I - Azzedine Keller

"Tarde en lluviosa en París" - Gustave Caillebote



Aferrada al café que sostenía en sus manos protegidas por guantes a causa del frío invierno, se abría paso entre la multitud de gente que esperaba desconcertada fuera del instituto de Arte de Chicago. Varios policías resguardaban la entrada del museo, evitando el paso de la prensa y de los curiosos que intentaban adentrarse a la escena del crimen.

Uno de los oficiales alzó la cinta amarilla que prohibía el paso al ver que Azzedine se aproximaba ágilmente hacia el Instituto con su cabello castaño ondulante ante el tranquilo pero congelado viento. Para quienes la conocían, era común verla arribando a lugares sombríos como bodegas abandonadas y callejones oscuros. El caminar entre los pasillos perfectamente iluminados era una experiencia diferente para ella: el eco de sus pasos resonaban al caminar entre pinturas que la seguían con la mirada. Un resplandor provenido de una esquina le anunciaba la llegada al lugar donde fue solicitada.

- ¿Qué tenemos? – preguntó, dando un sorbo a su café y analizando con detenimiento el cuerpo que yacía inerte frente a ella.

- James Colfer, 62 años, caucásico – dijo un oficial que había llegado al lugar antes que ella – es curador del museo e inspector de la exposición temporal de Seurat.

- No fue un robo – apuntó Keller, al ver el reloj en la muñeca de la víctima - ¿Tenemos registro de la muerte? – preguntó, esperando que alguien le dijera una respuesta inmediata.

- Falleció entre las once y doce de la noche – contestó una chica de piel negra, que Keller reconoció como forense.

- ¿Qué hacía aquí a esa hora? – preguntó la oficial, antes de darle un sorbo a su café.

- Estábamos restaurando una obra de Cézanne – dijo un chico de aspecto tímido con grandes gafas.

- ¿Quién eres? – preguntó Keller, en el chico con suéter de rombos y jeans desgastados que no formaban parte de ninguna agencia de investigación del gobierno. El hombre joven estaba de pie junto con policías, directivos del museo y médicos forenses.

- Ryan Slipman – contestó el oficial antes de que el aludido contestara – la víctima era su mentor dentro del programa de restauración de las obras del museo.

- Hay dos impactos de bala calibre 38 que perforaron un pulmón y una herida en la pierna – apuntó la forense, sin inmutarse a pedir perdón ante la interrupción – entraron por el tórax y pierna, y salieron por la espalda y muslo – agregó.

- Eso explica la sangre – murmuró Keller, prestando atención a la camisa del hombre muerto empapada en color rojo - ¿Falta alguna pieza en el museo? – preguntó de nuevo, llevando su mano izquierda a la cadera, gesto que realizaba de forma inconsciente cuando formulaba alguna hipótesis.

- Todo está en su lugar – comentó el chico, levantándose las gafas que se resbalaban a causa del sudor que le causaban los nervios.


- ¿Conoces a alguien que haya querido ver al señor Colfer muerto? – preguntó Keller, su voz femenina no sonaba menos intimidante y autoritaria que cuando recién había llegado al lugar.

- No... Nadie... – contestó el joven flacucho con un balbuceo – era un hombre dedicado a su trabajo.

- ¿Tienen cámaras de seguridad? – preguntó la detective a un policía del museo, al ver que en las paredes sólo había cuadros de casi un metro de alto, pero ningún dispositivo de seguridad electrónico.

- Sólo en las entradas – contestó el aludido con brazos cruzados, que evitaba mirar el cuerpo sin vida en el piso – No creemos que sea posible que alguien a plena luz del día se quiera robar un Van Gogh.

- Registren las cámaras de seguridad de las últimas 12 horas, pregunten a los guardias si notaron algo sospechoso durante la noche. Y en cuanto a él – dijo Keller, apuntando con un dedo que sostenía el vaso de su Starbucks al chico de las gafas – llévenlo a la comandancia.

- ¡Oiga espere! ¿Está diciendo que yo lo maté?

- Podría ser – dijo Azzedine, sorbiendo un poco de su café – quiero estar segura – añadió con toda tranquilidad.

- Estábamos en la sala de restauración con Julia... – dijo Ryan a modo de argumento, alejándose del policía que pretendía esposarlo

- Julia Guindi es otra estudiante en el programa de restauración del museo – dijo Thom, subordinado de Keller, leyendo un expediente que la directiva del museo le había facilitado – el día de ayer no asistió a la restauración de “Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte” para visitar a su madre en New Jersey.

- ¿Hay alguien que pueda probar eso? – preguntó Keller, para ella, cualquier cabo suelto era una línea de investigación que se tenía que indagar a fondo.

- Llamaremos a casa de su madre para verificar si su coartada es cierta – dijo Thom – mientras tanto, llamaremos a los demás alumnos del programa y los interrogaremos sobre el señor Colfer.

