XIV - La trifulca

Jimador_nuevo_Banner 






- ... y entonces se puso a gritar como una loca – dijo Dany en el comedor a la hora de la cena, cuando Sofía y Andrés se habían ido a la plaza 

- Pobre muchacho... – comentó Doña Mónica – y él que sólo quería platicar con ella... ¿Así es siempre? 

- Por eso no tiene novio – dijo Angélica – ella misma se los espanta, en la escuela ningún chavo se le acerca por lo mismo. 

- Bueno, al menos lo mejor es estar sola que mal acompañada – comentó su madre, bebiendo de su café con leche – porque hay hombres que sólo se dedican a jugar con las mujeres y las tiran como un trapo sucio después. Son como perros que se cansan del mismo hueso. 

- ¿Lo dices por alguien especial? – preguntó Angélica, adivinando que el tono despectivo de su voz era el mismo con el que se había dirigido a David la última vez que estuvo frente a él. 

- No hija... Por suerte me tocó un hombre entero, de los que ya no hay. 

- O quizá haya y no quieras reconocerlo – comentó Angélica – porque no todos son como los imaginas: los hay educados, detallistas y románticos... 

- La vida no es rosa hija – dijo Mónica, levantándose de la mesa. Daniela sólo atinaba a mirar su pieza de pan, por temor a que la madre de su amiga le reprimiera algo al más mínimo movimiento – cuando se torne oscura te darás cuenta que los libros que lees nada más es una estúpida mentira. Con permiso. 

Los zapatos de su madre marcaban un eco contra la piedra de la sala y la cocina a su salida. Angélica sentía las mejillas encendidas y pequeñas gotas de sudor nacían en su frente después de tal enfrentamiento. 

- ¿Sabes si David y Arturo van a venir por nosotros? – preguntó la chica, tratando de olvidar la incómoda charla con su madre. 

- No sé... A lo mejor... Quién sabe... 

- No primo, así nunca van a salir – dijo Arturo, ante el intento inútil de David de llamar la atención de las chicas silbando desde la calle - ¡No sea menso! Como ya es novio de la flaquita va a tener que llevarla y traerla hasta su casa diario. 

- ¡No invente primo! Eso ya ni se usa – dijo David 

- ¿Ah no? ¿Y tonses porqué no la vio en la plaza? 

- Pos no sé... Segurito ahorita sale... 

- ¡Uhh no! De aquí a que salga ya me salieron raíces... A ver quítese – Arturo abrió la puerta del portón, donde se encontró con el velador cubierto con su zarape polvoriento y tras darle las buenas noches se dirigió a la puerta de la casa. 

- Buenas noches señora, ¿Estarán las muchachas de casualidad? – Preguntó Arturo a Doña Mónica, quitándose el sombrero ante ella como señal de respeto. 

- Niñas, les hablan – dijo ésta, sin quitarle le mirada de encima a David – no lleguen tarde, y vayan con cuidado. 

- Por eso no se apure, yo se la cuido retebien – dijo David, abrazando a Angélica por la cintura – yo aquí se la traigo a las purititas doce. 

- Eso espero – dijo ella, entrando a la casa de nuevo, cerrando la puerta con fuerza. 

- ¿Tienen hambre? – Preguntó David, después de salir del portón de la hacienda hacia el mar de gente que había en la plaza - ¿Tú chula quieres ir a cenar? 

- No gracias, ya cené – dijo Angélica, entrelazando su mano con la de David. 

- Ahh bueno... ¿Tons vamos a la casa de mi abue? 

- ¿Tu abue? ¿A qué? – 

- Pues es que está friegue y friegue con que quiere conocerte... y pos ya me tiene hasta la coronilla... 

- No sé... Me da pena... 

- Ah carajo... ¿Y por qué? Ni que te fueran a agarrar a garrotazos... Como la otra vez que llegamos tarde ¿Edá primo? 

