XVII - La Fiesta de los Jornaleros

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El olor a tierra mojada divagaba en el aire, la lluvia de la tarde aligeraba el calor que se cernía sobre Estipac en los días del verano. Cada gota de agua que caía desde el cielo era la respuesta a cada súplica de los campesinos pidiendo un buen temporal para sus parcelas, cosechas y sembradíos. 

Algunos de los puesteros habían ya desaparecido de la calle donde artesanías eran expuestas a turistas y habitantes del pueblo durante los nueve días de la fiesta. La afluencia de gente en la plaza era cada vez menor, el escenario de la banda fue desmontado y a comparación con la música de días anteriores, el silencio de la plaza se veía interrumpido en pocas ocasiones por el ruido de alguna camioneta con música o las campanadas del templo. 

En punto de las seis de la tarde, el mariachi había llegado al patio de la hacienda, donde había mesas con ondeantes manteles a causa del viento húmedo y sillas de metal rodeando la fuente en el centro del lugar del festejo, mismo que cada año después de la fiesta de Estipac, Don Cristóbal ofrecía a sus trabajadores a modo de agradecimiento hacia su lealtad y esfuerzo. 

Uno a uno los trabajadores fueron llegando a la hacienda conforme el sol se iba ocultando, la mayoría de ellos acompañados de su familia, y algunos en soledad. Angélica veía aburrida desde su balcón cada una de las personas que iban llegando, identificaba a hombres con los que su padre había trabajado desde que tenía memoria, y otros que apenas podía reconocer. Cuando por la puerta vio aparecer a David junto con Arturo seguido de los padres de su novio, su corazón dio un ligero salto. 

- Dany ya llegaron – dijo Angélica a su amiga, que estaba recostada en la cama viendo por décima vez las fotos que tomó en el lienzo charro el día anterior. 

Ambas bajaron las escaleras hacia el patio con menos entusiasmo con el que lo hubiesen hecho de no haber sido por el comportamiento de Doña Estela un día antes. David llamó la atención de Angélica con la mano después de saludar a Don Cristóbal y su esposa, quién no le quitaba la mirada de encima al novio de su hija desde su llegada. 

- ¿Quién huele tan bien? – preguntó Dany, al llegar junto a Arturo y David 

- ¿Pos quién va a ser? El que casi se hecho toda la botella encima – dijo David, dejando en evidencia a Arturo. 

- Ni diga nada primo, que tú hasta con tijeras y toda la cosa te andabas recortando el bigotito – Angélica miró a David con detenimiento y, en efecto, notó que éste se había recortado la barba para darle un aspecto más uniforme y menos descuidado. 

- Te ves bien guapo – dijo Angélica, pellizcándole las mejillas a David. 

- ¡Ya pérate que si me duele! – Exclamó éste - ¿A ver, que se siente que le anden pellizcando? – David cobraba venganza rodeando la cintura de su novia y pellizcándola en su vientre, cuando Angélica pudo zafarse de sus brazos, corrió hacia la fuente donde David la alcanzó para robarle un beso frente la mirada de sus padres. 

- ¿Y qué vamos a cenar o qué? – preguntó David cuando se hubo sentado en la mesa junto a su primo y novia 

- ¿Qué nada más piensas en comer? – preguntó Angélica a David, dejándose rodear por un brazo de su novio 

- Como crees... También en cenar – contestó, besando la frente de su novia. 

- Vamos a cenar birria – comentó Dany – la he probado pocas veces, y dicen que si la hacen en leña sabe mejor... 

- La birria de borrego sabe re buena, ¿Te acuerdas primo cuando comimos la birria de avestruz? 

- Ey... – contestó David, tomando un vaso para servirse refresco 

- ¿y a qué sabe? – preguntó Dany curiosa, tratando de imaginar una avestruz dentro de una cacerola enorme. 

- Pos a carne normal – contestó él. 

- Ohh... – dijo Dany, no muy convencida, y agradeciendo que en la hacienda no vio ninguna avestruz durante su estancia. 

- ¡Hola niñas! – Saludó Doña Estela a Angélica y Daniela tras platicar un rato con los padres de la novia de su hijo - ¡Ay David ya te ensuciaste! – Exclamó la señora, al ver una mancha de tierra en el pantalón de David al acercarse a la fuente – Párate para que te limpie... 

- ¡Ay amá! ¡Si no es nada! – dijo éste, escondiendo sus ojos verdes de la mirada de su novia y amigos. Cuando su madre eliminó la mancha del pantalón, los dejó para reunirse con su esposo y Don Cristóbal, en una de las mesas más grandes del jardín. 

