- ¿Cómo pudo alguien extraer la pintura original sin que se dieran cuenta? – preguntó Keller, esperando a que la lógica saliera de cualquier lugar para obtener una respuesta.
- No es un cuadro muy grande, pudieron habérselo llevado cargando – apuntó Tyler, al ver la altura del lienzo, que apenas llegaba a un metro de altura.
- Se buscaron huellas digitales pero no hay nada – comentó Drouig.
- ¿Conocen de alguien que quisiera ver muerto al señor Colfer? – preguntó Keller, dirigiendo su mirada fría a Ryan y al director del museo.
- Nadie, era un hombre respetado dentro del Instituto, no entiendo quién pudo cometer un crimen así – dijo Drouig – escuche... – susurró Douglas – sería una catástrofe que los medios y la sociedad se enterara del robo de una pintura – Keller notó que en la voz del hombre que antes sonaba seguro de sí mismo, había ahora pánico en cada palabra – podemos manejar esto como un asesinato nada más, confío en ustedes para regresar la pintura al museo, y para encontrar al asesino de Colfer claro está...
- Entiendo señor Drouig – dijo Azzedine en el mismo tono confidencial que Douglas – haremos todo lo posible por encontrar al asesino. Necesito interrogar a los guardias de seguridad que custodiaban el museo la noche en que Colfer murió, ¿Podría facilitarnos esa información?
- Por supuesto detective – exclamó Drouig – haré que alguien le haga llegar la lista de custodios – dijo, antes de salir por la puerta que sirvió de conducto a Keller y compañía para llegar a la sala de restauración.
- Detective... – Ryan llamó la atención de Keller y Tyler por la complicidad de su voz – si de algo les sirve... El señor Colfer se mostró nervioso los últimos días, parecía ausente, como si su atención estuviera en otro lado...
- ¿Y porqué es que lo mencionas hasta ahora? – preguntó Tyler
- Todos lo estábamos – argumentó en tono de defensa - el gobierno recortó el presupuesto para la galería y eso no nos dejaba tranquilos, para el señor Colfer esto era su vida, no me hubiera extrañado que hubiese muerto defendiendo su pasión – comentó, dejando sobre un taburete con sumo cuidado la pintura que sostenía con sus manos protegidas con guantes de látex.
- Mark, necesito la dirección del señor Colfer cuanto antes – ordenaba Keller a su teléfono, caminando hacia la patrulla de policía.
- Ejtoy en ejo – contestó Mark, intentando tragar el trozo de dona que se había llevado a la boca justo antes de escuchar la voz de Keller en sus audífonos con micrófono que siempre utilizaba en el trabajo. Con los brazos se impulsó del escritorio que tenía en frente para llegar a uno del lado opuesto, e inmediatamente comenzó a teclear y a mantener la mirada fija a cualquier resultado del monitor – La dirección registrada a la que enviaban los libros de Assouline indica que James Colfer vive en South Lake Shore, esquina con Roosevelt Road, es un edificio departamental frente al Monroe Harbor, número interior 21, acabo de mandar el mapa a tu teléfono – dijo Mark, lamiéndose el glaseado que quedó en la comisura de sus labios.
- Gracias Mark – contestó Keller, indicando a Tyler que doblara en una esquina.
- Es un placer preciosa – añadió Mark antes de dar por terminada la llamada y volver a su dona inconclusa.
- Éste no es un lugar donde pueda vivir un artista – comentó Tyler, al ver paredes con grafiti, basura en algunas esquinas y un indigente dormido en una jardinera. En general, el aspecto del lugar era desolador y desagradable, aún con la vista del horizonte donde se fundía el agua y el cielo en un azul bañado por el sol.
- Ya oíste a Ryan: El gobierno recortó el presupuesto del Instituto, apuesto que esto es lo mejor que podía pagar por vivir cerca del museo.
Subiendo una escalinata de piedra entraron al edificio después de una chica que parecía regresar de la escuela. En el tercer piso, identificaron la puerta con el número 21 hecho de metal envejecido y entraron. Una sala hogareña conformada por muebles mullidos daban a la estancia el aspecto de un lugar apacible donde la televisión parecía ser de un modelo atrasado, al igual que el teléfono.
