- Adiós bizcochito... – dijo Arturo a una chica que iba acompañada de una mujer mayor entre la gente que observaba los puestos de la fiesta de Estipac antes de que éstos buscaran otro poblado en donde establecerse.
- ¡Oye muchacho, no seas grosero! – exclamó la mujer, blandiendo su bolsa peligrosamente delante de la cara de Arturo
- Ni se emocione señora, dije bizcocho no pan de muerto... adiós preciosa – dijo Arturo antes de dejar atrás a la señora y su hija para alcanzar a David entre la gente, donde encontró a Angélica acompañada de sus padres y de Daniela.
- ¿Qué me vas a comprar eh? – preguntó David en un susurro al oído de la chica, haciendo que ésta se sorprendiera con un sobresalto.
- Ay David, no te había visto...
- ¿A poco tan feo estoy?
- No es eso... Es que entre tanta gente no te vi venir.
- Buenos días señor, señora – saludó Arturo a Don Cristóbal y su esposa, quién miraba un collar elaborado por huicholes.
- ¿Ya listo pa’ la tarde? – preguntó Don Cristóbal a David, al verlo al lado de su hija
- Listo Don Cristóbal, va a ver que les vamos a poner una buena bailada a los de Zacoalco en el ruedo.
- Pos ojalá, aunque con los Montero en “Los Alazanes” se las van a ver duras aquellos
- Va a ver que sí, oiga... ¿Me presta a su hija tantito? – preguntó David, rodeando con su robusto brazo los hombros de la chica.
- No más ahí te encargo que me la regreses – dijo el padre de Angélica
- Ni se apure, se la traigo al ratito – David se llevó de la mano a Angélica entre la gente hasta un lugar donde la madre de la chica no podía verlos
- ¿Y cómo estás? – preguntó ella con cierta inhibición siempre que David le rodeaba la cintura.
- Desvelado y con sueño – contestó él – y pos yo ni te pregunto cómo éstas porque luego, luego se ve... ¿Vas a ir a la corrida de toros?
- Si... ¿Y tú vas a hacer algo allí? – preguntó temerosa
- Pos sí, voy a colear los toros
- David por favor, no te expongas mucho, acuérdate de tu tío Simón que se cayó y...
- ¿Pos crees que estoy menso o qué? – Preguntó David con cierto desagrado
- No pero... no quiero que te pase nada malo – dijo Angélica
- Ni te apures chula, no más échame porras y con eso hay.
- Ámonos primo – dijo Arturo detrás de él, palmeándole la espalda – ya después de la corrida de toros le das todos los besos que quieras.
- Bueno chula... te veo en la tarde – David besó a Angélica y le acarició el mentón y la mejilla como siempre lo hacía al momento de despedirse.
Por la tarde, centenares de personas se trasladaban en distintos medios hacia un mismo lugar, la plaza de toros de Estipac, en donde continuamente se llevaban a cabo encuentros entre varias haciendas y asociaciones de charros que llenaban a rebosar el recinto construido por Pablo San Román y Francisco Montero años atrás.
Un improvisado espacio entre la gente para la banda era la única vista de toda la plaza en donde no había público, ya que los sombreros se alzaban por encima de las cabezas de los espectadores. Con música, la banda anunciaba el comienzo de la corrida de toros, donde las haciendas se presentaron ante el público con un espectáculo ecuestre acompañados de las escaramuzas.
- ¡En esta tierra tan importante frente a todos los presentes, “Los Halazanes” y “Los Tres Laureles” se van a rifar la suerte! – anunció un señor mayor al micrófono, quién con cada rima presentaba la participación de la hacienda local o la visitante según el turno.
Después del desfile de exhibición, unos representantes de la hacienda de Estipac salieron al ruedo tomando posiciones para comenzar con el coleo de los becerros, donde Angélica identificó a David con su traje para montar y a otros hombres que dejaban salir del cajón a un becerro que era perseguido por hombres a caballo, hasta que un tercero, que para sorpresa de Daniela resultó ser Arturo, tomó la cola del animal, enredó su pierna en ella e hizo que el becerro cayera metros más adelante, acompañando con el aplauso del público las fanfarrias de la banda.
