Las palmas de sus manos sentían un ligero dolor punzante debido al uso de la coa durante toda la mañana, un ruido de motor a la lejanía indicaba a los trabajadores que la jornada había terminado cuando varias camionetas entraron al campo de agave para cargarlas con las piñas despencadas para llevarlas a la hacienda.
Todos los hombres que formaban parte del grupo de trabajadores del campo llevaron las piñas a la camioneta de carga y tomaron después un lugar en una troca de transporte para ellos.
Junto a las caballerizas, una pila de agua fría servía como lavabo para los trabajadores, donde llegaban a asearse después de un día de labor. Un largo comedor de madera bajo un techo de tejas era el lugar de concurrencia donde todos los trabajadores del campo se reunían para desayunar y comer, cientos de platos con frijoles, carne asada, salsa de todos los tipos y tortillas recién hechas eran servidos por mujeres que se dedicaban enteramente desde temprano a la preparación de los alimentos para aquellos hombres, entre los cuales había esposos e hijos.
Todo aquello transcurría en un silencio casi absoluto, después de una larga jornada bajo el sol, lo que todos querían era alimentarse, ya que no había mucho que comentar, que no fuera trabajo.
Al terminar de comer, los hombres se pusieron de pie al ver frente a ellos al padre de David, quién llevaba consigo unas hojas en mano.
- El plantío de “El azufrado” está listo para la pizca de maíz – dijo, su tono de voz era autoritario, muy similar al del dueño de la hacienda – la camioneta estará en la entrada de carga, para quien quiera ganarse unos pesos de más – sus ojos verdes se posaron en la mirada idéntica de su hijo, dándole un mensaje sin palabras – Eso es todo – agregó, haciendo que el silencio diera paso al ruido de bancos de madera recorrerse para que los comensales se retiraran de la mesa – David, el señor Cristóbal quiere verte – dijo, tomando a su hijo por el codo antes de que se perdiera en la multitud de hombres que iban a la salida.
Éste no se imaginaba porqué lo quería ver el jefe de su padre, pensaba que era mejor no tener trato con los dueños y mantenerse al margen de la situación.
Su padre lo encaminó al despacho de Cristóbal San Román: una habitación en el piso superior inmediato que dejaba a la vista parte de la plaza del pueblo, el campanario de la iglesia y del lado contrario, un gallinero. Don Cristóbal permanecía sentado en un equipal detrás del escritorio fumando un cigarrillo. A su lado derecho había una vitrina de cristal pulido donde se mostraban diferentes botellas vacías y selladas de los productos que se fabricaban en la destiladora de la familia.
- Buenas tardes señor – saludó David hijo, quitándose el sombrero al entrar – ¿Quería verme? – preguntó, sorprendiéndose a sí mismo de sonar tan educado.
- Mi hija quiere aprender a montar – comentó, sin apenas levantar la vista de los papeles que tenía delante – y quiero que le enseñes a hacerlo antes de la fiesta de Cristo Rey.
- Pero el trabajo...
- Trabajarás por la mañana y le enseñarás por la tarde – comentó Don Cristóbal, haciendo que la idea sonara más que obvia.
- Bien señor – dijo éste, quedándose perplejo: tenía que enseñar a una niña tonta a montar a caballo en menos de dos semanas, cuando supuso que en meses de práctica no podría conseguir (ni a base de caídas) distinguir la cola de la cabeza del animal.
- Te está esperando en las caballerizas – comentó Don Cristóbal, en un tono despectivo de alguien que quiere privacidad para charlar con otra persona.
-... para la fiesta de Cristo Rey... – murmuraba camino a las caballerizas - ... está tan mensa que se parte la madre en un volantín... -
- ¡Hola! – Saludó la voz alegre de la chica, ésta acariciaba un caballo blanco que aún permanecía dentro de su corral en la caballeriza, junto con demás ejemplares que agitaban sus colas y crines - ¿Mi papá te dijo que...?
- Sí, ya me dijo – dijo, abriendo la puerta de una pequeña bodega, cuando salió con una silla de montar en brazos, dio un suspiro de resignación y dijo: - esto es una silla
- Eso ya lo sé
- No, pues ya vas progresando – David sacó el caballo blanco y uno de color café de sus cuartos, los alistó con sillas y al terminar de ajustar las correas, notó que la chica lo veía desde una distancia considerable – Si vas a tenerles miedo, mejor vete acostumbrando a caminar entre las piedras.
