V - El pasado

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Las campanadas de la iglesia anunciaban el término de la misa de las 12 del día, la gente se sentaba bajo la sombra de los árboles de la plaza mientras escuchaba a la banda del pueblo ensayar en el quiosco, música que les anunciaba la llegaba de la fiesta de Estipac.

El patio de la hacienda se notaba diferente a otros días: los trabajadores que entre semana iban de un lado para otro levantando polvo se ausentaban el domingo de su lugar de trabajo, Angélica se sentó al borde de la fuente bajo los rayos del sol para contemplar su ondulante reflejo en el agua.

- Niña ¿Qué haces aquí en el solazo? – Preguntó Paz, al ver a la joven con la mirada perdida - ¿Por qué no te vas a la plaza con tus amigas o a dar la vuelta? 

- No tengo ganas Paz – contestó la chica, notando que la cocinera no llevaba su delantal sucio con manchas de comida, sino que llevaba un conjunto de falda y blusa con el que asistió a misa.

- ¿Y luego? ¿Estás enferma o qué?

- No para nada... ¿Tú conociste a Francisco Montero? – preguntó, tratando de averiguar por qué ese nombre daba vueltas en su cabeza desde días atrás

- Claro niña – contestó ésta, sentándose al lado de Angélica en la fuente – Todos aquí en el pueblo lo conocían. era un hombre cabal, muy trabajador y amigo de tu abuelo.... Hace muchos años ellos vivirán aquí con sus familias. Construyeron esta hacienda y todo lo que es ahora. Aunque no se producía tequila desde el principio, el ingenio fue de los primeros en la región, más importante que el de Ameca y Bellavista.

- Entonces... ¿Los Montero han trabajado con nosotros desde siempre?

- Si niña, éstas paredes y esta tierra son testigos del trabajo de las manos de Don Francisco Montero y Don Pablo San Román.

- ¿Entonces porqué Don David es sólo el administrador? Porque supongo que tendría los mismos derechos que nosotros sobre la hacienda.

- Así es niña... Pero una desgracia cambió la relación de las dos familias – su voz cambió a un tono memorable, como quién nombra a una persona fallecida con respeto – una noche Don Francisco fue al ingenio a ver la melaza de la caña de azúcar y poco después Don Pablo lo alcanzó... – Paz hizo una pausa para cerrar los ojos, como si lo que fuera a confesar le doliera desde el corazón.

- ¿Y qué pasó? 

- Al día siguiente a Don Francisco lo encontraron en una caldera al día siguiente – confesó, tratando inútilmente de contener las lágrimas frente a la chica – apenas y pudieron reconocerlo.

Paz rompió en llanto, secándose las lágrimas con la punta de su rebozo mientras Angélica intentaba asimilar lo que había escuchado: El abuelo de David había fallecido en una caldera del ingenio azucarero de su familia.

- ¿Pero mi abuelo que tuvo que ver? 

- La gente empezó a hablar niña, el velador vio que tu abuelo que en paz descanse salió aquella noche del ingenio hecho la raya... Doña Margarita, la viuda de Don Francisco vendió sus tierras y la parte de la hacienda de su difunto esposo para no tener que ver con los San Román ya nada, pero cuando todo esto pasó a manos de tu padre buscó a David Montero para que lo ayudara con la administración, y desde entonces los Montero y los San Román han trabajado juntos otra vez.

Angélica permanecía en silencio, su cerebro procesaba miles de ideas al mismo tiempo mientras que las palabras de David se repetían una y otra vez en sus oídos.

“¡Apuesto a que ni tu padre es tan hombre como para decirte la verdad!”

La chica trataba de comprender las palabras de David cuando fue interrumpida por su hermano.

- ¡Angélica! ¡Te estaba buscando! – Exclamó Javier - ¿Por qué lloras Paz? – preguntó, al ver a la cocinera limpiándose las mejillas con el rebozo.

- No es nada mi niño – contestó ésta - ¿Por qué no se van a la plaza y que tu hermana te compre una nieve? Cuando llegues te preparo los frijolitos puercos que tanto te gustan.

- ¡Si Angélica vamos! ¡Ándale! – Javier jalaba a su hermana de la mano para ponerla de pie, no tuvo más opción que ceder a las exigencias de su hermano para que pudiera dejarla pensar las cosas en paz – Quiero ir al campo de fútbol, ¡Ándale llévame! ¡Vamos!

Angélica se vio arrastrada hasta el campo de fútbol, donde algunas personas de diversas edades veían el partido desde las gradas de cemento y permanecían muy pendientes del encuentro. Su hermano buscó un lugar en el punto más alto que pudo encontrar. Angélica sintió un escalofrío en la espalda al ver el chacuaco del ingenio azucarero a la distancia.

Absorta en sus pensamientos Angélica miraba el piso sin ser consciente de lo que pasaba a su alrededor. No le cabía en los sesos que su abuelo hubiera matado a su mejor amigo por quedarse con su parte correspondiente de la hacienda. Imaginó a todo el pueblo especulando que era un asesino al ver que era la última persona que estuvo con Don Francisco Montero la noche en que murió. 

- No sabía que te gustaba el fútbol – dijo una voz junto a ella, después de que la golpearan en su pierna con otra - ¿O viniste a echarme porras?

- ¡David! – Dijo la chica asustada, viviendo el temor en carne propia de encontrarse a la persona que menos quería ver en ese momento - ¿Qué haces aquí?

-Vine a jugar con los de Atotonilco ¿Y tú? ¿Andas de niñera con el chaparro? – preguntó al ver al hermano de la chica.

- No había venido aquí antes – confesó – no últimamente, cuando estaba en la secundaria nosotros...

