XIX - La plegaria

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El ruido de la maquinaria pesada rompía la quietud acostumbrada en el azufrado. Trocas vacías se encontraban en el camino de las trocas llenas que transportaban la caña quemada y cortada al ingenio para ser procesada en alcohol o azúcar. Hombres que manejaban la maquinaria se comunicaban a gritos con los que en la tierra recogían las cañas caídas para lanzarlas de nuevo a la troca evitando pérdidas en el producto. Los cortadores dejaban delante de la cargadora la caña cortada para que la subiera a lo alto de la troca. 

David esperaba a que la troca avanzara para cargar la camioneta con rabo de caña, las hojas aún verdes que no se quemaban junto con el tallo de la misma eran el alimento de las vacas en el establo de la hacienda. La camioneta se había adaptado con una reja de metal alrededor para que cupiera la mayor cantidad de rabo posible. Tras la última troca cargada, el olor a quemado y una nube de polvo debido al andar de las máquinas se quedó asentado en el lugar, lo que antes era un campo con infinidad de tonalidades verdes, ahora parecía el sitio donde una batalla campal sucedió, sustituyendo la sangre por el tizne. 

Tras varios minutos de quietud, el sonido de un motor que David identificó de inmediato se presentó en el lugar. Por el camino de terracería se veía a Angélica avanzar con su motocicleta hasta donde estaba él. Cuando la chica se detuvo, él no dijo nada, pasaron varios días sin verse y ninguno de los dos sabía cómo romper aquél silencio. 

- Hola – lo saludó Angélica, con el tono de voz más apagado que antes. 

- Hola – contestó David, siendo la primera vez que Angélica le escuchaba decir esa palabra – y... ¿Qué haces aquí? – preguntó, mirándose las botas llenas de tierra. 

- Quería ver como se llevaban la caña, pero llegué tarde – dijo ella con nostalgia, recordando el color verde de aquella parcela que se había extinguido por completo. 

- Se acaban de ir las trocas ¿No te las encontraste? 

- Si... Levantan mucha tierra – apuntó, sacudiéndose el pantalón - ¿Y qué hacías? 

- Vine por rabo pa’ las vacas – dijo - ¿No quieres un elote? – preguntó, parándose de la piedra donde estaba sentado y caminando hacia el lienzo 

- ¿Elote? ¿Pero cómo? 

- Tu nomás capéalos cuando te los aviente – dijo David, brincándose el lienzo de piedra y metiéndose entre las milpas. 

Angélica lo veía con curiosidad y segundos después un elote tras otro volaban desde donde estaba David. 

- ¿Y qué vas a hacer? 

- Ah pos los vamos a dorar... – dijo él, juntando ramas secas y amontonándolas debajo de los elotes. Angélica sólo estaba sentada viendo como David iba a la camioneta y regresaba con un encendedor para prender el fuego. 

- David... Vas a ocupar una estufa... 

- ¡Nombre! Si con las puras brazas van a estar luego, luego – dijo él. Cuando miró a su novia notó que había algo en su rostro que lucía apagado, su piel seguía tan tersa como la recordaba desde el primer día, su cabello brillaba bajo el escaso sol pero sus ojos expresaban otra cosa, un brillo que los hacía especiales parecía haberse esfumado desde la última vez que la vio - ¿Qué traes chula? – preguntó, acercándose a ella y agachándose poniendo una rodilla en el suelo. 

- Creo que... no debimos hacer lo que hicimos el otro día – dijo ella, David notó que Angélica se veía en verdad apenada 

- ¿Qué? ¿Apoco no te gustó estar conmigo? – preguntó él, acariciándole la mejilla a su novia con una mano sucia por el tizne y la tierra y cortada por la hoja del rabo de caña. 

- David, me gustas y te amo, pero no creo que eso sea una forma de demostrártelo 

- Pues a mí sí me gustó estar contigo – dijo él en un susurro casi inaudible – me gustó hacerse sentir mujer por primera vez y vas a ser la única a la que le haga el amor igual que te lo hice a ti ¿O qué ya no me quieres? Porque yo sí, te quiero tanto que nomás muerto me separan de ti. 

A Angélica le dolía que David hablara así. Sabía que era un chico de armas tomar y que lo que prometía lo cumplía al pie de la letra. 

- David... 

- ¿Qué me vas a decir? ¿Qué ya no sientes nada por mí? 

- David... 

- ¿Me vas a decir que así como así ya no me quieres? 

