Las tres bodas - David



Se sentía nervioso y contrariado como nunca antes, aquellos mensajes que Erika le había mandado mientras él trabajaba en el azufrado dejaban ver que era un tema importante. Al reconocer la casa de lachica se detuvo de forma intempestiva rápidamente con las manos sudando dejando rastros de tierra en el volante. Bajó de la camioneta dando un portazo y tocando a la puerta de la casa de su novia con fuerza.

  • ¿Qué pasó? – preguntó en tono serio al ver a su novia frente a él en el marco de la puerta.
  • Pásate – dijo ella, cerrando la puerta tras él.
  • ¿Pa que me querías ver? – preguntó David, cruzándose de brazos y recargándose en una de las paredes que daba acceso a la cocina.
  • Voy a ser muy directa – dijo la chica sin quitarte la mirada de encima – estoy embarazada.


La reacción de David no pudo haber sido tan distinta como lo que Erika se esperaba: el chico posó sobre ella una mirada de escrutinio y asombro.

  • ¿Cómo que estás embarazada?
  • Tengo tres semanas de retraso – aclaró ella – me hice dos pruebas y las dos son positivas – Erika le mostró a David dos pruebas que mostraban un indicador de resultado positivo. Al verlas David se limitó a sentir un cosquilleo de nerviosismo por todo su cuerpo, se dejó caer en un pequeño sillón de la sala y se rascó la barba y cabeza con fuerza, esperando que ese cosquilleo se alejara de su cuerpo. – Mira, sé nos dejamos de hablar hace unos días… a mí la verdad me gustas y te amo pero…
  • Pero estás embarazada – comentó David.
  • ¿Y qué? ¿Es un pretexto para que te largues a Atotonilco a ver a otras viejas con tus amigos? – preguntó Erika en un duro tono de reclamación.
  • ¿Con cuáles viejas? – David se había puesto de pie bruscamente para reclamar, nunca imaginó que le gritaría a la mujer que amaba, pero aquella acusación le hacía hervir la sangre.
  • ¿Crees que no vi las fotos en Facebook? Las que subió tuamigo Osvaldo con esas viejas con las que te fuiste de borrachera.


David se llevó las manos a la cabeza una vez más. Había recordado aquella vez en que después de una corrida de toros su amigo lo invitó a un bar de la colonia donde le presentó a unas de sus amigas.

  • Ya te dije que esas son amigas de Osvaldo, yo no las conocía – dijo éste, esmerándose por no alzar la voz de nuevo.
  • ¿No las conoces? Entonces te tuvieron mucha confianza o les caíste muy bien para que te andaran abrazando, ¿no?


David no contestó, sentía su sangre hervir dentro de sus venas por la furia contenida que no podía descargar sobre la chica.


  • Te juro que no las conocía – decía David con voz suave, intentando no ponerse a gritar otra vez – te quiero a ti preciosa, no me fijaría en otra mujer ni aunque nos hayamos peleado.

Erika no supo qué decir, si algo sabía de David era que su mirada nunca mentía, y aquella ocasión podía ver sinceridad a través de unos ojos verdes que la miraban fijamente

  • ¿De veras?
  • De veras chula – David tomó de las manos a su novia, sintiendo entre sus ásperas callosidades por el trabajo la delicada piel de Erika - ¿Cómo no me vas a gustar? ¿Y las flores que te traigo? ¿Y las serenetas con mi troca? – Erika intentaba pronunciar palabra pero no podía. No podía discutir el hecho de que David la sorprendiera con flores cada semana o con música de su camioneta que escuchaba a través de las paredes de su habitación.
  • ¿Y qué vamos a hacer entonces? – preguntó Erika, dándose cuenta de que había pasado varios segundos en silencio perdida en la mirada de su novio.
  • Pos no sé – David había regresado del agradable estupor que le causaban los ojos color miel de Erika – voy a hablar con mi apá, ¿tus papás ya saben?
  • No, no les he dicho nada – Erika comenzó a sentir de nueva cuenta ese miedo que le había recorrido el cuerpo cuando se enteró de que sería madre – no sé si se vayan a enojar o… a correrme de la casa…
  • No llores chula – David se sentó al lado de su novia en el pequeño sillón donde ella se dejó caer explotando en llanto – si te corren o te dicen algo yo vengo a responder por ti y pos te vas a vivir conmigo.


