- ¿Por qué me van a poner mi vestido de princesa? - preguntaba la niña alzando los brazos para que su padre la vistiera con un vaporoso vestido rosa que yacía planchado sobre la cama.
- Porque vamos a ir a una fiesta - contestó su madre, retocándose el maquillaje y poniéndose unos aretes brillantes mirándose frente al espejo.
- Tu tía Angy se va a casar - dijo Francisco, abrochando los pequeños zapatos de su hija.
- ¿Se va a casar con su príncipe como tú mami? - Preguntó la niña brincando sobre la cama mientras su padre se abotonaba la camisa.
- Si mi amor - dijo Ana poniéndose en pie dejando ver un largo vestido azul que contrastaba con su piel blanca para peinar a su hija.
- Cuando sea grande también me voy a casar con un príncipe y vivir en un castillote como éste - comentó la pequeña abriendo los brazos para abarcar la gran habitación de la hacienda – y mis hermanitos van a vivir conmigo. – dijo, asomándose sobre una reja de madera para ver a dos gemelos acostados jugueteando con pequeños peluches y juguetes de plástico.
- Falta mucho para que eso pase preciosa - comentó su padre, ajustándose la corbata de moño y mirando a su hija y esposa en el espejo - ¿Ya están listas? - Preguntó, alisándose las mangas del blazer azul y cargando a sus pequeños hijos en brazos.
- Si ya - contestó Ana con un último vistazo al espejo y guardando las arras en su pequeño bolso.
Caminando despacio por sus altos zapatos y su largo vestido llegaron a la planta baja, donde David y Erika también esperaban junto a otro grupo de personas que caminaba nerviosamente por el lugar.
- ¡Levántate, no te ensucies! - La voz de Erika se escuchó por encima de los murmullos al ver que sus hijos jugaban arrodillados en el piso.
- Obedezcan a su madre - dijo David, con más autoridad que su esposa.
- ¿Ya están listos? - Francisco acompañaba a su esposa de la mano y había preguntado generalmente sólo para anunciar su llegada a la sala.
- Ya carnal - contestó su hermano - ya lo tengo listo pa amarrarlo si quiere correr el cabrón – comentó, refiriéndose al lazo del que sería padrino y a su futuro cuñado.
- ¿Cómo te ha ido? - Preguntó Ana a Karen sentándose junto a ella en un equipal que crujió por el peso de ambas.
- Pues hasta ahorita bien - comentó, posando su mano en el vientre - pensé que me iban a dar más achaques pero no, nada más porque no me puedo mover tan rápido y por la panza, si no yo anduviera normal.
- Pues ya es el tercero, ya sabes por dónde va la cosa.
- Pues no creas... Como no los tuve seguidos y siempre ando de un lado para otro no me acostumbro a estar tumbada sin hacer nada.
- Ahí viene la novia - dijo una voz por encima del barullo, lo que hizo que todos los presentes guardaran silencio de repente.
Los rayos de sol de la tarde iluminaban los destellos de un largo velo de novia que se fusionaba con un vestido que simulaba un blanco celestial. Sonriendo nerviosa de la mano de su padre y seguida de su madre, Angélica caminaba acompañada del eco de sus zapatos y los latidos de su corazón.
- Qué bonita - dijo la pequeña Fernanda, rompiendo el silencio sepulcral con su suave voz.
- ¿Ya nos vamos? - Preguntó la chica, intentando no mostrarse nerviosa ante sus padrinos.
Con ayuda de varias de sus amigas y cuñadas, Angélica alzaba su vestido para caminar en dirección al templo, donde invitados y curiosos dirigían sus miradas hacia la procesión improvisada de gente que escoltaba a la novia.
La novia entra con los padres y los padrinos detrás de ellos - indicaba el párroco en el atrio de la parroquia - luego pueden tomar asiento en las primeras bancas que fueron reservadas.
