El sol inundaba las calles de Estipac reflejándose con
fuerza en las paredes y techados de la población. Su moderno automóvil llamaba
la atención a su paso de personas que mitigaban el calor saliendo a la calle
buscando las últimas brisas del verano. El portón de hierro forjado se abría
para mostrar la imponente hacienda rodeada de árboles frutales que aromatizaban
el aire con la esencia del limón, haciendo que su mente recobrara cientos de
memorias vívidas en su niñez.
Francisco ayudaba a Ana a caminar entre los adoquines consus altos zapatos para entrar a la sala de la casa que encontraron totalmente
desierta para su sorpresa.
- A lo mejor están en el patio - comentó la chica, apartándose elegantemente un mechón de cabello que caía sobre su frente - Francisco caminó haciendo sonar sus pasos en el piso de cemento, buscando a sus padres y abuelos para darles la sorpresa, sin embargo sólo su madre estaba sentada en un equipal abanicándose suavemente con la mirada perdida.
- Madre - saludó Francisco a Angélica tomándola por sorpresa, haciendo que se sobresaltara en su equipal.
- ¡Hijo! - exclamó la mujer, abrazando a Francisco que se inclinaba sobre ella para que no tuviera que levantarse - ¿Acaban de llegar? - Preguntó, al ver a Ana detrás de Francisco.
- Si apenas - contestó Ana - saludándola con un beso en la mejilla.
- ¿Ya comieron? Si no para freírles la carne y calentarles el arroz.
- No, no hemos comido. Tuve que terminar un reporte para el lunes y nos vinimos cuando acabé.
- Ay hijo, vamos a la cocina pues para que coman - dijo, poniéndose en pie rápidamente.
La cocina era prácticamente el mismo lugar que había
conocido desde hace años: recipientes de barro y cerámica contrastaban con los
electrodomésticos que brillaban por su pulcritud. Charlaban animadamente
poniéndose al corriente sobre sus vidas a pocos meses en que Francisco comenzó
a ser socio de una firma de abogados en Guadalajara.
- Voy a ir a dar una vuelta - dijo Ana, levantándose de la mesa - aprovechando que bajó el sol.
- Ándale hija, a ver si te encuentras a Angélica y a David.
- ¿A dónde fueron? - Francisco apenas notó que su padre y hermana no estaban presentes en la casa, una extrañeza para él ya que el sol en los días de verano irradiaba con toda su fuerza luz y calor hacia las paredes de la hacienda.
- Andaban en el establo con los caballos - contestó Angélica sentándose frente a su hijo en la mesa de madera - ¿y cómo te ha ido? Cuéntame... - comentó expectante.
- Pues bien, ya dejé de ser consultor y estoy empezando con mi primer caso.
- Bendito sea Dios - Angélica miraba en los ojos de su hijo el orgullo de trabajar arduamente por algo que siempre había querido. Para los demás quizá hubiera pasado inadvertido, pero ver a su hijo frente a ella hablando de su trabajo la hacía sentirse hinchada de felicidad y orgullo - ¿y a Ana como le ha ido?
- Bien también - Francisco entrelazaba sus dedos nerviosamente sobre la mesa, pero su voz sonaba sin alteración alguna - está ya trabajando en una empresa de marketing digital.
- Ay qué bueno - comentó de nueva cuenta - hijo... ¿Ya cuánto tiempo llevas de novio con ella?
- Ya casi tres años - contestó el chico, evitando la mirada de su madre.
- No es que te quiera presionar ni nada, pero Ana es una buena muchacha que...
- Mamá... - la interrumpió Francisco - ¿Te acuerdas de una plática que tuvimos hace tiempo en esta misma mesa? - la reacción de su madre era justo lo que esperaba: un gesto de duda y extrañeza se dibujó en su rostro.
- No hijo, ya mi memoria no es tan buena como antes.
- Te dije que cuando me fuera a casar tú serías la primera en saberlo - dijo Francisco, tomando las manos de su madre delicadamente y mirándola a los ojos - Ana y yo nos vamos a casar.
Angélica abrió los ojos intensamente sorprendida ante las
palabras de su hijo llevándose las manos al pecho emocionada sin poder contener
las lágrimas
- ¡Ay hijo! Bendito Dios que te decidiste a por fin estar junto a Ana - comentó su madre - desde hace tiempo que quería ya verte casado y pues... Con hijos - comentó apenada esperando no incomodar a su hijo.
- Todo a su tiempo madre, verás que pronto vas a tener más nietos para cuidar, que los dos de David son nada más los primeros de muchos.
- Bueno, antes tenemos que planear muchas cosas ¿ya saben los papás de Ana? – preguntó con expectativa y ganas de gritar la noticia al mundo.
- Su papá si, su mamá no porque llega mañana de Los Ángeles. Por cierto, ¿Crees que Ana pueda quedarse a dormir aquí?
- Claro que si - contestó al instante Angélica - ya prácticamente es de la familia... Y si pueden quedarse más tiempo pues mejor.