- Ey... – contestó Arturo distraídamente – aunque con mi güela nada se sabe, ya viste el otro día me quería partir el lomo con la cuchara del pozole. 

- Pos no creo que vaya a ser así contigo... Amos ándale – David recargó su cabeza en el hombro de Angélica, mirándola con ojos de súplica que ella no podía ignorar. 

- Bueno vamos, pero no me pongas esos ojitos otra vez – dijo ella, pellizcándole las mejillas a su novio. 

Angélica y Daniela se dejaron llevar por unas calles más debajo de la plaza, donde el bullicio de la gente, la música en el quiosco y los cohetes llegaban un poco amortiguados. David abrió la puerta de la casa para que entraran las chicas primero, al principio todo estaba oscuro, y sólo se veía una luz en el fondo de un pasillo. Cuando Arturo encendió la luz una estancia pequeña de color rosa se iluminó frente a ellos. Las paredes mostraban retratos enmarcados (tanto antiguos como recientes) alrededor de una gran imagen católica en la pared principal. 

- ¡Amá ya llegué! – gritó David, dejándose caer en un sillón, en donde Angélica también tomó asiento. 

- ¿Porqué tan pronto? – preguntó su madre desde el fondo del pasillo, donde unos ruidos metálicos se escuchaban en la cocina – Apenas íbamos a ir yo y padre a la plaza – cuando la señora se dio cuenta de que tenían visitas al entrar a la sala se ajustó su rebozo y le preguntó a David - ¿Y éstas muchachitas quienes son hijo? 

- Ah mire, pos ella – David tomó a Angélica de los hombros y la abrazó contra él dándole un beso en la mejilla - ella es mi novia, la hija de Don Cristóbal, y su amiga de Guadalajara, Daniela. 

- Mucho gusto señora – dijo Angélica, poniéndose de pie para saludar 

- Ay hijo, de haber sabido que está tan bonita la hubieras traído antes – comentó su madre 

-¿Estela dónde estás? – preguntó una voz desde la cocina, donde dejaron de escuchar sonidos de ollas para darle paso a la aparición de la abuela de David en la sala. 

- Buenas noches – saludó la señora, limpiándose las manos en su delantal 

- Mire doña Mago, ella es Angélica, la novia de David 

- ¡Ay niña! Hasta que por fin se me hizo conocerte – la anciana saludó a la chica con un beso en la mejilla y un abrazo fraternal - ¿Eres la hija de Don Cristóbal? 

- Si... soy su hija – por alguna razón, se sentía menos nerviosa que cuando David fue a su casa, lo cual pensó que era por la sonrisa con la que la recibieron. 

- Mucho gusto, yo soy Margarita Ahumada, la mamá del papá de David. 

- El gusto es mío, señora – dijo la chica – el señor David y mi papá son muy amigos y han trabajado juntos por años, así que lo conozco muy bien. 

- ¿Cómo conociste a mi hijo? – Preguntó Estela – porque pues él de un día para otro nos dijo que ya tenía novia y no nos dijo ni cómo, ni cuando, ni dónde. 

- Estaba trabajando en la hacienda... 

- Este muchacho salió retrabajador como su padre... – interrumpió su abuela 

Si... y éste... Pues iba cargando unas piñas de agave cuando vi que se había cortado, entonces lo curé y... pues ya. 

Justo cuando hubo terminado su relato, tocaron a la puerta, David abrió para darles paso a los padres de Arturo y a Don David. Los hombres cargaban unas pesadas ollas de barro mientras que María de Jesús sólo llevaba unas bolsas con carne. 

- Buenas doña Mago – saludó Everardo, el papá de Arturo - ¿Dónde le dejamos las ollas? 

- Allá adentro Vera, en el corral 

- ¿Y pa’ qué quiere tamañas ollotas güela? – preguntó Arturo, después de ayudar a su padre a poner la olla en la parrilla 

- Pos pa’ la birria de mañana – contestó su abuela 

- Buenas noches – saludó la mamá de Arturo a las dos chicas – preséntanos hijo, ¿Qué no ves que no nos conocemos? 