Sobre la repisa de un librero, se encontraban títulos que Keller adivinó eran los libros que compraba por internet, algunos de ellos envueltos en plástico, otros más con una ligera capa de polvo pero todos ordenados por color, una pequeña cocina contigua y la puerta entreabierta de lo que parecía la habitación del señor Colfer, conformaban el pequeño hogar de la víctima.
- No hay sangre... Ni violencia – apuntó Tyler, descartando la idea de que a Colfer lo obligaran a ir al museo para asesinarlo después de robar la pintura.
- Tampoco hay mensajes en la contestadora, ni correo acumulado – comentó Keller – Colfer prácticamente vivía al día, si lo asesinaron, debió haber sido alguien que tenía acceso al museo a esa hora de la noche.
- ¿Crees que la estudiante que viajó tenga algo que ver? – preguntó el oficial. Conocía a Keller de sobra: no dejaba cabos sueltos y cualquier pista podría ser el hilo que los condujera a la resolución de un caso.
- Al menos tendrá que demostrar que no lo hizo – dijo Keller – tenemos que interrogarla en cuanto pise Chicago – agregó, cerrando la puerta del departamento del señor Colfer tras de sí cuando su teléfono sonó desde el bolso de su abrigo – Keller – contestó, al ver que el número de la pantalla de su celular era el de la oficina.
- Los cuatro guardias de seguridad confirman los hechos: escucharon un disparo alrededor de las once treinta de la noche y al llegar a la escena del crimen lo único fuera de lugar era el cuerpo del señor Colfer – recitó Thom desde el teléfono de la comisaría – concuerdan en que sólo pudo haber salido por la puerta del personal, que dirige al área de restauración y del aseo.
- Bien... Gracias Thom – respondió Keller en un suspiro desalentador – pide a Mark que investigue el domicilio de Julia Guindi, es una alumna del programa de restauración del museo y verifiquen si su coartada es cierta, si es necesario llevarla a la comandancia háganlo – añadió, antes de cerrar su teléfono y dar por terminada la llamada.
- ¿Pasó algo? – preguntó Tyler, tomando el volante de la patrulla
- Los oficiales no vieron nada, sólo nos queda la chica – dijo Keller aferrándose a la última esperanza.
- ¿Sabes? Sigo pensando en que el asesino no pudo actuar sólo – comentó Tyler, perdiendo la mirada en la calle frente a él
- Tiene que ser alguien del museo, escuchaste que nadie entra y sale a esa hora más que los que pertenecen al programa de restauración.
Camino a la comandancia nadie comentó nada. Era cierto que aquél caso era de los más difíciles a los que se enfrentaban. Saliendo del elevador que los dejó en el piso de la oficina, las caras serias de Thom y Mark les dieron la bienvenida.
- Localizamos a Julia – comentó Mark, en un tono de voz serio.
- ¿Vendrá a declarar? – preguntó Keller, despojándose de su abrigo y arrojándolo a la silla frente al escritorio.
- Ella vino por su propia cuenta – dijo Thom – está en la sala de interrogatorio – añadió, señalando con un pulgar a sus espaldas a la chica que se veía con la cara entre las manos sobre la mesa de metal a través del cristal.
- ¿Quién fue? ¿Atraparon al asesino? – preguntó la chica levantándose de prisa al ver a Keller llegar por la puerta, junto a su silla, había una maleta de tamaño considerable, lo que hizo a la detective pensar que llegó a la comandancia desde el aeropuerto.
- No Julia – contestó Azzedine con pesar, invitando a que la chica regresara a la silla - queremos que nos hables del señor Colfer... decirnos si notaste algo raro en él últimamente.
- Bueno... no sé si supieron que piensan recortar el presupuesto del Instituto – dijo la chica, con voz temblorosa y ojos llorosos – eso nos consternaba a todos – añadió.
- ¿Sabías de alguien que quisiera hacerle daño al señor Colfer?
- Nadie – contestó Julia casi de inmediato – sólo vivía para su trabajo, era su pasión.
- ¿Es cierto que solía quedarse más tarde cuando restauraban alguna obra?
- Si, él siempre cambiaba los lienzos o esculturas restauradas por las originales cuando se terminaba algún trabajo.