- No podemos faltar al trabajo má - dijo éste, estirado sus brazos al cielo y haciendo crujir su cuello y espalda - a Ana le está yendo bien en la agencia de publicidad y a mí también en el despacho.
- ¿Y entonces cuando van a ver lo de la boda?
- En cuanto tengamos tiempo - contestó - por eso necesito tu ayuda. Quiero que veas lo de la misa, las flores y también lo de mi traje de charro para la boda.
- ¿Te vas a casar de charro hijo? - Preguntó emocionada.
- Soy de rancho má - dijo éste con naturalidad - me voy a casar de charro y va a tocar el mariachi en la fiesta para bailar el mismo vals que bailaste tú.
- Me acuerdo cuando me casé con tu padre - comentó con añoranza, luchando para que las lágrimas no cedieran - el templo lleno de flores y tu padre esperándome en el altar hicieron ese día el más feliz de mi vida.
Los sonidos de unos pasos aproximándose con rapidez
hicieron que ambos se sobresaltaran separando sus manos sobre la mesa
abruptamente, fue entones que Ana se asomaba curiosa a la cocina, ondeando su lacia cabellera castaña.
- Perdón, no sabía que seguían aquí.
- No te apures hija - dijo Angélica, conteniendo las lágrimas - Francisco ya me dio la noticia - dijo, levantándose de la silla - muchas felicidades, espero que sean muy felices juntos.
- No podíamos esperar más tiempo para contarles - comentó la chica, tomando las manos de su futura suegra sintiendo tanta emoción como ella.
- ¿Qué pasó? ¿A qué hora llegaron? - La voz del padre de Francisco se hizo presente desde el patio al identificar el auto de su hijo y voces conocidas.
- Hola - saludó Angélica tras su padre, quitándose elsombrero que la protegía del sol.
- ¿Qué tienes chula? - Preguntó David extrañado, al ver la mirada enrojecida de su esposa.
- No es nada amor, es sólo que estoy muy feliz...
- ¿Y feliz por qué?
- Nos vamos a casar pá - dijo su hijo, tomando a Ana entre sus brazos.
- ¡¿Cómo?! - exclamó sorprendido David.
- Francisco me pidió matrimonio hace dos semanas - Ana mostraba un anillo en su dedo anular rematado por una gran piedra rodeada de cristales pequeños.
- ¡Felicidades hijo! - David abrazó a su hijo tan fuertemente que su sombrero cayó al suelo, incluso podía sentir el corazón de su hijo latir tan rápidamente como el suyo.
- ¡Qué padre! – exclamó Angélica en los brazos de Ana – vamos a tener que planear muchas cosas: ver lo de tu vestido… y la música… y la comida y…
- Ya Angy cálmate – dijo su hermano – ni yo me emocioné tanto.
- Pues deberías – comentó su padre, que tenía aún abrazado a su hijo por los hombros - que no siempre te encuentras a una muchacha bonita para casarte.
La felicidad ante una noticia de tal magnitud no se hizo
esperar en la hacienda: David llamó a sus padres e hijo para darles la buena
nueva, que fue recibida con tanta alegría por todos.
- Hasta que te decidiste carnal – le comentó David a Francisco en un momento de soledad después de la cena. David cargaba su pequeño hijo de apenas meses de nacido mientras Erika jugaba con su hijo mayor en la fuente.
- Supuse que no tenía caso perder más tiempo y hacerlo de una vez – dijo, dándole un sorbo a su bebida acompañada de tequila, mirando a Ana y Angélica admirar su anillo de compromiso.
- ¿Y pa cuando te avientas con un chamaco? Porque a mi amá bien sabes que le gusta andar detrás de ellos.
- No tengo prisa wey – dijo éste – si tú ya tienes dos no tengo porque andar a las carreras.
- Ya te quiero ver cuando tengas a los tuyos – comentó David – ahí si vas a saber lo que es estar casado.
Tras la despedida de sus abuelos y de David y su esposa,
Francisco subía a la habitación que había ocupado en su adolescencia: el espejo
de cuerpo completo tras la puerta lucía manchado por el tiempo; repisas ahora
vacías cubiertas de polvo y cajones ausentes de objetos y rebosantes de
recuerdos lo rodeaban siendo participes de sus emociones. Por su cuerpo sentía
correr una energía que desde hace tiempo no se presentaba: recordó la primera
vez que estuvo en la intimidad con Ana y regresaron a sus sentidos el aroma de
su cabello, el tacto de su piel y el sonido de su voz.
- No pedí servicio al cuarto – comentó Ana al ver a Francisco de pie frente a la habitación donde dormía. El chico había llamado suavemente a la puerta en un arranque de locura, como aquellos que ambos tenían en la secundaria para verse por cualquier pretexto que no fuera una tarea en equipo.
- Estuve pensando mucho y… ya que nos vamos a casar podemos empezar por elegir el lado de la cama donde vamos a dormir.