- Miren, ella es Angélica, la novia del primo, y ella es Daniela... 

- ¿Y tú de quién eres novia? – le preguntó Everardo a Dany 

- Hasta ahorita de nadie – contestó ella – pero si Arturo se anima, igual hasta en suegros los convierto. 

- No mijo, pos’ ya te estás tardando – dijo su madre, sentándose en uno de los equipales. 

- Pérese amá, poco a poquito... mientras me la llevo a la plaza a darle unas vueltas hasta que se mareé y me diga que sí. 

- Ándale pues, pero no vayas a llegar tarde... – dijo su abuela 

- No güela como cree... No más no vaya a agarrarme a cucharazos ¿Eh? Amá, ahí le encargo que le esconda las escobas 

- ¿Ustedes no van a ir? – preguntó Dany a David y Angélica, cuando se puso de pie con Arturo para salir por la puerta 

- ¿No van a cenar primero? – Preguntó Estela - ¿Les sirvo un pozolillo muchachas? ¿O un caldo de res? 

- Gracias señora, pero ya cenamos – dijo Angélica 

- Ah bueno... pero si les da hambre de tanto bailar se vienen ¿Eh? Con confianza 

- Muchas gracias, entonces nos vemos allá – dijo Dany a Angélica – hasta luego buenas noches... Fue un placer conocerlos – dijo a los padres de Arturo. 

- ¿Y dónde estudias niña? – preguntó Margarita a Angélica 

- En Guadalajara – contestó, pensando en que un interrogatorio con ella iba a ser mil veces mejor que con su madre – estudio mercadotecnia 

- Ahh mira... – Comentó Doña Mago sin tener idea de lo que eso significaba – A “Davidsín” siempre le ha gustado el campo... Siempre atrás de su padre y de su abuelo en paz descanse. 

Angélica miró un retrato que destacaba en su tamaño por las demás fotografías: un hombre mayor con sombrero miraba con unos ojos idénticos a los de David a todo aquél que observara su retrato, su bigote ya se pintaba blanco y las arrugas en su rostro dejaban en evidencia la edad avanzada con la que Don Francisco Montero se dejó fotografiar. 

- Sus ojos se parecen a los tuyos – dijo Angélica en un susurro. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar el relato de Paz sobre la muerte de Don Francisco, y es que pareciese que la foto en la pared le recriminaba a la chica que supiera el final de su vida, cuando su nieto lo ignoraba por completo. 

- Si, tiene los mismos ojos de él - dijo Doña Mago, mirando el retrato de su difunto esposo mientras David evitaba la mirada de los demás – igualitos que su padre. 

- Pues ya nos vamos – dijo David – ya la conocieron, ya los conoció y ahora sí, al baile... ahí nos vemos al rato. 

- ¿De veras no quieres quedarte a cenar? – preguntó Estela 

- ¿O para siempre? – preguntó Doña Mago 

- ¡Abue! – exclamó David avergonzado 

- ¿Qué tiene? Yo nomás dije que se podía quedar 

- ¡Ya nos vamos! – dijo éste, cerrando la puerta con fuerza. 

Camino a la plaza, Angélica notó que David aún se mostraba sonrojado por la pena que su abuela le hizo pasar. 

- Tu abuela me cayó bien – dijo ella – es muy amable. 

- Amable... – murmuró David con sarcasmo – ay disculpa lo que dijo, es que... 

- No te apures... Total lo decía en broma – dijo ésta, dejándose abrazar por David por la espalda para guiarla entre la gente - ¿Ya viste? – Preguntó - ¡Están bien bonitos! – frente a ella había docenas de osos de peluche colgados. Era un puesto en donde se trataba de introducir un aro de plástico en el cuello de una botella de cristal, y por lo visto no era tan fácil como pensaban. 

- ¿Quieres uno? – preguntó David, dispuesto a sacar su cartera para pagarle al encargado. 

