Una noche de sábado con impasible quietud, doña Estela cosía una camisa de su esposo a la luz de una lámpara en la sala, su mirada se encontró con la de la Virgen de Guadalupe que descansaba en una repisa acompañada de una veladora cuya flama amenazaba con extinguirse.
Un sobresalto hizo que Estela dejara de lado hilo y aguja para que atendiera a la puerta, a la que llamaron con insistencia. Al abrirla, se quedó helada por completo al ver frente a ella a su hijo después de dos meses de no saber de él.
- ¡David! – Exclamó Estela, abrazando a su hijo con fuerza como nunca antes lo había hecho - ¿Dónde estabas? Me tenías mortificada ¿Por qué no habías llamado antes?
- ¿Dónde está mi apá? – preguntó él, con una voz ronca que a Estela le erizó la piel
- ¿Qué pasa mujer? – Preguntó Don David arribando a la sala y sorprendiéndose tanto como su esposa al ver a su hijo frente a él - ¿Y tú dónde chingados andabas? ¿Qué? ¿Crees que te puedes ir así nomás por nomás?
- Apá perdóneme... – dijo David, resistiendo las ganas de llorar – amá... quiero que me perdonen... – susurró, arrodillándose ante su madre – me regresé de Tequila porque... porque Angélica, la hija del patrón está preñada de mí.
- ¡¿Entonces es cierto?! ¿Es cierto que abusaste de esa muchacha? – preguntaba su padre con voz en cuello, tomando a su hijo de la camisa y empujándolo contra la pared
- ¡David déjalo! – intervino Estela, logrando separar a padre e hijo de una batalla en la que el hombre mayor mantenía el control
- ¡No apá! Yo nunca le haría eso a Angélica, vine porque quiero responder por la criatura que lleva dentro.
- ¿Cómo pudiste David? – Preguntó su madre ahogada en un mar de llanto - ¿Qué crees que van a decir sus papás?
- Pues me importa muy poco, mi apá me enseñó a ser hombre y como hombre vine a responderle como tal...
En ese momento alguien tocó a la puerta abruptamente. Deseosa de no recibir más sorpresas desagradables, Estela abrió para encontrarse a un hombre mayor que se mostraba nervioso, dándole vueltas entre sus manos a un sombrero de paja.
- Bue... Buenas noches señora... ¿Se encuentra el señor David? – preguntó con una voz tan temblorosa como su propio cuerpo
- David, te buscan – dijo Estela a su esposo, secándose las lágrimas
- ¿Qué pasó Toño? – preguntó el padre de David aún con furia en su rostro, pero serenándose ante el gesto misterioso y sumiso de aquel hombre.
- Pos es que Don Melquiades ya está estirando la pata el pobre, y antes de que se vaya que le quiere decir no sé qué de su difunto padre
Su hijo y esposa miraban al señor con tanto incierto como el mismo David, por un segundo se habían olvidado del lío del muchacho para prestarle atención al asunto que llevó a ese señor a su casa por la noche.
- Bueno, voy para allá – dijo Don David, poniéndose el sombrero y saliendo a la calle seguido de su hijo – y tú quédate en la casa, ya luego arreglamos lo tuyo con...
- No apá, si ése señor quiere decirte algo de mi abuelo a mí también me importa.
Su padre no contestó, simplemente dejó que su hijo lo siguiera por las calles lodosas hasta una finca humilde, la fachada de ladrillo eran testigo del luto previsto que dentro de esas paredes se vivía. Por dentro, el ambiente era más denso de lo que se podía imaginar, las luces casi inexistentes de la habitación donde retozaba el moribundo eran tan tétricas como el ambiente. El hombre que agonizaba en la cama, acompañado de su esposa, el sacerdote y un señor de aspecto serio, que cargaba en sus manos hojas sujetas por un cuadernillo de piel.
- Don Melquiades, el señor David acaba de llegar – le susurró el párroco al moribundo, el cuál reaccionó moviendo ligeramente los dedos de las manos y abriendo los párpados tanto como podía.