Cuando anunciaron a David, su madre, abuela y tía gritaron más que nadie unas gradas más arriba de donde estaba Angélica con Doña Estela y sus amigos. En el fondo del toril se veía a David montado en su caballo, quién galopó a toda velocidad hasta detener al caballo en sus patas traseras, robándose el aplauso del público de nueva cuenta.
Conforme avanzaba la tarde, las suertes de los charros de ambas haciendas cautivaban al público y les ponían los pelos de punta, después de que Don David jineteara a un toro y se le quedara pudiéndole quitar el pretal y bajar del animal sin problema.
Fue Don Cristóbal el encargado de cerrar la primera parte de la exhibición con unos piales en el lienzo, donde una yegua salía del cajón a toda velocidad y el padre de Angélica lazaba los cuartos traseros del animal, haciendo que éste se detuviera por completo al segundo intento de Cristóbal.
Después del espectáculo de las escaramuzas, la banda comenzó a tocar una serie de canciones que marcaban el intermedio de la corrida de toros, un detalle que Angélica no se esperaba era que David saliera en su caballo a buscar a Angélica para que bailara con él, la chica tuvo que brincar la barrera del lienzo para montar en el caballo junto a su novio, quién la ayudó a bajar para bailar unas canciones antes de que la hacienda invitada hiciera sus suertes.
- Si te dije que no estaba tan menso... – le dijo David a Angélica, mientras se movían al compas de la canción como varias parejas más
- La verdad si me asusté, pero por fa, no hagas nada peligroso...
- ¡Nombre! Eso se lo dejo a mi apá, ¿Viste cómo montó ese toro? Los de Zacoalco ya se las están viendo negras...
Cuando todos volvieron a sus lugares (tanto espectadores como jinetes) la actividad en el lienzo volvió a la normalidad, ahora los de la hacienda de “Los Tres Laureles” eran los que se lucían en el ruedo montando toros y lazando yeguas. Uno de los contrincantes de la hacienda de Estipac, hizo una mangana a pie que hizo que el público vitoreara junto a la banda y lanzara botas y sombreros en señal de aprobación por la faena hecha.
Don David y Don Cristóbal miraban como los jueces en la parte más alta del toril veían con aprobación y murmuraban entre ellos la suerte del jinete de “Los Tres Laureles”; a David poco le llamaba la atención, pero por alguna razón no le quitaba la mirada de encima al hombre joven que hizo aquella suerte, quién regresaba los sombreros y botas a sus dueños, hasta que notó que se había detenido frente a Doña Mónica y Angélica para arrojarle a ésta última una flor que le habían arrojado a él.
David sintió que las mejillas se le encendían y que su sangre hervía dentro de su cuerpo. Angélica había recibido la flor con una sonrisa, y aunque se la había dado a su madre en cuanto el jinete se dio la vuelta, ella aún miraba al chico que se alejaba hacia los cajones del lienzo.
- Primo, quítele las sillas a las yeguas, me voy a echar el paso de la muerte – dijo David con la mirada aún fija en Angélica, quién hablaba con su madre al oído.
- ¡No primo! ¿¡Está loco o qué!? – preguntó Arturo, segundos después de descifrar la petición de David en el susurro con el que lo había dicho.
- ¡Tú hazme caso! – Gritó David. Arturo buscó la mirada de su padre y de su tío esperando que le dijeran lo contrario, pero Don David asintió antes de salir corriendo a anunciar al presentador de una suerte de última hora.
- ¡Con una complicada suerte y una muy justa razón, el más joven de los Montero hará el paso de la muerte para ganarse un corazón!
- ¿Qué dijo el viejito ese? – preguntó Angélica a Sofía, al no prestar atención a la banda.
- Ay no sé – respondió ésta, limpiando una vez más la capa de polvo que cubría sus lentes oscuros
- Oye Angy... ¿Ése no es David? – preguntó Dany, señalando al joven sobre su montura.
- Sí, creo que sí...
- ¿Y por qué no lleva una silla en su caballo? ¿Y por qué un caballo está sólo junto a él?
- Al parecer se quiere matar – dijo Andrés, como si nada.
- ¡Tú cállate si no sabes!
- ¿Qué ya no te acuerdas de lo que nos platicó el otro día? – Andrés llamó la atención de las tres chicas, la cual aprovechó para buscar las palabras con las cuales hacer que lo que dijera sonara más terrible de lo pensado – Va a hacer el paso de la muerte, brinca de una yegua a otra sin silla y quizá se mate. ¿Listas para aplaudir?
