LIX – Final de temporada



- ¿Confirmaste a todos los invitados? ¿Todos están su sitio? ¡Por Dios Rupert date prisa! – Alex caminaba de un lado para otro al pie de la escalera, Su padre, Patrick y George esperaban a que el pelirrojo bajara para ir a la abadía de Westminster, Alex hablaba por teléfono con Rose, quién se encontraba ya donde se llevaría a cabo la boda – Vamos para allá Rose, gracias. ¿Por qué demonios tardaste tanto? – Preguntó el chico, cuando Rupert se asomaba en las escaleras – tenemos poco tiempo, papá, vayan a la abadía, los alcanzaremos en el auto de Rupert – Alex sacó del bolsillo de su pantalón las llaves de la nueva camioneta que la aseguradora dispuso ante él días antes. Las arrojó al aire pero no iban dirigidas a su padre, fue Patrick quien las tuvo entre sus manos. 

- ¡Hey! ¿Por qué no puedo conducir yo? – preguntó su padre 

- Por que el volante está del lado derecho, es un auto inglés, te estamparías en un árbol en menos de dos cuadras – explicó, anudando la corbata de Rupert con prisa – ahora váyanse. 

Sin contestar o recriminar, ambos salieron al jardín, donde la camioneta negra estaba frente al auto de Rupert, donde irían a la abadía para el enlace matrimonial. 

- ¿Todos listos? – Preguntó Alex – George ¿Fuiste al baño cierto? 

- Dos veces – contestó, como si un niño emprendiera un viaje a una excursión en un camión escolar que duraría horas para llegar a su destino. 

- ¿Tienes los anillos Rupert? 

El chico mostró una caja pequeña color negro. En el interior había dos argollas de oro con inscripciones por dentro de la joya. 

- Bien, entonces vámonos – Alex se dirigió hacia la puerta, los otros dos chicos caminaron hacia el auto cuando un chico que paseaba por la acera con su perro les preguntó: 

- ¿Tienen prisa, eh? 

- Tenemos una boda – contestó Rupert - y la verdad vamos algo retrasados. 

- Vaya, que mal – comentó el chico, mirando de arriba abajo a Rupert con su majestuoso traje gris – Los felicito, espero que sean muy felices juntos – y sin inmutarse siguió caminando seguido de su pequeño pastor alemán. 

- ¿El insinuó que nosotros...? – preguntó George. 

- Cállate idiota – murmuró Rupert, pensando subirse a toda velocidad a la acera a atropellar al chico y su mascota miniatura. 

- ¿Nos vamos o qué? – Alex estaba detrás de ellos - ¿Acaso el sol les fundió el cerebro? 

Los tres subieron al auto y emprendieron la marcha, a los automovilistas de la tarde poco les importaba que se casaría una de las personas más influyentes del país, ya que el tráfico no cedía ni un segundo. 

- ¿Podrías acelerar Rupert? – sugirió Alex, consultando su reloj: faltaban 20 minutos para la ceremonia y 50 kilómetros por delante que eran imposibles de recorrer si los semáforos seguían en rojo. 

- ¿Acaso quieres que vuele? – Preguntó de mala gana – Ves muchas películas fantásticas amigo. 

- George, dame tu teléfono – el chico obedeció sin chistar y desde el asiento trasero le pasó el móvil – en ésta área hay un puesto de socorros ¿cierto? – Preguntó a nadie en particular – Entonces, ellos entenderán que esto es un caso de emergencia. 

- ¿Qué vas a hacer? – cuestionó Rupert, pero antes de obtener respuesta, Alex ya había entablado comunicación. 

- ¿Sí? Hubo un choque frente a la Abadía de Westminster, dos autos involucrados y varios heridos. ¡Por favor dense prisa! 

- ¿Qué acabas de hacer? – preguntó George, con cara de pánico. 

- Pedir ayuda, sólo eso – contestó naturalmente – Ahora, en cuanto escuchen... – un sonido ensordecedor les perforó los tímpanos, una ambulancia de rescate cruzó la calle frente a ellos a toda velocidad - ¡Sigue a esa ambulancia! 

- ¿Qué? 

- ¡QUE SIGAS A ESA MALDITA AMBULANCIA! 

Rupert pisó el acelerador sin pensarlo dos veces, pensaría que la cara se le caerá en pedazos a Alex si no hacía lo que él quería. La ambulancia ejercía un efecto mágico sobre el tráfico, los autos se abrían a su paso y se detenían en seco cuando escuchaban la sirena aproximarse en los cruces de las calles. Rupert se aferraba al volante, tanto, que los nudillos de las manos se ausentaron de la circulación sanguínea. 