- Se te está chorreando – interrumpió David, tomando la mano de la chica que cargaba el cono y levándola a su boca para comer del helado.

- ¡Oye cómprate el tuyo! – gritó Javier al ver que David comía de la nieve de la hermana.

- Si ganamos te invito una al terminar el partido ¿Va? – preguntó David ignorando al hermano de Angélica. La chica no sabía el porqué del cambio de actitud de David, el brillo de sus ojos enfurecidos de días atrás pareció haberse borrado para darle paso a una mirada amigable, incluso tierna.

- ¿De veras? – preguntó, sin creer las palabras de David.

- ¡Pos claro! – dijo éste, levantándose de la grada y acariciando fugazmente el mentón de la chica antes de salir a la cancha. 

Durante el encuentro, Angélica notó que nunca había estado al pendiente de un partido de fútbol como aquella vez, en donde sufría las llegadas sucias que le hacían a David, así como celebrado el único gol que el chico metió aquella tarde.

- No sabía que jugabas tan bien – comentó Angélica al ver acercarse a David hacia las gradas

- Nombre, hay muchas cosas de mí que no sabes todavía – dijo éste, llevando en sus manos los tenis para quitarse los zapatos de fútbol, sin pena alguna se quitó la camisa y el short para ponerse una camiseta polo y un pantalón de mezclilla que sacó de una mochila que tenía el escudo de su equipo preferido – 

- ¿Cómo cuáles? – preguntó ella curiosa, alegre de que no la ignorara por primera vez 

- Como que yo sé montar y tú no – comentó en tono burlón, terminando de anudarse los tenis 

- ¿Y ya?

- Y que la de chocolate también me gusta, ¿nos vamos? – preguntó, echándose la mochila al hombro para salir a la plaza.

Javier caminaba deprisa detrás de ellos tratando de alcanzarlos a su paso, en ningún momento del trayecto le quitó la mirada de encima a David, quién se sentía incómodo con el niño tras ellos a todos lados.

- Quiero una paleta – dijo Javier, asomándose al refrigerador. Una señora gorda con gesto de pocos amigos se acercó para atenderlos.

- No Javier, ya te compré una nieve.

- ¿Y porqué tú te vas a comer otra?

- Porque se me cayó en el campo de fútbol, además ya no traigo dinero.

- Que tu novio la pague, y no te hagas mensa, yo vi cuando la tiraste a la basura.

Angélica sentía que la cara le ardía de la vergüenza que su hermano le estaba haciendo pasar, de reojo notó que David se reía de la situación con despreocupación.

- No te apures, yo se la compro – dijo David, dirigiéndose a la señora más que Angélica. 

Cuando la encargada los atendió, la chica aún estaba avergonzada al salir del local, tanto que no podía mirar a David a los ojos.

- Perdona a mi hermano, te lo voy a pagar cuando...

- No chula, si no te estoy cobrando – dijo David, sentándose en las escaleras del portal – además el que sale debiendo soy yo... Quiero que... pues que me dispenses por la gritiza que de metí el otro día en el azufrado – comentó, sintiéndose tan apenado como la chica. Angélica recordó aquel día en el que lo abofeteó cuando ofendió a su padre, y el relato de Paz le volvió a la mente haciendo que la sonrisa de sus labios se borrara y el color de su piel se desvaneciera por completo, un cambio que David notó - ¿Qué traes? ¿Qué te hice?

- No nada... Me acordé de algo...

- ¿De qué? – preguntó David, dando un sorbo a su agua de Kahlúa

- De que ya casi es la fiesta – dijo Angélica, desviando el tema rápidamente

- Ah sí... ¿Y vas a ir conmigo edá? – El chico rodeó con un brazo los hombros de la chica para atraerla a él, a lo cual Angélica solo pudo reaccionar mostrándose muy tímida. 

- ¿Porqué tendría que ir contigo?

- Porque no tienes a nadie más con quién ir...

- ¿Y crees que no puedo ir sola? – preguntó a la defensiva, zafándose del corpulento brazo de David.

- ¿Tú sola entre tanta gente? Luego te me pierdes ¿Y qué cuentas le doy a tu papá? 

- Por sí no sabías puedo cuidarme yo misma.

- ¿Cómo cuando te ibas a caer del caballo? 

- Ese día me distraje – argumentó ella – por lo cual no necesito que me cuides.

- Como quieras – dijo éste, separándose de la chica fingiendo sentirse ofendido – no más te decía...

- Además unos amigos van a venir por primera vez, así que no voy a andar tan sola como tú quisieras.

- Pues qué lástima, yo que quería ver más de cerca esos ojitos por la noche – Ésta vez Angélica no sabía cómo reaccionar a su comentario, la voz ruda de David tomó un tono más suave y pausado que le provocó un escalofrío cuando escuchó en su oído esas palabras. 

- ¡Ya me quiero ir! – gritó Javier, colgándose del cuello de la hermana por la espalda.

- ¡Javi Bájate! – decía la chica, luchando porque su hermano no lo asfixiara. Cuando lo logró, David se aguantaba la risa de ver a su hermano en su espalda – Ya me voy, gracias por todo, voy a llevar a este enfadoso a la casa...

- Ya te dije ¿Eh? Te voy a estar esperando, y no más que no vayas... – dijo David desde el portal, arrojando el vaso vacío a la basura.

- Ese vato me cae mal – comentó Javier al mirar hacia atrás y notar que David todavía seguía allí – le voy a decir a mi papá que no te deje juntar con él...

- Cállate Javier – Angélica prácticamente arrastraba de la mano a Javier hasta la hacienda, donde tarde se le hacía para que comenzara el novenario en honor a Cristo Rey.