La hija del Jimador - Capítulo XVI


Se miraba una y otra vez frente al espejo tratando de convencerse a sí mismo de que la persona frente a él era él mismo. Mirarse vestido con un pantalón y chaquetilla rematada con detalles de plata era una visión extraña para él aun cuando haya visto a su abuelo, padre y hermano de la misma forma varias veces con casi el mismo aspecto. Aquel día la jovialidad se podía respirar en el ambiente.

Personas que se desvelaron al ritmo de la banda en la plaza dejaban el sueño de lado para salir a las calles a presenciar las dos primeras procesiones de la tarde, preámbulo de la gran peregrinación en honor a Cristo Rey.


  • ¿Ya están listos? – preguntó David por encima del tumulto de gente y del sonido de los cascos de los caballos contra las piedras. Aquel día la asociación de charros rendía tributo a la Virgen de Guadalupe y a Cristo Rey con una cabalgata por las principales calles de la colonia.
  • Nosotras ya – contestó su esposa, retocándose un granmoño que coronaba su cabello trenzado, aquella visión de personas en trajes típicos de todos los colores daría la impresión a cualquiera de que las fiestas patrias se hubiesen adelantado.
  • Entonces ustedes se van a caballo – señaló David a su esposa e hija – y mi primo, David, Paco y yo nos llevamos el Cristo Peregrino a pie – dijo, haciendo que algunos de los presentes que escuchaban sus indicaciones se giraran para ver la imagen de Cristo Rey sobre una plataforma de madera adornada con flores frescas.
  • Me siento raro má - comentaba Francisco mirándose en el reflejo de su teléfono.
  • Te ves muy guapo flaquito - comentó ella, arreglándole el moño sobre el cuello.
  • Así hasta pareces hombre - dijo su hermano a su lado con tono burlón.
  • Ya pónganse en paz y arrímense para que ayuden a su padre y a su tío – comentó su madre tajante, esperando que no surgiera una disputa entre hermanos.

Ambos se colocaron al lado de la imagen de Cristo Rey decasi un metro de alto rodeado de frescas rosas. Los cuatro Montero tomaron un extremo de los cuatro maderos que conformaban una base en la que recorrería las principales calles de la colonia para llevarlo en hombros. En el patio de la hacienda se podía ver a prácticamente cientos de personas esperando su lugar en la procesión: tanto los mariachis como los jinetes a caballo esperaban la orden de los organizadores para tomar su lugar. Una señal de una persona con un gafete reconocible sobre una camisa blanca les indicaba que el recorrido podía comenzar.

Francisco sentía un gran peso sobre su hombro derecho al cargar la imagen junto con su padre, tío y hermano. Fueron los primeros pasos los más difíciles al acoplarse a caminar con una carga a la que no estaba acostumbrado. El sonido de los cohetes en el cielo y canción tras canción ensordecía tanto como los aplausos de la gente a su paso venerando la imagen que llevaba a cuestas, fue entonces que se dio cuenta del porqué la gente se congregaba aquellos días: pudo ver más de un rostro derramar lágrimas cuando en sus ojos veía reflejada la silueta del patrono del pueblo.

Felicidad y nostalgia surcaban los rostros y mejillas de los viejos lavando sus penas y pecados al ver frente a ellos la imagen del Todopoderoso, el Dios Padre en una versión material y al mismo tiempo divina al que murmuraban oraciones que el corazón le dictaba a una garganta muda por la fe.

Su paso pausado lo hacía sentirse en una situación incómoda. Más allá de usar un ajustado traje, de llevar un sombrero de charro amarrado a la cintura o de sentir opresión en la garganta por el moño, notaba como cientos de cámaras no lo perdían de vista capturando aquel momento para formar parte de un recuerdo que se quedaría en la memoria de los creyentes y en el teléfono de unas cuantas personas que harían llegar aquella imagen hasta el otro lado de la frontera.

Frente al templo la procesión se detuvo en el atrio de la parroquia. Uno de los sacerdotes invitados los recibió ante las monumentales puertas de madera para bendecir a los presentes. Francisco sintió un poco de frescor al recibir sobre su frente unas cuantas gotas de gélida agua bendita y sentir una ráfaga de viento que hizo sonar el papel picado colgado a lo largo de la plaza.

Con música de banda y aplausos, la imagen de Cristo Rey se internó en la mística aura que sólo su casa puede ofrecer. Los cuatro cargadores de la imagen sintieron esa sensación en el estómago que da al entrar a un lugar venerable resguardado por el manto de la Virgen, las alas del espíritu santo y las manos de Dios Padre.

Sobre una plataforma de madera, los Montero postraron la imagen de Cristo Rey para dirigirse a una banca reservada para los miembros de la peregrinación, mismos que apagaban sus grandes cirios para disponerse a escuchar misa.

Durante una hora Francisco rogaba por no desmayarse del calor. A pesar de los ventiladores encendidos sentía su espalda ligeramente empapada y sus pies punzantes de dolor dentro de unas lustrosas botas que no había usado jamás. Fue a la salida del templo cuando se despojó de la chaquetilla de su traje y, abanicándose con el sombrero encontró a su madre y hermana dirigiéndose a él con una botella de agua.