Erika no daba crédito a lo que David decía. El chico estaba dispuesto a darle un techo y todo su apoyo si sus padres le daban la espalda.

  • ¿En serio? – preguntó secándose las lágrimas. A pesar de que David hablaba con sinceridad, había algo dentro de ella que se negaba a creerle.
  • Pos sí, y si no me dejan verte vengo por ti aunque tenga que tirar la puerta.
  • ¿Y mi carrera? – preguntó de nuevo, dándose cuenta de que había olvidado por completo que estaba por recibirse como educadora de preescolar.
  • No te apures, que si te vienes conmigo no te va a hacer falta nada – comentó David, intentando tranquilizar a Erika de su frenético llanto – y… pos si quieres ya tiempo después nos casamos.
  • ¿De veras? – La emoción que Erika sentía era mucho para todo lo que había vivido aquel día. Tener a David sentado frente a ella hablando de matrimonio era una visión con la que sólo podía soñar.
  • ¡Pos sí! ¿O qué no te quieres casar conmigo? – Aquella pregunta formulada con esa voz dulce con la que le hablaba al oído las noches que se veían en la plaza la hizo helarse por completo. Sentía que su corazón se detenía y su piel se volvía de acero, nunca pensó que David le pediría que fuera su esposa en aquel momento y mucho menos en esas circunstancias.
  • Si, si quiero – contestó, dibujando una sonrisa por primera vez aquel día.
  • ¿Ya ves? No te enojes chula, quiero tenerte cerquita pa verte nada más a ti – David acercó sus labios a los de la chica esperando que un beso aligerara ese nerviosismo en ambos.
  • ¿Y qué les voy a decir a mis papás? – Erika por alguna razón, no podía sacarse de la mente cómo sus padres reaccionarían al saber que su hija estaba embarazada.
  • Ahorita no les digas nada, yo le digo a mi apá que vamos a casarnos y ya pos luego les decimos que vamos a tener un hijo.


Escuchar la palabra ‘hijo’ de los labios de David hizo que Erika sintiera aún más cosquillas en las piernas, pero no por nerviosismo, sino una emoción sumamente agradable que experimentó por unos cuantos segundos.

  • Ya me voy – dijo David de repente – mañana le digo a mi apá y vengo a hablar con tus papás pa que nos casemos pronto – comentó, poniéndose en pie sin dejar de tomar a su novia de las manos.
  • ¿Vas a venir mañana? – preguntó ella, sintiendo que ya lo extrañaba aun teniéndolo enfrente.
  • Nos vamos a la plaza, y ahí me das muchos besos pa no tener que voltear a ver a otra.
  • Pero vienes ¿eh?
  • Pos claro chula, ¿cuándo te he dejado plantada? Además como ya casi vamos a vivir juntos, quiero ver que se siente tenerte cerquita a diario - Erika sonrió de nuevo, ahora se daba cuenta de que David era totalmente sincero con ella al ver en sus ojos ese brillo que le gustaba admirar de cerca - nos vemos luego chula – dijo antes de salir por la puerta y alejarse en su camioneta camino a casa.


Por un momento se quedó en la camioneta esperando tranquilizarse para que los nervios no lo delataran con sus padres. La luz del atardecer comenzaba a teñir de rojo las paredes y los techos de teja, por lo que decidió entrar de una vez para no hacer más notoria su tardanza.

  • ¿Cómo te fue? – preguntó su madre al verlo entrar. Angélica y David veían una película en la televisión disfrutando de la quietud de la tarde.
  • Bien – contestó sin dirigirles la mirada. Con paso apresurado pero discreto se dirigió al tejaban que había en el patio para guardar la pala y el azadón que ocupó toda la tarde.
  • ¿Acabaste o vamos mañana a terminar? – David vio a su hijo tirarse en el sillón de la sala extendiendo los pies lo más que pudo.
  • Pos no más me faltaron como unos diez surcos, pero si quiere mañana vamos y nos los chingamos rápido – comentó, esperando sonar natural al responderle a su padre - ¿Y aquellos no han llegado?
  • No, tu hermano me mandó mensaje de que se les pasó el camión y van a llegar hasta las 9 – dijo su madre.
  • ¿Quieren que vaya por ellos?
  • No, no falta mucho para que pase el camión – dijo su madre – además vienes bien cansado, ¿quieres cenar de una vez?
  • No amá, hasta el rato – dijo, intentando buscar interesante la película que sus padres miraban.


