A pesar de ser domingo después de una noche de desvelo, toda la colonia continuaba con sus actividades normales: las mujeres estaban en sus cocinas preparando la comida para la visita que recibirían tanto de familiares cercanos como de personas que venían del extranjero. Los hombres se apresuraban a terminar sus labores en el campo para tener la tarde libre y poder disfrutar de la procesión: un largo recorrido por la colonia que mostraba carros alegóricos, las abanderadas, la asociación de charros, las danzas y agrupaciones musicales que mostraban su devoción a Cristo Rey.
En la cocina de Doña Margarita el ajetreo se notaba mucho más que antes, su hija y nuera no se daban abasto con tantas ollas en la lumbre del corral como los guisos en la estufa. El padre de Arturo y su hijo salieron a buscar más leña seca para el fuego en el patio, mientras que David y su papá apenas terminaban de desayunar.
El hijo miraba a su padre fugazmente, como si le fuera a reprochar de la nada su comportamiento de la vez pasada, sin embargo Don David no se inmutaba en lo más mínimo sobre los movimientos de su hijo en la mesa frente a él. David inhaló profundamente y metió su mano a la bolsa del pantalón.
- Apá... Aquí está el dinero que le debo de ayer... – dijo David, dejando unos billetes frente al plato de su padre.
- No, déjalos...
- Pero apá... Es que me da vergüenza con usted...
- ¿Si le hubieran dicho lo mismo a tu amá que crees que hubiera hecho yo? – preguntó Don David, buscando los ojos de su hijo para obtener una respuesta más que obvia.
- Pos lo mismo...
- Ahí está... No te voy a castigar por haber defendido a tu novia, además con ese dinero te la puedes llevar a cenar por ahí... ¿Don Cristóbal no sabe todavía lo que pasó o sí?
- No sé... Y creo que es mejor que ni sepa
- Pos ojalá y no, horita te vas a regar la caña y te jalas rápido pa’ acá pa’ que llegues a la procesión en la tarde – dijo su padre, levantándose de la mesa y dejándole las llaves de la camioneta junto al dinero.
Cuando llegó al azufrado, notó que un caballo color café oscuro estaba pastando junto al árbol al lado de la zanja, a lo lejos se veía a Angélica girándose de prisa para distinguir la música que anunciaba la llegada de la camioneta de David. Éste primero acomodó las mangueras entre los surcos y echó a andar la bomba de agua, la cual expulsó el acostumbrado chorro hacia el cielo, provocando un momentáneo arcoíris mientras David se mojaba tras la improvisada lluvia al caminar hasta la zanja.
- ¿Qué andas haciendo aquí? – preguntó David a la chica, pensando que no la vería hasta en la tarde.
- Como hoy es la procesión quise practicar más con el caballo – contestó - ¿te duele todavía? – la chica notó que alrededor del ojo derecho de David la piel se veía aún oscurecida por el golpe, mientras que su labio se notaba mucho mejor sin sangre brotando de él.
- Si no fue nada – dijo David - ¿Y ya sabes montar de lado?
- ¿Porqué de lado? – preguntó ella
- Pos porque vas a ir vestida de charra – contestó David con naturalidad – cuando las mujeres se visten así van sentadas en una silla especial, ni modo que vayan con las piernas abiertas arriba del caballo.
- ¿Y es muy difícil?
- Eso si no sé... Igual vamos a ir juntos en la procesión, y si sientes que te caes, ahí voy a estar yo pa’ cacharte cuando caigas – David echó hacia atrás la cabeza de Angélica para besarle los labios, la chica estaba acostumbrada a que él la estrechara entre sus brazos con fuerza, mientras ella acariciaba con delicadeza las mejillas de David.
- ¿Vas a ir a la plaza en la noche?
- ¡Pos claro! Y de una vez le dices a tu apá que te de permiso pa’ llegar tarde, como a las dos o tres de la madrugada, cuando la banda ya terminó de tocar en la plaza.
- No sé si me dejen...
- Pos yo voy y les digo que vamos a andar allí en la plaza, total si hasta se amanecen allí ¿Qué pierdes con llegar tarde?
- Le voy a decir, pero no te prometo nada...
- Ta’ bueno pues, pero le dices...
- Si, yo le digo... ¿Te vas a ir ahorita o vas a hacer algo más?
- Voy a echar otra bomba – dijo David, sentado recargándose en el árbol junto a la zanja, a unos metros del caballo.