- Se ve que tu mamá te quiere mucho – le dijo Angélica a David en el oído, el cuál contestó con un gruñido de disgusto – No te enojes... – agregó, al ver que éste seguía sin verla a la cara - Oye, ayer me asustaste horrible, por fa no vuelvas a hacer el paso de la muerte, me pusiste muy nerviosa... – comentó, intentando desviar la plática a otro tema. 

- ¿A poco no dejé con el ojo cuadrado al cabrón aquel? 

- ¿A quién? 

- Al güey ese que te dio la flor ayer... 

- Ah... – Ahora era Angélica la que evitaba la mirada de David, sintiéndose apenada por haberle reclamado que una desconocida se acercara a él cuando ella aceptó el detalle de un miembro de la hacienda contraria a la de su padre – bueno, tampoco podía decirle que no... Así como tú con la muchacha... 

- ¿Ves? Yo no podía hacerle la grosería allí frente a todos... Además andaba buscándote pa’ que me felicitaras personalmente 

- Pues felicidades – dijo ella 

- ¿Qué? ¿Así tan seco? 

- ¿Qué más quieres? – preguntó Angélica 

- Pues bien sabes... – contestó él, acariciándole la mejilla a la chica con su mano labrada por el trabajo – pa’ que te haces... uno chiquito y ya... ándale, para la trompita... 

Angélica dibujó una sonrisa en su rostro, en verdad le gustaba cuando David le suplicaba algo en ese tono de voz, como si fuera un niño que pedía un dulce poniendo la cara más tierna de la que podía hacer uso. 

Minutos después, Paz servía mesa por mesa los platos de birria que iban saliendo de la cocina, donde mujeres que trabajaban junto a ella se empeñaban en picar cebolla o preparar el chile lo más rápido posible para que la comida estuviese completa. Fuera, en el patio de la hacienda, la noche caía cediéndole el paso a la oscuridad iluminada por los faroles colgados para la ocasión, que le daban al momento una atmósfera diferente debido al silencio, comparándola con días anteriores. El tequila comenzó a circular por el patio de la hacienda servido en pequeñas botellas de un cuarto de litro en cada mesa a la par que el mariachi tocaba canciones más alegres. Las parejas rodeaban bailando la fuente iluminada con luz desde el agua mientras los niños corrían de un lugar a otro en el patio, entre ellos Javier, el hermano de Angélica. 

- ¿Me prestas a Angélica? – preguntó una voz que hizo que David estrujara su vaso de plástico vacío con su mano. De entre las parejas de baile surgió Andrés, quién para sorpresa de todos no iba vestido con su estilo de siempre, si no como una mala réplica de David

- Pos no más si tú me prestas a tu hermana ¿Cómo la vez? – David hizo ademán de levantarse de la silla, pero Angélica y también Daniela lo mantuvieron en su lugar. 

- Yo sólo quiero bailar con ella ¿Qué tiene de malo? – preguntó Andrés, con un tono de voz tan sereno que hizo enojar más a David. 

- David por favor no, aquí no... – le suplicaba Angélica aferrada a su brazo, sabiendo que si Andrés lo provocaba aún más, éste podría perder algo más que unos cuantos dientes – no Andrés vete, por favor. 

- Cómo quieras, pero bien sabes que no siempre va a estar junto a ti – dijo Andrés, antes de regresar a la mesa de Don Cristóbal por el mismo camino. David lo siguió con la mirada y se dio cuenta de que su padre lo observaba por encima de su vaso, David adivinó que era una mirada de advertencia para que no se metiera en un lío más. 

- No sé que se cree ese idiota – dijo Dany - ¿Lo vieron? Que ridículo, debería primero actuar como un hombre antes de vestirse como uno. 

- David... no tenía nada de malo que bailara con él... 

- ¿Entonces si querías? 

- Quería bailar pero... 

- ¡Pos vente! – David se puso de pie rápidamente y jalando a Angélica la llevó hasta donde estaban las demás parejas, quienes se movían con el ritmo del mariachi - a mí no me gusta que ande así contigo 

- ¿Pero por qué? – preguntó la chica, sin entender el porqué del enojo de David. 

- Me da envidia que él te puede ver todo el día y yo no... Me encabrona que tenga que ir al azufrado pa’ verte o venir aquí y no sabes el enojo que me da al saber que duerme a unos cuantos metros de contigo... Por eso – dijo, abrazando a Angélica para sentirla más cerca, posando su cabeza en el hombro de la chica para no mediar ni una palabra más. 

