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| "La madre" - James Abbott McNeill Whistler |
- ¡Dame algo que me sirva Mark! – gritaba Azzedine al teléfono mientras Thom conducía a toda velocidad por las transitadas calles de Chicago.
- Lo siento linda, no hay cámaras de seguridad en el sitio, Tyler tiene la lista de los trabajadores que estuvieron aquella noche pero será difícil interrogarlos a todos – decía Mark, recorriendo con sus pupilas las líneas que aparecían en el monitor frente a él.
- Bien Mark, cualquier cosa no dudes en llamarme – dijo ella, resignándose a que pudiera darle algo útil más tarde.
- Lo haré preciosa – contestó Mark.
- No hay cámaras de seguridad en el sitio y Tyler tiene problemas con el personal del muelle – comentó Azzedine, para poner al tanto a Thom tras terminar la llamada con la comandancia - ¿Crees que pudieron haberla enviado a algún lado?
- Un buque tiene menor control de equipaje y mercancía que un avión, así que prácticamente la pudieron haber enviado en una caja de cartón sin problema – argumentó Thom, recordando su pasado como teniente de la marina de Estados Unidos.
- Detective Keller del FBI – exclamó Azzedine mostrando su placa a un hombre de unos 50 años que se acercó a ellos de manera dudosa cuando se estacionaron cerca del muelle, por sus botas de hule y boina, Keller y compañía adivinaron que trabajaba en aquel sitio.
- ¿En qué puedo ayudarlos? – preguntó el hombre con voz cansada.
- Días atrás recibimos el reporte de un robo – comentó Keller, intentando ser clara con el hombre que al parecer no escuchaba muy bien – un testigo nos indicó que el ladrón pudo haber venido y dejar el... botín en algún buque.
- ¿En un buque? – Preguntó el hombre sin ocultar una sonora carcajada que hace que casi se le cayeran los dientes – oiga, están a punto de salir cuatro buques y aunque tenga una orden no podrá revisarlos todos – dijo tajante, dándole la espalda
- ¿A dónde van esos buques? – preguntó Tyler
- A Irak con cientos de soldados, a París con ayuda humanitaria, exportaciones de trigo y arroz... - numeró el hombre, en lo que parecía ser una lista sin fin.
- ¿Tiene un inventario de cada uno de los buques? –
- ¿Un inventario? – Preguntó el hombre con más sarcasmo que antes – Puede contar los granos de trigo en menos de 10 minutos si quiere, pero le aseguro que allí no va lo que sea que está buscando – concluyó, alejándose a paso desgarbado al compás de la sirena que notificaba del lanzamiento a la deriva de un buque - ¡Y sea lo que sea ya no está aquí! – gritó el anciano para hacerse escuchar sobre la sirena del muelle.
- Vámonos Thom – dijo Keller, dándose vuelta para subir a la patrulla
- ¿Y el buque?
- ¡Ya pensaré en algo! – exclamó ella, golpeando el tablero del auto con sus manos.
Thom no replicó. Frente al volante evitó que su mirada se cruzara con la de Azzedine, quién resoplaba con fuerza debido al evento ocurrido en el muelle. La nieve se arremolinaba con pereza en el parabrisas en contra del sol cuando el teléfono de Keller sonó dentro del bolsillo de su abrigo.
- Detective Keller – contestó, sin inmutarse en el hecho de que Mark la llamara más que su madre.
- Verás querida, estuve indagando sobre el taxi de aquella noche... – dijo Mark a su micrófono delante de uno de los monitores que tenía en su área de trabajo
- ¿Tienes algo? – preguntó Azzedine, esperando no sonar desesperada frente a Thom.
- Tengo el nombre del conductor – dijo Mark, quién después de una ligera pausa añadió – se llama Tayyeb Jacir vive en Fulton River District, en las afueras de Chicago cruzando el río, reside en el número 4 de un edificio de departamentos detrás de la Brommer Chocolate Company – recitaba, mientras Thom giraba a la máxima velocidad que el tráfico le permitía – en el registro del taxímetro en días pasados comprueba que Tayyeb llevaba al señor Colfer a su domicilio en los horarios que confirmaban los estudiantes del programa de restauración. En la última semana llevó en tres ocasiones a la víctima de su casa al museo y viceversa antes de que fuera asesinado.
- Entonces debió conocerlo muy bien – comentó Keller – gracias Mark - dijo al teléfono antes de terminar la llamada.
- Si no era el señor Colfer al que transportó el día en que murió ¿Crees que pueda reconocer al asesino? – preguntó Thom al volante de la patrulla.
- No lo sé, al menos podría darnos una pista de qué hizo con la pintura – dijo Keller, antes de que su sentido del olfato se perdiera en el aroma de la fábrica de chocolate que se imponía ante ellos. Detrás de la edificación, un conjunto de condominios contrastaban con la arquitectura a su alrededor: escaleras de metal ocupadas por chicos que escuchaban música rap en una grabadora enmarcaban el grafiti en paredes de ladrillo que amenazaban con desmoronarse al mínimo tacto. Ropa colgada en los barandales de los tres pisos superiores y plantas marchitas eran la decoración que daba colorido al lúgubre rojo oscuro del lugar.