- ¿Tu papá no te dijo nada de lo de ayer? – preguntó la chica, sentándose entre las piernas de David y dejándose proteger por los brazos de su novio.
- Pos no... Yo si pensaba que me iba a dar unos buenos fajazos, pero no más me dijo que no le dijera a mi abue ni a mi amá...
- ¿Tu papá te ha pegado antes? – preguntó temerosa, esperando que la respuesta no fuera la que ella imaginaba
- Uh sí – contestó David con naturalidad – la última fue un día que nos fuimos de pinta en vez de a la escuela antes de salir de vacaciones... Me puso una cueriza que ya me andaba...
- Cuando estábamos en la casa de tu abuela, ella dijo que andabas atrás de tu abuelo y de tu papá, ¿Entonces sí lo llegaste a conocer?
- ¿Y quién dijo que no? – David cortaba pequeñas flores violetas de la zanja y las entrelazaba en el cabello de la chica, para formar una improvisada corona – se murió cuando tenía como cuatro o cinco años... no me acuerdo... Dicen que me parezco mucho a él, pero como no más lo veo en fotos pues no sé muy bien... ¿No hace mucho también se murió tu abuelo no?
- Seis meses – contestó Angélica – y mi abuela hace dos años
- ¿Y tus otros abuelos? ¿Los papás de tu amá?
- Viven en Guadalajara, casi no les gusta venir...
- Están como los papás de mi amá, no los veo muy seguido... – dijo David en un tono que Angélica adivinó era melancólico como para escucharlo de él
- Y... ¿Por qué?
- Pos porque mi apá se casó con mi amá... ellos no querían que se casaran pero pues mi amá se vino con mi apá... es como si no existiéramos para ellos.
- Lo siento mucho amor... – dijo la chica, cuando buscó la mirada de su novio, éste trataba de esquivarla, como si temiera a que Angélica viera sus ojos humedecidos.
- Total, ni falta me hacen... Pero tú sí chula, y así te ves retebonita – dijo David, después de acabar con las flores de la zanja y admirar a Angélica con las flores en su cabello
- ¿Y tú piensas casarte algún día?
- No pos no sé... A menos que me agarres borracho, ahí si no hay de otra.
- ¡David! – exclamó la chica
- ¿Qué? ¿A poco tú ya quieres casarte?
- Pues no... Pero toda mujer imagina el día en que va a casarse: vestida de blanco, y muchas flores...
- Pos cuando te cases me invitas – dijo David en un tono burlón - ¿Vas a hacer birria, edá?
- ¡Ya David! Hablas como si no tomaras en serio tu vida – dijo ella, identificando el tono de broma de su novio.
- Mi vida está contigo – dijo éste, ayudando a levantar a la chica para que él fuera a echar a andar la bomba del agua de nuevo – y bien lo sabes chula. Ahora ándele, súbase al caballo y acostúmbrese a andar de lado – David le había quitado la silla del caballo para que Angélica pudiera montar como lo haría en la procesión, dejando solo el zarape que por costumbre se lleva para que la chica no montara totalmente a pelo.
Angélica andaba a caballo en el callejón de la caña mientras David movía la manguera unos surcos más arriba, a lo lejos se veía que la chica tenía problemas para controlar al caballo y que al bajar de él no podía subir a menos que fuera por el apoyo de David o de un tronco recortado.
- No puedo – dijo ésta, dejándose caer en el regazo de David, quién la veía desde la sombra – Si me hubieras dicho desde el principio que tenía que llevar las piernas de un solo lado, hubiera sido más fácil.
- ¡Pos si es lo mismo!
- ¿Y por qué no lo haces tú?
- Pos si no soy vieja, además si quieres ir en la procesión tienes que aprender de aquí a las cinco, ahí te ves
- ¿Ya te vas?
- Pos aquí yo ya acabé, ¿Pa qué me quedo?
- ¿No me vas a ayudar?
- Uy chula, sin la silla va a estar canijo, mejor vete a tu casa y te pones bonita pa’ la tarde – dijo David, terminando de fijar la silla al caballo
- ¿Y qué le voy a decir a mi papá?
- Yo le digo que aprendiste a montar en la silla de doma, ¿Cuál problema?
- Pues que iba a llevar el estandarte o esa cosa frente a los charros y... – Angélica se veía desesperada, le prometió a su padre ser portadora del estandarte de la asociación de charros cuando había aprendido a montar en la silla equivocada, ahora no sabía cómo decirle a su padre que no iba a ir a la procesión por culpa de un detalle tan insignificante.