- Señor Montero – murmuró, una voz funesta salió de su garganta, como si fuera su última exhalación – antes de irme tengo que ajustar cuentas con usted – don David se acercó a la cama y se arrodilló frente al hombre quitándose su sombrero, posó su mano sobre el hombro del hombre en la cama para que éste supiera que estaba allí – hace años, cuando trabajaba con Don Francisco y Don Pablo, la noche en que su padre murió... Don Pablo salió corriendo del ingenio, y me dio unos centenarios para que no dejiera nada... – el moribundo cerró los ojos con fuerza, esperando sacar de adentro ánimos para continuar con su relato – cuando hice la ronda por las calderas, fue cuando encontré al pobre de Don Francisco quemándose entre la melaza – el hombre hizo una pausa nuevamente y con mucho dolor y esfuerzo pudo girar su cabeza para evitar la mirada de don David, y aunque él mantenía los ojos cerrados, podía sentir la mirada del hombre hincado ante él sobre su rostro – sé que hice mucho mal padre – dijo Melquiades al párroco – y que tampoco puedo comprar la entrada al cielo, pero espero que les sirva para que interceda ante Dios por mí – dijo el hombre, señalando con un largo y arrugado dedo el cajón de un viejo ropero que no tenía puerta, el notario se acercó al cajón señalado y entre papeles polvorientos y llaves enmohecidas, un pañuelo anudado por las puntas albergaba cuatro grandes monedas de oro que, en contraste de la suciedad de su escondite, brillaban aún en la escasa luz.
- ¿Me permiten hijos? – Intervino el párroco con voz apacible, haciendo que padre e hijo reaccionaran serenamente – tengo que ungirle los santos óleos para que se pueda ir en paz
David seguido de su hijo salió a la calle con el sombrero en mano, retorciéndolo como el hombre que le fue a dar aviso del hombre que yacía esperando su final.
- ¿Y qué va a hacer ahora? – preguntó David a su padre, cuando estuvieron aislados del ambiente de luto que se vivía dentro de la casa
- ¿Cómo que qué? ¿Qué quieres que haga?
- ¡Pos que vaya a la hacienda!
- ¿¡A qué!?
- ¿Cómo que a qué? ¡A reclamar lo que es suyo! ¿Qué no oyó que don Pablo tiró a mi abuelo a la caldera y le dio unos pinches pesos para que se callara?
- ¿Y cómo crees que voy a reclamarle a...?
- Usté no le va a reclamar nada, va a exigirle lo que es suyo y lo que nunca le dio... hágalo por mi abuela, por mi abuelo ¿O va a dejar que todo su trabajo se lo lleven ellos así como así? ¿¡Me acabo de enterar de mataron a mi abuelo por todo lo que tenía y no va a hacer nada!?
David miró en los ojos de su hijo la rabia que él había reprimido por años, siempre había trabajado para don Cristóbal como su segundo, un empleado más aunque todo el pueblo sabía que tenía los mismos derechos sobre las tierras que el hijo de Pablo San Román, no hacía uso de ese poder como su patrón.
- Amos a la hacienda pues... – murmuró su padre, caminando con paso recio por las calles húmedas y llenas de barro.
En el portón de la hacienda la oscuridad era casi total, algunos focos encendidos fuera de la casa brillaban como luciérnagas estáticas en la lejanía, cuando David tocó al portón, sacó al velador de su ensimismamiento para que se asomara a abrirles.
- ¿Qué quieren? – Preguntó, al ver que se trataba de los Montero – tengo órdenes de no dejarlos pasar
- Abre Crisóforo – dijo don David – tenemos que hablar de algo muy importante con el patrón
- ¿Qué es tan importante como para venir a esta hora?
- Se robaron la bomba de agua del azufrado y venimos a decirle quién fue – dijo, con un tono de voz preocupado que convencía a cualquiera, ándale no más es para decirle...
- Voy a avisarle, ustedes aquí que... – el velador no alcanzó a decir sus palabras, don David lo tomó de la camisa y lo estampó contra la puerta de metal quebrándole la nariz, su hijo aprovechó para abrir y los dos así poder entrar al patio.
La tranquilidad de la noche se vio rota cuando el padre de David abrió la puerta de una patada, fue entonces que el bullicio se apoderó de la sala cuando Cristóbal salía de su oficina para encontrarse con David y su hijo.
- ¡¿Qué haces aquí con éste?! – Preguntó Cristóbal, al ver al hijo de David frente a él - ¿¡Después de haber ultrajado a mi pobre hija vienes a burlarte de nosotros?!
- ¡Yo no le hice nada a su hija! – Se defendió David – alzando la voz para estar en igualdad de condiciones –
- ¿Qué pasa Cristóbal? – Preguntó la voz de Estela cuando bajaba las escaleras, al ver a David y a su padre en la sala se llevó una mano a la boca como gesto de impresión - ¿¡Qué haces aquí!? ¿¡Cómo pudiste entrar!? ¿Cómo te atreves a venir después de lo que le hiciste a mi hija?