- ¿Porqué lo hacía él? – preguntó Keller con astucia, esperando encontrar el camino hacia una pista que la chica dijera de forma inconsciente.
- Era el único que podía hacerlo – contestó, limpiando su nariz con un pañuelo desechable que sacó de un bolsillo de su suéter – hay un código que desactiva la alarma de cada pintura – comentó.
El gesto de Keller cambió de inmediato: su mirada analizadora se posó sobre la chica, esperando que le contara más sobre el sistema de seguridad que Drouig, los oficiales, e incluso Mark olvidaron mencionarle.
- ¿Qué tipo de alarma es?
- Son sensores de movimiento, se desactivan cuando una pieza será, es por eso que se hace de noche
- ¿El señor Colfer hace este tipo de... movimientos sólo? – preguntó Keller, escogiendo las palabras correctas para formular la pregunta.
- La mayoría de las veces – contestó la chica más relajada – cuando son piezas pequeñas o lienzos no muy altos lo hace por su cuenta, pero con cuadros como el de Gustave Caillebotte de dos metros de alto, pedía la ayuda de algunos de nosotros.
- ¿Las piezas más grandes también tienen réplicas?
- No, por eso son más resguardadas – comentó la chica – tienen guardias de seguridad, luz especial, calefacción y temperatura adecuadas.
- Una última pregunta – dijo Keller, poniéndose de pie, dando a entender que aquel interrogatorio terminaría pronto - ¿Tienes idea de cómo el señor Colfer regresaba a casa?
- Supongo que debía tomar un taxi – contestó Julia tomando su maleta y encaminándose a la puerta – el no manejaba ni tenía auto, que yo sepa.
- Bien Julia, gracias – Keller giró el pomo de la puerta para salir de la habitación cuanto la chica la tomó del brazo.
- Cualquier cosa en la que pueda ayudar, no duden en llamarme – dijo Julia, mostrando entereza y decisión en su mirada por primera vez desde que Keller la miró.
- Lo haremos – contestó Azzedine, asintiendo con la cabeza. Un gesto que a ella le pareció estúpido e innecesario.
- ¿Nada nuevo? – preguntó Thom al ver a Keller salir por la puerta tras la chica.
- Julia refiere que el señor Colfer podía desactivar el sistema de seguridad para remover las pinturas de su sitio – comentó, centrando su vista en el pizarrón con recortes, fechas, datos, fotografías y anotaciones del crimen.
- Quienquiera que fuera sabía que la pintura iba a ser removida esa noche – apuntó Thom
- Entonces esperó a que se desactivara la alarma de seguridad para robar la pintura – añadió Tyler
- Y matar al señor Colfer – concluyó Thom, armando en su mente la escena desde la perspectiva del asesino – eso sólo lo pudo hacer alguien que sabía los movimientos de la víctima a la perfección.
- Aún no sabemos cómo pudo el asesino huir del museo – comentó Tyler – los guardias comentan no escuchar ningún auto aquella noche.
- Excepto uno sólo – dijo Mark saliendo de su área de trabajo e irrumpiendo la plática cada vez que tenía un nuevo dato sobre el caso – indagamos la vida personal del señor Colfer: teléfono, dirección, correo electrónico etcétera, pero en su trabajo verifiqué que la última llamada saliente de su oficina fue para pedir un taxi.
- Lo que confirma la versión de los alumnos – comentó Tyler.
- Exacto – dijo Mark, señalando con un dedo índice a su compañero de trabajo, como si Tyler fuera un alumno que respondió correctamente a la pregunta de clase – sin embargo, hay algo que no cuadra: la llamada saliente fue antes de la hora de la muerte que diagnosticó Amelia.
- ¿Y qué hay de raro en todo esto? – preguntó Thom
- Que el taxi no regresó solo – dijo Mark – hizo un recorrido de 90 kilómetros al norte de Chicago.
- Entonces... – murmuró Keller, abriendo los ojos y mostrándose expectante ante las palabras del chico con cabello rubio en puntas delante de ella.
- Así es preciosa, el taxista llevó al asesino y ladrón del cuadro a un muelle del lago Michigan. Si yo fuera ustedes, correría a alcanzar uno de los 6 buques que zarpan en media hora.