  • Ay flaquito, estás sudando – comentó su madre a la par que su hijo daba grandes sorbos al frío líquido.
  • Estaba haciendo un pinche calorón allá adentro – comentó, secándose el sudor de la frente con la manga de su camisa - ¿ya me puedo ir a cambiar? – preguntó con un tono de reproche que usaría un niño para irse de un lugar donde no quería estar.
  • Si, vete a cambiar y te vienes a la plaza para que veas a la procesión de los hijos ausentes.


Francisco en lugar de contestar comenzó a caminar entre la gente hasta la hacienda, dejando a su madre y hermana a la sombra de un árbol donde esperaban el comienzo de otra procesión anunciada por el estallido de los cohetes y el sonido de los tambores de una banda de guerra escolar.

Angélica y su madre miraban a las personas que con devoción caminaban llevando sobre sus manos largas velas cuya cera derretida les quemaba las manos, o que descalzas pagaban los favores recibidos esperando que el sacrificio fuera bien recibido como sus plegarias en el cielo. La chica veía sin mucho interés hasta que alguien llamó su atención con un movimiento de su mano, Martín saludaba tímidamente al ver a su novia acompañada de su madre.


  • ¿Quién es hija? – preguntó Angélica curiosa viendo como la chica dibujó una sonrisa rápidamente.
  • Es Martín – contestó nerviosamente, mordiéndose el labio inferior esperando que su madre no la recriminara por haber conocido a su novio de esa forma.
  • ¿Es el muchachito que es tu novio? – Angélica asintió lentamente sintiéndose tonta y nerviosa por una extraña razón – ay hija, la verdad si está galán – comentó en un tono de complicidad - ¿Vas a verlo ahorita saliendo de misa? Para que te vayas a arreglar también.
  • No sé mami, cuando salgan de misa le mando mensaje – contestó sin darle demasiada importancia, pero esperando que así fuera.

Angélica esperó toda la misa fuera sentada bajo la sombra de un frondoso árbol, alzando la vista continuamente para encontrar entre la gente a Martín.


  • Te ves muy guapo – dijo ella, tomándole la mano por sorpresa.
  • Y te veías re-bonita arriba del caballo – comentó, besándola en los labios suavemente - ¿te vas a quedar en la plaza? Pa ir a llevar el cirio a mi casa – dijo, mostrando la gran vela que cargaba en su mano izquierda, misma que mostraba una gruesa capa de cera derretida.
  • ¿No te duele? – preguntó la chica al ver la cera endurecida.
  • No – contestó sin importancia - ¿me esperas aquí? Voy y vengo a mi casa de volada.
  • No te tardes – Angélica le dio un sutil beso como despedida momentánea viéndolo perderse entre la gente.

En oro punto de la plaza, Francisco caminaba tomado de la mano de Ana, que escuchaba atenta el relato de su novio.


  • Y los vi afuera wey… la verdad no sé a qué vino.
  • Pues supongo que nada más a visitar a tu mamá, o a verlos.
  • ¿A nosotros? – preguntó incrédulo – Ana: en seis años no hemos recibido un regalo de navidad ni felicitación de cumpleaños por Facebook, ¿crees que vino a vernos las caras nada más?
  • Bueno, tampoco es probable que haya venido a hacer enojar a tu padre nada más.
  • No supe que hayan platicado, pero mi papá se vía como nervioso, no sé.
  • ¿No se llevan bien?
  • No se llevan para nada – contestó – no es que se caigan mal o bien, es sólo que simplemente no se llevan.
  • Pero no creo que se vaya a quedar mucho tiempo.
  • Eso espero… y también espero que no se le ocurra quedarse con mi abuela porque prefiero irme a dormir a un puente o a una banca de la plaza.
  • ¿También te cae mal? – preguntó curiosa.
  • Es muy presumido – dijo, e imitando un acento burdo, soso y muy cómico agregó – ay sí, mi hijo el ingeniero… mi esposa ejecutiva… mi casa en Morelia… Lo peor es que mi abuela ahí está de tonta dándole cuerda.
  • Pero no te enojes, mejor olvídate de tu tío y piensa en algo mejor…
  • ¿Y en qué quieres que piense?
  • En mí, y que en mi casa en la noche no va a haber nadie.
  • ¿Y quieres que vaya a tu casa? – preguntó el chico, sabiendo de sobra la respuesta de Ana.
  • Podemos ir a ver una película, cenar una pizza o algo así.
  • ¿Y si nos saltamos la pizza y la película y vamos directo al final feliz?
  • No seas impaciente – dijo la chica pellizcando sus mejillas suavemente – si tu papá y tu tío no se matan te espero aquí en la plaza.
  • Entonces te veo en la noche – susurró Francisco besando a su novia sin importar que estaba estorbando el paso de la demás gente.