- No te apures chula... Déjamelo a mí y vas a ver que todo va a ir de perlas, ahora sí, ya vete, allá te veo - David despidió a Angélica con un beso seguido de un golpe en las ancas del caballo para que éste se echara al galope.
Media hora antes de las cinco de la tarde, todo el pueblo salió de sus casas para instalarse en las banquetas por donde pasaría la procesión, dentro de la hacienda, centenares de personas caracterizadas para aparecer en un carro alegórico, ser abanderada de algún país o montar a caballo esperaban su turno para acomodarse en su respectivo orden.
Angélica jugueteaba con sus manos nerviosa una y otra vez, por ningún lado aparecía David y su padre rondaba junto a ella, apreciándola de arriba abajo enfundada en su traje charro.
- Que guapa te ves ¿Eh? – dijo Dany, tomándole una de tantas fotografías a Angélica en la fuente de la hacienda con su celular
- Ya cálmate Angy, me desespera verte así de alterada, comúnmente no le digo a nadie más que a mí que te relajes.
- Es que no se ve en ningún lado... – dijo ésta girando la cabeza de un lado a otro tan rápido como la dejaba su sombrero.
- Que no te extrañe que ande con otra – dijo Andrés – a mí no me sorprendería
- Tú cállate o te hago comer mierda de caballo – dijo Dany, apuntando al chico con un dedo amenazador.
Por encima del ruido de voces y herraduras de caballo, el sonido de un galope les llamó la atención. Frente a ellos un caballo color negro en su totalidad era la cabalgadura de un jinete cuyo vestuario lanzaba destellos plateados al encontrarse con los rayos de sol.
- ¿Lista chula? – preguntó David, quitándose el sombrero para poder besar a Angélica.
- Te ves... bien – dijo Dany, tras tomarle una foto a David sin que éste se diera cuenta
- ¿Qué le vas a decir a mi papá? – preguntó Angélica nerviosa, al ver que su padre se aproximaba a ellos.
- ‘Orita vas a ver – dijo David – Oiga Don Cristóbal, acá Angélica tiene un problemita...
- ¿Qué pasó? – Preguntó el padre de la chica, ajustándose el moño de su traje para estar más cómodo
- Lo que pasa es que ella aprendió a montar en la silla de doma, pero no en la de las escaramuzas, y le iba a decir que se va a ir conmigo en caballo azabache, pa’ que vaya más segura y pueda llevar el estandarte a gusto.
- Ta bueno pues, ¡Pero súbanse ya que ya nos toca!
Don Cristóbal corrió a montarse en su caballo, mientras que Don David aún daba instrucciones a los jinetes de atrás y a los hombres que iban a pie llevando a niños en caballos, entre ellos a Javier.
- ¡Te voy a matar de un balazo! – dijo el niño, sacando de la funda de su cinturón una pistola de juguete.
- ¿Ah sí? – David le enseñó una pistola de verdad, chapada en plata, la cual dejó a Javier con cara de estupefacción.
- ¡David, guarda eso!
- ¡Ni te apures! Está encasquillada, creo que es más vieja que mi abuela – dijo, guardándose el arma en el cinturón.
David ayudó a subir a Angélica a la silla de montar especial para las escaramuzas. La chica notó inmediatamente que era muy incómodo cabalgar con las piernas juntas y agradeció que David se ofreciera a montar con ella. El chico se acomodó detrás de la silla y esperaron su turno a salir de la hacienda para formar parte de la procesión, la cual rodeaba la plaza para ir por las calles de la colonia y terminar en la misma hacienda.
Detrás de las bandas de guerra, las danzas, los grupos musicales, peregrinos y carros alegóricos, la asociación de charros ocupaba el último lugar de la peregrinación. David cada año estaba acostumbrado a que la gente le tomara fotografías cada vez que se detenía la procesión para que los grupos de adelante avanzaran, sin embargo, Angélica se esforzaba por mantener una sonrisa ante las cámaras y teléfonos de los espectadores a pesar de sentir el brazo entumecido por cargar el estandarte.
