- Al pozo le dura 3 horas el agua Don Cristóbal – decía Jacinto, uno de los empleados de la hacienda al mirar desde arriba a los trabajadores que con palas sacaban piedras y lodo de la excavación de tres metros de profundidad que la maquinaria pesada hizo en la tierra donde había un nacimiento de agua – con tres horas de riego puede abarcar tres hectáreas de caña y esperarse al temporal de lluvias.
Frente a Don Cristóbal, Jacinto extendía los planos de las tierras en donde se encontraban: números borrosos y líneas no muy rectas conformaban los lienzos y colindancias de las propiedades de Cristóbal San Román a campo abierto. Detrás de ellos, David perdía la mirada en el horizonte pero sus oídos permanecían en la charla de su patrón con el mozo.
- Se pueden regar cinco hectáreas con el pozo... señor – dijo David, añadiendo el título de respeto al final cuando se dio cuenta de que había interrumpido al jefe de su padre – los aspersores desperdician mucha agua a causa del viento, transportar el agua por tierra sería aprovecharla más...
- ¡A que chamaco tan menso! – Exclamó Jacinto - ¿Y tú te vas a poner a acarrearla con cubetas? – preguntó, añadiendo una carcajada que hacia énfasis en el comentario sarcástico de su parte.
- Déjalo hablar Jacinto – apuntó Don Cristóbal a su mozo.
- Yo digo que regar el agua con manguera desde la parte de arriba es mejor, ya que recorre todos los surcos hasta el final, así podría esperar al temporal de lluvias para que las otras tres hectáreas se regaran al mismo tiempo.
- ¿Y qué ocuparía o qué? – preguntó el hombre, prestándole atención a David más que nunca en su vida.
- Pues... – David se ajustó el sombrero y miró las 8 hectáreas de caña que había frente a él – unos cincuenta metros de manguera de dos pulgadas y una bomba de 5 caballos de fuerza, con eso la mitad de la caña tendría agua suficiente hasta que comience a llover, y así el pelillo crecería parejo.
- ¡Ya no tiene que gastar patrón! – exclamó Jacinto, llamando la atención de todos los presentes – Hemos usado los aspersores por años y las cosechas han sido buenas.
- Si usa el sistema de riego por mangueras se aprovecha más agua, y no tiene que cambiar los tubos de los aspersores cada año cuando se oxidan.
Don Cristóbal se quitó el sombrero para rascarse la cabeza con inseguridad, en su cara había un gesto de inseguridad que lo hacía dudar entre usar el sistema de riego tradicional o apostar por la sugerencia de un muchacho que estudiaba agronomía y sabía del tema con más facilidad que un trabajador.
- ¿Estás seguro de lo que dices muchacho?
- Seguro... señor – contestó, devolviendo la mirada inquisidora que Don Cristóbal posó sobre sus ojos.
- Jacinto, córrele a la ferretería por todo lo que el muchacho dijo, y dile a Mario que busque precios de bombas de agua, y si tienes razón en lo que dices, vas a hacerte cargo del riego personalmente – añadió, dirigiéndose a David.
El chico no contestó, simplemente asintió unas cuantas veces sin pronunciar palabra ante la mirada de odio de Jacinto y la incertidumbre de los demás trabajadores cubiertos de lodo que salían del pozo aún sin agua.
Los peones que llegaron al sembradío de caña en caballos se habían apeado de sus monturas para regresar a la hacienda, y los que lo hicieron en la camioneta de carga encontraron un lugar en la parte de atrás. A lo lejos, un conjunto de jinetes se acercaban lentamente hacia ellos, David rápidamente reconoció el caballo blanco que Angélica prefería montar, y a la misma chica sobre el animal.
- Hola papá - saludó ésta, tambaleándose a cada paso del caballo.
- ¿Qué haces acá hija? – preguntó Don Cristóbal, antes de tomar el volante de la camioneta y encender el vehículo
- Ellos vinieron a decirte algo sobre el contrato de agave y aproveché para practicar el galope – contestó, detrás de ella había dos hombres que David reconoció como los que cerraban los tratos de exportación del producto de la tequilera.
- Pues vamos para la hacienda ¿No? – Sugirió Don Cristóbal – allá podemos hablar con más calma.
- Papá... ¿Puedes dejar a David? Es que no conozco muy bien el camino de regreso y quiero seguir cabalgando.
El padre de la chica miró a David esperando a que cumpliera sus órdenes, al instante, el chico saltó de la camioneta y caminó hacia el caballo.