En la hacienda como en las calles se apreciaba la festividad en todo su esplendor: el brillante cielo y las continuas ráfagas de aire fresco se sumaban al aroma de platillos tradicionales inundando el ambiente. En la cocina el común ajetreo había sido reemplazado por pláticas amenas en el patio interior de la hacienda, donde joviales voces contrastaban con el semblante serio de David, un comportamiento que sólo Francisco había notado hasta entonces.


  • ¿Ya se fue tu hermano? – preguntó a su esposa, esperando no sonar demasiado grosero.
  • Me dijo que se iba después de la procesión – contestó ella sin inmutarse a mirar a su marido, repartiendo a lo largo de la mesa recipientes con salsas e ingredientes picados – y que bueno, porque ahorita la carretera ya debe estar llena por los que van a encontrar un lugar para guardar sus carros.

David no contestó, retorcía nerviosamente sus manos entrelazadas sobre el mantel sin mirar a un punto fijo perdiendo la mirada un poco más allá por encima del hombro de su hijo.


  • ¡Quiubo! ¿Cómo andan? – preguntó David al entrar al patio cargando a su pequeño hijo seguido de Erika, que cargaba una bolsa de plástico abultada pero visiblemente ligera de peso.
  • Qué bueno que llegan – comentó Angélica – tráete la silla del niño y ya siéntense a comer.
  • Pensé que no se me iba a hacer verte – comentó una voz que sobresaltó a padre e hijo, Andrés bajaba por las escaleras de piedra para encontrarse con su sobrino mayor.
  • Tío – murmuró David al ver al hermano de su madre al que poco le importaba la existencia de aquella rama del árbol familiar.
  • ¿Cómo estás? – preguntó Andrés, ofreciéndole una mano como cordial saludo.
  • Bien tío, aquí andamos – contestó, correspondiendo a aquel abrazo sin inmutarse - ¿cuándo llegó?
  • Ayer en la noche, por eso no alcancé a saludarte.
  • No pos como traíamos al niño nos regresamos pronto a la casa.
  • Ah sí, pues ya tienes un hijo – comentó Andrés recordando ese detalle.
  • Ahí anda, mírelo… méndigo cachetón – comentó sonriente al ver a su hijo jugar con su tía Angélica con una cuchara de plástico – ya va para dos años y está bien grandote.
  • Sí que bueno – dijo Andrés tajante, siguiendo a David hacia la mesa sin comentar nada más.


Después de saludar a los padres de David y de platicar amenamente con ellos, algunos de los presentes se levantaron de la mesa para salir a la calle a buscar un lugar y disfrutar de la procesión, sin embargo David (abuelo, padre y nieto) se enfundaron de nueva cuenta en sus trajes de charro para acompañar una vez más a Cristo Rey en el recorrido más importante.

Los imponentes carros alegóricos que yacían resguardados en el patio de la hacienda lucían su magna majestuosidad lanzando destellos a personas que vestían ropa salida de diversos saltos en el tiempo: mujeres y hombres con túnicas personificarían la crucifixión y, por otro lado, esbeltas chicas llamaban la atención por grandes tocados con plumas, encaje y demás materiales que representaban a un país en específico.

Francisco se resguardaba de los últimos rayos de sol tras un poste acompañado del resto de su familia. Con cámara al cuello buscaba capturar el mejor ángulo de cada momento: abanderadas que representaban a un país, a hombres a caballo o a danzantes que dejaban ver fantásticos colores ensus vestimentas llamativas por plumas, incrustaciones de brillantes materiales o atrayentes por el sonido de cascabeles y de caracoles.

Conforme avanzaba la tarde y los rayos de sol comenzaban a ocultarse la gente esperaba el momento cumbre de la procesión. Las notas del mariachi anunciaban a lo lejos la llegada del carro alegórico más grande y llamativo: candelabros con luces reales y escaleras franqueadas por flores hasta una pequeña cúpula improvisaba era el objetivo de cientos de miradas y cámaras

La imagen de Cristo Rey que Francisco había cargado horas antes era resguardada por cientos de personas que rogaban en silencio, dejando salir lágrimas que atravesaban los surcos de su cara por la dicha de tener a su familia cerca o la tristeza de los que viven lejos. No sabía por qué, pero Francisco sentía un ligero cosquilleo en su espalda y los ojos ligeramente irritados, por un momento pensó que sentía unas ganas tontas de llorar al ver el fervor con el que la gente entonaba cantos en gargantas corroídas por el tiempo, sin embargo fue su madre la que lo sacó de ese estado de desconocido estupor jalándolo del brazo.


  • Vamos a ver la bendición – dijo, guiándolo entre el mar de gente que dirigía a la plaza para presenciar a Cristo Rey saludar desde su trono. Cuando estuvieron lo más cerca de un elevado e improvisado escenario la voz amplificada ante el silencio absoluto del párroco se hizo escuchar.

La multitud de personas que congregaban en la plaza apenas podían ver o escuchar algo debido a la lejanía en la que habían encontrado lugar, Francisco se abría paso pidiendo disculpas por los golpes con los codos y por pisar a la gente. Cuando pudieron estar lo más cerca de un escenario improvisado escucharon las palabras del párroco amplificadas por un micrófono.


