Aquel día un incómodo silencio se había apoderado de la
casa, sólo los sollozos y la tierna voz de un bebé de pocos meses de nacido se
escuchaban por encima de la atmósfera que un día antes una simple llamada
telefónica había cernido en aquel hogar.
- No estés triste – comentó Angélica con su dulce voz. David mantenía su mirada fija en la pared de enfrente mientras cargaba enbrazos a su pequeño hijo.
- No estoy triste – susurró con una voz apagada – es coraje…
- No hables así – ella acariciaba su mejilla intentando aligerar el dolor que imaginó sentía por dentro – siempre quisiste conocerla, ¿no? Ya llegó el día, por fin la vas a ver por primera vez.
- Vámonos – anunció el padre de David con voz seca, seguida de su esposa que miraba sin mirar a través de un semblante apagado.
- Cuídate chula – le dijo a Angélica, dejando en sus brazos al pequeño que miraba a los presentes con las vivaces gemas de sus ojos.
David no sabía lo que sentía: dentro de sí había muchas
cosas que no sabía cómo explicar. El paisaje pasaba a velocidad vertiginosa por
la ventana en la que perdía su mirada calculadora. Sus ojos verdes se notaban
ausentes, como una luz parpadeante a punto de extinguirse.
Las calles parecían tan familiares y desconocidas al
mismo tiempo para él: la pintura desconchada de las paredes, el adobe terrosode las casas y el techado de tejas le resultaba lejanamente familiar. Con paso
lento y desganado se encaminaron hacia un recinto que nunca imaginaron visitar.
Unas puertas dobles de gruesa madera les daban la bienvenida a su cita con el
olvido para volverlo a vivir.
- Buenas – saludó David a una señora sentada en una silla de plástico en la entrada – venimos a ver a la señora Concepción Durán.
- Ah si – comentó, poniéndose en pie con dificultad debido a su sobrepeso – la pobre no ha recibido visitas en mucho tiempo.
Estela ahogó un sollozo. Pensar que su madre estaba encerrada
en un asilo para ancianos la hizo darse cuenta de que elegir a un hombre para
formar una vida había sido una decisión muy egoísta de su parte.
- Hola doña Concha - saludó la señora con más amabilidad con que recibió a David y su familia – la vinieron a ver.
La mujer se removió en su silla dejando ver la intensión
de buscar a alguien con la mirada. David pudo ver frente a él por primera vez a
su abuela: la madre de su madre a la que nunca conoció por haberse opuesto a
que sus madres estuvieran juntos.
- Mamá – susurraba Estela ahogada en un silencioso llanto.
- Hija – contestó Concepción, apartando sus nublados ojos de una veladora titilante – que bueno que viniste.
- Perdón mamá… - Estela se arrodilló frente a la mujer tomando sus huesudas manos para tocarlas después de mucho tiempo.
- No hija, perdónenme ustedes – la mujer hablaba con voz pausada, cansada por el tiempo – fui una tonta al dejar que tu padre se opusiera a que fueras feliz – comentó, dejando que unas lágrimas recorrieran los surcos del tiempo en su rostro.
Estela no supo qué contestar. No se atrevía a mirar a su
madre a los ojos y sólo se limitaba a llorar arrodillada frente a la mujer de
blancos cabellos y ojos hundidos en unas cuencas que miraban sólo los borrosos
recuerdos del pasado.
- ¿Tuviste hijos? - preguntó de repente al notar que el silencio era peor que un nudo en la garganta.
- Uno - contestó, buscando a David en la penumbra de la habitación. La mirada de madre e hijo se conectaron por un segundo en donde sentimientos completamente diferentes se encontraron.
- Estás muy alto y muy fuerte - comentó Concepción al ver a David - ¿cómo te llamas?
- David - dijo éste en un tono de voz que se utiliza para contestar a alguien que prácticamente no conocía. La persona delante de ella no podía hacerle sentir nada: no sentía lástima por una mujer postrada en una silla vieja, pero por una extraña razón el odio que imaginaba sentir tampoco estaba ahí.
- Ya pagué muchos pecados y errores aquí encerrada - comentó la mujer - mirando la imagen de una Virgen de Guadalupe con pintura de aspecto triste iluminada por la temblorosa llama de una veladora de cebo - tú ya tienes a tu familia, yo por no cuidar de la mía terminé aquí - Estela cubría con sus manos las de su madre, esperando que el calor de ambas lo tomara como una señal de arrepentimiento.
- Ven a vivir con nosotros - comentó Estela buscando la aprobación de su esposo, que se limitó a asentir en silencio - quiero cuidar de ti como no lo hice antes.
- No hija - comentó su madre con un ademán de su rostro - ocúpate de tu hijo y de tu esposo, me merezco estar aquí por dejar que tu padre te diera la espalda cuando viniste a decirnos que ibas a casar.
Estela lloraba en silencio. Recordaba el duro golpe que
vivió cuando su padre la echó de la que fue su casa al verla embarazada de
David, sin embargo no pudo contener un dolor punzante desde lo más dentro de su
ser al revivir el momento en que ella, su única hija le daba el último adiós al
sepultarlo sollozando con su pequeño hijo en brazos.
- Hija, ten… - la mujer buscaba entre las cobijas que cubrían sus piernas del frío algún objeto. De entre ellas sacó un sobre amarillo de aspecto cuadrado, que para ella representaba un peso más o menos considerable.
- ¿Qué es esto? - preguntó Estela, desgarrando una parte del sobre para darse cuenta de que en su interior había una gran cantidad de billetes.
- Sé que no puedo comprar su perdón… - murmuró con la mujer con la garganta seca - vendí todo: la casa, los caballos, las tierras… No quiero nada que me recuerde mi error.
- Pero mamá…
- Voy a morir aquí hija - la mujer en todo aquel tiempo es lo que había susurrado con más énfasis y determinación - ya olvídate de mí, dale ese dinero a tu hijo para lo trabaje y sea tan buen hombre como su padre.
- No mamá…
- Ya hice lo que tenía que hacer - susurró Concepción en un funesto tono que pareciese una despedida - reza por tu familia hija, ya no te apures por mí.
Con ayuda de David, Estela se puso en pie obligándose a
sí misma a caminar lejos de su madre. Su corazón se dividía entre marcharse y
dejar atrás el triste episodio que vivió años atrás o quedarse a su lado en ese
cuarto sombrío cuyo único contacto con el exterior era una ventana que daba a
unas cuantas macetas que rodeaban una fuente en desuso. David subió a la
camioneta de regreso a casa junto a sus padres pensando en aquella mujer, a la
que con lágrimas en los ojos moría por haber abrazado al menos una vez en su
vida.