- ¿Has subido a una patrulla antes Ryan? – preguntó la detective Keller en tono burlón. Al ver al chico aterrado respondiendo negativamente, ella no pudo dejar de dibujar en su rostro una sonrisa que Ryan interpretó como malévola – Oh vamos, serán unas cuantas preguntas, no tienes nada que temer si no me escondes nada – aclaró, dándole unas ligeras palmadas en el hombro antes de ser escoltado por la policía al auto que lo llevaría a la comandancia.

Mientras el cuerpo era introducido en una bolsa para su traslado a un laboratorio para más análisis, Keller sacó su teléfono celular de un bolso de su abrigo y emprendió la marcha hacia la salida.

- ¿Dime bombón? – contestó una voz masculina desde el otro lado del auricular, un chico rubio con peinado punk y sudadera de calaveras se encontraba rodeado de varios monitores y computadoras dentro de lo que parecía el almacén de una fábrica de Microsfot, aunque mil veces más sombrío y reducido.

- Investiga a James Colfer, curador del Instituto de Arte de Chicago, fue asesinado a media noche y nadie sabe nada sobre él – dijo Keller, antes de subir a la patrulla junto al aterrado Ryan.

- A la orden cielo – dijo Mark, tecleando rápidamente mientras sus ojos se desplazaban a una velocidad vertiginosa de un lado a otro de la pantalla.

- Bien, espero un informe en mi escritorio cuando llegue – agregó, cerrando el teléfono y subiendo al vehículo – serán sólo preguntas de rutina Ryan – comentó Keller, al ver por el retrovisor al chico espantado sentado junto al policía en el asiento trasero – espero que los demás chicos del curso de restauración puedan coincidir con tu historia.

Ryan no contestó, tragó saliva nerviosamente y se secaba las gotas de sudor de su frente con la manga de su suéter.

- Todos concuerdan en su historia – dijo Thom, seguido de Tyler, otro policía subordinado de Keller.

- Afirman que salieron del museo a las 11:30 de la noche y que no volvieron a ver al señor Colfer – dijo Tyler.

- Todas las declaraciones cuadran en los mismos puntos: salieron a la misma hora, el señor Colfer se quedaba más tiempo en el museo, y cada uno de los estudiantes pidió un taxi que los llevara a casa.

Uno a uno los estudiantes del programa de restauración desfilaron hacia la salida, jóvenes asustados que habían sido llamados a declarar por el asesinato de su mentor caminaban a paso apresurado hacia la puerta con la intención de no volver jamás.

- Cualquier cosa fuera de lo común llamen ¿Entendido? – comentó Thom al último en salir: un chico negro con rastas que se asustó al ver al oficial dirigirse a él.

- Ay algo que no cuadra – comentó Keller para sí, más que para sus compañeros – asesinado en una galería de arte en donde no hubo un robo – Keller analizaba las fotografías del pasillo de la galería y del cuerpo de James Colfer, sujetas a un pizarrón con chinchetas, como si en tinta invisible estuviera la pista para aclarar el caso – no tiene lógica...

- James Colfer es un profesor de arte del Instituto de Arte de Chicago, nació el 24 de Julio de 1952 – recitaba una voz salida del ascensor, en donde salió Mark con un expediente impreso de la víctima – nunca se casó, sus registros bancarios y única cuenta de correo electrónico se limitan a pagos en cafeterías, gasolineras, hospedajes de hotel y compras en una sola tienda en línea: Assouline.

- ¿Registraron las cámaras de seguridad? – Preguntó Keller, tomando entre sus manos el expediente que Mark le ofrecía mientras éste se sentaba en el escritorio de Tyler.

- En eso estamos, no creo que haya nada allí, sólo gente entrando y saliendo, cualquiera que pudo haber entrado no pudo haberse quedado hasta la hora del asesinato – comentó Tyler.

Horas después en donde se analizaron cientos de minutos de grabación, los oficiales se dieron cuenta de que deducir al asesino de Colfer entre tanta gente que entraba al museo era prácticamente imposible.

- Hay cientos de obras de arte allí dentro y no se llevaron nada – comentó Keller, sentada en su escritorio: un espacio personal en donde notas, papeles, fechas, números y datos que parecían no tener pies ni cabeza ocupaban la mayor parte de la superficie. En la pared frontal estaba el pizarrón que llevaba la cronología del caso y fotografías que en cada caso se actualizaban con las más diversas fotografías de crímenes inimaginables: una mujer calcinada en un barril de petróleo, un inversionista enterrado vivo y un integrante de la mafia colombiana mutilado en una bodega de Pullman – nadie mataría por nada. ¿El museo no cuenta con otro sistema de seguridad? – preguntó en voz alta, sintiendo por primera vez que aquello se le salía de las manos.

- Los leones no rugieron anoche – dijo Mark, dejando sobre el escritorio de Keller unas hojas impresas – instalaron un dispositivo de seguridad hace unos meses en el museo: los leones de piedra junto a algunas estatuas tienen sensores que se activan emitiendo un rugido cuando alguien se acerca demasiado, y por los registros – apuntó, señalando las hojas – no hubo nada irregular cuando sucedió el homicidio.

- ¿Qué hay de su registro telefónico?