Faltaban tres cuadras más para llegar a la abadía, cuando unas luces rojas y azules acompañadas por otra sirena los seguían de cerca. 

- Por Dios, díganme que no es cierto – exclamó Alex, al ver por el retrovisor una patrulla de policía. 

- ¡Deténganse y bajen del auto! 

- ¿Ahora qué? – preguntó George, como si los otros dos maquilaran un plan dentro de sus mentes. 

- Bajen – contestó Alex – Pensaré en algo. 

Al bajar del vehículo, dos tripulantes de la patrulla los apuntaban con un arma, uno de ellos se acercó y les ordenó que pusieran las manos sobre el auto. 

- ¡No puede hacer esto! ¡Voy a casarme en menos de diez minutos y no tengo que llegar tarde! 

- Sí claro, y en realidad yo soy Santa Claus y es así como identifico a los niños malos que se merecen un pedazo de carbón. 

- ¡No entiende! ¡Soy Alexis Davis, editor de una revista de moda, invitados de todo el mundo vinieron a mi boda y tengo que estar allí! 

- Cállate galán – dijo el conductor de la patrulla, cuando todos estuvieron dentro del vehículo (con los tres chicos esposados) en el asiento trasero – tu chica entenderá que su chico se porta muy mal. 

Al llegar a la comandancia, el mismo policía gordo que tramitó su liberación por la pelea en el callejón, los recibió con una sonrisa burlona. 

- ¡Vaya! No los conocía con ropa decente – comentó, acompañando su comentario con las carcajadas de los demás presentes: guardias y alcohólicos que habían pasado allí la noche –Veo que subieron de categoría, dejaron las chicas callejeras por algo de más nivel. 

- Estos provocaron la movilización de una ambulancia ante una situación de riesgo falsa, manejaban a exceso de velocidad y aprovecharon de las prioridades de los vehículos de emergencia. 

- ¡Vaya, vaya! – Contestó el oficial, después de escuchar los cargos – los espera una larga jornada de trabajo comunitario. A menos, claro, que estén dispuestos a pagar la multa y el cabeza de cerillo quiera obsequiarme ese bonito reloj. 

Alex miró la muñeca izquierda de Rupert: un reloj con esfera plana, correa de piel, oro rosa y manecillas con diamantes era su salida de ese lugar. 

- ¡Oh no! ¡Ni lo piensen! – exclamó, leyendo en Alex y Rupert el pensamiento que temía escuchar. 

- Rupert: te regalaré uno con más diamantes, o dos con más diamantes. Te puedo nombrar accionista de Cartier, pero por favor sácanos de aquí – Alex le dirigía un mirada amenazadora, como dejándole claro que lo estrangularía con las esposas si no salían de allí cuanto antes. 

De mala gana Rupert accedió, dejándolos libres para que pudieran pagar la multa y despojarse de la joya. 

- Fue un placer hacer negocios – comentó el policía, luciendo en su muñeca el oro rosa de la esfera del reloj – ahora váyanse, y si vuelven a caer aquí, que sea con un abrigo de piel para mi esposa. 

Alex firmó la carta de liberación y se la guardó en el bolsillo, una grúa había remolcado el auto hasta la comandancia, en donde continuaron en su trayecto hacia la abadía. 

- ¿Está todo en orden? – preguntó Charlotte a Rose, cambiando su ramo de flores con cierto nerviosismo de una mano a otra. 

- Impecable, – contestó Rose – señores, ustedes dos entrarán detrás de ella y las señoritas Cara y Karen detrás de ustedes. 

Cara y Karen lucían exactamente el mismo vestido color azul (algo que no agradó a la modelo) y tocados y zapatos a juego con su indumentaria. 

- Te ves preciosa florecita – dijo su padre, retorciéndose las manos ante el pensamiento de entregar a su hija a un hombre que se convertiría en su esposo - ¿Entramos? 

- ¿Estás lista querida? – preguntó su madre, la chica sólo asintió, pensó que al abrir la boca vomitaría de los nervios, así que sólo se limitó a respirar hondo y caminar por la alfombra. 