- ¡No, no! No te molestes – dijo ésta sonrojada – En serio... 

- Chula, déjame darte gusto – le dijo David al oído 

- No David... En serio, me da mucha pena... Mejor cómprame un refresco, tengo algo de sed. 

- ¿Has probado las piñas coladas? – Preguntó David – aquí hay un puesto de cantaritos, ¿Quieres una? 

- Es que, no tomo mucho alcohol, de hecho nunca he tomado 

- Pero pos si no es tan fuerte, es más jugo que nada, ándale vente – tomó a la chica de la mano y la llevó entre la gente hasta un local ambulante donde se vendían bebidas alcohólicas 

- Buenas amigo, ¿Qué les doy? – preguntó el chico encargado que se movía al ritmo de la música, que a diferencia que de la de la plaza, era electrónica y más movida. 

- A ella dale una piña colada y a mí un cantarito de tequila. 

Al instante el chico comenzó a preparar las bebidas que le ordenaron, sirvieron la de Angélica en una copa de plástico y la de David en un cántaro de barro, ambos con popote y una sombrilla pequeña. 

- ¿Quiubo? ¿Edá que no está tan fuerte? – preguntó David a su novia, al darle el primer trago a su bebida. La chica no sabía cómo David podía soportar tanto alcohol en la sangre, si apenas ella llevaba la mitad de la suya y sentía que las piernas le temblaban ligeramente. 

Alrededor de la plaza, se instalaba una valla humana de muchachos en su mayoría, los cuáles arrojaban confeti a las muchachas que daban vueltas frente a ellos. David se había acostumbrado a ser uno de ellos unos cuantos años atrás, pero ahora que era novio de Angélica, lo veía con diferente manera, ya que no le parecía que una bola de desconocidos piropeara a su novia frente a él. 

- ¡Mira nada más que chulada de mujer! – Exclamó una voz detrás de Angélica y David – De veras que diosito se lució contigo preciosa. 

- Oye calmado amigo – David empujó al chico con la mano con la que abrazaba a Angélica – ella tiene quién la defienda, ¿Cómo la vez? 

- ¿A poco si muy macho? – preguntó el otro chico, que claramente se veía en un estado de ebriedad muy avanzado. 

- Pues no más cálame – dijo David, dejando caer su cantarito casi vacío. 

- David por favor, vámonos. 

- No chula, ni éste cabrón ni ningún otro te va a andar faltando al respeto delante de mí. 

- ¿Ah sí? Pues vente, a ver si eres tan gallo 

- Pues vámonos partiendo la madre a ver de cómo nos toca – antes de que el otro chico pudiera siquiera pestañear, David ya le había dado un puñetazo en la cara, haciendo que éste cayera al suelo en cuestión de segundos. Sin embargo, los acompañantes del muchacho que sangraba se fueron encima de David, el cual sólo podía defenderse dando golpes al azar. 

- ¡Déjenlo, déjenlo! ¡Ayúdenlo por favor! 

- ¡HEY CALMADOS TODOS! – Unos hombres salieron de la nada y agarraron por la espalda a todos los inmiscuidos en la pelea, cuatro policías levantaron al chico ebrio y a sus dos amigos mientras otro levantaba a David, quién para el terror de Angélica notó que sangraba de la nariz - ¡Llévenselos al ayuntamiento! – gritó el hombre, para hacerse escuchar por encima de la música y los murmullos de los curiosos a su alrededor. 

Toda la gente les abría paso cuando caminaban con los detenidos hacía el ayuntamiento. 

- ¡Arturo ven rápido! ¡Van a llevarse a David a la cárcel! – exclamó Angélica casi llorando, al encontrarse a Arturo y a su amiga besándose en una esquina del portal, donde las escaleras conectaban a la entrada principal del ayuntamiento. 

- ¡¿Cómo?! ¡¿Pos qué hizo o qué?! 

- Se peleó con unos chavos que me dijeron de cosas... Por favor sácalo de allí. 

