡Patrón, que gusto verlo de nuevo! – Saludó el capataz con más ánimo que ningún otro presente que expresaba su gusto por volver a ver a Don Cristóbal San Román.
- Ven y saluda – dijo un hombre a David dándole una ligera palmada en el hombro. El aludido terminó de llevar la última piña de agave de la camioneta de carga a la carreta que la llevaría al ingenio donde sería procesada para su transformación en tequila. Se quitó los guantes de piel que protegían sus manos de la áspera corteza del agave, en sus palmas algunas callosidades dejaban ver el trabajo arduo al que eran sometidas. Se secó el sudor que le escurría bajo el sombrero, cada movimiento de sus brazos les recriminaba el ardor de su labor, pero sabía que había mucho por hacer.
Los empleados rodeaban el vehículo para recibir a su patrón, David se mantuvo alejado del bullicio hasta que escuchó su nombre en labios de Don Cristóbal.
- ¡David! – Saludó el dueño de la hacienda con un tono jovial
- Bienvenido señor – contestó el hombre, quitándose el sombrero en señal de bienvenida y estrechándole la mano fuertemente - ¡David, ven a saludar al señor!
El chico se acercó con lentitud desde la camioneta de carga donde se encontraba recargado y se topó de frente con Don Cristóbal San Román.
- Éste es mi hijo señor – dijo el hombreo que mandó a llamar a David
- ¿Aún sigues estudiando muchacho? – preguntó Don Cristóbal, después de darse un apretón de manos en donde parecía que ninguno quería dejarle dedos sanos al otro.
- Sí, señor – contestó, haciendo una ligera reverencia lateral con la cabeza y tocándose la ala del sombrero, pero sin cambiar su mirada fría – nomás estoy aquí por vacaciones – dijo, añadiendo un tono seco a su voz.
- Venga conmigo David, vamos adentro a que me diga cómo estuvieron las cosas ahora que me fui – comentó Don Cristóbal, rodeando los hombros del señor David y llevándolo a través de una rústica puerta de madera que conectaba el patio de carga con una cocina muy particular: en las paredes había jarros y ollas de barro, pero el contraste de la estancia lo magnificaba el horno de microondas y el refrigerador de dos puertas.
Detrás de ellos, David los siguió sigilosamente hasta la cocina, donde los hombres pasaron al comedor y el chico esperó en la entrada, recargándose en el marco de la gran puerta, por donde la señora Mónica, esposa de Don Cristóbal, entró seguida de una chica cuyo cabello castaño magnificaba la intensidad de los rayos de sol a su paso.
- ¡Hola! – saludó la chica dentro de la cocina, sentándose en una silla de madera. Además de David, una anciana con un delantal sucio se encontraba allí, aunque no hubiese reparado en la presencia del chico.
- ¡Niña! – Exclamó la mujer, rápidamente se limpió las manos con el delantal para abrazar a la chica - ¡Cada vez que te veo estás más grande! ¡Ya deja de crecer!
- ¡Ay Paz! – dijo la chica sonrojándose, la cocinera de la familia siempre decía lo mismo cada vez que la miraba después de un tiempo sin aparecerse en la hacienda.
Paz se separó del abrazo prolongado con el que recibió a la chica y ésta notó que David seguía recargado en la puerta con la cabeza cabizbaja y brazos cruzados.
- Hola – saludó ésta, con el optimismo característico de su voz, David sólo contestó con un gesto de su cabeza sin inmutarse demasiado - ¿Cómo me dijiste que te llamas?
- No te dije – contestó éste, su voz sonaba fría, sin embargo, había un dejo de vergüenza en ella.
- Es cierto... comentó ella apenada – me gustaría saber...
- David – dijo, interrumpiendo a la chica, quién al ver por primera vez las gemas verdes en las cuencas oculares de David, quedó sin habla por unos segundos.
- Mucho gusto – comentó, notando que se había quedado pasmada por un momento – yo soy...
- Angélica San Román – dijo este de nueva cuenta, con una voz masculina más segura que antes – todos ya saben quién eres.
- Bueno, es que... – Angélica se aventuró a mirar el rostro de David una vez más y notó que en la mejilla derecha, David mostraba una cortada que sangraba ligeramente - ¡Estás sangrando! – gritó, haciendo que tanto David como Paz se sobresaltaran, la chica tomó el brazo de David y lo sentó frente a ella en la mesa de madera.
- No es nada, nada más...
- Paz necesito alcohol –dijo la chica, y al instante la cocinera buscó de entre los cajones de la cocina el encargo de Angélica, cuando encontró la botella de plástico, la chica desenredó de su cuello un pañuelo azul y humedeció una parte en el líquido – esto va a arder pero... – David le arrebató el pañuelo de las manos y sin mediar palabra se lo puso en la mejilla, su rostro dibujó una mueca de alivio mientras que Angélica trata de no imaginar el dolor que el chico había sentido – ¿trabajas aquí?
- Nomás por vacaciones – respondió, manteniendo los ojos cerrados fuertemente.
- Entonces nos estaremos viendo muy seguido – dijo ella agregando una sonrisa - ¿Cuántos años tienes?
- Diecisiete ¿Y tú? – David pensó que si seguiría el juego de preguntas y respuestas de la chica, ésta terminaría hartándose y así poder dejarlo en paz.
- También tengo diecisiete... ¿Te gustan los caballos?
- Nomás el dinero que me deja cuidarlos – contestó, por alguna extraña razón permanecía allí, frente a ella, y se sintió un imbécil por entrar a donde nadie lo llamó y tener que soportar las preguntas de una chica tonta.
- ¿Sabes montar a caballo? - preguntó ella, poniendo los codos sobre la mesa y apoyando su cara en sus manos, como si las palabras de David fueran cátedra de sabiduría.
- Si – respondió, poniendo los ojos en blanco, no sabía si aquella chica quería tomarle el pelo o si en realidad ignoraba que el hijo del administrador de la hacienda de su padre montaba desde los 8 años.
- A mi me dan un poco de miedo, pero espero ya no tener y montar uno.
- Que bueno – dijo David, ignorando la mirada asesina de la cocinera que meneaba un contenido espeso en una olla. Instintivamente David se puso de pie cuando su padre acompañado de su jefe salían del comedor – Ya me voy, los caballos no usan una cuchara para comer – David dejó el pañuelo sobre la mesa y se puso de pie, para salir.
- Ok.... Después te veo...
David se ajustó el sombrero y salió hacia el establo, su andar desgarbado con las manos dentro de los bolsillos del pantalón sucio de tierra lo hacía una réplica exacta de su padre, incluso de espaldas.
- ¡Ese muchacho es un majadero! ¡Mira que hablarte así! – Exclamó Paz cuando David se encontraba lejos - ¡Tiene mucho que aprender de su padre!
- No es para tanto paz – dijo Angélica, tomando entre sus dedos el pañuelo aún humedecido en alcohol. Los intensos rayos del sol enmarcaban la silueta de David a su paso, quién volteó hasta donde estaba Angélica. La chica saludó con la mano, pero éste no respondió y siguió su camino – deberías conocerlo mejor antes de juzgarlo como lo haces con todo mundo.