- No es un cuadro muy grande, pudieron habérselo llevado cargando – apuntó Tyler, al ver la altura del lienzo, que apenas llegaba a un metro de altura.
- Se buscaron huellas digitales pero no hay nada – comentó Drouig.
- ¿Conocen de alguien que quisiera ver muerto al señor Colfer? – preguntó Keller, dirigiendo su mirada fría a Ryan y al director del museo.
- Nadie, era un hombre respetado dentro del Instituto, no entiendo quién pudo cometer un crimen así – dijo Drouig – escuche... – susurró Douglas – sería una catástrofe que los medios y la sociedad se enterara del robo de una pintura – Keller notó que en la voz del hombre que antes sonaba seguro de sí mismo, había ahora pánico en cada palabra – podemos manejar esto como un asesinato nada más, confío en ustedes para regresar la pintura al museo, y para encontrar al asesino de Colfer claro está...
- Entiendo señor Drouig – dijo Azzedine en el mismo tono confidencial que Douglas – haremos todo lo posible por encontrar al asesino. Necesito interrogar a los guardias de seguridad que custodiaban el museo la noche en que Colfer murió, ¿Podría facilitarnos esa información?
- Por supuesto detective – exclamó Drouig – haré que alguien le haga llegar la lista de custodios – dijo, antes de salir por la puerta que sirvió de conducto a Keller y compañía para llegar a la sala de restauración.
- Detective... – Ryan llamó la atención de Keller y Tyler por la complicidad de su voz – si de algo les sirve... El señor Colfer se mostró nervioso los últimos días, parecía ausente, como si su atención estuviera en otro lado...
- ¿Y porqué es que lo mencionas hasta ahora? – preguntó Tyler
- Todos lo estábamos – argumentó en tono de defensa - el gobierno recortó el presupuesto para la galería y eso no nos dejaba tranquilos, para el señor Colfer esto era su vida, no me hubiera extrañado que hubiese muerto defendiendo su pasión – comentó, dejando sobre un taburete con sumo cuidado la pintura que sostenía con sus manos protegidas con guantes de látex.
- Mark, necesito la dirección del señor Colfer cuanto antes – ordenaba Keller a su teléfono, caminando hacia la patrulla de policía.
- Ejtoy en ejo – contestó Mark, intentando tragar el trozo de dona que se había llevado a la boca justo antes de escuchar la voz de Keller en sus audífonos con micrófono que siempre utilizaba en el trabajo. Con los brazos se impulsó del escritorio que tenía en frente para llegar a uno del lado opuesto, e inmediatamente comenzó a teclear y a mantener la mirada fija a cualquier resultado del monitor – La dirección registrada a la que enviaban los libros de Assouline indica que James Colfer vive en South Lake Shore, esquina con Roosevelt Road, es un edificio departamental frente al Monroe Harbor, número interior 21, acabo de mandar el mapa a tu teléfono – dijo Mark, lamiéndose el glaseado que quedó en la comisura de sus labios.
- Gracias Mark – contestó Keller, indicando a Tyler que doblara en una esquina.
- Es un placer preciosa – añadió Mark antes de dar por terminada la llamada y volver a su dona inconclusa.
- Éste no es un lugar donde pueda vivir un artista – comentó Tyler, al ver paredes con grafiti, basura en algunas esquinas y un indigente dormido en una jardinera. En general, el aspecto del lugar era desolador y desagradable, aún con la vista del horizonte donde se fundía el agua y el cielo en un azul bañado por el sol.
- Ya oíste a Ryan: El gobierno recortó el presupuesto del Instituto, apuesto que esto es lo mejor que podía pagar por vivir cerca del museo.
Subiendo una escalinata de piedra entraron al edificio después de una chica que parecía regresar de la escuela. En el tercer piso, identificaron la puerta con el número 21 hecho de metal envejecido y entraron. Una sala hogareña conformada por muebles mullidos daban a la estancia el aspecto de un lugar apacible donde la televisión parecía ser de un modelo atrasado, al igual que el teléfono.