- Yo no le hice nada señora – contestó David - ¿Qué nunca le dijo que se entregó a mí por amor?
Estela se quedó perpleja al escuchar las palabras de David, sus ojos perdían el brillo de la rabia para enrojecerse por la ira que la sangre le agolpaba en el rostro.
- ¡Angélica! ¡ANGÉLICA! – gritaba Mónica, subiendo las escaleras con tanta prisa como sus pies descalzos se lo permitían, de regreso, la señora jalaba de los cabellos a su hija, haciendo que ésta se retorciera de dolor derramando lágrimas a su paso.
- ¡David! – exclamó la chica al ver al muchacho de pie frente a ella, su madre la empujó por la espalda contra David, mirándola como si fuera un cúmulo de basura podrida cubierta de excremento.
- ¿Es cierto? – Preguntó Estela, con los ojos fuera de las órbitas - ¿Es cierto que te metiste con este bueno para nada?
La chica lloraba amargamente en los brazos de David, contestando a su madre con un gesto de afirmación con la cabeza, Mónica se llevó la mano al pecho como si le hubieran clavado una flecha.
- Pero no es por eso por lo que vinimos Cristóbal – dijo el padre de David, ignorando por completo a la mujer – don Melquiades acaba de fallecer y confesó que tu padre fue un canalla al arrojar al mío a las calderas del ingenio.
- ¿Qué dices? – preguntó Cristóbal incrédulo, con manos temblorosas
- Lo que oyó – dijo David, separándose de Angélica por un momento – que el señor dijo que don Pablo mató a mi abuelo para quedarse con su parte, y no nos vamos de aquí hasta que hasta que le regrese a mi apá lo que le corresponde
- Tú no te metas muchacho, que aquí no tienes nada que ver
- ¿Ah no? ¿No sabe por qué vine? Diles chula, diles que estás embarazada, que estás esperando un hijo mío – comentó David con suma naturalidad, sin embargo, su madre cerró los ojos con fuerza dejándose caer sobre un sillón mientras que Cristóbal la miraba con furia.
- ¡No! ¡No puede ser cierto! ¿¡Estás embarazada de éste muerto de hambre!?
Angélica contestó asintiendo de nueva cuenta con más lentitud que antes, las palabras de su madre la herían más que sus actos frente a los Montero.
- No tienen pruebas... – dijo Cristóbal con mirada frenética, sudando bajo el escaso cabello y el espeso bigote – Nadie comprueba que lo que dicen de mi padre es verdad...
- Estaba el párroco y un juez, y ellos no mienten – dijo don David – sólo vine por lo mío, por lo que tu padre le arrebató al mío al caro precio de su muerte...
- ¿Entonces es cierto? – Preguntó Angélica en un hilo de voz, sus ojos enrojecidos se encontraron con los de su padre exigiendo una respuesta - ¿Mi abuelo mató al de David?
- ¿Tú sabías? – David no daba crédito a lo que sus oídos escucharon, Angélica era partícipe del secreto que todos en el pueblo sabían y del que hacían uso cuando los temas de conversación se agotaban para sacar a la plática el tema de la lamentable muerte de don Francisco
- No estaba segura – dijo ella, aún con la voz tan débil como todo su cuerpo a causa del temor - me platicó Paz pero me negué a creer... ¿Porqué hizo eso papá?
- Porque sabía que Francisco nunca le iba a vender su parte de la hacienda – contestó Cristóbal – Margarita fue más fácil de convencer, y aún más con el luto de su esposo
- Pero papá...
- Era eso o nada hija – reclamó Cristóbal – yo apenas puedo hacer la mitad de lo que ellos hacen y eso significaría a la larga perderlo todo, y eso no podía suceder...
- O me entregas la mitad de todo o llamo al juez que es testigo de la confesión de Melquiades
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Meter a la cárcel a mi difunto padre?
- Si no lo haces me voy – dijo Angélica, sorprendiendo a todos, incluso a ella misma – si no les das lo que les corresponde me voy con David.
- Por mi puedes largarte – dijo su madre, aún sentada en el sillón con los brazos presionándose el pecho. El cabello alborotado y su mirada maliciosa le daban el aspecto de ser una enferma mental de alta peligrosidad – si en verdad esperas a un bastardo de ese muerto de hambre vete de una vez...