- Mira, allí está tu amá – dijo David. Angélica encontró entre la gente a Doña Mónica, quién le devolvió el saludo a su hija con sólo una sonrisa, al verla abrazada de David en su montura. Unas cuadras más adelante, la familia de David (abuela, madre, tíos y primo) aplaudieron al verlo, Dany se cruzó entre los caballos para tomarles una foto de frente y Andrés sólo atinó a cubrirse la nariz debido al olor de los equinos.
Al llegar al templo de Cristo Rey, los carros alegóricos y charros entraron a la hacienda, mientras que los peregrinos con la cera entraron al templo. Los grupos musicales encontraban su lugar en la plaza o en algún casino según el evento al que fueron contratados a la par que la gente se arremolinaba en el templo para escuchar misa o en la plaza para asegurar un lugar en las contadas bancas.
- ¿Al rato paso por ti? – dijo David tras ayudar a Angélica a bajar del caballo
- Sí, estoy muy cansada, me duele el brazo y la espalda...
- Más te vale que descanses porque vamos a bailar toda la noche – dijo David – pa’ que le vayas diciendo a tu apá que no te espere despierto
David se perdió en la oscuridad que comenzaba a caer sobre la hacienda, sólo se veían algunos destellos tenues de los detalles en plata de su traje y las luces de la calle y de la casa que comenzaban a encenderse.
Tras quitarse el incómodo vestido, Angélica bajó a cenar a la cocina, donde su padre se había despojado también de su traje de charro para volver a las camisas de siempre.
- Oye papi ¿Qué no iba a ser hoy la charreada? – preguntó Angélica
- El padre no quiso que fuera el mismo día, así que la cambiamos para mañana, ya vez como es él: no le gusta mezclar los festejos de la iglesia con otra cosa. Y pos ni modo de decirle que no.
- Oye papi... – dijo Angélica, en un tono más meloso que antes – hoy va a venir David y...
- Uh, ya malo – murmuró Andrés
- Y... me dijo que si por favor podrías darme permiso de llegar un poco más tarde a la casa... Como a la una o dos por lo del baile en la plaza, él mismo me dijo que venía por mí y me traía – apuntó Angélica, como si se anticipara a la respuesta que su padre pensó le formularía.
- Pos mientras te traiga a la casa todo está bueno... – respondió Don Cristóbal – yo ahí le digo a tu madre donde andas, con permiso.
El padre de Angélica se retiró de la mesa dejando a los chicos cenando solos.
- ¿Va a venir David? – preguntó Dany, sabía que si David venía, eso significaba que Arturo llegaría con él.
- Dijo que sí, pero no dijo a qué hora más o menos – contestó la chica, esperando a que terminara su amiga de cenar para esperar en la sala a los chicos.
Alrededor de las 8:30 llamaron a la puerta, Angélica abrió y se topó frente a David, que lucía muy diferente sin su traje de charro, su clásica camisa a cuadros y botas negras eran más acordes a él que un sombrero y pantalón bordado con plata.
- Quiubo chula, ¿Ya le avisó a su apá que va a llegar tarde?
- Sí, ya me dio permiso
- Hola flaquita – saludó Arturo a Dany - ¿Lista pa’l baile?
- Más que lista – contestó ésta más optimista que de costumbre
- Pues ámonos, pa’ luego es tarde – Arturo jaló de la mano a Daniela para llevarla a paso apresurado hasta la plaza, donde un escenario aún más grande que el kiosco se instaló a un lado de los portales para que la banda tocara frente al pueblo.
En punto de las diez de la noche, la banda comenzó a tocar, una canción tras otra, cada una más alegre y movida que la anterior.
Angélica sentía los brazos de David rodeándole la cintura mientras éste la llevaba al compás de la canción, la chica se perdía en el perfume amaderado de David y sólo sentía los besos en el cuello que el chico le daba cuando terminaba una canción. A medianoche, la banda hizo una pausa para que la gente pudiera apreciar los juegos pirotécnicos, de una esquina de la plaza salió un toro de luces haciendo que la gente corriera a refugiarse a un lugar en donde los buscapieces no les hicieran daño.
- ¡Pérate! ¿A dónde vas?
- ¿Qué, te vas a quedar aquí? – preguntó Angélica, al ver que el muchacho que traía el armazón con fuegos artificiales se aproximaba a ellos.
- Ni te hacen nada, no más no te muevas... si yo de morrillo ahí andaba atrás como los escuincles esos – Angélica miró el espectáculo de luces andante, y se dio cuenta que al menos una docena de niños de la edad de su hermano andaban tras el toro de luces.
