- ¡Sal de ahí maldito! ¡Ya supimos que ultrajaste a mi hija! – gritaba Cristóbal desde el otro lado de la puerta
- ¿Qué? – Angélica no le daba crédito a lo que sus oídos escuchaban de labios de su padre, David iba de un lado a otro como si se tratara de una fiera en una jaula.
- Chula, la verdá no sé qué pasó... tú bien sabes que no es cierto eso que dicen...
- ¡Pues entonces sal y diles!
- ¿Y crees que tu amá me va a creer? Ella siempre estuvo empeñada en que no me acercara a ti y bien lo sabes... - dijo David, haciendo sonar su voz por encima de la lluvia que se pronosticaba – creo que va a ser mejor que te deje en paz.
- ¿Irte? – preguntó ella confundida
- Mejor me voy para ya no darte más problemas.
- ¿Pero... a dónde vas a ir? –
- Pos no sé... Pero lejos de ti no peligras ni tú ni yo – dijo David, abriendo las puertas de la caballeriza
- ¡Llévame contigo! – dijo ella, abrazando a David por laespalda y empapando en lágrimas su camisa sucia.
- ¿Pero qué te puedo ofrecer? – Preguntó él, dándose la vuelta y mirando los ojos de Angélica quizá por última vez – Estás acostumbrada a vivir bien y yo apenas te puedo poner un techo, mejor quédate y acuérdate de mí – dijo, llevándose la mano al cuello, con un tirón fuerte se arrancó la plaquita de metal que tenía el nombre de ambos y se lo puso en las manos a Angélica – cuídate mucho ¿Sí? – le susurró, besándola en los labios y montando en su caballo – Adiós chula – dijo, con lágrimas en los ojos, dándole un fuetazo a la caballo para que arriara a los demás hacia la salida, los cuáles derribaron la puerta de madera haciendo que los hombres del otro lado se dispersaran ante la estampida de los animales.
- ¡David! – Gritaba Angélica, caminando sin fuerza entre los trozos resquebrajados de madera - ¡DAVID! – gritaba una y otra vez, sin embargo, David se alejaba en su caballo para que por lo menos alguien de los dos pudiera ser feliz sin problemas.
Una noche de sábado con impasible quietud, doña Estela
cosía una camisa de su esposo a la luz de una lámpara en la sala, su mirada se
encontró con la de la Virgen de Guadalupe que descansaba en una repisa
acompañada de una veladora cuya flama amenazaba con extinguirse. Un sobresalto
hizo que Estela dejara de lado hilo y aguja para que atendiera a la puerta, a
la que llamaron con insistencia. Al abrirla, se quedó helada por completo al
ver frente a ella a su hijo después de días de no saber de él.
- ¡David! – Exclamó Estela, abrazando a su hijo con fuerza como nunca antes lo había hecho - ¿Dónde estabas? Me tenías mortificada ¿Por qué no habías llamado antes?
- ¿Dónde está mi apá? – preguntó él, con una voz ronca que a Estela le erizó la piel
- ¿Qué pasa mujer? – Preguntó Don David arribando a la sala y sorprendiéndose tanto como su esposa al ver a su hijo frente a él - ¿Y tú dónde chingados andabas? ¿Qué? ¿Crees que te puedes ir así nomás por nomás?
- Apá perdóneme... – dijo David, resistiendo las ganas de llorar – amá... quiero que me perdonen... – susurró, arrodillándose ante su madre – me regresé de Tequila porque... porque Angélica, la hija del patrón está preñada de mí.
- ¡¿Entonces es cierto?! ¿Es cierto que abusaste de esa muchacha? – preguntaba su padre con voz en cuello, tomando a su hijo de la camisa y empujándolo contra la pared
- ¡David déjalo! – intervino Estela, logrando separar a padre e hijo de una batalla en la que el hombre mayor mantenía el control
- ¡No apá! Yo nunca le haría eso a Angélica, vine porque quiero responder por la criatura que lleva dentro.
- ¿Cómo pudiste David? – Preguntó su madre ahogada en un mar de llanto - ¿Qué crees que van a decir sus papás?
- Pues me importa muy poco, mi apá me enseñó a ser hombre y como hombre vine a responderle...