Las puertas se abrieron y la marcha nupcial comenzó a sonar. Estaba preparada para todo tipo de sorpresas: el murmullo expectante de la gente, el silencio abrumador del lugar, incluso para un error al decir sus votos matrimoniales. Pero la peor de las sorpresas para la cual no pensó en una salida se hacía presente frente a ella: Alex no estaba en el altar. Un nudo en la garganta comenzó a incrementar su tamaño, tanto que cayó en su estómago impidiéndole dar un paso más. Ella se convenció a si misma de que al ver a Alex con una sonrisa en su rostro todo lo demás sería pan comido, pero él no estaba allí, no había nadie. Estaba sola ante los ojos de los presentes. Con paso apresurado se levantó el vestido y corrió hacia el altar. Donde los padres de Alex estaban tan consternados como ella. 

- ¿Dónde está? – preguntó, con la garganta seca y el corazón desbocado. 

- No lo sé – contestó Eloise – quizá pensó mejor las cosas y decidió actuar correctamente – añadió a su voz un tono de autoridad mezclado con angustia. Su hijo no aparecía por ningún lado, y nadie tenía razón de él. 

- ¡¿Rupert, puedes ir más rápido?! 

- ¿Y qué nos metan a la cárcel de nuevo para salir desnudos? ¡Estás mal del cerebro! 

Al estacionarse frente a las escaleras de la abadía Alex corrió a toda prisa saltando escalones a su paso. Frente a las puertas, George y Rupert mostraban perlas de sudor y labios partidos debido a la resequedad que la carrera les provocó. Al entrar, todos los ojos se posaron sobre ellos, desde los músicos, hasta el mismo obispo, quién miraba todo aquel espectáculo con desagrado. 

- ¡Toquen! – ordenó George en un murmullo a los miembros de la orquesta, quienes miraban extrañados a los recién llegados. 

La marcha nupcial comenzó y Alex se encaminó hacia el altar, con mucha menos gracia con la que la novia lo hubiese hecho de ser un momento adecuado. 

- Pensé que no llegarías – comentó la chica, conteniéndose de derramar las lágrimas para no arruinar su maquillaje. 

- Tuvimos un pequeño problemilla, pero nada que no pueda solucionar – Alex hizo ademán de besarla, pero el obispo carraspeó y el chico se contuvo, con las mejillas encendidas de vergüenza. 

- ¿Puedo comenzar ya? – preguntó el obispo impaciente - ¿O acaso falta alguien más? 

- Estamos todos – contestó Charlotte – así que... Adelante, cásenos - Charlotte añadió una sonrisa nerviosa, así que el obispo comenzó con la ceremonia, temiendo por la salud mental de la novia. 

- El día de hoy estamos reunidos para celebrar la unión matrimonial de Charlotte McDonald con Alexis Davis, quiénes frente a este altar, jurarán su amor eterno, en ésta, la casa de Dios, quién los fortalece por medio de un sacramento especial para que ustedes asuman las responsabilidades del matrimonio en fidelidad mutua y per... 

Alex miraba al obispo de manera insistente, como esperando su atención, cuando lo miró, el chico hacía las señas con los dedos índice y medio, como insinuando cortar algo. Una clara señal de que se diera prisa. 

- Como es su intención entrar en el matrimonio, unan sus manos y declaren su consentimiento ante Dios y ante la Iglesia 

Ambos chicos se pusieron de pie, y el obispo se acercó a ellos. Alex notó cierto temblor en las delicadas manos de Charlotte, él las sostuvo firmemente, sonriéndole a la chica, haciéndole saber que todo estaría bien. Una fugaz mirada alrededor le hizo saber que Karen y Alana lloraban una junto a la otra, Eloise, al igual que Cara, miraban el interior del recinto como turistas educados y George y Rupert permanecían sentados, con los brazos cruzados como en el funeral de un pariente lejano al que nunca estimaron en lo más mínimo. 

- ¿Toma usted a esta mujer como su legítima esposa, para vivir juntos en el santo estado del matrimonio, según lo ordenado por Dios? ¿Promete amarla, honrarla y cuidarla en enfermedad y en salud, y rechazando a todas las demás mujeres, serle fiel mientras vivan los dos? 

- Acepto – contestó Alex, mirando a la chica a los ojos. 

- ¿Toma usted a este hombre como su legítimo esposo, para vivir juntos en el santo estado del matrimonio, según lo ordenado por Dios? ¿Promete amarlo, honrarlo, obedecerle y cuidarlo en enfermedad y en salud, y rechazando a todos los demás hombres, serle fiel mientras vivan los dos? 