Angélica no contestó, en la distancia podía observar el semblante serio de David al agarrarse sólo de la crin del animal donde montaba a pelo para brincar al otro ejemplar.
- Ay no... Que se baje, que se baje ¡Bájate! – comenzó a gritar Angélica llamando la atención de la gente. David sólo atinó a saludarla fugazmente antes de que su padre y Don Cristóbal arrearan a las mulas para que David pudiera hacer el paso de la muerte, donde tenían sólo tres vueltas al ruedo para llevarlo a cabo. Cuando David pasó frente a donde estaba la chica, no pudo oír los gritos de ésta, ya que le llegaban amortiguados debido al sonido de los cascos de las yeguas y los gritos de la gente. Una mano en la crin del animal al que iba a saltarlo hizo llenarse de valor y saltar hacia su lomo, haciendo que el público estallara en júbilo y aplausos.
Al igual que el jinete anterior, David recogía los sombreros, pañuelos y botas que la gente arrojaba al ruedo, devolviéndolos a sus dueños, quiénes alzaban la mano para reclamar sus pertenencias. Cuando estuvo frente a Angélica, se quitó el moño y se lo arrojó a la chica, quién no dejaba de aplaudir junto con la demás gente.
Después del veredicto de los jueces donde le daban el triunfo a la hacienda de “Los alazanes”, el jurado bajó al ruedo para felicitar a toda la escuadrilla de jinetes de la hacienda ganadora, a los cuáles las escaramuzas les entregaban unos ramos de flores mientras se tomaban fotografías con las personas de las gradas que bajaban a felicitar a los ganadores.
Angélica trataba de abrirse paso hasta donde estaba su padre junto con David y su padre y primo, pero era demasiada la gente que los rodeaba después de tomar una foto grupal donde Don Cristóbal y Don David cargaban con un pequeño trofeo rodeados de los demás jinetes. Cuando la chica quiso acercarse a David, su paso se vio interrumpido por un grupo de chicas que pidieron a Arturo y su primo una fotografía con ellas.
- ¡Eres muy valiente! – dijo una de ellas, abrazando a David para la fotografía – Pensé que te ibas a caer y cerré los ojos para no ver, pero cuando los abrí estabas como si nada – David no dijo nada, simplemente dibujó una sonrisa que Angélica identificó como una de esas que usaba por compromiso con la gente – A ver cuando se me hace verte de nuevo guapo – dijo la chica, dándole un beso en la mejilla antes de perderse entre la gente.
- ¿Quién es ella? – preguntó Angélica, cuando por fin pudo acercarse a David.
- No pos sabe – contestó éste
- ¿Entonces una chava que no conoces te besó?
- Pos si no fue pa’ tanto, nada más un besito en el cachete... ¿No estás enojada verdad?
- No...
- ¿Segura?
- No, no estoy enojada – dijo ésta, cruzándose de brazos
- ¿Me das un besito?
- Pídeselo a aquella, a ver si te dice lo guapo que estás otra vez...
- ¡Oh pues! ¿No que no estabas enojada?
- ¡Pues sí! Es que me da coraje ver como esa chava de la nada sale y te da un beso.
- No te enojes... Te doy todos los que quieras, y hasta más si me los pides, pero no pongas esa carita... No me gusta verte así... – David hablaba con una voz suave, haciendo que Angélica se calmara como alguien que hipnotiza una serpiente –
- Me dijiste que no harías nada peligroso – dijo la chica, acurrucándose en su pecho polvoriento debido a las nubes de tierra que se levantaban en el toril a cada suerte
- Te dije que no iba a pasar nada y ya ves...
- ¿Y a dónde vas a ir ahora?
- Me voy de volada a echar un baño y te veo en la plaza ¿Va?
- Va, pasa por mí a las nueve – dijo Angélica
- ¡Ah mira ten! – David le entregó el ramo de flores que la escaramuza le obsequió para la fotografía – Te las debía de la otra vez.
- Gracias – murmuró la chica, sintiéndose apenada con ella misma por tratar a David como lo hizo. Al girarse para ver a David por última vez, notó que éste la miraba aún, alzando la mirada por entre la gente para no perderla de vista.