Pasada casi una hora, sus hermanos llegaron de la escuela, el primer año para Angélica y el último para Francisco en elbachillerato era un reto para ambos por representar para los dos un siguiente paso en sus estudios.

  • ¿No te llevaste suéter hijo? – preguntó Angélica viendo como Francisco se sentaba a la mesa a cenar con sólo la camiseta del uniforme.
  • Si no está haciendo frío amá – comentó David, vistiendo una camiseta sin mangas y un short como pijama.
  • Si, ya se está empezando a sentir más fresco – dijo ella, sirviendo café en varias tazas.
  • ¿Cómo les fue? – preguntó David en un momento de silencio donde se escuchaban solo los grillos cantar en el patio de la casa.
  • Bien – contestaron al unísono sus hijos menores sin emoción, más que ignorar a su padre, preferirían contestar que siempre les iba bien para no entrar en más detalles de la escuela que su padre no entendería.
  • Ya me voy a dormir – comentó Angélica, levantándose de la mesa camino a la cocina.
  • ¿Te dejaron tarea? – preguntó su padre de nueva cuenta.
  • Si papi, voy a levantarme temprano para hacerla.
  • Tú también te duermes pronto – le dijo Angélica a Francisco.
  • Pero van a dar una película bien buena má – reclamó el chico – además entro al servicio social hasta las 10.
  • No importa, si escucho la tele prendida voy y te la apago, ¿eh?
  • Ay má – Francisco se levantó de la mesa sin decir nada más y subió las escaleras a su habitación.
  • ¿A qué hora vamos a ir mañana al azufrado apá?
  • No sé – contestó David en un bostezo – vamos en la mañana pa desocuparnos pronto – agregó, quitándose la camisa para irse a dormir.


Aquella noche David no pudo dormir. Sentía un dolor en el estómago y un nudo en la garganta. No sabía cómo decirle a su padre que quería casarse con Erika. Con ella había sentido algo especial que no había sentido con nadie más, a tal grado de llevarle serenata en su camioneta por las noches, llevarla a cenar a distintos lugares o regalarle flores de forma inesperada; fue entonces que se dio cuenta de que en verdad estaba enamorado.

  • ¿Ya nos vamos? – preguntó David a su hijo, alistándose con una sucia camisa de manga larga para una jornada más de trabajo.
  • Si, ya voy – contestó, apresurándose a terminar el café con el que acompañaba su desayuno.


En el trayecto al azufrado David no pronunció palabra, saludaba a los hombres del campo que los reconocían a la distancia y asentía a todo lo que su padre le comentaba. En la labor de abrir los surcos para regar la caña cada golpe del azadón o sonido de la pala le llegaban con fuerza hasta lo más profundo de su cerebro, removiendo como la tierra aquella sensación de cosquilleo y nerviosismo en todo su cuerpo.

  • ¿Por qué tan callado? – preguntó David al ver a su hijo golpear ligera y distraídamente la punta del machete contra su bota.
  • Apá… - David sentía la garganta seca a pesar de beber copiosamente de la fresca agua que nacía en el arroyo – este… Erika y yo ya llevamos casi un año de novios y… - sin alzar la vista, podía sentir la penetrante mirada de su padre sobre él – y pos me quiero casar con ella.


La reacción que pudo ver en su padre era todo menos lo que se podía haber imaginado: David se llevó una mano a la cintura y otra a la barba rascándola pensativo mientras daba pasos vacilantes y asentía ligeramente.

  • ¿Sus papás ya saben? – preguntó después de unos segundos en los que el silencio se volvió incómodo.
  • No apá, quiero ir a pedirle su mano – por alguna razón, el chico ya no sentía la garganta seca ni las piernas tan débiles como antes.


David asentía de nueva cuenta, ahora con ambas manos a la cintura, postura que su hijo adivinó adoptaba al analizar con detenimiento una situación.

  • ¿Y por qué con ella sí? – Todas las bocas del pueblo se habían encargado de que las parejas amorosas de David llegaran a los oídos de todos los habitantes, incluida su familia.
  • Pos porque a ella la quiero un chingo – contestó – está bien bonita y pos la verdad ya quiero que se case conmigo.