  • Que Dios Todopoderoso y eterno bendiga a su pueblo y lo proteja de toda adversidad.
  • Amén – contestaron cientos de voces en un murmullo multiplicado.
  • Que la Virgen con su glorioso manto cubra la población de Estipac y cuide a los hijos ausentes que por distintas razones no están con sus familias para celebrar este novenario en honor a nuestro padre.
  • Amén – se escuchó de nuevo al unísono. Las campanadas comenzaron a repicar con fuertes estruendos acompañados de los aplausos de todo el pueblo. Ver la imagen que, empotrada la mayoría del tiempo en lo alto de un altar ahora estaba frente a ellos era una emoción inexplicable. El mariachi que había acompañado el carro alegórico en todo su recorrido entonaba canciones dentro del templo en el que la gente había ocupado su lugar para escuchar la serenata del último día.

Angélica caminaba detrás de su madre y su hermano por la calle camino a la hacienda cuando vio a Martín recargado en una pared, alejado del cúmulo de gente que iba y venía.


  • ¿Vas a venir a la plaza? – preguntó el chico, tomando la mano de su novia.
  • Sí, pero creo que voy a cenar primero y después venir con mis primos.
  • Pos te los traes – dijo Martín, acercándose al rostro de Angélica – que hoy vamos a bailar bien pegaditos toda la noche.
  • No sé si me dejen quedarme tan tarde – contestó ella, sintiendo un poco de pena.
  • Pero vas a venir con tu hermano ¿no?
  • Pero no sé si él quiera – dijo de nuevo, rodeando con sus brazos el cuello de Martín para besarlo.
  • Ándale, quédate más tiempo – suplicaba éste en un susurro dulce haciendo de sus brazos la más confortable barrera para impedir que Angélica se fuera de su lado.
  • Yo te aviso, ¿va? – Angélica se obligaba a decirle adiós por el momento a su novio, que la miraba a los ojos en todo momento sin escuchar el ajetreo que aminoraba alrededor de ellos.
  • Te voy a estar esperando – dijo él, acostumbrándose a no sentir las manos de Angélica entre las suyas.
  • Nos vemos al rato – dijo ella, obligándose a caminar hacia su casa.

Martín no contestó, haciendo un gesto con su mano se despidió de Angélica hasta perderla de vista. En la hacienda todo mundo podía sentir la atmósfera de fiesta: Francisco mostraba a sus tíos sus fotos tomadas en una laptop, David y su hijo mayor volvían de guardar a los caballos que participaron en la cabalgata y Angélica y su suegra comenzaban a preparar la mesa para cenar.


  • Lo bueno que está fresco aquí afuera – comentó Estela, partiendo algunos limones para esparcirlos a lo largo de algunos platos pequeños de barro a lo largo de la mesa en el patio de la hacienda.
  • Pues mientras no nos llueva está bueno – dijo Angélica, sirviendo cucharas y servilletas.
  • A ver si el pozole te queda tan bueno como le quedaba a Paz – comentó Andrés, acercándose una silla con rapidez y apropiándose de un lugar en la mesa.
  • Al menos no te vas a ir con hambre – comentó David, sentándose unos cuantos lugares lejos de él y bebiéndose un caballito de un solo trago.
  • Eso sí, antes de irme quiero ver que tan bien cocina mi hermanita – comentó Andrés sin percatarse que David no le quitaba la mirada de encima y que Francisco era el único presente además de ellos que podía sentir aquella atmósfera de incomodidad.

En la mesa habían sido ocupados todos los lugares. Los comensales platicaban haciéndose escuchar por encima de la ráfaga de cohetes en el cielo y la música que llegaba amortiguada por las paredes de la hacienda. Francisco junto a su primo Óscar cuidaban que nadie los viera servirse más tequila del que comúnmente tomaban, algo que los tenía sin cuidado, ya que Angélica, Daniela y Andrés platicaban mientras David y Arturo recordaban entre risas sus andanzas cuando eran más jóvenes.


  • ¿Y en qué trabaja tu hijo? – preguntó Andrés, desviando el tema de conversación hacia la familia de su hermana.
  • David anda en el ingenio – contestó – es el que anda viendo las máquinas y todo eso, y también se va al azufrado en las tardes.
  • Igual a su padre – comentó en un tono de voz que ni siquiera él supo cómo interpretar.
  • Y Paco y Angélica siguen estudiando en Guadalajara.
  • ¿Siguen viviendo con mi mamá, no?
  • Si, lo bueno es que pudieron venir para las vacaciones.
  • ¡Ey! Méndigo, ya te vi ¿eh? – exclamó Arturo al ver a su hijo servirse tequila pensando que nadie lo veía.
  • ¡Es pa’ mi primo apá! – exclamó Óscar dejando el vaso frente a Francisco rápidamente.
  • Ya te dije: si empiezas con tus fregaderas no sales a la plaza ¿eh?
  • Es para entrar en ambiente tío – dijo Francisco, llenando lo que quedaba del vaso con refresco lo más posible para darle un trago y convencer a todos que en realidad era para él.
  • Y tú ahijado, no le andes tapando sus fregaderas – dijo Arturo a Francisco – si ya sé que les anda por largarse a la plaza.
  • ¿Cómo cree apá? – Óscar intentaba parecer lo menos culpable posible respondiendo a su padre con normalidad – si ya sabe que tengo novia en Tequila, ¿a qué voy a la plaza ahorita?
  • De tal padre, tal hijo ¿eh? – comentó David en tono burlón
  • Usté no ayude primo, que calladito se ve mejor.
  • ¿Qué ya no te acuerdas como andabas atrás de tu mujer? Yo acá nomás quería ver a mi chula y ahí venías de colado a ver a Daniela.
  • Ah primo, ¿apoco cree que iba a dejar se me fuera?