- ¡Eso sí es un hombre! – Dijo Daniela al tirarse en su cama, mientras Angélica dejaba las flores junto a las rosas secas que David le regaló en días anteriores - ¿Vieron a Arturo? ¿Y a David cuando sentó al caballo y salió todo ese montón de tierra? Me dan ganas de quedarme aquí y no regresar a Guadalajara.
- Estás loca, ¿Y la escuela qué?
- Ash, cierto... – murmuró Daniela, con la cara sobre su almohada – al menos David se queda aquí, pero como Arturo es de Tequila y ni siquiera sé dónde queda eso, pues...
Daniela guardó silencio de repente, Angélica dejó de cepillarse el cabello quedándose rígida frente al espejo. Cada día que despertaba con el sonido de los cascos de los caballos era una oportunidad nueva para estar junto a David, quién se preocupaba sólo por hacer feliz a Angélica a cada paso; sin embargo la chica nunca había pensado en el término de verano, en el “y después ¿Qué?” de su relación.
- Angy... Lo siento, no quería... – Pero Angélica nunca supo lo que Daniela no quiso hacer, ya que un sonido fuerte en el patio de la hacienda hizo que ambas se sobresaltaran de sus lugares.
- ¡Sal flaquita! – Gritó una voz desde afuera - ¿O qué, nos van a dejar aquí afuera?
Acompañada de la voz de Arturo, una canción tocada por la banda se escuchaba en el patio de la hacienda, donde los músicos y David y su primo esperaban a que Angélica o Daniela se asomaran al balcón o bajaran con ellos.
A mitad de la canción, las puertas de la casa se abrieron de repente, Doña Mónica salió con cólera plasmada en su rostro que empeoró al ver a David y su primo cantando hacia el balcón.
- ¿Qué hacen aquí? – Preguntó a David, haciendo que la banda callara con un movimiento de su mano - ¿Quién les da derecho a armar todo este escándalo?
- No se enoje doñita – dijo Arturo, acercándose a la mujer – nosotros nomás queríamos tener un detallito con las muchachas...
- ¡Pues aquí no es vecindad para armar este borlote!
- Tranquila señora, ¿Quiere una canción? ¡Total, la banda le toca la que quiera! ¿Verdad muchachos? – preguntó David a los integrantes de la agrupación, que asintieron ante la mirada de la mujer.
- ¿Qué pasó? – preguntó Don Cristóbal, saliendo al patio de la hacienda y encontrarse con los músicos
- Estos jovencitos que no tienen respeto por nada y por nadie – dijo Estela, asegurándose una victoria al verse respaldada por su esposo.
- Don Cristóbal, no más nosotros queríamos tener un detalle bonito con las muchachas – dijo Arturo - ¿O ya ni porque ganamos vamos a festejar?
- Mujer, yo no le veo nada de malo con que vengan y les traigan serenata a las muchachas, acuérdate que cuando éramos novios yo también te cantaba en el balcón de tu casa.
- ¡Ahí está! – dijo David
- Es muy diferente... además si quieren festejar pueden esperarse a mañana, en la fiesta de los campesinos
- Una cancioncita y ya doña – suplicaba Arturo – Es más, la que usted quiera
- ¡Si señora, déjelos quedarse otro rato! – Gritó Dany desde la ventana - ¿Se usa como en las películas aventarles agua fría? – preguntó a Angélica, quién ignoró a su amiga.
- ¡Ya ve! Ándele, no más una canción y ya ¡Chula vente! – David hizo la seña a Angélica de que bajara, la cual al instante corrió junto a Dany por las escaleras para encontrarse con los Montero
- Sólo un ratito señora, ni cuenta se va a dar de que estamos aquí afuera – dijo Dany, tomando la mano de Arturo.
- Bueno... – contestó, después de resoplar enfurecida – quince minutos más y se van de mi casa – dijo, consultando su reloj; dispuesta a medir el tiempo con exactitud milimétrica.
- Gracias mami – dijo Angélica, después de besar a David en la mejilla, gesto que a Mónica no le agradó demasiado.
Dos canciones más bastaron para que Angélica olvidara que volvería a Guadalajara al terminar las vacaciones de verano, al igual que Daniela, ella disfrutaba el presente, mientras su futuro estaba por escribirse.