- Acepto – respondió Charlotte, respirando hondo una vez más. 

- La Biblia dice que cuando Dios hizo un pacto con Noé, puso en el cielo el arco iris como señal del pacto y dijo: “Lo veré y me acordaré del pacto perpetuo.” Ustedes han elegido este anillo como señal de su matrimonio. El anillo está hecho de metal precioso, que representa los vínculos que unen a los esposos. Es un círculo sin fin, simbolizando así la unión perpetua de estas dos personas. – Después de que el obispo dijera éstas palabras, miró a Charlotte y luego a Alex - ¿Y los anillos? –preguntó esperando que salieran del bolsillo del chico. Sin embargo, Rupert se dio cuenta de que lo esperaban a él, así que apresuradamente se acercó a ellos y le puso en las manos la pequeña caja con los anillos a Alex, quién lo miraba como un león que mira a su presa. 

- Tome este anillo, póngalo en el dedo anular del novio y diga sus votos – le dijo el obispo a Charlotte. 

- Recibo este anillo de ti, y por lo tanto declaro delante de Dios y de estos testigos que te seré fiel en la alegría como también en la tristeza. En la salud como en la enfermedad y en la riqueza como en la pobreza – Charlotte le puso el anillo a Alex en el dedo anular con manos temblorosas. 

- Tome este anillo, póngalo en el dedo anular de su novia y diga sus votos – repitió el obispo, dirigiéndose ahora a Alex en lugar de la chica. 

- Si... claro... espere un momento... – Alex rebuscó en sus bolsillos, sacó un papel arrugado y comenzó a leer, manteniendo la mano de la chica con su mano libre – Yo, Alex, te entrego este anillo como símbolo de mi amor eterno por ti, porque te elegí para compartir el resto de mi vida contigo – Alex hacía pequeñas pausas para mirar a la chica, la cual sólo sonreía evitando llorar, hecho que Karen no pudo llevar a cabo, pues el pañuelo blanco que Rupert le ofreció, estaba empapado, entonces Alex guardó el papel en su bolsillo de nuevo y prosiguió – juro pensar en ti, ver por ti y estar a tu lado cuando más lo necesites. Prometo amarte, respetarte y protegerte el resto de mi vida, hasta que la muerte me separe de tu lado. 

- Por cuanto se han declarado sinceramente su deseo de ser unidos en matrimonio y han confirmado lo mismo al dar y recibir las arras, ahora yo los declaro esposo y esposa. Lo que Dios ha unido, que ningún hombre los separe. Los exhorto a que sean fieles a los votos que... – el obispo se vio interrumpido de nuevo, Alex lo miraba con el mismo gesto que antes indicándole que se ahorrara esa parte – Y el por el poder que la iglesia me confiere, los declaro marido y mujer. Puede besar a la... – Alex había esperado esa orden desde que ingresó a la abadía. Tomó a la chica por la cintura y juntó los labios con los suyos – Qué más da – exclamó el obispo, retirándose del altar a paso apresurado. 

- ¿Porqué tardaste tanto? – preguntó Charlotte, dejando los nervios de lado y preparándose para su salida de la abadía como la ahora esposa de Alex. 

- Tuvimos un pequeño percance cuando salimos de casa, pero todo está bien – contestó, arreglándose la corbata para los fotógrafos que se congregaron a la salida del recinto. 

- ¿Qué tipo de percance? – preguntó Cara, detrás de ellos, olfateando problemas mayores. 

- La policía nos detuvo, nos encarceló, los sobornamos y salimos libres – contestó Rupert, saliendo de la mano de Karen. 

- No fue gran cosa – dijo Alex, girándose para asegurarse que su madre no escuchara nada del asunto – todo quedó arreglado. 

En las escaleras de la abadía, una cerca de seguridad separaba a los medios de comunicación de los invitados al enlace. Los flashes captaron cada momento de su salida y a cada uno de los presentes. En la acera, había autos que aguardaban para transportar a personas hasta el Oriental Hyde Park Hotel de Londres, donde la recepción y la fiesta se llevarían a cabo. 

- ¿Confirmaste la compota de ruibarbo para la comida? – preguntó Alex a Rose, subiendo al mismo auto que ellos para ir al hotel. 

- Así es señor. 

- Espero que los miembros de la Orquesta Sinfónica de Londres estén allí cuando lleguemos... 

- Los llamé esta mañana señor, prometieron estar ahí sin falta. 