- David... – Angélica no sabía qué decir, cualquier argumento que ella pensara tendría poco peso contra las palabras de su novio – Te amo... No quiero que pienses así... Sí duerme en mi casa, pero no es para tanto, yo también quisiera estar más tiempo contigo... 

El ritmo de la canción había cambiado y con ello la tensión de ambos. David sentía los hombros más relajados y Angélica era partícipe de cómo un peso inexplicable se le había quitado de encima. Los movimientos de ambos se fueron volviendo más lentos hasta casi quedar de pie sin moverse. 

La ronca voz de David la hipnotizaba tanto como sus ojos. Sus manos recorrían su espalda mientras sentía su respiración en el cuello acompañada de la letra de la canción... 

- ...el día que a mí me maten que sea de cinco balazos y este cerquita de ti para morir en tus brazos... 

- No, quédate... 

- ...Por caja tengo un zarape, por cruz mis dobles cananas, y escriban sobre mi tumba, mi último adiós con mil balas... 

- No te vayas - murmuró Angélica, abrazando a David tan fuerte como le era posible – Por favor no... – La chica comenzó a derramar lágrimas que mojaban la camisa de su novio sin que éste se diera cuenta - ¡Quédate! 

- ¿Qué traes? – preguntó él, al verla llorar de repente. 

- No quiero que te vayas – contestó ella, antes de salir corriendo de entre la gente hacia la oscuridad. 

David difícilmente la encontró en el establo, con la luna como única fuente de luz, caminaba despacio para no provocar a los caballos. Un ligero sollozo llamó la atención de su oído más agudo que nunca, a unos cuantos metros de él, la chica estaba sentada en un tronco recortado con el que se apoyaba para subir a los caballos. David se arrodilló frente a ella, la tomó de los hombros y le preguntó: 

- ¿Ahora porqué chillas? 

- Es que... Dany y yo estábamos platicando el otro día y ella dijo que tú te ibas a quedar y entonces no quiero que te vayas... – dijo Angélica, con una rapidez que ella aseguraba le iba a provocar menos dolor a cada palabra. 

- No te entendí nada... – dijo David, rascándose la cabeza 

- Cuando entremos a la escuela... No te voy a ver... – dijo ella, juntando fuerzas de su interior para mirar a los ojos a David 

- Chula, pos eso no es problema – dijo David, con un leve quebranto en la voz – yo puedo ir todos los domingos hasta Guadalajara y verte si... 

- No es lo mismo David – dijo ella, ahogándose en su voz – nunca me di cuenta de que se acabarían las vacaciones y... 

- No chula... yo te voy a querer siempre... Mira... – David buscaba en su camisa y alrededor de su cuello. A la escasa luz se podía ver el destello de una placa de metal que decía “David y Angélica” – Igualita a la que traes tú, sólo que ésta trae tu nombre y el mío, porque cada que la veo me acuerdo de ti, de cómo se me enchina la piel cuando dices mi nombre y cuando me das un beso con esa boquita... 

- Pero... 

- Pero nada, antes me muero que dejarte sola - dijo David como si fuese un regaño – ya no llores chula, no me gusta verte triste... Vete a dormir, nos vemos mañana, vas a ver que ni Dios me va a separar de ti. 

Angélica no hizo más que asentir, limpió sus lágrimas con la manga de su camisa y volvió a donde seguía la fiesta. Alrededor de la fuente el ambiente seguía tan animado como desde un comienzo. Su padre platicaba con el de David vaciando el resto de la botella en su vaso, mientras que Doña Estela miraba todo aquello con su típica mirada de escrutinio. Al ver a su hija acercarse a la puerta de la casa, notó que sus ojos estaban enrojecidos y se puso de pie para acercarse a ella. 

- ¿Qué te pasó hija? – preguntó al tener a su hija frente a ella. 

- Nada mami – contestó ella, dibujando una sonrisa triste ante su madre. 

- ¿Te hizo algo el David ese? 

- No mamá, no es nada malo... 

- Hija, soy tu madre, sabes que puedes decirme lo que pasa... 

- No es nada – dijo ella de manera contundente, subiendo las escaleras a su habitación. 


Estela se había quedado con la duda del llanto de su hija, a lo lejos veía como David salía por el portón de la hacienda cabizbajo y con paso desgarbado, fue entonces que se decidió a llegar al fondo del asunto.