La chica no contestó, simplemente comenzó a acercarse temerosa al caballo blanco que ignoraba el miedo de la chica. David le tendió una mano para ayudarla a subir, éste lo hizo con más fuerza de la que debería, ya que la chica casi cae del otro lado, cuando estuvo sobre el caballo, cada movimiento del animal hacía que Angélica se aferrara más a la silla de madera.
- Agarra las riendas – dijo David, dándole a la chica las cuerdas para guiar al caballo, cuando ésta las tomó, David dio un ligero golpe con el fuete a las ancas del caballo de Angélica, haciendo que se pusiera en marcha.
Los campos de caña bañados por los rayos del sol de la tarde enmarcaban el paisaje rural de Estipac, donde hasta donde se abarcaba la vista se veía el verdor de la producción de caña, maíz o agave. Durante su trayecto, la chica no dejó de disfrutar las ráfagas de suave viento que alborotaban su cabello.
- Agarra bien las dos riendas – dijo David, al notar que la chica dejaba la rienda derecha suelta para cubrirse el sol con una mano – nunca sabes cuándo habrá que controlar al caballo pa’ que frene.
- Es que hace mucho sol... – contestó ésta, tomando las riendas con fuerza y sintiendo más confianza del animal – David acercó su caballo al de la chica y sin mediar palabra le puso en la cabeza el sombrero que éste traía, para que se protegiera del sol – no hacía falta, gracias – dijo ésta, sin embargo, al mirar los ojos verdes de David a la luz del sol, le daba la impresión de observar el destello de dos esmeraldas bañadas por una luz celestial.
- ¿Qué? ¿Traigo algo en la cara o qué? – preguntó éste de mal modo, al ver que la chica lo miraba casi sin parpadear.
- Eh, no nada... Es sólo que... Te ves diferente sin el sombrero...
- Ahh... – comentó éste, sin creer en las palabras de la chica.
Angélica tenía razón, ahora que David no ocultaba sus ojos tras las alas del sombrero, su cabello corto y despeinado color negro lo hacía ver más atractivo y joven, notó que su mirada era más calculadora y su gesto más serio, como si especulara cada centímetro del trayecto recorrido.
- ¿Siempre eres así de callado? - preguntó ella, cuando se acercaron a un claro rodeado de árboles y enmarcado con un pequeño estanque.
- Nomás cuando no tengo nada que decir – comentó, bajando del caballo para ayudar a la chica a hacer lo mismo, David amarró las riendas a la rama de un árbol frondoso y se tiró en su sombra con los brazos tras la cabeza.
- ¿Qué estudias? – preguntó la chica, sentándose frente a David en una roca y recargándose en un tronco.
- Agronomía – contestó con naturalidad - ¿Y tú?
- Estudio Mercadotecnia en Guadalajara – dijo ésta – debe de gustarte mucho el campo para estudiar algo así – comentó, poniéndose de pie y andando entre los árboles para estirar las piernas.
- Cuando vives rodeado de tierra no puedes hacer algo más – dijo David, cerrando los ojos y poniéndose más cómodo posando una pierna sobre la otra.
- ¿Cuánto tiempo llevas en la hacienda? – preguntó Angélica, quién para sorpresa del chico se sentó junto a él en el árbol.
- Dos semanas – contestó con el tono seco característico de su voz.
- Mi padre me ha contado mucho del tuyo – dijo la chica – dice que es un buen hombre, nunca había oído que mi papá hablara de alguien tan bien... - David no contestó, hizo un gesto con los labios que la chica interpretó como algo de mínima importancia – Tu cortada en la mejilla ya se ve mejor – comentó Angélica, tocando con su mano la piel de David, quién no se inmutó ante el tacto de la chica.
- ¿Ya nos vamos? – preguntó éste, abriendo los ojos para acostumbrarse a la luz después de un descanso.
- Todavía no – dijo la chica, acostándose junto a él – Cuéntame... ¿Tienes novia?
- No
- ¿En serio?
- De veras
- ¿Por qué? ¿Crees que no hay muchachas bonitas en el pueblo?
- ¿No crees que haces muchas preguntas?
Angélica no contestó, sabía que David era de pocas palabras y en realidad ella había estado a punto de cruzar la línea de la paciencia del chico.