- David, se están quemando los elotes – dijo Angélica cuando David volteó a ver el fuego que había encendido, notó que se había expandido levemente a más hierba seca a su alrededor. Con el pie pudo apagar las brazas en las plantas y tomar los elotes listos para comerse, aunque David tuviera que quitarle las hojas a los de Angélica para que ésta no se quemara. 

- ¡Jajaja! Tus dientes negros – dijo David, al ver a Angélica y los granos quemados del elote en su boca 

- ¡No te burles! – dijo ella, cubriéndose con pena 

- Nombre si no me burlo, no más te chuleo – comentó David - ¿Tan buenos edá? - Angélica sólo se limitó a asentir, sabía que si abría la boca David se reiría de ella de nuevo – Oye chula, si el agua nos da chance... ¿Quieres ir a la plaza en la noche? – Angélica asintió de nuevo, reprimiéndose a sí misma de no abrir los labios – No te oí... –dijo David, simulando hablar con un mudo. 

- ¡Si David! – gritó ella, ante la insistencia de su novio. 

Las nubes grises ocultaron los rayos del sol de un momento a otro. Las tardes de verano en que el calor se acentuaba en Estipac la gente salía a la plaza a comprar tejuino o aguas frescas en la nevería, sin embargo el cielo nublado amenazaba con empapar a cualquiera que saliera de su casa de un momento a otro. 

David llegaba al potrero de la hacienda después de descargar el rabo en el establo. La pila de los caballos era la regadera rápida para los hombres de trabajo que buscaban limpiarse rastros de tierra y lodo de manos y brazos. David sentía el agua fría en su cara como un respiro de vida, poco a poco su piel clara fue tomando el color natural sin la leve capa de tizne que la cubría desde el término de su labor. 

Un caballo detrás de él hizo resonar sus cascos a la llegada al potrero. David no le dio importancia hasta que sintió una pesada mirada en su espalda desnuda, al girarse, se encontró con Estela, la madre de Angélica. Sus pies se congelaron y sus brazos no respondían, sólo sus labios atinaron a pronunciar un educado y forzoso “buenas tardes”. 

- Idéntico a tu padre – pronunció Estela a modo de respuesta acercándose a paso cauteloso a David – los mismos ojos... la misma estatura... el mismo amor a la tierra... – la mujer posó sus manos congeladas sobre los hombros de David, haciendo que éste se estremeciera más que con la temperatura del agua - ... y apuesto mi vida a que son igual con las mujeres – Estela empujó a David hacia adelante con una fuerza que hizo que él cayera de rodillas frente a ella, el chico quiso incorporarse, pero un agudo dolor y dolor en la piel de su espalda se lo impedía... - ¡No... vuelvas... a acercarte... a mi hija... – exclamó Estela, enfatizando cada palabra y cada frase con un golpe de fuete en la piel desnuda de David, dejándola sangrando en carne viva – Y si quieres que tu padre siga trabajando aquí, más te vale que te largues – dijo Estela a David antes de escupirle en la cara y salir del establo con paso firme. 

- Niña ya vámonos, oi’ no más como está tronando el cielo, ándale persígnate y vámonos – decía Paz a Angélica, ajustándose su rebozo para salir del templo. 

La escasa gente que se reunía a rezar en el recinto igual se ponía de pie para abandonar el lugar antes de que la lluvia los tomara por sorpresa. Angélica seguía el paso pausado de Paz cuando en las bancas finales divisó una figura familiar, al acercarse se sorprendió tanto al ver a David arrodillado con las manos sobre la cabeza. 

- ¿David? ¿Qué haces aquí? – preguntó ella, sin salir de su asombro. 

- ¿Cómo le dices a Dios que le pare? – preguntó él, alzando la mirada para cruzar su vista con la de Angélica, y ella se quedó sin palabras al ver que el chico lloraba - ¿Qué le rezas para que saque de tu vida a la muchacha a la que le rogaste pa’ que la pusiera en tu camino? 

Angélica no entendía nada de lo que él había dicho, ella posó su mano sobre su espalda y él la retiró violentamente de él. 

- ¿David? – Éste no contestó, tomó su sombrero sucio y salió del templo acompañado de una fuerte lluvia y la luz de unos relámpagos cercanos - ¡David! – gritó ella, pero Paz la tomó del hombro pidiéndose que se callara, ya que llamaba la atención de la demás gente, sin embargo, ella se zafó del delgado brazo de la cocinera y quiso correr tras él en vano, sólo logró que sus lágrimas se confundieran con la lluvia para no darle explicaciones a nadie.