- ¿Cómo sé que es cierto que no abusaste de la hija del patrón? – preguntaba su padre eufórico, manteniendo a su hijo contra la pared e ignorando las lágrimas de su esposa.
- Yo nunca le haría daño a mi chula – contestó, mirando con ojos enrojecidos por el llanto la idéntica mirada de su padre – nunca le pondría una mano encima a la mujer que amo.
Estela lloraba inconsolablemente detrás de su marido, el
no ver a su hijo por días le provocaba un dolor indescriptible y escuchar
aquella confesión la hacía sentir grandes punzadas en el pecho.
- ¿Y a qué viniste? – preguntó su padre sin dejar de lado el recriminatorio tono de su voz.
- Quiero ser el hombre que usted me enseñó a ser. Voy a trabajar para darle lo mejor a mi hijo – dijo éste, haciendo que la última palabra llegara hasta lo más profundo de los tres presentes.
- ¿Y qué quieres hacer?
- Quiero ir a la hacienda y decirle todo a sus papás. Quiero que sepan que como hombre nunca le haría daño y que voy a ver por ella de ahora en adelante.
Su padre no contestó, se llevaba las manos a la cabeza
buscando una respuesta a la par que Estela se limitaba a estrujar con sus manos
el dolor de su pecho.
- Amos a la hacienda pues... – murmuró su padre, encaminándose con paso recio por las calles húmedas y llenas de barro.
En el portón de la hacienda la oscuridad era casi total,
algunos focos encendidos fuera de la casa brillaban como luciérnagas estáticas
en la lejanía, cuando David tocó al portón, sacó al velador de su
ensimismamiento para que se asomara a abrirles.
- ¿Qué quieren? – Preguntó, al ver que se trataba de los Montero – tengo órdenes de no dejarlos pasar
- Abre Crisóforo – dijo don David – tenemos que hablar de algo muy importante con el patrón
- ¿Qué es tan importante como para venir a esta hora?
- Se robaron la bomba de agua del azufrado y venimos a decirle quién fue – dijo, con un tono de voz preocupado que convencía a cualquiera, ándale no más es para decirle...
- Voy a avisarle, ustedes aquí que... – el velador no alcanzó a decir sus palabras, don David lo tomó de la camisa y lo estampó contra la puerta de metal quebrándole la nariz, su hijo aprovechó para abrir y los dos así poder entrar al patio.
La tranquilidad de la noche se vio rota cuando el padrede David abrió la puerta de una patada, fue entonces que el bullicio se apoderó
de la sala cuando Cristóbal salía de su oficina para encontrarse con David y su
hijo.
- ¡¿Qué haces aquí con éste?! – Preguntó Cristóbal, al ver al hijo de David frente a él - ¿¡Después de haber ultrajado a mi pobre hija vienes a burlarte de nosotros?!
- ¡Yo no le hice nada a su hija! – Se defendió David, alzando la voz para estar en igualdad de condiciones –
- ¿Qué pasa Cristóbal? – Preguntó la voz de Mónica cuando bajaba las escaleras, al ver a David y a su padre en la sala se llevó una mano a la boca como gesto de impresión - ¿¡Qué haces aquí!? ¿¡Cómo pudiste entrar!? ¿Cómo te atreves a venir después de lo que le hiciste a mi hija?
- Yo no le hice nada señora – contestó David - ¿Qué nunca le dijo que se entregó a mí por amor?
Estela se quedó perpleja al escuchar las palabras de
David, sus ojos perdían el brillo de la rabia para enrojecerse por la ira que
la sangre le agolpaba en el rostro.
- ¡Angélica! ¡ANGÉLICA! – gritaba Mónica, subiendo las escaleras con tanta prisa como sus pies descalzos se lo permitían, de regreso la señora jalaba de los cabellos a su hija, haciendo que ésta derramara lágrimas a su paso.
- ¡David! – exclamó la chica al ver al muchacho de pie frente a ella, su madre la empujó por la espalda contra el chico, mirándola como si fuera un cúmulo de basura podrida cubierta de excremento.
- ¿Es cierto? – Preguntó Estela, con los ojos fuera de las órbitas - ¿Es cierto que te metiste con este bueno para nada?