La plática fue interrumpida por el sonido de un teléfono celular. Francisco desbloqueó la pantalla para ver un mensaje de Ana en donde le preguntaba donde se encontrarían.


  • ¿Es la novia edá? – preguntó su padre, notando como Francisco escribía con una ligera sonrisa en su rostro.
  • ¿Quién es tu novia? – preguntó su tío Andrés, al resultarle todo una sorpresa que Francisco tenía una relación con alguien.
  • Una amiga de la secundaria – contestó dándole un último trago a su vaso – siempre la veía cuando venía de Guadalajara – agregó sin dirigirle la mirada.
  • ¿Y tú? ¿Quién es tu novio? – preguntó de repente a Angélica, que lo miraba con el rostro congelado en una atónita mirada con los ojos abiertos.
  • Yo no… no tengo novio – contestó, evitando tener contacto visual con su padre.
  • Pero te vi afuera con un muchacho – comentó su tío naturalmente – como te vi abrazaba de él supuse que es tu novio – comentó de nueva cuenta alzando la voz para que todos, incluido David al otro lado de la mesa pudiera escucharlo.
  • ¿Cómo que ya tienes novio? - preguntó su padre en un tono de voz que heló a todos y con una mirada de furia que ninguno de los presentes había visto antes.
  • Papi, un compañero de la secundaria me…
  • ¿Quién te dio permiso? - preguntó de nuevo con una voz más apagada y grave que la anterior que se pudo escuchar perfectamente en todo el patio.
  • Yo le di permiso – intervino Angélica - ya tiene edad para tener a un novio ¿no crees?
  • ¿Y cuándo pensabas decirme? - David no le quitaba la mirada de encima a su esposa, olvidando por completo que su hija y demás familiares se encontraban presentes en la mesa.
  • Te lo iba a decir cuando dejaras de ser un sobreprotector con ella.
  • ¿Un sobreprotector? – exclamó él, poniéndose en pie de forma brusca.
  • Sí, un sobreprotector que no sabe que su hija ya creció y que ya no es una niña.
  • Eso es muy diferente a que me anden escondiendo las cosas
  • No te dije nada porque sabía que ibas a reaccionar así en vez de comprender a tu hija.

Mientras sus padres discutían, Francisco aprovechó para ponerse en pie de forma sigilosa, esperando a que sus movimientos no fueran captados por nadie en la mesa para acercarse en dirección hacia la puerta de la cocina, Angélica intentó hacer lo mismo pero su padre posó en ella una dura mirada ante el mínimo movimiento.


  • ¿Y tú a dónde vas? Ni creas que vas a salir, súbete a tu cuarto - dijo, siguiendo con la mirada a su hija que corría con lágrimas en los ojos. - Mujer, ven - dijo una vez más, sorprendiendo a todos, hasta a su misma esposa. Cuando no le se refería a ella por un apodo afectivo o por su nombre, era para tocar un tema serio.

Angélica dejó caer su cuchara con fuerza en la mesa dejando a la visita en una situación incómoda para seguir a su esposo hasta el despacho, una habitación que él poco frecuentaba, pero que para ella era un refugio donde pasaba la mayor parte del día manejando la economía de los negocios familiares.


  • ¿Qué es esa idea de que Angélica ande de novia? - preguntó frenético cuando su esposa cerró la puerta tras de él.
  • ¿Qué tiene de malo? ¿No crees que ya tiene edad para comenzar una relación con alguien?
  • Tiene edad para estudiar, no para andar de novia con cualquiera.
  • No con cualquiera - puntualizó su esposa, alzando la voz como su marido - su novio es un buen muchacho y hasta conozco a sus padres.
  • ¿Ahora lo vas a defender? - preguntó, yendo y viniendo de un lado a otro de la habitación - ¿te vas a poner de su lado?
  • ¡Es tu hija! No sabes lo que ella quiere, simplemente te la pasas diciéndole que es tu chula y que es muy bonita y alabándola por ser tu única hija mujer…
  • Porque David y Francisco se pueden cuidar solos…
  • ¿Y crees que ella no? ¿Crees que siempre te va a querer cerca y más ahora que tiene novio? David, ella ya es una mujer…
  • Es muy joven para que ande de novia con…
  • ¿Qué es muy joven? - preguntó Angélica incrédula - ¿Ya no te acuerdas cuando teníamos su edad? ¿Se te olvidó que éramos también jóvenes cuando ya formábamos un hogar?
  • ¿Y qué quieres que haga entonces? ¿Qué la lleve a casar ahorita con ese mocoso? - exclamó con más furia que antes.
  • Quiero que entiendas que ella ya creció, tiene que vivir su propia vida…
  • Es una niña todavía - dijo, sentándose en uno de los equipales de la estancia y presionando sus ojos con las palmas de su mano.
  • No David, ella ya creció… desde hace mucho que la niña a la que enseñaste a caminar ya da sus pasos sola.