- En cuanto a Anna Wintour... 

- Hice lo que usted me dijo, señor – lo interrumpió - la llamé dos horas antes de la boda para que no pudiera llegar a tiempo. 

- Bien hecho Rose. 

- ¿Invitaste a Anna Wintour? – preguntó Charlotte, asombrada 

- Sólo como cortesía, y dos horas antes como precaución. Trabajamos para la misma compañía, sería un mal gesto no hacerlo. 

- Pero no vi su nombre en la lista – Charlotte recordaba la lista interminable de cientos de personas que se habían tomado en cuenta para la ceremonia. 

- Como recordarás, la lista estaba dividida en tres – explicó Alex – los invitados con nombre en color verde, son los que asistirían sin falta, como Christopher Bailey y Newhouse. Los de color amarillo, son los que queríamos que asistieran, pero por algún motivo no ha sido así, como la princesa Catherine y el príncipe Guillermo, y siendo sinceros: son muy aburridos, ¡No hablan con nadie! En fin, por último está la lista rosa, que son las personas que sólo invitamos por cortesía, pero que saben perfectamente que no son bienvenidos, como Anna Wintour y Tom Ford. Por mencionar solo algunos 

En el salón del hotel, mesas circulares rodeaban la pista de baile, largas cortinas color azul celeste dejaban filtrar la luz y las corrientes de aire que provenían del jardín exterior que rodeaba el lugar del festejo. Poco a poco se llenó de invitados que admiraban las estatuas de cisne hechas de hielo que llevaban una rosa natural color blanco en el pico. Los adornos florales ofrecían un aspecto fresco al lugar, mientras que la cristalería destellaba bajo la luz del atardecer. Varias chicas llevaban a los invitados a sus respectivas mesas. Karl Lagerfeld charlaba con Christopher Bailey en la mesa dedicada a los diseñadores y fotógrafos. Del otro lado, Alex identificó a los demás miembros de la banda de George, que charlaban animadamente mientras miraban los cubiertos grabados con el nombre de los novios con curiosidad. 

Después de la comida amenizada con un pianista, la luz del día se extinguió dando paso a las farolas que le daban al jardín una atmósfera romántica al momento. En el interior, los candelabros de cristal iluminaban hasta el mínimo rincón del lugar. 

- ¿Es como te lo esperabas? – preguntó Alex a Charlotte, sacándola de su ensimismamiento mientras miraba las velas flotantes en la apacible fuente del jardín. 

- Es mucho mejor – contestó ella, tomándolo de la mano y recargando la cabeza sobre el hombro del chico, ya que con los zapatos altos de Christian Louboutin, ella igualaba su altura – lo que dijiste en tus votos... Fue muy lindo. 

- ¿En serio? – Preguntó extrañado – porque tengo una sorpresa al respecto – buscó en sus bolsillos y sacó el pedazo de papel que había leía en la abadía. 

- Alex... Esto es una multa de tráfico... y no veo nada escrito de lo que dijiste. 

- Eso es porque no necesita estar escrito para sentirlo – Alex la abrazó por la cintura, cuidando no manchar su impecable vestido con el contenido de su copa – todo eso salió de una parte dentro de mí, excepto del corazón, allí sólo hay sangre. 

- Yo busqué los míos en internet – declaró la chica – estaba tan emocionada que no tenía cerebro para pensar en algo, Karen se ofreció a ayudarme, pero es muy cursi. 

- ¿Quieres ir adentro y bailar un poco? ¿Recordar viejos tiempos, quizá? 

- ¿Viejos tiempos? – Charlotte tomó su brazo y se encaminaron hacia el interior del salón. Las parejas que bailaban al ritmo de la orquesta (los padres de ambos, Stella consiguió convencer a Jack de acompañarla en una pieza y a Karl Lagerfeld que bailaba con Rose, ignorando la cara de asombro de ella por bailar con un diseñador afamado) abrieron paso a los recién casados e irrumpieron en aplausos. 

La Orquesta detuvo la canción para comenzar a tocar una melodía nueva melodía. 

- ¿La recuerdas? - preguntó el chico, tomando a la chica delicadamente por la cintura, como si un objeto de gran valor y fragilidad estuviera entre sus manos.

 

- Como olvidarla - contestó - después de esta canción todo cambio para nosotros: Me enamoré de mi jefe, él me correspondió y el cuento de hadas comenzó a escribirse. 