La chica lloraba amargamente en los brazos de David,
contestando a su madre con un gesto de afirmación con la cabeza que hizo que
Mónica se llevara la mano al pecho como si le hubieran clavado una flecha
directamente en el corazón.
- Pero no es por eso por lo que vinimos Cristóbal – dijo el padre de David, ignorando por completo a la mujer – cuando don Melquiades falleció, confesó que tu padre fue un canalla al arrojar al mío a las calderas del ingenio.
- ¿Qué dices? – preguntó Cristóbal incrédulo, con manos temblorosas
- Lo que oyó – dijo David, separándose de Angélica por un momento – que el señor dijo que don Pablo mató a mi abuelo para quedarse con su parte, y no nos vamos de aquí hasta que hasta que le regrese a mi apá lo que le corresponde
- Tú no te metas muchacho, que aquí no tienes nada que ver.
- ¿Ah no? ¿No sabe por qué vine? Diles chula, diles que estás embarazada, que estás esperando un hijo mío – comentó David con suma naturalidad, sin embargo, su madre cerró los ojos con fuerza dejándose caer sobre un sillón mientras que Cristóbal la miraba con furia.
- ¡No! ¡No puede ser cierto! ¿¡Estás embarazada de éste muerto de hambre!?
Angélica contestó asintiendo de nueva cuenta con más
lentitud que antes, las palabras de su madre la herían más que sus actos frente
a los Montero.
- No tienen pruebas... – dijo Cristóbal con mirada frenética, sudando bajo el escaso cabello y el espeso bigote – Nadie comprueba que lo que dicen de mi padre es verdad...
- Estaba el párroco y un juez, y ellos no mienten – dijo don David – sólo vine por lo mío, por lo que tu padre le arrebató al mío al caro precio de su muerte...
- ¿Entonces es cierto? – Preguntó Angélica en un hilo de voz, sus ojos enrojecidos se encontraron con los de su padre exigiendo una respuesta - ¿Mi abuelo mató al de David?
- ¿Tú sabías? – David no daba crédito a lo que sus oídos escucharon, Angélica era partícipe del secreto que todos en el pueblo sabían y del que hacían uso cuando los temas de conversación se agotaban para sacar a la plática el tema de la lamentable muerte de don Francisco
- No estaba segura – dijo ella, aún con la voz tan débil como todo su cuerpo a causa del temor - me platicó Paz pero me negué a creer... ¿Por qué hizo eso papá?
- Porque sabía que Francisco nunca le iba a vender su parte de la hacienda – contestó Cristóbal – Margarita fue más fácil de convencer, y aún más con el luto de su esposo encima
- Pero papá...
- Era eso o nada hija – reclamó Cristóbal – yo apenas puedo hacer la mitad de lo que ellos hacen y eso significaría a la larga perderlo todo, y eso no podía suceder...
- O me entregas la mitad de todo o llamo al juez que es testigo de la confesión de Melquiades
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Meter a la cárcel a mi difunto padre?
- Si no lo haces me voy – dijo Angélica, sorprendiendo a todos, incluso a ella misma – si no les das lo que les corresponde me voy con David.
- Por mi puedes largarte – dijo su madre, aún sentada en el sillón con los brazos presionándose el pecho. El cabello alborotado y su mirada maliciosa le daban el aspecto de ser una enferma mental de alta peligrosidad – si en verdad esperas a un bastardo de ese muerto de hambre vete de una vez...
- Pero mujer... Es nuestra hija... – comentó Cristóbal, asimilando las palabras de su esposa - ¿Cómo vas a dejar que se vaya así como así?
- ¿Y qué? ¿Vas a aceptar que tenga al fruto de esa relación que nunca debió darse?
- ¡Pero es nuestra hija! - Exclamó Cristóbal de nuevo, como si esa razón no fuera suficiente para ella – No vamos a dejar que se la lleven así por nomás ¿O sí?
- Me da igual... – contestó Mónica con un tono de voz tan etéreo y gélido como la lluvia que caía fuera – Me da lo mismo si la historia se repite una y otra vez, ¿O qué nunca le dijo a su hijo porqué no ven a los padres de su esposa? - Don David tragó saliva, sentía la presión de la mirada de todos los presentes y la sonrisa tenebrosa de la mujer debajo de su cabello revuelto – Dígale... dígale como al igual que con mi hija un Montero abusó de ella y parió a éste infeliz – dijo, señalando a David que no soltaba a Angélica de su lado - ¿No sabe cómo se robó a su ahora esposa porque salió embarazada?