David no contestó, recargó sus brazos en el escritorio y hundió aún más su rostro en sus labradas manos. Aunque le costaba admitirlo su hija era todo una mujer. Le venían a la mente vagos recuerdos de años atrás: veía como en su mente se dibujaba a él cargando en hombros a su hija a los cuatro años, enseñándole a andar en bicicleta a los siete y fue entonces que el recuerdo más vívido lo hizo alzar la mirada: recordaba el calor del pequeño cuerpo de su hija en su pecho desnudo mientras dormía en una hamaca en el patio cuando ésta tenía menos de un año.


  • ¿Por qué no me deja tener novio? – preguntó la chica hecha un mar de lágrimas dejándose caer sobre la cama.
  • Angy, te dije que era mejor decirle o pedirle permiso – comentó Francisco entrando tras ella a su habitación.
  • ¿Y qué caso tiene si iba a reaccionar igual?
  • Hubiera sido muy diferente a que se enterara por parte de mi tío, ¿vez como sólo viene a dar problemas?
  • Pero Martin es buen chavo no sé…
  • Mi papá no quiere que pases lo mismo que él.
  • ¿Lo mismo? – preguntó ella sin entender a qué se refería.
  • ¿Qué no sabes? Mi papá no conoció a su abuela porque mis abuelos se casaron y los papás de mi abuela no querían que estuvieran juntos, después mi papá se casa con mi mamá sin que mis abuelos quisieran que estuvieran juntos.
  • Eres un mentiroso – murmuró la chica recobrando el aire para pronunciar palabra.
  • ¿No me crees? ¿Qué no vez como a mi abuela se le tuerce la cara cuando hablamos de mi papá? ¿Sabes por qué nunca pregunta por él? ¿Sabes por qué en años no ha visitado esta hacienda?

Angélica no contestó. Si bien había algo de razón en las palabras de su hermano, nunca pudo imaginar que su abuela llegara a odiar a su padre. Cada vez que escuchaba la historia de cómo se conocieron y casaron la imaginaba como un relato de cuento, sin embargo la realidad que su hermano le hacía ver era totalmente diferente a la que ella había creído.


  • Perdón chula - dijo David, acercándose a su esposa para abrazarla con fuerza, sintiéndose más vulnerable que nunca al sentir lágrimas rodar por sus mejillas - perdóname.
  • No te disculpes conmigo - contestó ella, tomando el rostro de David entre sus manos para limpiar las lágrimas con sus pulgares - ve arriba a ver a tu hija, ella te necesita más que yo.

David besó a su esposa como un gesto de disculpa, tomó susombrero y subió las escaleras camino a la habitación de su hija. Se detuvo frente a la puerta con un nudo en la garganta formado por los sollozos que escuchaba desde el otro lado. Se aventuró a abrir la puerta para encontrarse a su hija bajo las sábanas, inmediatamente se dibujó en su mente aquellas ocasiones en las que Angélica lo llamaba a gritos para que se deshiciera de una araña o la acompañara cuando había tormentas con relámpagos.


  • Hija… - murmuró David, entrando con paso sigiloso. La chica sólo reaccionó aferrándose aún más al gran oso de peluche que había sobre su cama - quiero… quiero pedirte perdón por hablarte así - Angélica no contestó, sus sollozos disminuían, pero su padre podía sentir su dolor aun así - tu madre me hizo darme cuenta de que… ya no eres una niña y… de que si quieres puedes tener novio - dijo, palabras que hicieron que la chica se removiera bajo las sábanas, mostrando unos ojos enrojecidos por las lágrimas y el cabello revuelto.
  • ¿Por qué no querías que fuera novia de Martín? - preguntó temerosa, escondiendo gran parte de su rostro.
  • Porque tenía miedo hija - contestó su padre, arrodillándose frente a su cama - cuando tu mamá y yo éramos novios… sentí mucha culpa porque estaba embarazada de tu hermano y dejó de estudiar… - dijo - a veces pienso que tu madre hubiera llegado más lejos de no haber sido por mí.

La mirada de su padre se había tornado diferente: denotaba miedo, temor y vergüenza. Angélica se sentó al borde de su cama para apreciar mejor a su padre.