Fuera de una puerta de metal de la planta baja estaba estacionado el auto color amarillo de Tayyeb. Azzedine y Thom se acercaron con cautela para llamar al posible testigo del asesino. Tras unos golpes con su puño envuelto en guantes de lana, Azzedine aguardó unos segundos hasta que apareció frente a él un hombre de estatura mediana, de piel morena y prominente barba.
- ¿Qué quieren? – preguntó con un acento muy peculiar.
- Azzedine Keller, del FBI – dijo la detective, mostrando su placa junto a Thom – tenemos varias preguntas que hacerle.
- ¡Oiga si es por el semáforo del otro día, le juro estaba en verde!
- No se trata de eso señor Jacir – comentó Thom - ¿Podemos pasar?
El hombre los miró con desconfianza pero accedió, abrió la puerta de su pequeño hogar en donde había rastros de la cultura hindú por todos lados: imágenes con dioses mitad hombre y mitad animal, una alfombra bordada en la sala y un ligero olor a incienso.
- Verá Tayyeb... Hace unos días usted llevó al señor James Colfer de su departamento al Instituto de Arte de Chicago...
- A eso me dedico – comentó él, exaltado - ¿Acaso es un delito ganarme la vida llevando gente?
- Asesinaron al señor Colfer en el museo – exclamó Keller aún más fuerte que Tayyeb sin la necesidad de levantarse del mullido sillón como lo hizo su interlocutor –
- ¡Eso no es posible! ¡Era mi mejor cliente!
- Fue con usted con quién habló por última vez – comentó Thom – supusimos que quizá...
- ¿Creen que yo lo maté? – preguntó, levantándose con exaltación de nuevo - ¿Sólo porque soy hindú?
- ¡No creemos que usted lo haya matado! – Gritó Keller, saliendo de sus casillas – la noche en que lo llamó para que lo llevara a su casa usted hizo un viaje de sesenta kilómetros al norte ¿Cierto?
- Sí, así fue – contestó Jacir – sentándose de nuevo tratando de mantener la calma.
- ¿Podría decirnos cómo era aquella persona a la que transportó? – preguntó Thom.
- No lo sé, estaba muy oscuro – dijo Tayyeb, acariciándose la barba con nerviosismo
- ¿Nunca le vio la cara? – preguntó Thom de nueva cuenta, con cierto aire de incertidumbre.
- Nunca lo vi, sólo se acercó a mí y me ofreció cien grandes por llevarlo hasta los muelles del Monroe Harbor – dijo – él tenía prisa y yo quería dinero así que lo llevé.
- ¿Está seguro que no recuerda nada de aquél hombre? – Las opciones de Keller se agotaban tan rápido como su paciencia.
- Llevaba un paquete grande – dijo – como una caja de pizza pero más larga y más gruesa.
- ¿No vio que era lo que llevaba? –preguntó la detective de nuevo, mirando a Tayyeb como un águila que mira desde varios metros de alto a su presa.
- Estaba envuelto, cuando le dije que podía llevarlo en la cajuela se puso como loco y empezó a gritar.
- ¿Qué le dijo exactamente?
- No sé, hablaba raro – dijo Tayyeb, ignorando el gesto irónico de Thom al escuchar a un hindú decir que alguien hablara de una forma no muy común – tenía un acento europeo, aunque no estoy seguro.
- Gracias señor Jacir – Thom se puso de pie y ofreció su mano en señal de despedida hacia el interrogado, Keller hizo lo mismo pero antes de llegar a la puerta se giró sobre sí misma y preguntó:
- ¿Usted llevó de vuelta a aquel hombre al instituto?
- Se quedó en el muelle – contestó con seguridad – se perdió en la noche junto con su paquete y no lo volví a ver.
- Bien... gracias Tayyeb – murmuró Keller, intentando dibujar una sonrisa de agradecimiento al taxista
- ¿Qué crees que haya pasado con la pintura?
- Es obvio que la enviaron a alguna parte. Aquel hombre tuvo que haber viajado en el mismo buque junto a la pintura, si sabía lo que llevaba consigo sería un demente al dejarla sin protección.
- En el remoto caso de que alguien más lo supiera – comentó Thom – ayudaré a Tyler con la investigación de los trabajadores en el buque – dijo, saliendo del ascensor junto a Keller.
- Yo iré con Mark para ver si podemos rastrear cámaras de seguridad de camino al muelle.
- No es necesario linda – comentó el aludido al escuchar su nombre, bajando los pies del escritorio –
- ¿Tenemos algo del ladrón?
- Ehh... no. Pero creo que esto les servirá: estuve indagando y me topé con que el Monroe Harbor no tiene un registro completo o exacto del inventario de su carga, a excepción de que una empresa privada o comercial lo haga.
- Como en el caso de las exportaciones – comentó Thom
- Así es. Entonces buscando otra alternativa descubrí que el único cerco al que se enfrenta la mercancía enviada es a un filtro para detectar explosivos
- ¿Y eso de qué nos sirve? – preguntó Azzedine, esperando que Mark no le diera más vueltas al asunto.
- Que en el arco de detección de explosivos quedan registradas las dimensiones de cada uno de los objetos que entran al buque.
- ¿Puedes ir directo al grano? No estamos para rodeos
- ¡Esta bien, está bien! Un paquete con las mismas dimensiones que “En la terraza” fue embarcado a París la noche de ayer.
- ¿El cuadro fue enviado a París? – preguntó Keller con asombro
- No estoy seguro de si era el cuadro o no, pero si lo es, ya está camino a casa.