- Órale méndigos, a ver si así se les quitan las ganas de andar de llevados – dijo un policía, cerrando la reja de la celda donde los cuatro chicos fueron encerrados. 

- ¡Pero poli yo no fui! ¡Éste cabrón fue el que empezó! - dijo David, señalando al chico, al cual le echaban aire con sus sombreros para que reaccionara 

- No me importa quién haya empezado, ¿Quiénes son sus papás? 

- David Montero – contestó David - ¡Déjeme salir! ¡Le pago la multa, la fianza o lo que sea pero yo no hice nada! 

- A mi me consta – dijo Arturo detrás del oficial de policía – aquella bola de montoneros se le fueron encima... 

- Es cierto... El que está borracho me insultó y él sólo quiso defenderme – dijo Angélica 

- Cierto oficial – dijo Dany – no puede meterlo a la cárcel por haber defendido a su novia. 

- Pos no, pero por andar armando trifulcas en espacios públicos, mínimo de aquí se va hasta mañana... Ya todo esto ¿De dónde son? No los había visto por aquí. 

- Venimos de Guadalajara, mi papá es Cristóbal San Román y... 

- ¡¿Cristóbal San Román?! Jaja, como que a tu apá no le va a gustar que su hijita ande con un malandro ¿No crees? 

- ¡Él no es un malandro, solo me defendía! 

- Pues será el sereno, pero de aquí no sale hasta mañana, o que un mayor de edad venga por él... Es más, Vayan por Don Cristóbal, o por Don David, si de veras tu novio es tan santo y cuidador que uno de sus papás me lo confirme. 

David sintió miedo como pocas veces en su vida. Experimentó el mismo temor que cuando se subió a un toro por primera vez o cuando cayó en la cuenta de que su abuelo había muerto, si llegaba Don Cristóbal primero (y lo más probable que acompañado de su esposa) Doña Mónica le prohibiría andar con su hija sólo por pisar la cárcel unos cuantos minutos. Sin embargo, pensaba sus argumentos para decirle que si estaba allí, era por su hija, por prometerle quela cuidaría y que así había sido. 

- ¿Qué pasó? ¿Aquí lo tienen? – preguntó Don David al entrar al ayuntamiento. David pasó del miedo a la vergüenza en sólo unos segundos al imaginarse lo que su padre sentía al verlo tras los barrotes - ¿Qué hiciste? – preguntó de nuevo, tratando de conectar ideas al verlo junto a un chico con la cara ensangrentada y casi desvanecido, a Angélica llorando y a su hijo evitando mirarlo a los ojos. 

- Pos es que éste se quiso pasar de lanza con Angélica – explicó David apenado. 

- ¿Es cierto? – le preguntó directamente a la chica, quién al ver la mirada idéntica de David pero más furiosa en los ojos de su padre, sólo pudo asentir - Sáquenlo – dijo a los policías - ¿No están oyendo? ¡Que lo saquen! 

- Pero Don David... Tienen que pasar 24 horas para... 

- ¿Cuánto es de fianza? – preguntó, sacando su cartera 

- Setecientos pesos – dijo el oficial 

- Ahí están – dijo Don David, sacando billetes de su cartera y dejando caer el dinero sobre el mermado escritorio de madera - Y ámonos a la casa, ya estuvo bueno de tanto arguende – David seguía cabizbajo a su padre, sentía unas ganas inmensas de despedirse de Angélica, pero un acto así después de lo que su padre hizo por él era demasiado. 

- Ya me voy flaquita – dijo Arturo a Dany, al ver que era mejor seguirlos – mañana nos vemos, adiós Angélica – después de despedirse de las chicas, siguió a su tío y primo hasta la casa de su abuela. 

- Vámonos Angy... – Dany abrazó a la chica para caminar rumbo a casa, donde su madre la recibió con la misma indiferencia de siempre cuando sabía que David estaba del otro lado de la puerta. 