  • Cuando supe que tenías novio me dio miedo de que vivieras lo mismo - confesó - de que ese muchacho cambiara tu vida para mal.
  • Pero mi mami te quiere mucho - dijo Angélica, en un tono más infantil que ella nunca había escuchado en su propia voz.
  • Y yo la quiero más - comentó David, mirando a su hija a los ojos - este osote se lo regalé en una fiesta - comentó - me acuerdo que ese día me agarré a fregadazos con unos cabrones en la plaza.
  • ¿Por qué? - preguntó Angélica sorprendida
  • Eran unos borrachos que le dijeron de cosas - dijo su padre, restándole importancia - hija, si tú quieres a ese muchacho puedes andar con él - comentó, sosteniendo las suaves manos de su hija entre las suyas - pero prométeme que no te vas a dejar cegar por lo que sientes y que no vas a dejar de estudiar, ¿él ya sabe que estás estudiando en Guadalajara? - la chica asintió enérgicamente - entonces voy a tener que decirle a Paco que te traiga cada semana para que lo puedas ver.

Angélica no daba crédito a sus palabras, su padre la miraba con una sonrisa, que acompañada de sus brillantes ojos hizo que ésta lo abrazara con fuerza.


  • ¡Gracias papi!  - exclamó, sintiendo los fuertes brazos de su padre rodear su espalda. Para David, los años habían pasado en un abrir y cerrar de ojos: la niña a la que cargaba en brazos había crecido tanto como él no pudo imaginar, tanto que su aroma lo percibía distinto: ya no había rastro de aquel limpio aroma de la piel de un bebé, ahora su piel y cabello estaban perfumados con un suave olor aflores.
  • Pero antes de irte a la plaza te secas tus ojitos y te pones bien chula, ya luego me dices quien es el Martín ese.
  • Es Martín Vidrio – dijo ella secándose las lágrimas con las sábanas – mi mamá ya sabe quién es, lo vio hoy en la procesión.
  • ¿Es algo de Ramón Vidrio? – preguntó David al sonarle conocido el apellido.
  • Creo que es su papá –comentó la chica respirando hondo para dejar de lado sus sollozos - ¿lo conoces?
  • Me los encontraba a veces cuando iba al azufrado, también tienen parcelas allá – comentó – bueno, ya arréglate para que te vayas con tus primos a la plaza, que a tu hermano ya le anda por verse con su novia.

Sin esperar respuesta David salió de la habitación de suhija para dejarla sola. En la sala se encontró con su esposa a la que sólo le dirigió una mirada para decirle que todo estaba bien, sin embargo ella se puso de pie para dejarse rodear por un brazo de su marido.


  • ¿Qué pasó? – preguntó en un susurro, recargando su cabeza sobre el pecho de David.
  • Pos nada – contestó – ya le dije que se apurara para que se fueran a la plaza.
  • ¿Y a mí no me vas a llevar?
  • Pos claro chula, ¿o pensabas que ya se me olvidó que en estos días cumplimos años de casados?
  • Pensé que no te ibas a acordar – comentó ella con pena.
  • Como no me voy a acordar, si en la fiesta de Estipac se me hacía tarde para verte y bailar contigo, me moría de ganas de besar esa boquita y buscaba las flores más bonitas para que estuvieras feliz.

Angélica no supo que contestar y supo que no hacía falta: sus labios y los de David expresaban más que cualquier respuesta que se le hubiese podido ocurrir. Aquella noche para Angélica los fuegos artificiales lucían más brillantes que antes, las canciones que la banda tocaba parecían haber sido escritas para bailarlas toda la noche con Martín y el cielo hacía deslumbrar aún más las estrellas que veía desde niña en aquel balcón de la hacienda.

Aquellos días el cielo se notaba más despejado que cualquier otro del verano. Las tardes en las que se presagiaba tormenta se podía apreciar el eco susurrante del agua escurriendo por el tejado, el aroma de la tierra húmeda y el frío que calma toda ansiedad, sin embargo las nubes parecían formar parte de la nostalgia de Angélica al despedirse de sus hijos de nuevo.


  • Me llaman en cuanto lleguen – le dijo a Francisco, abrazándolo con fuerza.
  • Si má – contestó éste metiéndose las manos a los bolsillos, para él saludar o despedirse de alguien con un abrazo era siempre una situación incómoda o vergonzosa.
  • Se van con cuidado – dijo su padre, acostumbrado a no pronunciar demasiadas palabras de afecto.
  • A ver cuando se dan una vuelta por Tequila – dijo Arturo – ahí se buscan un tiempo libre.
  • Si tío, a mí me dan muchas ganas de ir – dijo Angélica, intentando prolongar en vano su despedida.
  • Ya váyanse pues, porque si no los va a agarrar el agua  - dijo su abuela, mirando al cielo.
  • Pues ya nos vamos – Francisco se despidió de todos con un gesto torpe de sus manos. Se subió a su auto y por el retrovisor vio cómo su familia esperaba a que cruzara aquel portón de hierro forjado.
El chico puso en marcha el vehículo y se aventuró a las calles que lucían ya desiertas de gente y del color que se apreciaba en los días de fiesta, sólo el papel picado en lazos de un lado a otro de las banquetas quedaban como testigo de una celebración. Al girar por una calle hacia la salida que conducía a la carretera pudo ver a Ana bajo un árbol cruzada de brazos, esperando a que algo aconteciera o alguien se cruzara en el camino.