David pudo ver en la mirada de su hijo el brillo en sus ojos que los de él reflejaban al hablar de Angélica.

  • Mira hijo – David se sentó en la parte trasera de la camioneta junto a su primogénito, haciendo que a su mente llegara el recuerdo de su padre manteniendo la misma conversación – ya eres un hombre. No te voy a decir que no te puedes casar si de verdad quieres a esa muchacha, pero pos tampoco tienes que pedirme permiso, ya tu sabes lo que haces, y si te quieres casar ve pensando más o menos la fecha.


David miró a su padre con una sonrisa radiante mientras éste le rodeaba el hombro con un brazo, viniendo de él, era el gesto más cariñoso que podía recibir de un hombre criado entre la tierra.

  • ¿Y cuándo vas a ir a hablar con sus papas?
  • Pos hoy mismo – contestó su hijo, poniéndose de pie de un salto – me lanzo en friega a Cocula a comprarle el anillo más bonito y más grande.
  • ¿Pero vas ahorrando pa la boda, eh? – comentó su padre, subiendo en el lado del copiloto de la camioneta – que yo nomás te voy a poner el chivo pa la birria.
  • ¿Ya va a empezar de codo? – preguntó, encendiendo el vehículo en un presagio de un camino de regreso mucho más optimista que el anterior.


Aquella noche David citó a Erika y sus padres en la hacienda tomando como pretexto la visita de su tío, hermano de Angélica, sin embargo la sorpresa más grande de la noche fue el hecho de que David arrodillado frente a Erika y rodeado de su familia le había pedido matrimonio.

  • ¡Felicidades! – Angélica no dejaba de abrazar y felicitar a su futura nuera, que sólo  atinaba a secarse las lágrimas de felicidad.
  • ¿Otro tequilita suegro? – preguntó David a José, padre deErika, ofreciéndole de la botella que recién había destapado.
  • Te la acepto no más porque ando de buenas, pero no me andes diciendo suegro hasta que hayas salido de la iglesia ¿eh? – comentó en tono divertido.
  • No se apure don José, que ya igual ya me anda por casarme. Si no fuera porque la boda va a ser la que mi chula se merece, sino ya hubiéramos ido con el cura.


David se sumó a la alegría que se podía percibir en el patio de la hacienda, sin embargo en un vistazo rápido notó cómo Mónica, madrede su esposa se retiraba con sigilo y rostro apagado hasta la puerta más cercana. Con toda discreción David la siguió hasta una habitación pequeña donde ella se percató de la presencia de David a través del reflejo de un espejo.

  • No importa cuando tiempo haya pasado – comentó ella sin girarse – la historia siempre se repite.
  • ¿No le da gusto ver a su primer nieto casarse?
  • ¿Gusto? – Preguntó incrédula – gusto sería que ese señor y su esposa se fueran de una vez.
  • Esos señores van a ser parte de la familia – objetó David.
  • Como si no fueran muchos ya – comentó Mónica sin importancia - ¿Ya pensaron dónde van a vivir cuando se casen?
  • Si, en mi casa – contestó David con naturalidad.
  • ¿En tu casa? – el sarcasmo en voz de la mujer hacía que David sintiera un odio reprimido - ¿Vas a volver a dormir en un colchón en el piso?
  • No va a hacer falta señora – David en un esfuerzo sorprendente logró que su voz sonara natural, sin un dejo de furia en él – mi esposa y mis dos hijos nos vamos a venir a la hacienda.


Ante las palabras de David, Mónica sentía que su alma se convertía en plomo y caía con silencio estrepitoso hasta sus pies.

  • ¿Vivir aquí? – repitió, esperando que sus oídos la engañaran.
  • Si señora, después de todo esta hacienda es de nosotros.
  • Nada de esto es de ustedes – masculló Mónica con mirada desorbitada - ¿Desde cuándo un simple peón viene a sentirse el dueño?
  • Desde que le compré a su esposo su parte del ingenio y desde que a Angélica le dieron la hacienda para que se hiciera cargo de todos los negocios.