- ¡No llegues tarde! – exclamó su padre, conduciendo por un camino de terracería hacia la salida de sus tierras.
David tomó las riendas del caballo y sin mirar a la chica, hizo que el caballo comenzara a trotar en círculos.
- Las mujeres se sientan con las piernas cerradas – comentó David – a menos que vayas a montar con un pantalón puesto.
Angélica no contestó, pasó la pierna derecha por encima del caballo para juntarla con la izquierda, nunca había pensado en lo difícil que sería subir al caballo con una falda que le llegara hasta los talones.
- ¿Tú vas a montar también en la fiesta de Cristo Rey? – preguntó ella, rompiendo la quietud del silencio con su voz.
- A lo mejor – contestó David, regresando al tono evasivo e indiferente de su voz – ya es tarde – añadió, llevando al caballo junto a una gran roca para que subiera, para sorpresa de Angélica, el chico se sentó tras ella, acercando su pecho a la espalda de la chica.
- Pensarás que soy una tonta, pero... ¿Podrías explicarme como se hace el tequila?
David no respondió inmediatamente, inhaló aire de manera muy lenta y contestó:
- Cuando el agave se despenca se hierve a más de 100 grados en contenedores de metal, se compacta y se muele hasta que quede el jugo, se fermenta con levadura por tres días, se destila y se almacena según el tipo de tequila que quieras tener.
- Oh, que... difícil – la chica no sabía que decir, el sentido del olfato se había hipnotizado con el aroma del sudor del pecho de David. El mentón del chico rozaba ligeramente la cabeza de la chica y las piernas abiertas de él eran el refugio perfecto para ella arriba del caballo – Cuéntame más acerca de ti, apenas y sé tu nombre.
- Mi padre se llama igual que yo, o yo igual que él, como sea. Mi madre se llama Estela y creo que es todo lo que puedo decir.
- Mi mamá se llama Mónica – dijo la chica – y mi hermano Javier...
- ¿El enano del otro día?
- Si, discúlpalo, es sólo que no sabía dónde me había metido toda la tarde...
- ¿Entonces necesitas a alguien que te cuide todavía? – Preguntó en tono burlón – Te ves muy grandecita como para que anden tras de ti.
- ¡No necesito que me cuiden! – exclamó ella en su defensa
- Agárrate – dijo David, cuando obligó al caballo a subir por una colina pedregosa para acortar el camino a la hacienda. El chico sujetó a Angélica con el brazo izquierdo por la cintura (ya que la chica estaba propensa a caer al estar sentada de lado) mientras que con el derecho llevaba las riendas del animal - ¿Qué decías? Si no fuera por mí te hubieras partido los labios... ¿y después con qué boquita besas a tu novio?
- Yo no tengo novio – afirmó la chica, un poco molesta por su comentario – y si lo tuviera no es de tu incumbencia...
- ¡No te enojes! Nomás dije que te salvé de que dieran tremendo guamazo.
Angélica no le contestó, el resto del trayecto a la hacienda permaneció en un silencio en donde escuchaban algunas risitas de David. Al entrar por la puerta principal de la hacienda, Angélica reconoció a su madre sentada frente a la fachada de la casa de los San Román.
- ¿¡Dónde estabas!? – preguntó Javier, al ver que quien bajaba del caballo ayudada de David era su hermana.
- Fui a cabalgar un rato – contestó ésta
- Buenas noches señora – saludó David tocándose el sombrero con respeto ante la presencia de la madre de Angélica.
- Mamá él es David, hijo de Don David Montero, me está enseñando a montar para cuando sea la fiesta de Estipac.
- Mucho gusto señora – éste extendió una mano para estrechar la que la señora le tendía
- ¿Hijo de Don David? Debes ser un hombre tan trabajador como tu padre – comentó ella, mirando al chico con escrutinio – Angélica entra a cenar para que subas a dormir, debes estar muy cansada.
- Sí mamá, nada más le doy a David su sombrero que olvidó la otra vez – la chica se perdió tras la puerta de madera dejando a su madre y hermano afuera. David acariciaba la cabeza del caballo, ignorando el silencio que se había tornado muy pesado.
- Aquí está – Angélica salió corriendo de la casa con el sombrero en mano para devolvérselo a David – perdón por dártelo hasta ahora pero... se me olvidaba...
- No te apures, buenas noches – añadió como despedida, perdiéndose en la oscuridad junto con el caballo para llevarlo al establo. Angélica se sentó en un equipal junto con su madre esperando verlo de regreso, una espera en vano.