- ¿Lista chula? - Preguntó David a su hija, ofreciéndole su brazo para encaminarse hacia el altar. Angélica no contestó, asintió con una sonrisa aferrándose con fuerza al ramo de flores entre sus manos.
Al poner el primer pie sobre la alfombra roja flanqueada por adornos florales rebosantes de rosas blancas sentía como la marcha nupcial interpretada por el mariachi hacía que cada paso fuera más pesado que el anterior. Su estómago se sentía vacío, como si no hubiera comido en días, pero al mismo tiempo sentía un gran peso en su interior que le comprimía el pecho.
- Cuídamela mucho - le dijo David a Esteban, su futuro yerno quien sólo asintió con una sonrisa limpiando el sudor de sus manos con el pantalón de su traje. Angélica le devolvía la sonrisa a su futuro esposo intentando no desmayarse mientras el silencio sepulcral los embargaba.
- Nos hemos reunido el día de hoy para celebrar la unión en sagrado matrimonio de Angélica y Esteban ante los ojos de Dios nuestro señor.
Las palabras reproducidas por los altavoces de la iglesia retumbaban en los oídos de ambos. Las caras conocidas que se cruzaban con ellos por la formalidad de formar parte de la tradición de las arras, el lazo y los anillos les dirigían sonrisas fugaces a las que respondían con un estático gesto que representaba felicidad. Fuera del templo los aplausos parecían despertar la luz del sol aquella tarde, cambiando a un color rojizo que presagiaba la caída de la noche. El mariachi anunciaba por las calles la felicidad de los novios hasta llegar a un salón de fiestas con una terraza y un vasto jardín donde las farolas y luciérnagas se mecían con el suave viento.
- Felicidades – dijo David a Esteban con una sensación extraña en la garganta ofreciéndole su mano.
- Gracias señor – respondió el aludido haciéndose escuchar por encima de la música pero denotando así nerviosismo, incluso miedo.
- Es mi única hija – comentó, viendo a Angélica tomarse fotos con algunos invitados en el centro de la pista de baile – quiero que me la cuides mucho… te llevas lo más bonito de mi vida, así que hazla feliz tanto como puedas.
- Así será señor – contestó Esteban – Angélica es una gran mujer.
- Sí, lo es – dijo, recordando sus primeros pasos, cada fiesta de cumpleaños y recientemente su graduación de la universidad – felicidades – dijo de nuevo, abrazando a Esteban fugazmente.
- Gracias señor – contestó de nuevo, sintiéndose más seguro que antes.
La noche avanzaba entre tragos, baile y felicidad. Angélica y David veían como invitados de su familia y la del esposo de su hija bailaban al compás de la música en un ambiente de total alegría.
- Qué rápido nos quedamos solos – comentó Angélica a su esposo, recargando su cabeza en el hombro de David – debimos haber tenido más hijos.
- No chula, no quería darte tanta carga con los niños – se sinceró David, sabiendo que las alegrías de los hijos llegaban con responsabilidades aún mayores.
- Tuvimos tres David… y ya se fueron – comentó con nostalgia, viendo a su hija besando a su ya esposo.
- Pero tenemos seis nietos chula – comentó éste, viendo a su hijo mayor sentado unas mesas más allá junto a dos hijos: Armando Misael y Jesús Alejandro y refiriéndose al pequeño que Erika cargaba en su vientre; y por otro lado a Francisco, que bailaba con la pequeña Ana Fernanda sobre sus pies, mientras Ana jugaba con los pequeños Christopher y Alexander en su carriola.
- Pues si – dijo Angélica dibujando una sonrisa – nos van a faltar manos con tanto niño.
David no contestó. Ver a sus tres hijos casados comenzando una nueva vida era demasiada felicidad para él, por primera vez en muchos años sus ojos derramaban lágrimas de alegría al ver a sus hijos comenzar una nueva vida, tanto como el primer día que los tuvo entre sus brazos.
