- Creo que esto ya lo había visto antes – comentó el hombre, observando entre sus manos el abrigo que Alex le mostraba.
- Acá entre nos – murmuró Alex en un tono de voz más confidencial – es una imitación de Viktor & Rolf.
- ¡Vaya! Ahora entiendo – exclamó el cliente – Entonces me has convencido – dijo, tomando el abrigo y dirigiéndose hacia la caja a pagar.
Alex caminaba despacio por la tienda, esperando a que alguien le pidiera ayuda o a quién ofrecérsela en caso necesario. Sentía algo de frío debido a las lluvias en la ciudad y su uniforme de pantalón negro y camisa blanca que lo identificaban como empleado de Zara no ayudaban demasiado. Dentro de su bolsillo el teléfono celular emitió una vibración, anunciando una llamada entrante, al ver la pantalla del móvil, notó que era proveniente de la universidad, así que se ocultó detrás de un mostrados de zapatos para que el gerente no viera que atendía una llamada en lugar de un cliente.
- ¿Sí? – preguntó.
-¿Hablo con Alexis Davis? – cuestionó una voz profunda, un hombre sumamente educado en el hablar.
- Sí así es ¿Quién habla?
- Soy Sthephen Montgomery, el director de relaciones estudiantiles de la universidad de Columbia, como sabrá, el programa de becas ha sido inaugurado y algunos de los alumnos más destacados han sido seleccionados para recibir este tipo de oportunidades que la universidad brinda.
- ¿Quiere decir que yo...?
- Sí, ha sido elegido, lo esperamos dentro de 30 minutos en el edificio – y sin ningún otro comentario la llamada finalizó.
Alex miraba a todos lados, esperando a que el gerente no lo haya descubierto charlando por teléfono, del otro lado de la tienda, James atendía a una señora mayor de esas, que le mostraba una falda larga de algodón.
- Hey... ¡James! – susurró Alex, detrás de unos maniquíes sin rostro. El aludido se acercó a Alex con una expresión de duda en su cara.
- ¿Qué quieres? Estoy atendiendo a una anciana que no sabe que el nylon no es algodón.
- Oye ¿Podrías cubrirme? Es un asunto importante en la universidad
- ¿Qué clase de asunto? – Preguntó James – Así podría inventarme algo igual para librarme de la vieja – dijo, señalando a la mujer que leía minuciosamente la etiqueta de la prenda con sus anteojos enormes.
- Al parecer quieren darme una beca
- ¡Vaya! ¡Eso es genial! No hay problema, ve tranquilo... Recuerda que con el primer sueldo se pagan las cervezas a los amigos – comentó, antes de que la anciana le pidiera acompañarlo al probador.
El trayecto en taxi hasta la universidad fue más rápido de lo que Alex pensó que sería, el bullicio común de los pasillos en la hora de clases había desaparecido casi por completo, los empujones y choques en las esquinas y casilleros parecían distantes. Por uno de los pasillos solitarios, una puerta se abrió, dejando ver a una chica de cabello cobrizo y piel clara.
- ¿Marie? – Alex se acercó a la chica que caminaba hacia él con una carpeta con el sello oficial de la universidad y la saludó con un beso fugaz en los labios - ¿qué haces aquí?
- Me llamaron para una beca ¿Y tú?
- A mi también, tuve que salir del trabajo un momento... ¿Es algún tipo de entrevista o algo así? Preguntó a la chica, entrando a una oficina de donde Marie había salido con su expediente académico.
- No lo sé, creo que es algún tipo de comité o algo así – contestó ella, entrando a una sala donde varios alumnos esperaban ya. Entre ellos Alex identificó al presidente del grupo de ciencias, al basquetbolista estrella y un estudiante de arqueología.
- Marie Williams – anunció una voz femenina desde el interior de una de las tres puertas de madera, que había al fondo del pasillo.
- ¡Deséame suerte! – susurró la chica, besando la frente de Alex y entrando a la puerta de la derecha.
- Alexis Davis – murmuró una voz en la puerta del centro. Con los nervios que se expandían por todo su cuerpo, Alex pudo ponerse en pie para entrar a la habitación donde un hombre longevo lo esperaba tras un escritorio – Tome asiento por favor - señaló el hombre, y Alex como un perro de exhibición obediente se sentó en la silla – he leído acerca de su desempeño escolar, pero me gustaría escucharlo de tu propia voz.