Sobre la repisa de un librero, se encontraban títulos que Keller adivinó eran los libros que compraba por internet, algunos de ellos envueltos en plástico, otros más con una ligera capa de polvo pero todos ordenados por color, una pequeña cocina contigua y la puerta entreabierta de lo que parecía la habitación del señor Colfer, conformaban el pequeño hogar de la víctima.
- No hay sangre... Ni violencia – apuntó Tyler, descartando la idea de que a Colfer lo obligaran a ir al museo para asesinarlo después de robar la pintura.
- Tampoco hay mensajes en la contestadora, ni correo acumulado – comentó Keller – Colfer prácticamente vivía al día, si lo asesinaron, debió haber sido alguien que tenía acceso al museo a esa hora de la noche.
- ¿Crees que la estudiante que viajó tenga algo que ver? – preguntó el oficial. Conocía a Keller de sobra: no dejaba cabos sueltos y cualquier pista podría ser el hilo que los condujera a la resolución de un caso.
- Al menos tendrá que demostrar que no lo hizo – dijo Keller – tenemos que interrogarla en cuanto pise Chicago – agregó, cerrando la puerta del departamento del señor Colfer tras de sí cuando su teléfono sonó desde el bolso de su abrigo – Keller – contestó, al ver que el número de la pantalla de su celular era el de la oficina.
- Los cuatro guardias de seguridad confirman los hechos: escucharon un disparo alrededor de las once treinta de la noche y al llegar a la escena del crimen lo único fuera de lugar era el cuerpo del señor Colfer – recitó Thom desde el teléfono de la comisaría – concuerdan en que sólo pudo haber salido por la puerta del personal, que dirige al área de restauración y del aseo.
- Bien... Gracias Thom – respondió Keller en un suspiro desalentador – pide a Mark que investigue el domicilio de Julia Guindi, es una alumna del programa de restauración del museo y verifiquen si su coartada es cierta, si es necesario llevarla a la comandancia háganlo – añadió, antes de cerrar su teléfono y dar por terminada la llamada.
- ¿Pasó algo? – preguntó Tyler, tomando el volante de la patrulla
- Los oficiales no vieron nada, sólo nos queda la chica – dijo Keller aferrándose a la última esperanza.
- ¿Sabes? Sigo pensando en que el asesino no pudo actuar sólo – comentó Tyler, perdiendo la mirada en la calle frente a él
- Tiene que ser alguien del museo, escuchaste que nadie entra y sale a esa hora más que los que pertenecen al programa de restauración.
Camino a la comandancia nadie comentó nada. Era cierto que aquél caso era de los más difíciles a los que se enfrentaban. Saliendo del elevador que los dejó en el piso de la oficina, las caras serias de Thom y Mark les dieron la bienvenida.
- Localizamos a Julia – comentó Mark, en un tono de voz serio.
- ¿Vendrá a declarar? – preguntó Keller, despojándose de su abrigo y arrojándolo a la silla frente al escritorio.
- Ella vino por su propia cuenta – dijo Thom – está en la sala de interrogatorio – añadió, señalando con un pulgar a sus espaldas a la chica que se veía con la cara entre las manos sobre la mesa de metal a través del cristal.
- ¿Quién fue? ¿Atraparon al asesino? – preguntó la chica levantándose de prisa al ver a Keller llegar por la puerta, junto a su silla, había una maleta de tamaño considerable, lo que hizo a la detective pensar que llegó a la comandancia desde el aeropuerto.
- No Julia – contestó Azzedine con pesar, invitando a que la chica regresara a la silla - queremos que nos hables del señor Colfer... decirnos si notaste algo raro en él últimamente.
- Bueno... no sé si supieron que piensan recortar el presupuesto del Instituto – dijo la chica, con voz temblorosa y ojos llorosos – eso nos consternaba a todos – añadió.
- ¿Sabías de alguien que quisiera hacerle daño al señor Colfer?
- Nadie – contestó Julia casi de inmediato – sólo vivía para su trabajo, era su pasión.
- ¿Es cierto que solía quedarse más tarde cuando restauraban alguna obra?
- Si, él siempre cambiaba los lienzos o esculturas restauradas por las originales cuando se terminaba algún trabajo.