- Si, perdón... – dijo ésta, sintiéndose un poco culpable - ¿Cuánto tarda en crecer el agave? – preguntó, tratando de charlar sobre algo que no fuera el mismo David
- Ocho años
- ¿Ocho?
- Sí, y pa’ que nos acabemos una botella en una noche, está cabrón ¿No crees?
- Si ya lo creo... – Angélica trataba de ponerse cómoda en la rígida y fresca tierra, pero le era imposible, no entendía como David podía disfrutar de su descanso tirado sobre la dureza del suelo –
- Dime una cosa... – Angélica lo miró expectante, era la primera vez en que él le dirigía la palabra sin que hubiese una pregunta primero por parte de la chica - ¿Porqué Don Cristóbal quiere que aprendas a andar a caballo antes de la fiesta de Cristo Rey?
- Porque voy a ser la abanderada de las fiestas patrias por parte de la asociación de charros – contestó ésta con una voz llena de orgullo, como si pasear en caballo por el pueblo fuera un sinónimo de ser coronada como Miss Universo.
- ¿Eres de la asociación de charros?
- Mi papá sí, sólo que ésta vez quería que llevara el estandarte de la asociación.
David recordó el año pasado cómo él llevó el estandarte durante la procesión hasta el templo, donde la misa del cierre de novenario tuvo lugar el último día de fiestas patronales.
- Ámonos, si vas a montar en público, mejor que lo hagas bien y no pases vergüenzas – dijo éste, tendiéndole una mano a la chica para que se pusiera en pie, cuando Angélica tomó la mano de David, sintió unas callosidades ásperas en ésta. Al mirar la palma, notó que una ampolla reventada se dejaba ver en la base de su dedo índice.
- ¿No te duele? – preguntó, tratando de no demostrar una mueca del dolor que no sentía.
- Arde, pero no es nada – bruscamente alejó su mano de la de la chica y desató las riendas de los caballos para poder regresar a la hacienda. Durante el regreso, Angélica se sentía más segura sobre el animal, escuchando además del viento las indicaciones de David.
- Si quieres que el caballo vaya más despacio, jala las riendas, pero no tanto para que no repare.
- ¿Algún otro consejo? – preguntó ella, ajustándose el sombrero del chico para que su vista abarcara más aquel paisaje del atardecer.
- Siempre que puedas cierra un ojo cuando cabalgues – dijo éste.
- ¿Y eso de qué me sirve?
- Si te manchas de lodo la cara cuando galopas muy rápido, tienes un ojo de repuesto – añadió éste, dibujando lo que Angélica pensó nunca podría ver: una ligera sonrisa – es un secreto de la familia, pues.
Al llegar a las caballerizas, la chica saltó del caballo mientras David les quitaba las sillas y los metía a sus correspondientes corrales, ella esperó recargada en un árbol a que David saliera para regresar juntos a la hacienda, de donde un niño de alrededor de 7 años salió corriendo por la puerta de la cocina, con la camisa manchada de zumo de mango.
- ¿¡Dónde estabas!? – Preguntó a Angélica – Fuimos al colomo y vimos la cascada y... – El pequeño reparó en la presencia de David: ver a un chico más alto que su hermana le causó miedo - ¿Quién es él?
- Se llama David, y trabaja aquí en...
- ¡Mamá! ¡Angélica tiene novio! – gritó, regresando a la cocina corriendo - ¡Mamá! ¡Mamá!
- ¡Javier! – Exclamó Angélica, tratando de alcanzar a su hermano – Lo siento mucho, me tengo que ir... – dijo a David, dejándolo sólo en el patio principal de la hacienda.
- ¿Qué pasa Angélica? – preguntó la madre de ésta asomándose a la puerta de la cocina de la mano de su hijo que la jalaba hacia el exterior.
- ¡Ella tiene novio! ¡Un muchacho grandote que me vio feo!
- Es el chavo que me enseña a andar en caballo para la fiesta de Estipac – comentó ésta a la defensiva – y si te vio feo es porque estás todo puerco – dijo Angélica, cruzándose de brazos.
- ¡Javier! ¡Sube a bañarte! Mira nada más que cerdo andas... Bonito sombrero hija ¿Dónde lo compraste? Quiero uno igual para cuando salga en caballo.
Angélica se llevó las manos a la cabeza y notó que aún llevaba puesto el sombrero de David, se lo quitó y percibió un ligero dejo de sudor dentro del mismo. Lo tomó con fuerza contra su pecho y subió a su habitación.