XVIII - La tormenta

Jimador_nuevo_Banner



Este capítulo contiene material apto sólo para adultos, si
eres mayor de edad, puedes seguir leyendo.




Las nubes grises se arremolinaban en el cielo amenazando con dejar caer la lluvia. Sus pies congelados dentro de las botas de hule tiritaban de frío, al igual que sus rodillas y brazos. El silencio abrumador sólo cedía ante el golpe de la pala con la tierra para sacar el lodo de la zanja. El sonido de un motor apagándose hizo que sus labios rodeados de perlas de sudor dibujaran una sonrisa. 

Al salir de la zanja, encontró a Angélica recargada de pie en el árbol que cuando hace sol otorga la más fresca sombra. 

- ¿Qué haces aquí chula con tanto friazo? – preguntó David a su novia, al verla cruzada de brazos en el árbol 

- Pues vine a verte – contestó ella, sonriendo como si nada del día anterior hubiese pasado - ¿Qué hacías allá? 

- Ayer cuando llovió se hizo un pinche desmadre en la zanja – contestó David, clavando la pala en la tierra – la tierra corrió hasta abajo y no pasaba el agua, se borraron unos surcos y tumbé las guácimas que había en la orilla. 

- Pobre, debes de estar cansado – comentó Angélica, sentándose junto a David cuando éste se cambiaba de botas. 

- Pos no tanto – dijo David – aún me quedan fuerzas pa’ llevarte a la plaza en la noche – el chico rodeó los hombros de su novia con un brazo. Angélica se dejó estrujar en el abrazo de David notando en sus manos ciertas irregularidades. 

- ¿No te duele? – preguntó ella al ver en la mano de David una ampolla casi reventada 

- Pos si, ¿Pero qué le hago? – David jaló de la piel muerta para dejar en carne viva la parte de la ampolla reventada, Angélica miraba sorprendida como él no mostraba rastro de dolor cuando ella sintió un escalofrío al ver como se desprendía la piel muerta de un jalón. 

- David, se te puede infectar de algo... 

- Nah, no te apures – dijo éste, escupiéndose en la herida y limpiándose con la camisa - ¿Y dónde dejaste a tu amiga? 

- Se quedó despidiéndose de Arturo porque se va hoy – Angélica abrazó sus rodillas ocultando su cara de la mirada de David 

- No llores chula – David se arrodilló frente a Angélica para buscar su rostro, cuando los ojos cafés de la chica se encontraron con verdes de David sin que pudiera evitar el llanto – no me gusta verte llorar, ya te dije que si no puedes venir yo voy a Guadalajara ¿Cuál problema? 

- Es que no quiero nada más un novio para los fines de semana – contestó ella 

- No chilles chula – David abrazó a Angélica como si el temor de que algo la arrancara de su lado se hiciera presente en él – mira: me falta un año pa’ terminar en el Cecytej, ya después me voy a estudiar allá, y nos queda más cerquita ¿Cómo vez? 

Angélica no dijo nada, de todo lo que había escuchado de David aquello era lo más tonto y sin sentido. 

- ¿Un año? 

- Pos si... ¿O quieres venirte conmigo? 

- ¿Contigo? 

- Si, te vienes a vivir conmigo y así ya todo arreglado. 

- Pero... Mis papás no me van a dejar... Quieren que siga estudiando y trabajar y... 

- Yo trabajo por ti, bien te dije que me partía el lomo y así lo voy a hacer, ándale dime que sí. 

David nunca escuchó la respuesta de Angélica, un continuo y ligero golpeteo en su sombrero lo hizo darse cuenta de que había comenzado a llover. Él buscó los ojos de la chica pero ésta se puso en pie apartándose de su lado. 

- Ya me voy – dijo ella, secándose las lágrimas del rostro que eran suplidas por gotas de lluvia – te veo después – Angélica quiso dirigirse hacia el otro lado de la parcela cuando un rayo cayó en un monte cercano. 

- ¿A dónde vas con el tormentón que se viene? – preguntó David, echándose la pala al hombro y tomando las botas de hule. 

- A mi casa, a ver si alcanzo a llegar en la moto 

Sin embargo, la lluvia era cada vez más copiosa. Ambos tuvieron que correr hasta el lienzo donde David arrojó la pala y botas atrás de la camioneta, mientras la chica subía a la moto. 

- ¡Nombre! ¡Vas a llegar hecha sopa! ¡Ven métete! 

Angélica sacó las llaves del vehículo y subió a la camioneta detrás de David, que cerró la puerta tras de sí para poder estar protegidos de la lluvia. 

- ¿No vas a arrancar? 

- Uy no, cuando llueve se pone re-feo allá abajo, y si nos atascamos ni con tractor nos sacan – dijo David – venté acá atrás, pa’ que estés más cómoda. 

Angélica siguió a David a la cabina trasera, donde bajo la única hilera de asientos había trapos sucios con los que el chico lavaba el vehículo, una camisa sucia, papeles arrugados y unas cuantas colillas de cigarro aplastadas. 

- David... ¿Te acuerdas de tu abuelo? – preguntó ella, evitando a toda costa que su novio volviera al tema de que ella viviera con él. 

- ¿Y porqué preguntas? 