- ¿En serio? – preguntó sorprendida viendo a su futuro esposo entrar vestido solo con el pantalón de la pijama – pensé que querías adelantarme un poco de la noche de bodas o de la luna de miel.
- Shhh – interrumpió él con un gesto de exageración – eso es pecado ¿no sabías?
- ¿Desde cuándo te importa tanto ir al cielo? – preguntó Ana, recogiéndose el cabello y sentándose en la cama.
- Desde que me di cuenta de que me voy a casar con un ángel – susurró Francisco, aproximándose a Ana gateando por la cama.
- ¿Un ángel? – Ana amaba como Francisco le hablaba románticamente, amaba esa mirada que era siempre preámbulo de algo más y amaba verlo sin camiseta frente a ella.
- Si, te voy a tratar como un ángel desde ahora.
- ¿Y cómo se trata a un ángel exactamente? – Ana sentía los labios de Francisco ir y venir por sus pies y piernas con los que había impedido que el chico avanzara.
- ¿No lo sabes? – Francisco recorría con sus manos laspiernas de Ana hasta llegar a sentir su ropa interior - Como a un ángel te voy a quitar la ropa y te voy a hacer sentir el cielo – dijo, antes de abalanzarse sobre la chica besándola profundamente desde los labios hasta el cuello, dejándole en la piel un preámbulo del amor eterno.
Las campanadas de la iglesia anunciaban una ceremonia
religiosa celebrada en días donde la actividad del templo era casi mínima, la
fría tarde de noviembre sería testigo de la unión de dos vidas en el altar.
Francisco esperaba nerviosamente dentro de la iglesia acompañado de su hermano,
ambos vistiendo trajes de charro con destellantes motives en plata. A lo lejos
en el atrio de la iglesia se escuchaban los cascos y el relinchar de unos
caballos. Una calandria rematada por flores blancas hacia una aparición casi
triunfal en el lugar. Ana bajaba cuidadosamente del vehículo dejando ver unfastuoso vestido blanco que remarcaba su larga silueta.
En la entrada, el sacerdote daba instrucciones para poder
comenzar la misa, misma que se anunciaba con la marcha nupcial interpretada con
el mariachi. Con paso lento Ana se encaminaba al altar acompañada de sus
padres, que entregaron a Francisco con sonrisas nerviosas y miradas de
felicidad.
- Yo Francisco, prometo amarte y respetarte, serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, así como en la riqueza y la pobreza – murmuraba el chico ante el micrófono a la par que posaba sobre el dedo anular de Ana un anillo de oro puro.
- Yo Ana, prometo amarte y respetarte, serte fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, así como en la riqueza y la pobreza – repetía la chica hacienda el mismo ritual.
- Por el poder que la iglesia me confiere, los declare marido y mujer, y que lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
La felicidad de la familia no pudo haber sido mayor aquel
día: amigos y familiares venidos desde todos los rincones del estado estuvieron
presentes en la misa y la fiesta, en la que bailaron alegremente y disfrutaron
de una cena con platillos mexicanos en una atmósfera romántica: una piscinaenmarcaba la terraza del salón de eventos con velas flotantes sobre sus
tranquilas aguas, mientras que los faroles irradiaban luz y un poco de calor
ante la gélida noche.
- Espero que sean muy felices juntos – dijo Angélica a su hijo y nuera, que se encontraban alejados de la música contemplando el cielo despejado.
- Gracias má – dijo Francisco a su oído en un caluroso abrazo.
- Y ahora a esperar a que les lleguen los hijos – comentó, anhelando que su hijo se convirtiera en padre pronto, ignorando las miradas evasivas de ambos.
- De hecho… - Francisco sentía un nudo en la garganta que le impedía pronunciar palabra…
- Estoy embarazada – dijo Ana con tono jovial, sumándose a la alegría de su suegra al escuchar la noticia.
- Pero… ¿Por qué no nos dijeron antes? – preguntó su madre emocionada sin soltar las manos de Ana.
- Quería estar segura – comentó la chica – por eso no me cerraba el vestido – agregó – tengo tres meses.
- Ay bendito Dios – Angélica abrazó a ambos llorando por segunda vez aquel día – no saben que feliz me siento – murmuró al oído de ambos – bueno, voy a dejarlos solos porque nada más vine a interrumpir – comentó, despidiéndose con una sonrisa nerviosa.
- ¿Es como la querías? – preguntó Francisco a Ana, abrazándola y besando los desnudos hombros que dejaba ver por el diseño del vestido.
- Es mucho mejor – comentó, al ver a los invitados bailando acompañados de la música – aunque la verdad nunca pensé que me fuera a casar con un ranchero – dijo la chica.
- Los Montero tenemos ese encanto – susurró Francisco – así de fácil podemos conseguir a cualquier mujer – comentó, chasqueando los dedos ante su última frase.
- ¿Y entonces por qué te casaste conmigo?
- Porque de entre todas solo te quiero hacer feliz a ti – le murmuró al oído antes de besarla en los labios como un pacto más poderoso y puro que una firma o la palabra de Dios.
