IV - Recuerdos de secundaria

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Las mangueras calientes le quemaban las palmas de las manos y el peso de las mismas recaía sobre sus hombros, caminar para extender las mangueras de riego en el sembradío de caña era su tarea de todas las tardes. Cuando la manguera estuvo en el primer surco tenía que regresar al pozo para echar a andar la bomba, a lo lejos, un caballo blanco subía por el camino empedrado al que daba acceso a las hectáreas de caña de Don Cristóbal, lo único que pensó David es que su tarde tranquila se había disuelto por completo.

- ¡Hola! – Saludó Angélica con su característica voz alegre - ¿Qué haces? – preguntó con curiosidad, al ver como el chico vertía gasolina en el tanque de la bomba.

- Voy a regar – contestó, sin siquiera dirigirle la mirada 

- Ok... Iré a la sombra a...

- Pérate – David hizo que la chica se detuviera, para sorpresa de ésta, el chico le arrojó el sombrero y su camisa. Angélica no había reaccionado del todo cuando el incesante ruido de la bomba asustó al caballo, que comenzó a galopar hasta la zanja donde el equino de David estaba amarrado. Cuando Angélica bajó del caballo, a unos cien metros de ella se veía a David hincado frente a la bomba de agua, de repente, un chorro del líquido transparente salió proyectado hacia el cielo, formando un arco iris temporal que se difuminó en pocos minutos. Cuando David se acercaba a la sombra, Angélica notó que su cabello y pantalón estaban ligeramente empapados, cuando ésta le extendió su camisa y sombrero, David se acostó sobre la prenda y se puso el sombrero en la cara para cubrirse del sol.

- ¿Cuánto tiempo tienes que esperar aquí? – preguntó ella, acostumbrándose al ruido de la máquina.

- Tres horas – contestó como era su costumbre: sin inmutarse a parecer maleducado y restándole importancia al asunto.

- La primera vez que te vi en la hacienda tu rostro me pareció familiar - comentó la chica, sacando de una mochila rosa un conjunto de hojas unidas por aros de metal.

- ¿No es porque me parezco a mi papá, verdad? – preguntó éste con sarcasmo. Se había acostado en la tierra fresca con los brazos cruzados tras la cabeza y las piernas extendidas con despreocupación.

- No, te vi en la secundaria – dijo ésta, hojeando su libro improvisado – Agustín Yáñez, generación 2005 – las palabras de Angélica hicieron que en el chico surtieran el efecto de un resorte en su espalda, se acercó a Angélica y vio una fotografía que tenía la chica en su mano: el día de la graduación ella y su familia ocupaban el primer plano de la imagen mientras que se veía a David detrás de ellos con un gesto de desagrado, cubriéndose la cara del sol – yo estaba en el grupo “A”...

- de los aplicados – apuntó David – yo estaba en el “C”, de los cabrones – dijo, sonriendo con una mirada maliciosa

- ¿En verdad eran tan tremendos?

- ¿Te acuerdas cuando se quemó el laboratorio? – Angélica asintió con la cabeza, en su mirada se asomaba la expectación por saber la respuesta, aunque temía escucharla – Pues ahí nos metimos a fumar a escondidas, y comparado con la iguana en el baño...

- ¿¡Fuiste tú!?

- ¿Y quién más? Ningún coyón se animaba...

- ¡Yo estaba en ese baño ese día! –exclamó la chica.

- ¡Entonces por tu culpa me suspendieron una semana!

- ¡Te lo merecías! – Dijo ésta – además, no creas que no sabía quién eras entonces... Si me acordé que eras novio de Elizabeth – la chica tomó otra fotografía donde ella y la amiga en cuestión sonreían sentadas en el pasto. 

- ¿Eli? – David se acercó a la chica con prisa y le arrebató la fotografía. La que fue su novia de secundaria le devolvía la mirada a través del papel, su cabello negro azabache y sus ojos igual de oscuros lo hicieron recordar su primer beso. Angélica quedó sorprendida de la reacción del chico, no sólo porque al nombrar una mujer haya cambiado su actitud, sino que se había acercado tanto a ella que no se dio cuenta de que sus brazos fríos debido al agua del pozo enfriaban los suyos, y las mejillas sin rasurar de David rozaban la piel tersa de la chica - ¿La extrañas?

- ¿Qué? ¡Nombre!, se fue a Estados Unidos y nunca volví a saber de ella – David evadía la mirada de Angélica para que no hiciera conjeturas.

- ¿Porqué nunca me hablaste en la secundaria?

- ¿Para qué? Tú eras la niña lista de la escuela y yo el desmadroso del salón, además no estabas tan bonita como ahora.

- ¿Qué? – Angélica había pensado que sus oídos la habían traicionado, pero al ver la mirada evasiva de David, sabía que no fue así.

- Que... Voy a echarle más gasolina a la bomba – dijo éste poniéndose rápidamente en pie, pero Angélica lo tomó del brazo evitando que corriera.

- ¿Crees que soy bonita? – preguntó, buscando la mirada del chico

- Siendo la hija de Don Cristóbal nadie diría otra cosa – contestó éste, zafándose de las manos de la chica para atender la bomba de agua, David se dirigía al pozo seguido de la chica, quién a paso apresurado trataba de acercarse.

- ¿A qué te refieres? ¿Crees que ser hija de tu jefe me hace bonita? 

- Tu papá no es mi jefe... 

- Pues te pagan por hacer esto ¿No? Entonces creo que eso te hace su trabajador

- Tú y tu padre creen que todos están para servirles, cuando ustedes no saben lo que es trabajar en el campo – espetó, mirando a Angélica con un gesto de odio en la cara que atemorizó a la chica – y vete para allá si no quieres quedar echa sopa.

La chica no respondió, solamente se retiró lo suficiente como para observar la tarea de David a metros de distancia, cuando éste terminó su labor pasó junto a la chica sin dirigirle la palabra para tumbarse de nuevo bajo la sombra con los pantalones más húmedos que antes. 

- ¿No vas a hablarme? – preguntó ella cuando regresó al lado de la zanja y David permanecía inmóvil bajo el árbol.

- ¿Y qué quieres que diga? - dijo - ¿Qué te chuleé todo el día? ¿O qué?

- ¡Eres un grosero! 

- ¡Y tú una presumida! – exclamó éste sin mirarla

- ¡Le voy a contar a mi padre que...!

- ¡Ándale! ¡Corre y pregúntale quién fue Francisco Montero y que hizo por él! – Exclamó parándose - Apuesto a que ni tu padre es tan hombre como para decirte la verdad... 

Angélica sólo pudo contestar a eso con una bofetada, la cual tomó a David por sorpresa, la chica corrió hasta donde estaba su caballo y lo montó sin mirar hacia atrás, sin darse cuenta de que había dejado su cuaderno de dedicatorias de la secundaria.