- ¿Porqué lo hacía él? – preguntó Keller con astucia, esperando encontrar el camino hacia una pista que la chica dijera de forma inconsciente.
- Era el único que podía hacerlo – contestó, limpiando su nariz con un pañuelo desechable que sacó de un bolsillo de su suéter – hay un código que desactiva la alarma de cada pintura – comentó.
El gesto de Keller cambió de inmediato: su mirada analizadora se posó sobre la chica, esperando que le contara más sobre el sistema de seguridad que Drouig, los oficiales, e incluso Mark olvidaron mencionarle.
- ¿Qué tipo de alarma es?
- Son sensores de movimiento, se desactivan cuando una pieza será, es por eso que se hace de noche
- ¿El señor Colfer hace este tipo de... movimientos sólo? – preguntó Keller, escogiendo las palabras correctas para formular la pregunta.
- La mayoría de las veces – contestó la chica más relajada – cuando son piezas pequeñas o lienzos no muy altos lo hace por su cuenta, pero con cuadros como el de Gustave Caillebotte de dos metros de alto, pedía la ayuda de algunos de nosotros.
- ¿Las piezas más grandes también tienen réplicas?
- No, por eso son más resguardadas – comentó la chica – tienen guardias de seguridad, luz especial, calefacción y temperatura adecuadas.
- Una última pregunta – dijo Keller, poniéndose de pie, dando a entender que aquel interrogatorio terminaría pronto - ¿Tienes idea de cómo el señor Colfer regresaba a casa?
- Supongo que debía tomar un taxi – contestó Julia tomando su maleta y encaminándose a la puerta – el no manejaba ni tenía auto, que yo sepa.
- Bien Julia, gracias – Keller giró el pomo de la puerta para salir de la habitación cuanto la chica la tomó del brazo.
- Cualquier cosa en la que pueda ayudar, no duden en llamarme – dijo Julia, mostrando entereza y decisión en su mirada por primera vez desde que Keller la miró.
- Lo haremos – contestó Azzedine, asintiendo con la cabeza. Un gesto que a ella le pareció estúpido e innecesario.
- ¿Nada nuevo? – preguntó Thom al ver a Keller salir por la puerta tras la chica.
- Julia refiere que el señor Colfer podía desactivar el sistema de seguridad para remover las pinturas de su sitio – comentó, centrando su vista en el pizarrón con recortes, fechas, datos, fotografías y anotaciones del crimen.
- Quienquiera que fuera sabía que la pintura iba a ser removida esa noche – apuntó Thom
- Entonces esperó a que se desactivara la alarma de seguridad para robar la pintura – añadió Tyler
- Y matar al señor Colfer – concluyó Thom, armando en su mente la escena desde la perspectiva del asesino – eso sólo lo pudo hacer alguien que sabía los movimientos de la víctima a la perfección.
- Aún no sabemos cómo pudo el asesino huir del museo – comentó Tyler – los guardias comentan no escuchar ningún auto aquella noche.
- Excepto uno sólo – dijo Mark saliendo de su área de trabajo e irrumpiendo la plática cada vez que tenía un nuevo dato sobre el caso – indagamos la vida personal del señor Colfer: teléfono, dirección, correo electrónico etcétera, pero en su trabajo verifiqué que la última llamada saliente de su oficina fue para pedir un taxi.
- Lo que confirma la versión de los alumnos – comentó Tyler.
- Exacto – dijo Mark, señalando con un dedo índice a su compañero de trabajo, como si Tyler fuera un alumno que respondió correctamente a la pregunta de clase – sin embargo, hay algo que no cuadra: la llamada saliente fue antes de la hora de la muerte que diagnosticó Amelia.
- ¿Y qué hay de raro en todo esto? – preguntó Thom
- Que el taxi no regresó solo – dijo Mark – hizo un recorrido de 90 kilómetros al norte de Chicago.
- Entonces... – murmuró Keller, abriendo los ojos y mostrándose expectante ante las palabras del chico con cabello rubio en puntas delante de ella.
- Así es preciosa, el taxista llevó al asesino y ladrón del cuadro a un muelle del lago Michigan. Si yo fuera ustedes, correría a alcanzar uno de los 6 buques que zarpan en media hora.