- ¿Es cierto? – preguntó David, buscando la mirada de su padre para escuchar la respuesta.
- Cuando me dijiste que la muchacha estaba preñada de ti... Me acordé de lo que nos pasó a tu mama y a mí... y pos no quería que vivieras lo mismo que vivimos nosotros...
- Ellos sólo quieren lo que es suyo – interrumpió Angélica, con voz aún temblorosa – nada más... sabías que ellos se darían cuenta y que éste día iba a llegar... papá, por favor... regrésales su parte, hazlo por mí, no te pediré nada más... y si mi mamá quiere que me vaya, me voy...
- Tendrán su parte, y en cuanto a ti... – señaló el hombre a David - más te vale que te hagas cargo de esa criatura
- ¿Y por qué cree que vine? – Lo reprimió David – le juro que no le va a faltar nada... – aseguró, y dirigiéndose a Mónica en el sillón, preguntó - ¿Verdad que hay peores golpes que los fuatazos en la espalda? – La señora sólo lo miraba con ojos de esquizofrenia y labios sumamente fruncidos – te veo mañana chula – dijo David, acariciando su rostro suavemente con sus ásperas manos y sonriendo como desde hace tiempo no lo hacía –por fin vamos a estar juntos chula – susurró, besando aquellos labios con los que soñaba cada noche.
Los primeros meses de gestación transcurrieron en una
relación con total hermetismo con su madre. Angélica estudió hasta que el avanzado
estado de su embarazo se lo permitió, dejando la escuela unos cuantos meses
antes de graduarse, tiempo al que regresó a Estipac para vivir con David la
espera de su hijo.
La frente de David sudaba copiosamente bajo su sombrero y
sus brazos le reclamaban un descanso, sin embargo siguió paleando el camino de
la zanja para que las lluvias y el pozo del agua de la comunidad hicieran lo
propio regando las ocho hectáreas de caña que tenía frente a él. Continuamente
miraba su teléfono celular, que si bien no era asiduo a utilizarlo siempre,
ahora más que nunca estaba al pendiente de cualquier llamada o mensaje que
pudiera recibir.
Terminada la tarea con la pala David subió a su camioneta
para regresar a casa, acompañado del tono rojizo del atardecer que antecede a
la oscuridad. Al estacionarse frente a su casa se miró en el espejo retrovisor:
una mirada cansada a pesar de los vivaces ojos verdes lo miraban de regreso
enmarcados por pequeñas perlas de sudor. Bajó del vehículo y entró a su casa:
nunca había sentido una atmósfera tan diferente como aquella en la que en
cualquier momento habría que correr al hospital. En la cocina se encontró a su
madre y a Angélica, que a pesar de su avanzado estado de gestión seguía
moviéndose a pesar de que David se empeñara de que descansara lo más posible.
- ¿Cómo te fue? – preguntó la chica, al ver a su novio con el rostro sudado y las manos llenas de tierra y los pies cubiertos de lodo.
- Bien – contestó secamente - ¿pero qué andas haciendo parada? Ya te dije que no me gusta que andes moviendo al bodoque de un lado pa’l otro – comentó David, llevando a Angélica a la sala.
- Me siento bien amor – comentó ella, sentándose con cuidado en un sillón - ¿estás cansado verdad? – preguntó, al ver como David se desplomaba a su lado cerrando los ojos profundamente.
- Ten – David le puso en sus manos delicadamente los billetes que don Fabián le entregó.
- ¿Y esto? – preguntó la chica extrañada
- Le arreglé a don Fabián el tractor y me dio unos centavos – dijo, desabotonándose la camisa ligeramente.
- ¿Pero tú no…?
- No chula, guárdalos – dijo éste, adivinando que Angélica quería que se quedara con el dinero.
Angélica no supo qué decir o cómo reaccionar. Desde que
vivían juntos en casa de los padres de David, éste trabajaba en todo lo que
podía hacer: como jornalero regando abono o herbicida en parcelas de caña y
maíz, como peón en una construcción y mecánico en ocasiones.