  • Pensé que me ibas a dejar plantada – comentó ella al ver a Francisco bajarse de su auto para despedirse.
  • Descubrí que soy más romántico – dijo, abrazando a Ana por la cintura – te voy a extrañar mucho estos días.
  • Yo también – susurró Ana, evitando conectar su mirada con la de su novio.
  • Pero te prometo que voy a venir cada semana, o igual podemos vernos en Guadalajara si quieres.
  • Eso espero – dijo la chica, recorriendo suavemente con las yemas de sus dedos el cuello de su novio – y también espero que sea la única a la que le mandas fotos sexys en WhatsApp.
  • Si no me equivoco de conversación te juro que sí.
  • Eres un tonto – comentó ella en falsa recriminación antes de besarlo.
  • Quiero quedarme, pero tengo llegar pronto a Guadalajara.
  • ¿A qué? – preguntó extrañada.
  • A empezar  a tomarme fotos – dijo éste antes de besarla, intentando grabar en sus labios el sabor de los suyos para siempre.
  • Entonces ya vete – a Ana le costaba separarse del costado de su novio, pero el cielo nubarroso que amenazaba con lluvia la hacía desear entre sus brazos todo el día – siempre estoy conectada, ¿eh?
  • No vas a querer dejar el teléfono – le dijo el oído antes de darle una ligera palmada en el trasero, separándose de sus brazos para subir al auto. Ana despedía a ambos con una mano y una sonrisa nostálgica en el rostro.
  • Por fin – comentó Angélica dentro del auto.
  • No seas envidiosa – dijo su hermano, poniendo el vehículo en marcha de nuevo.
Aquellos paisajes que casi un mes antes le habían dado la bienvenida ahora se despedían de ella. Atrás había quedado el verdor bañado por el sol para que predominara un gris que parecía haberse puesto de acuerdo con su estado de ánimo. El auto se dirigía por la carretera que conecta cuatro caminos cuando Francisco disminuyó la velocidad para girar en un crucero, sin embargo su hermano se detuvo por completo.

  • ¿Ahora qué? – Preguntó Angélica con desgana a su hermano, que encendía las intermitentes del auto.
  • Bájate – comentó, sin dejar de mirar hacia ambos lados del camino.
  • ¿Qué? ¿Por qué me voy a bajar? – La chica no daba crédito a lo que su hermano le pedía.
Francisco no contestó, solo señaló con un gesto de su cabeza el espejo retrovisor por el que se veía a todo galope un jinete acercarse en su cabalgadura. Angélica sintió un vuelco en el corazón al ver que Martín apuraba a su caballo para llegar lo más pronto posible. Rápidamente la chica salió del auto a su encuentro con su novio, que de un salto bajó de su semental para abrazar a Angélica.

  • No te vayas chula – le murmuró al oído con voz quebrada – quédate otros días y ya luego te regresas pa’ Guadalajara.
  • No puedo – contestó ella, resistiendo las ganas de llorar – tengo que arreglar varias cosas antes de entrar a la escuela.
  • ¿Pero si vas a venir cada semana verdad? – Por alguna razón fascinante y desconocida, Martín encontraba los ojos de Angélica más bonitos a escasos centímetros que los de él.
  • Si, voy a venir a verte amor.
  • Ah mira, te compré éste en los últimos puestos que había.
  • Martín sacó delicadamente con sus manos llenas de lodo del bolsillo de su camisa una pulsera que mostraba una placa de metal con el nombre grabado de ambos y sujeta con coloridos hilos entrelazados.
  • Gracias – murmuró, ahogando un sollozo mientras Martín le amarraba a la muñeca la pulsera.
  • Te voy a esperar chula – Martín rodeaba con sus brazos a Angélica para protegerla de la lluvia y para impedir que se marchara de su lado.
  • Ya vete, te vas a mojar – comentó ella al sentir las primeras gotas que mojaban su frente fusionándose con sus lágrimas en las mejillas.
  • Cuídate mucho – le dijo él, dando pesados pasos de regreso a su caballo, mismo que se alejaba de la carretera por el ruido de autos pasando a toda velocidad.
  • Adiós – susurró con voz apagada, limpiándose la cara de la lluvia.
  • Con todo el pesar de su ser, Martín se subió a su caballo y emprendió la marcha de regreso, perdiéndose en el curvado camino hacia Estipac.
  • Es sólo una semana -  dijo Francisco dentro del auto. Angélica sabía que más que comentárselo a ella, era un decreto de convencimiento para ambos – unos días más y vamos a venir otra vez – comentó, encontrando consuelo en sus propias palabras.
 Angélica asintió en silencio y se ajustó el cinturón de seguridad, desde aquel día extrañaría más que nunca las viejas casas de adobe, el olor del adoquín mojado y el verdor de los campos de caña y maíz con el que Estipac la recibía.