- Pero mujer... Es nuestra hija... – comentó Cristóbal, asimilando las palabras de su esposa - ¿Cómo vas a dejar que se vaya así como así?
- ¿Y qué? ¿Vas a aceptar que tenga al fruto de esa relación que nunca debió darse?
- ¡Pero es nuestra hija! - Exclamó Cristóbal de nuevo, como si esa razón no fuera suficiente para ella – No vamos a dejar que se la lleven así por nomás ¿O sí?
- Me da igual... – contestó Mónica con un tono de voz tan etéreo y gélido como la lluvia que caía fuera – Me da lo mismo si la historia se repite una y otra vez, ¿O qué nunca le dijo a su hijo porqué no ven a los padres de su esposa? - Don David tragó saliva, sentía la presión de la mirada de todos los presentes y la sonrisa tenebrosa de la mujer debajo de su cabello revuelto – Dígale... dígale como al igual que con mi hija un Montero abusó de ella y parió a éste infeliz – dijo, señalando a David que no soltada a Angélica de su lado - ¿No sabe cómo se robó a su ahora esposa porque salió embarazada?
- ¿Es cierto? – preguntó David, buscando la mirada de su padre para escuchar la respuesta.
- Cuando me dijiste que la muchacha estaba preñada de ti... Me acordé de lo que nos pasó a tu mama y a mí... y pos no quería que vivieras lo mismo que vivimos nosotros...
- Ellos sólo quieren lo que es suyo – interrumpió Angélica, con voz aún temblorosa – nada más... sabías que ellos se darían cuenta y que éste día iba a llegar... papá, por favor... regrésales su parte, hazlo por mí, no te pediré nada más... y si mi mamá quiere que me vaya, me voy...
- No... – Dijo Cristóbal de manera repentina – Tendrán su parte, pero mi hija no se va con ustedes... y en cuanto a ti... – señaló el hombre a David - más te vale que te hagas cargo de esa criatura
- ¿Y por qué cree que vine? – Lo reprimió David – le juro que no le va a faltar nada... – aseguró, y dirigiéndose a Mónica en el sillón, preguntó - ¿Verdad que hay peores golpes que los fuatazos en la espalda? – La señora sólo lo miraba con ojos de esquizofrenia y labios sumamente fruncidos – unas cicatrices sanan, pero unas no cierran ni con el tiempo – dijo, estrechando la mano de Angélica con la suya con fuerza para hacerle saber que nada los iba a separar otra vez.
________________________________________
Angélica terminó su último año de bachillerato estando embarazada, David (que no ingresó al tercer año para trabajar en la hacienda) la visitaba cada domingo en Guadalajara cuando ella no podía debido al avance de su gestación. Paz, la cocinera de la hacienda trabajó en la casa de Estela para vigilar su comportamiento con Angélica por encargo de Cristóbal. Doña Margarita regresó a la hacienda haciéndose cargo de la cocina, sin embargo, ni don Cristóbal, ni ninguno de los Montero se atrevió a decirle sobre la verdad del fallecimiento de su esposo.Tres años después de noviazgo, David le pidió matrimonio a Angélica en el café de Guadalajara donde acordaban verse. La boda coincidió con la misa de los ranchos en la fiesta de Cristo Rey y el bautizo de su primer hijo, la razón por la que David le suplicó a Estela que: “si él no había crecido con una parte de su familia, no quería que lo mismo le pasara a su hijo”. Angélica se hizo cargo de la administración de la hacienda y David de los asuntos con las tierras. Los domingos de la fiesta de Estipac, David y su familia ponían la pirotecnia y la música en la plaza, ya que cada tercer domingo del mes de Julio celebraban un año más de casados David y Angélica.
Después del nacimiento de David Alejandro (el primero en la hacienda de “Los alazanes” en ser heredero legítimo y único dueño, además de dedicarse por completo a la hacienda como su padre) tuvieron dos hijos más: Francisco Javier (tres años después del nacimiento de David, que ya de grande se dedicó a la abogacía) y Angélica Margarita (dos años después del nacimiento de Francisco, se graduó como historiadora y trabaja en la promoción cultural de Jalisco), a la cuál sus hermanos molestaban por no tener los ojos verdes como ellos, pero su padre siempre le decía que “era la única tan chula como su madre”.
Actualmente Angélica y David viven en la hacienda, viendo el fruto del esfuerzo de sus abuelos y padres y viviendo tan enamorados como el día en el que Angélica vio por primera vez a David en el patio de su actual hogar.