A lo largo de la pista de baile, Alex miraba a parejas que sonreían a la par que pasaban a su lado, pero nada comparado con la sonrisa que se dibujó en el rostro de la chica. Notó como George y Cara se besaban en la pista, como su madre accedía a bailar con Patrick, y Michael con la madre de Charlotte, miró a Rupert bailar con Karen, con mucho más gracia que la que había pensado, ya que lo había imaginado moviéndose como un oso en adiestramiento. 

Después de varias canciones, la orquesta optó por música más relajada, lo que anunciaba el comienzo de la cena. Todos charlaban animadamente desde sus mesas mientras los meseros repartían en platos de porcelana los aperitivos de cerdo y pollo con ensalada de frutas. En una mesa inmensamente grande, una fuente de chocolate mostraba su esplendor, rodeada de pequeños bizcochos, fresas y bombones. Después de la cena, los meseros hacían llegar a cada una de las mesas bandejas con manzanas cubiertas de chocolate con almendras o nueces. 

- ¿Me permiten un momento a solas con mi ahora nuera? - Eloise imponía su alta figura en el vestido rojo que lucía, haciéndola aparentar una mujer de mucho poder. Cara y Karen dejaron a Charlotte sentada al borde de la fuente con su suegra. - Creo que comenzamos mal y es obvio que yo he sido la mala de este cuento - Charlotte no sabía si ponerse a saltar de alegría o llorar de la emoción - Nunca lo vi tan contento ¿Sabes? - señaló a Alex, quién charlaba con Mark Hayton y Thomas Penfound, en un lugar cercano a la mesa de los postres - no sé si te lo contó... En los bailes de primavera, era el encargado de captar cada detalle del evento para el periódico escolar, nunca tuvo una fiesta de graduación, ya que se fue de la casa y... - Charlotte temía que se echara a llorar en ese momento, no sabía si estaba ebria, pero era mal momento para preguntárselo, ahora que se mostraba accesible a charlar - llegó aquí para luchar por el lugar en donde está. Así que... - Eloise miró a Charlotte a los ojos - no dejes que esa sonrisa se borre, si te eligió a ti por encima de muchas chicas en este mundo tan lleno de perfección, es porque eres perfecta para él, porque el siempre ha sido perfeccionista en todo. Lamento haberte ofendido, y a tus padres. Te ves hermosa. 

Sin esperar una respuesta de la chica, entró de nuevo al salón del hotel, en donde Alex llamaba la atención de Charlotte con su mano. 

- Lamento haberte echo venir, pero George insiste en una sorpresa. Juro que si es una broma contrataré a alguien para que lo llene de plomo. 

- Bien... ¿Esto está encendido? - preguntó George al micrófono - Creo que sí... Bien, esto es un pequeño regalo de bodas de la Orquesta Sinfónica de Londres y los integrantes de esta banda a nuestro gran amigo y su chica. Así que esperemos que lo disfruten.


Cuando George, la banda y la orquesta comenzaron a tocar, Charlotte se estremeció. Su canción favorita como vals en su boda, miró a Alex y él la miró a ella, notando que su reacción era la misma que la de él: la felicidad de compartir más que un sentimiento y una vida por delante. 

- A veces me pregunto por qué no nos hemos casado aún - preguntó Karen, con lágrimas en los ojos. 

- Porque nuestros chicos no lucen un trasero como ese - Rupert la miró con cara de odio, deseando quebrar la copa que tenía en la mano para clavársela a la chica en la garganta - ¿Qué? ¡Es cierto! - sin decir nada más le dio un trago a su copa, evitando la mirada del pelirrojo. 

- Cuanto prometiste protegerme, amarme y estar a mi lado por siempre... 

- ...Me refería a toda la vida a tu lado, a menos claro que el candelabro nos caiga encima. 

- ¿Sabes? En verdad me hubiese gustado ser madre - su semblante se ensombreció un instante con una sonrisa apagada, miró a Alex y notó que él sonreía. 

- Nunca es tarde para intentar cosas nuevas. 

- ¿De qué hablas? 

- De que quizá en un futuro, seamos tres, en vez de dos. 

- Pero... - antes de que la chica objetara, Alex la cayó con un beso, moviéndose al compás de la canción. Una canción que hacía que todo lo que habían vivido juntos valiera la pena.


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La canción de Goo Goo Dolls la elegí porque leí en una revista vieja que Avril Lavigne la había elegido para su vals. Así que dije: ¿Por qué no? Y fue añadida al soundtrack de la serie.