- Nada, la agenda de su teléfono celular sólo incluía números del Instituto, su doctor y colegas. Y en su departamento el teléfono no registra actividad desde hace dos días, todos los números marcados corresponden a compañeros de trabajo y alumnos.

Keller hundió la cara entre sus manos. Los chicos con los que trabajaba pocas veces la veían tan estresada e impotente como en aquél caso, sin embargo, ellos también sabían que la muerte del señor Colfer resultaba ser todo un misterio.

- Murió a causa de la hemorragia provocada por los disparos – dijo Kate, la forense, entregando el reporte de la autopsia – no hubo huellas de tortura, ni si quiera de forcejeo o violencia.

- ¿Eso quiere decir que lo mataron y fue todo? – preguntó Mark

- O conocía al asesino – apuntó Tyler

- ¿No hay nada en el reporte toxicológico?

- Se encontraron algunos rastros de insulina, pero su médico confirmó su uso para tratar la diabetes de la víctima, y bajo sus uñas había extracto de Linum usitatissimum – al ver la cara de desentendimiento de los demás, Amelia aclaró: - aceite de linaza, se utiliza para diluir pinturas y trabajar sobre óleos. No hay nada que haya provocado la muerte, excepto las balas.

Azzedine miró de nuevo al pizarrón con las fotografías y las notas: esperaba que en cada imagen o palabra hubiera un rastro de alguna huella que había pasado por alto para poder seguir con la línea de investigación, sin embargo, al parecer el homicidio parecía no apuntar hacia ninguna dirección.

- ¿Entrevistaron a los guardias de seguridad? Debieron haber visto algo sospe...

Keller no pudo completar su petición, fue interrumpida por el timbre del teléfono que sonaba desde la esquina de su escritorio.

- Detective Keller – contestó como era costumbre al recibir llamadas en teléfono del trabajo. Para su sorpresa, era una voz conocida pero a la vez distante.

- ¿Detective? – Preguntó un chico con nerviosismo desde el otro lado de la línea – Cre... creo saber porqué asesinaron al señor Colfer – comentó, con un tono tímido que Keller había escuchado antes.

- Bien, vamos para allá – comentó, poniéndose de pie al escuchar las indicaciones de Ryan por el teléfono – Tyler, volvamos al Instituto.

El camino hacia el mueso de vuelta fue mucho más abrumador que visitarlo por primera vez. Ya había visto la escena del crimen y pensaba que nada nuevo podía darles información sobre el asesino, sin embargo, Ryan había encendido de nuevo la esperanza de ejercer justicia.

- ¿Detective Keller? – Preguntó un oficial a la entrada del museo, donde retuvo a Azzedine por órdenes del director del Instituto – por aquí por favor – comentó éste, al ver que Keller respondía afirmativamente. El guardia los condujo a una parte lateral del museo, en donde se resguardaba la entrada a visitantes con una barda perimetral y cercas de acero. Por una puerta de metal situada al lado de una gran cortina de lo que parecía ser acero, entraron a lo que parecía el pasillo de un teatro tras el telón. Poco a poco fue iluminándose el corredor conforme sus pasos avanzaban, hasta encontrarse en una sala redonda con una mesa circular en su parte céntrica, estantes de metros de alto y lienzos en blanco junto a botes de pintura y pinceles le daban el aspecto de ser un estudio de arte abandonado, pero en perfectas condiciones.

- Detective Keller – dijo un hombre, rompiendo el denso silencio del lugar – soy Douglas Drouig, el director del museo, estoy muy consternado por el fallecimiento de nuestro gran amigo James – apuntó, estrechando con su mano gélida la de Azzedine.

- Estamos trabajando en ello señor – dijo Keller, esperando que no notara en su rostro la impotencia de no tener ninguna pista sobre el asesinato.

- Los mandaron llamar porque al parecer, han encontrado el punto de partida del asesinato del señor Colfer – dijo Drouig, en un tono catedrático que Keller adivinó era propio de un maestro de universidad respetable.

- El cuerpo del señor Colfer fue encontrado frente a “En la terraza” de Renoir – dijo Ryan, con más seguridad de la que mostró en el interrogatorio y la escena del crimen – después de que la escena del crimen fue limpiada de la sangre, nos cercioramos de que, en efecto, la sangre no hubiera manchado la pintura.

- Si la pintura original está aquí, ¿El espacio que ocupaba en la galería está vacío? – preguntó Tyler, tratando de encontrar la lógica del asunto.

- No es la pintura original, tenemos varias réplicas y colocamos una en la galería que muy pocas persona diferenciarían como tal – explicó Ryan – el museo cuenta con copias de las obras de arte más valiosas y antiguas, en caso de alguna necesite restauración, la copia ocupa su lugar hasta que la original es restaurada.

- ¿Y cuál es el punto de todo esto? – preguntó Keller con un tono de desesperación en su voz, esperaba de Ryan una pista o algo que la llevara a encontrar al asesino.

- Hicimos una prueba de quimioluminiscencia a la pintura y... Es falsa – confesó Ryan, como si le doliera decir esas palabras – Mataron al señor Colfer para robar la pintura original.