- Porque tu abuela dijo que siempre andabas atrás de él y... nunca me habías platicado de él 

- Pos era un morrillo, tenía como tres o cuatro años cuando me subió con él al caballo... Pos puras cosas de esas, que andaba aquí en el azufrado y yo lo veía trabajar... – en un rápido vistazo hacia Angélica, David notó que la chica temblaba de frío más que antes a causa de la lluvia y su cabello húmedo. David buscó debajo del asiento y sacó una camisa arrugada y sucia, la sacudió lo más que pudo y se la ofreció a la chica – póntela, y te quitas la mojada pa’ que no te haga daño 

- ¿Te... te puedes voltear por favor? – Angélica tomó la camisa y se giró del lado opuesto a David, quién nerviosamente por el retrovisor divisaba una pequeña proporción de la espalda desnuda de la chica enmarcada por el elástico de un sostén negro, rápidamente él fingió mirar por la ventana cuando ella se puso la camisa seca abotonándola hasta el cuello. David por su parte se quitó las botas y los calcetines húmedos arrojándolos adelante, se abrió la camisa y se recostó en el asiento, subiendo los pies al asiento delantero. 

- Gracias por... dejarme quedar aquí adentro 

- ¿A poco creíbas que te iba a dejar ir con el aguacero? - David se cruzó de brazos y cerró los ojos, dispuesto a descansar el tiempo que durara la lluvia 

Angélica no contestó, sabía que David no dejaría que se fuera en plena lluvia. Su cabello aún húmedo y el bajo de sus pantalones eran la causa de que temblara de frio. 

- Si traes los calcetines mojados, quítatelos, no te vayas a enfermar – sugirió David, ante la mirada evasiva de la chica, quién también se quitó las botas y calcetines para dejar sus delicados pies al descubierto – A ver vente... – David atrajo a la chica hasta él, rodeándola con sus brazos menos fríos que su propio cuerpo, ella se sentó entre las piernas de su novio y dejó que sus manos frotaran sus brazos para alejar el frio, Angélica se hundió en su pecho y cerró los ojos a la par que se estremecía con un relámpago. 

David sentía la respiración de Angélica en su regazo mientras su abdomen subía y bajaba lentamente entre sus manos, sus pies protegían a los de ella del frío dándoles calor piel a piel. David tomó su quijada cuando ella aún tenía los ojos cerrados, levantó su rostro y la besó. Sus labios eran de miel, su aliento era lo más delicioso que pudo haber sentido jamás, su lengua era como un manjar de los dioses que jugueteaba con la suya. 

Angélica respiraba agitadamente mientras la besaba, eso hizo que David se excitara hasta más no poder, y ella también; se sentía por sus poros la excitación por la que estaba pasando. Con sus manos recorría todo su cuerpo, empezó a desabotonar la camisa que traía puesta y sus pechos aun bajo el sostén estaban frente a él en todo su esplendor cuando se arrodilló frente a ella en el asiento, le quitó el sostén y los liberó de su prisión, con sus labios saboreó sus pezones despacio y suavemente. 

David logró colocarse sobre ella aún a medio vestir, ella estaba acostada en el asiento trasero del auto, y en la estreches que había logró bajar hasta su vientre y desabotonar el pantalón que estaba puesto, mismo que estaba mojado por la lluvia, logró quitarle el pantalón y así apreciar la intimidad de la chica. David desabrochó su cinturón y bajó su pantalón y su bóxer, su pene totalmente erecto salió de su encierro y estaba listo para poder penetrar a Angélica por primera vez, se puso en posición y comenzó a penetrarla con suavidad para que la excitación en ella fuera más y más grande, ella recorría la espalda de David con sus manos mientras él acariciaba paulatinamente las mejillas de la chica y sus senos desnudos. 

Cuando la penetración fue completa, el movimiento de su cadera era tan exacta que el placer era inmenso, los gemidos que ella emitía eran cada vez mas fuertes por lo que no paró de besarla, como si hubiera tenido el temor de que alguien pudiera escucharlos y entonces llego el clímax, David terminó dentro de Angélica y ella tuvo un orgasmo junto con su eyaculación, fundiéndose en el sentimiento mutuo de lujuria y amor. 

- ¿Dónde andabas? – Preguntó Doña Estela al ver su hijo empapado cuando entró a la casa – ¡Tus tíos y tu primo ya se fueron y tú ni tus luces! 

- Pos es que me agarró el agua en el azufrado – dijo David, caminando a paso tembloroso provocado por su experiencia vivida más que por el frío – usté sabe cómo se pone el camino cuando llueve – le dijo David a su padre, sentado en un equipal de la sala. 

- Ándale súbete a bañar, te va a dar gripa, quítate la ropa y me la avientas por la escalera –dijo Doña Estela al ver a su hijo con sus botas en la mano y descalzo en la sala. 

- ¡Pero niña! ¿Qué te pasó? – preguntó Paz al ver a Angélica mojada de pies a cabeza cuando entró a la cocina. 

- Estaba lloviendo cuando me vine – dijo ella, dejando las llaves de la moto en la mesa de la sala. 

- Ve a cambiarte para que no te haga daño, ahorita te subo un café calientito – dijo la señora, dirigiéndose a la cocina. 

Angélica subió a su habitación sin atender al llamado de Dany al subir la escalera, al quitarse la ropa recordaba la fricción de los bellos del abdomen de David sobre su vientre, el calor entre sus piernas cuando el chico la penetró y el temblor en todo su cuerpo la recorrió desde los pies a la cabeza. 

La chica se metió en la cama y se cubrió con la sábana hasta la cabeza, ella al igual que David no podían cerrar los ojos sin recordar el momento de intimidad entre ambos, mismo que reprodujeron en sus mentes hasta poder conciliar el sueño.