- ¿Y por qué esa cara? – Preguntó Andrés, fuera de su habitación, el chico se había puesto el pantalón de la pijama y salió sin camisa para ver a Angélica a su llegada - ¿Te diste cuenta de cómo es el ranchero en realidad? 

- Sí, así fue – dijo Dany – y para sorpresa de muchos, o quizá de nadie sigue siendo mucho más hombre que tú – sin más palabra, Dany pellizcó el pezón de Andrés haciendo que éste se retorciera de dolor en su cama. 

- ¿Qué pasó? – Preguntó Sofía, saliendo de su habitación con una camiseta que le llegaba debajo de las rodillas - ¿No gritaron ustedes? 

- Era el marica de tu hermano – dijo Dany 

- ¿Qué te pasa Angy? – Sofi notó que su amiga tenía los ojos enrojecidos y un semblante de tristeza - ¿Te hizo algo el güero de rancho? 

- No le digas así – dijo Angélica, acostándose en su cama y abrazando la almohada con fuerza 

- Se agarró a golpes con unos tipos que insultaron a Angy – comentó Dany, quitándose las botas. 

- ¿A golpes? Sabía que ése no tenía educación, pero no para tanto... 

- ¡Cállate! – Exclamó Angélica, derramando lágrimas en su sábana - ¡Lo que pasa es que tienes envidia! 

- ¡Pues sí! – Dijo Sofía, dirigiéndose a la puerta - ¡Tengo envidia, porque quisiera a alguien que me amara como David te ama a ti! – El ruido del portazo hizo que Angélica cerrara los ojos con fuerza, fusionando las lágrimas con su cabello en la almohada. 

- Buenas noches Angy – dijo Dany, apagando la luz de la habitación que compartían. Angélica no podía conciliar el sueño, cuando recordaba cada golpe que le daban a David sentía un dolor en su corazón tanto como David lo hubiese sentido en su rostro o en la espalda. Con los ojos aún cerrados escuchó ligeros golpes en la ventana, la luz de la luna iluminaba bastante para ver que no era ningún ave que estrellaba su pico con el cristal, o la rama del frondoso árbol que se mecía con el viento. Al ponerse en pie y abrir la ventana con un chirrido, escuchó debajo de su balcón un chisteo, al bajar la mirada y entre las sombras de los arbustos, pudo ver la silueta de David, que blandía una soga sobre él, que arrojó al balcón para lazarla en un pilar de piedra. El chico escaló hasta encontrarse con Angélica, la cual miraba aterrada un labio hinchado y un ojo morado en la cara de su novio. 

- ¿Qué haces aquí? – Preguntó ella - ¿Cómo pudiste entrar? 

- Pos nada más le di su Tonayitan a don Gabriel – contestó – además, no podía dejarte así como así... 

- Perdóname, es que yo... 

- No chula – David le puso un dedo delicadamente en los labios a Angélica – no pidas perdón... prometí que iba a cuidarte, y así lo hice... Además, nadie te manda a ser tan bonita, y ni creas que se me había olvidado... – David sacó de su bolsillo una rosa envuelta en plástico transparente 

- Ay David... Gracias - dijo ésta 

- ¡Ah espérate! – David se asomó al balcón y susurró - ¡Échamelo primo!... ¡No primo con ganas! 

Angélica adivinó que debajo de ellos estaba Arturo como cómplice de David, pero lo que nunca vio venir era el oso de peluche que voló delante de ellos, el cuál David atrapó en el aire para entregárselo a su novia. 

- Lo acabé comprando porque ya de plano no metía ninguna – dijo éste. 

- David, no sé cómo darte las gracias por todo 

- No, si bien sabes – dijo éste – un beso de tu boquita y me doy por bien servido... Pero de ladito porque todavía me duele – dijo, señalando su labio en la parte izquierda. 

Angélica sonrió y besó la comisura de los labios de David, si algo amaba del chico, era que siempre le hacía dibujar una sonrisa, aún cuando haya derramado lágrimas por él.