Cuando el toro pasó por delante de ellos, David cubrió a la chica con sus brazos mientras ésta cerraba los ojos fuertemente deseando que no resultara quemada, sin embargo, un estruendo en toda la plaza hizo que Angélica abriera los ojos y mirara hacia donde los ojos de todos los presentes se dirigían: al castillo, un andamio de más de seis metros sostenía complicados armazones de pirotecnia que se encendían de manera sincronizada.
Al término del espectáculo de luces, el techo del templo, de los portales y negocios alrededor de la plaza, se iluminó con una lluvia de granadas y luces de colores, la gente miraba el cielo que se iluminaba en plena noche y a pesar del humo de la pólvora no perdía detalle alguno. La banda continuó con su programa normal y la gente continuó dando vueltas en la plaza, platicando con su interlocutor o bailando. Arturo aprovechó la distracción de la gente para ir a comprar una botella de tequila y refresco al puesto de cantaritos. Cada vez que la banda terminaba una canción, David y su primo se servían un vaso lleno con bebida, Dany los acompañaba sólo con refresco mientras Angélica tomaba pequeños sorbos del vaso de David para darse cuenta de que era demasiado alcohol para ella. La noche avanzaba una canción tras otra, donde la gente no dejaba de bailar y el cansancio en las piernas apenas se hacía presente.
- David, ya van a ser las dos – dijo Angélica al oído de su novio – me tengo que ir...
- ¡Quédate otro ratito! Total tu apá también ha de estar por aquí...
- Es que ya me cansé... – mintió ella, esperando que David no pusiera más peros.
- Bueno pues... ¡Primo, ámonos! – gritó David, para hacerse escuchar por encima de las bocinas del escenario.
- ¿Ya tan rápido?
- ¡Pos ya son las dos! – gritó David, guiando a los demás hasta la salida más cercana de la plaza para llevar a las muchachas a su casa. A pesar de ser de madrugada, la gente seguía con ambiente de fiesta, se podía ver gente entrando y saliendo de la plaza, inundando las calles aledañas y cenando en puestos ambulantes que aún no dejaban de vender.
- ¿Vas a ir mañana a la charreada? – preguntó David a Angélica, tirando su vaso de plástico al suelo para acariciar la cara de la chica.
- Claro, ¿Vas a ir tú?
- No pos yo no puedo faltar... – contestó éste, la chica hizo un ligero gesto de desagrado al notar más alcohol en su aliento que el que traía en la sangre, sin embargo no dijo nada.
- Bueno pues... te veo mañana...
- ¿Qué? ¿Así como así? – David impedía que la chica entrara a la hacienda sin antes despedirse como era su costumbre – dame un besito, si no me gusta verdad buena que te lo regreso – Angélica no dijo nada y simplemente dejó que David posara sus labios en los suyos, un beso que terminó con un mordisco de él en el labio inferior de la chica que hizo que ésta olvidara el sabor a alcohol de David – Hasta mañana chula – le dijo al oído, antes de perderse entre la gente.
- Me duele horrible la cabeza – dijo Dany, tirándose en la cama al llegar a su habitación, Angélica igual sentía un ligero zumbido en sus oídos debido al largo lapso de ruido al que se vio expuesta.
- Mis pies me están matando – contestó la chica, quitándose las botas - ¿Vas a ir mañana a la plaza de toros?
- ¡Oh claro! – dijo Dany, enfundándose en una camisa que le llegaba hasta las rodillas para dormir – Me invitó Arturo, y por lo que me dijo hace rato se va a poner bueno
- ¿Porqué? – Angélica se había recogido el cabello en una coleta para dormir más cómoda, mientras buscaba una camisa de tirantes en su armario
- Porque esta hacienda va contra la de Zacoalco, y dijo que David y su papá, junto con el tuyo iban a irse al ruedo.
- ¿Irse al ruedo? – Angélica se metió entre las sábanas abrazando al oso de peluche que la ocultaba de la mirada de su amiga
- Eso dijo, sabes que no entiendo mucho de esas cosas, pero como sea, mañana lo sabremos, buenas noches.
La respuesta de Daniela dejó pensando a Angélica un rato más antes de dormir, no entendía por qué David le pedía un beso para la buena suerte antes de despedirse de él. Ella se abrazó al oso de peluche con fuerza y pidió al crucifijo en la pared de su cabecera que David no hiciera ninguna tontería al día siguiente, al menos con alcohol en la sangre.