- Ehh... Bien... – Alex sacó de la carpeta que le había entregado la secretaria regordeta una serie de hojas membretadas de la escuela y las puso con cuidado en el escritorio – hasta hace tres meses fui el editor de “Flashnews” el periódico escolar, como verá...
- ¿Qué te hizo dejar ese trabajo? – preguntó el hombre
- Un trabajo de verdad – contestó, señalando su gafete de la tienda de ropa.
- Bien... Adelante – indicó el hombre, invitando a Alex a proseguir
- Escribí un artículo acerca de las huelgas del transporte subterráneo para el Buffalo Beat –dijo, mostrando un recorte de periódico donde se mostraba su nombre bajo el titular: “Bajo la orbe” y una fotografía de un subway – Y varias de mis columnas acerca de la situación de los inmigrantes mexicanos han sido publicados en The Bilingual News – comentó, mostrando retazos de un periódico amarillento donde figuraba su nombre.
- En verdad es asombroso – susurró el hombre – verás... Muy pocos estudiantes de periodismo han sido llamados debido a la competencia laboral. Ahora prácticamente cualquier simio que sepa leer puede publicar un diario, pero tu caso es diferente... Hay una oferta de trabajo de medio tiempo y un curso de estudios similar al de Columbia... lo ofrece la revista Gossip Monthly, creo que para empezar en el mundo laboral no está nada mal.
- Suena... interesante – comentó Alex, imaginándose la revista y el contenido con el simple nombre.
- La forma de registro para el programa de becas está aquí dentro – comentó el hombre, mostrándole un sobre color verde sellado – si yo fuera tú aprovecharía esta oportunidad para conocer Londres.
- ¿Londres? – preguntó Alex, mirando a los ojos a aquel señor que se le olvidó omitir que aquella propuesta estaba del otro lado del mundo.
- Sí, es una publicación inglesa. Todos los gastos de transporte y trámite son absorbidos por el gobierno – puede retirarse. Y piénselo bien.
Con la misma pesadez con la que entró, salió de aquella estancia, topándose con más alumnos que esperaban fuera así como lo estuvo haciendo él.
- Marie me dijo que te llamaría después – dijo el chico con la bata blanca – salió mucho antes que tú y dijo que no podía esperar.
- Mike Pinsetti – anunció el mismo hombre que había entrevistado a Alex.
- Gracias Mike... Y suerte – dijo Alex, alejándose por el pasillo con paso sigiloso.
Durante el trayecto en taxi hacia su casa pensaba en Londres: ese país tan distante que sólo había dado a los Beatles y la Revolución Industrial al mundo como cosas de provecho. No pudo evitar pensar en los ingleses: “malditos educados, como los franceses, pero sin un acento tan ridículo” Cuando llegó a casa, notó que los trabajadores entraban a sus domicilios para descansar de después de un largo día de jornada laboral: hombres (y unas cuantas mujeres) con la cara y manos sucias de aceite industrial o corrosión de metal llegaban a ayudarle a sus hijos con la tarea, jugar en el jardín o simplemente mirar la televisión.
- ¿Qué tal tu día? – preguntó su madre cuando lo vio entrar por la puerta.
- Bien – contestó sin ganas, subiendo por la escalera para entrar a su habitación, donde se despojó de su ropa de trabajo para enfundarse en unos jeans y camiseta negra, se paseaba descalzo por la habitación alborotándose el cabello, como si sus folículos capilares le mandaran una respuesta a su cerebro. Miraba hacia su pequeña habitación tumbado sobre la cama esperando que algo se le ocurriera, pero nada ocurrió.
- ¿Quieres más fideos? – preguntó su madre, recogiendo el plato de Alex y dirigiéndose hacia la cocina.
- Tengo algo que decirles – dijo Alex, respirando profundamente, como si fuese a confesar un secreto terrible o un crimen.
- ¿De qué se trata? – preguntó su padre con esa mirada recia que sólo su aspecto podía darle.
- En la escuela hay un programa de becas que apoya a los estudiantes más destacados, y... Columbia me ofreció una beca para trabajar con una revista y estudiar por medio tiempo...