- ¿Cómo está este pedacito de carne? – preguntó con voz melosa, acercándose al vientre de la chica – ya me urge que nazcas pa que dejes descansar a tu madre.
Angélica no pudo contener una sonrisa: le gustaba ver
como David esperaba con ansia el nacimiento de su hijo tanto como ella. Después
de una rápida y silenciosa cena, David y Angélica se encaminaron a la
habitación que compartían en el piso inferior: su cuarto constaba de un armario
espacioso, a diferencia de la cama individual y un colchón en el piso donde
David dormía.
- Buenas noches chula – dijo David, besándola y acariciando sus mejillas como preámbulo antes de dormir.
- Buenas noches – contestó ella – volteándose a la pared para no ver a su novio dormir casi en el suelo.
David cayó en un sueño profundo rápidamente: soñaba con
esos días en los que cabalgaban juntos y se perdían en el azufrado tomados de
la mano, sin embargo un quejido que rompió la quietud de la noche lo hizo abrir
los ojos con la misma rapidez con la que los cerró.
- ¿Qué pasó? – preguntó poniéndose de pie y encendiendo la luz rápidamente.
- Se me rompió la fuente – comentó la chica, incorporándose con sus brazos enterrando las uñas en el colchón.
- ¿YA? – David veía el gesto de dolor de la chica y no supo qué hacer, fue entonces que su padre entró rápidamente a la habitación de su esposa.
- ¡Ándale cámbiate! – exclamó su madre, al verlo sólo en calzoncillos
Su padre con toda la delicadeza que pudo tener ayudó a
Angélica a ponerse en pie, mientras se tocaba el vientre con dolor y caminaba a
pasos entrecortados. Cuando pudo subir a la camioneta, David echó a andar el
vehículo para emprender su camino hasta el hospital regional. En el tablero se
dio cuenta de que eran las 4:49 de la mañana, lo que hizo que pisara el acelerador
al tener la carretera libre.
Tras estacionarse brusca y rápidamente en el hospital, la
madre de David pedía una camilla para atender a su nuera, misma que se le
proporcionó inmediatamente por dos enfermeros que tomaban un café en la sala de
espera.
- Tienen que esperar aquí – comentó una enfermera, que destacaba de entre los demás al llevar un uniforme en color rosa.
- Voy a entrar con ella – comentó Estela, resguardando la camilla hacia una de las salas de parto.
David rodeó con un brazo a su hijo para hacerle saber que
estaba ahí, apoyándolo, a pesar de que no se pudiera expresar con palabras.
- Los minutos para David eran una eternidad: no sentía sus pies descalzos en el frío piso del hospital, tampoco sentía que apenas hace 40 minutos había acabado de despertar y mucho menos sentía sueño. Sólo sentía un ligero dolor en el pecho y un nudo en la garganta.
Casi una hora después una de las enfermeras salió,
deshaciéndose de sus guantes de látex ligeramente manchados de sangre-
- ¿Cómo está Angélica? – preguntó David a la mujer en cuando la tuvo en frente.
- Todo salió muy bien – comentó, mostrándoles una sonrisa reconfortante a ambos – pronto la van a pasar a piso para que la puedan ven.
David respiró aliviado. Nunca había suplicado tanto y con
tanta devoción a Dios por algo. Cuando le indicaron que podía ver a su novia,
corrió hasta la habitación del hospital, donde se sentía incluso más frío que
en el piso de abajo.
- David – comentó la chica, con la voz cansada y el rostro un poco apagado.
- Chula – murmuró éste, con un poco de temor a acercarse a ella y al niño que tenía en brazos.
- Hijo, es hermoso – comentó su madre, secándose las lágrimas con las mangas de su blusa.
- Es un niño – dijo Angélica, moviendo sus débiles brazos para que David pudiera ver a su hijo
- Gracias – David besó la frente de Angélica, quien para su sorpresa, veía los ojos de su novio mojados en lágrimas – te amo chula.
David acarició la mejilla de su novia dándole las gracias
en un susurro innumerables veces, algo que al parecer tenía una reacción en el
pequeño, ya que abrió lentamente sus ojos para dejar ver unas gemas vedesidénticas a las de su padre.