Mónica se quedó helada, entre las muchas cosas que le había reprochado en la vida a su marido, la que nunca le perdonaría fue que pusiera a Angélica como titular de los negocios vinculados a la familia, convirtiéndola en prácticamente la dueña de cada gramo de tierra que había en las hectáreas de cultivo.

  • Mire, usted ya le hizo mucho daño a su propia hija y a su familia. No voy a dejar que se meta con la mía porque le juro ante Dios que no respondo de lo que haga si se atreve a ponerles un dedo encima.


Tan fría como una estatua, Mónica respiraba profundamente sin apenas moverse de su lugar, escudriñaba con la mirada a David como desde el primer día en que lo vio, sin embargo ante ella ya no estaba el muchacho desgarbado que sólo cuidaba caballos, sino que ese muchacho se había convertido en un hombre de autoridad y respeto.

  • Va a tener que aprender a respetar a mi familia, y si no le parece vaya buscando otro lugar donde vivir – Sin más que decir David salió de la habitación dejando a Mónica paralizada en miedo y sumida en el torbellino de emociones que revolvía su cabeza.


Aquel día no se hablaba de nada más que no fuera la boda de David con Karen, la gente del pueblo identificaba al hijo de los dueños de la hacienda de Estipac y del ingenio, pero más se comentaba de la chica que se casaba con uno de los chicos con más fama de mujeriegos en el pueblo, por ello una pequeña y curiosa multitud se congregaba a la salida del templo para poderlo comprobar con sus propios ojos. Cuando las campanadas del templo anunciaron las seis de la tarde en punto una lluvia de aplausos y arroz cayó sobre los novios. Invitados, amigos y familiares se dirigieron acompañados delmariachi que amenizó la misa  hasta el casino donde sería la fiesta, dando la imagen de ser todo aquello un desfile espontáneo.

  • Abusado con la liga, ¿eh? – Le decía David a su hermano Francisco, sentado en la mesa principal de los novios y los familiares – te agarras a una prima de Erika o a otra morra pa que tú sigas.
  • ¡Nombre! Si no estoy wey – contestó a la defensiva sirviéndose refresco en uno de los largos vasos de vidrio sobre la mesa.
La noche transcurría entre música y tequila, los invitados invadieron la pista de baile para bailar con la banda mientras gente se dejaba ver en las mesas casi vacías para platicarse cosas al oído. En un momento donde pensó que nadie la miraba, Mónica se acercó a su nieto para sentarse a su lado.


  • Felicidades – dijo en un tono seco, sin embargo David no la pudo escuchar por el volumen de la música.
  • Gracias güela – contestó él, correspondiendo al frío abrazo de su abuela.
  • Supe que van a vivir en la casa de tu papá, ojalá y sean felices.
  • Gracias – repitió torpemente.
  • Si necesitas ayuda en algo no dudes en pedírmelo.
  • Ahorita estamos bien – dijo éste, esperando que aquella plática terminara pronto – no me falta el trabajo en el azufrado o en el ingenio, y Erika ya va a recibirse de maestra.
  • Qué bueno – Mónica dibujaba en su rostro una sonrisa que esperaba se viera natural – ya me voy, ahí viene tu mujer – comentó, señalando la pista de baile donde Erika se abría paso con su flagrante vestido.
  • ¿Qué paso chula? – preguntó él, rodeando con un brazo a la chica que había ocupado la silla que la abuela de David dejó.
  • Nada amor ¿con cuantas has bailado eh?
  • Uy chula, ya hasta perdí la cuenta.
  • ¿Ah sí? – Erika se giró para mirarlo rápidamente.
  • ¿Cómo crees? Si ya te dije que los únicos ojitos en los que me voy a perder es en los tuyos.
  • Tus ojos son más bonitos – comentó ella, olvidándose del dolor de pies por los zapatos altos y la falta de aire por el apretado corsé.
  • A mí me gustan los tuyos porque los puedo ver bien cerquita – le susurró David antes de besarla.
  • Yo sabía que iba a terminar casándose con ella – comentó Angélica para sí misma, aunque Francisco pudo escuchar perfectamente – y a ver si te vas buscando novia, que bien sabes que me gustan las bodas.
  • ¡Ya ma! – exclamó Francisco apenado. Aquella noche Angélica y su esposo revivieron el recuerdo del día en que habían unido sus vidas para siempre.