- ¡Eso es genial! – Exclamó su madre....
- Suena bien – comentó su padre...
- En Londres... – dijo Alex. Al instante el entusiasmo se desvaneció por completo, su padre lo miraba con unos ojos idénticos a los suyos pero con más desconcierto, mientras que su madre mantenía la boca abierta y unos cuantos fideos que se habían detenido en el trayecto hacia su paladar.
- ¿Londres? – Preguntó su padre en un susurro - ¿Dónde usan sombreros graciosos y beben té desabrido?
- No estarás pensando en aceptar, ¿o sí cielo? – preguntó su madre con una mirada suplicante.
- Es mucho mejor que vender ropa – comentó Alex, jugando con los guisantes de su plato.
- ¡Está en el otro lado del mundo! – exclamó su padre.
- Es una oportunidad que no se presenta todos los días – dijo su hijo, evitando su mirada – quiero escribir, ver mi nombre publicado en una primera plana... Por favor – Alex había mirado a los ojos a su padre, sabía que era una súplica por superarse y por ser mejor, de abrirse paso en un mundo con el que soñaba desde hace años.
- Vamos a pensarlo – dijo su padre, retirándose de la mesa, dejando a su esposa e hijo rodeados de una atmósfera de incomodidad absoluta.
Pasaron dos semanas hasta que sus padres aceptaron la petición de Alex, después de convencerlos de que la universidad y el estado absorberían los gastos de transporte y trámites legales para salir de país y su estadía en Europa. Durante esos catorce días, Alex trató de comunicarse con Marie, “linda, tengo que hablar contigo... Es importante. Por favor llámame.” Decían los mensajes que Alex le dejaba a su novia en el buzón de voz.
- Por favor cuídate, llámanos cuando llegues, haznos saber que estás bien – decía su madre, sin dejar de abrazarlo en la puerta de la casa.
- Pórtate bien – dijo su padre, abrazándolo con más fuerza pero con menos ímpetu que su esposa lo hizo
- Ya no tengo 10 años papá – dijo Alex.
- Lo sé... Y me preocupa – admitió, dejando ver una ligera sonrisa en su rostro.
- Bien... Entonces... Adiós... – dijo Alex, caminando con pesar hacia el vehículo que lo llevaría al aeropuerto. Al darse la vuelta bajó la mirada para no tener que ver a sus padres ver partir a su hijo. Sin embargo, al verlos a través del cristal bañado por ligeras gotas de lluvia, vio como su madre hundía su rostro en el pecho de su padre, mientras él le besaba el cabello y pronunciaba palabras que Alex no alcanzó a escuchar.
- Los pasajeros con destino a Londres, favor de abordar por la sala 3 – ordenó una voz femenina. En conjunto con las palabras de la voz que no salía de ningún lugar, su teléfono celular sonó con insistencia.
- ¿Sí? – preguntó Alex sorprendiéndose al escuchar la voz de su interlocutor.
- Perdón por no llamarte cariño, pero es que a mi madre y a mí se nos ha venido el tiempo encima con lo de la beca en Atlanta...
- Justo de eso quería hablarte – dijo Alex, cargando su maleta de mano hacia la línea donde una chica ataviada en un conjunto azul verificaba los boletos de los pasajeros – recibí una propuesta de trabajo y la acepté...
- ¡Es genial ranita! – exclamó Marie, llamándolo por su apodo cariñoso desde que fueron novios.
- Escucha... No sé cómo decirte esto así que solamente lo diré – dijo, deteniéndose en su camino hacia al área de abordar – Voy a viajar a Londres, estudiaré periodismo en la Brunel University y...
- Alex... Por favor, dime que no es cierto – susurró Marie, entrecortándosele la respiración a causa de las lágrimas.
- Lo siento linda – respondió Alex – tengo que abordar... Te amo, pero... Adiós.
- Alex... ¡Alex! – llamaba Marie desde el otro lado de la línea, con la garganta desgarrada de gritar súbitamente.
Alex se limpió las lágrimas con la manga de su suéter y tiró el teléfono a un cubo de basura. Si en verdad valía la pena dejar todo atrás, era porque el futuro le deparaba algo mejor.
