- Hey, shhhh… - Óscar intentaba llamar la atención de una de las muchas chicas que caminaban bajo el sol mientras él las miraba acompañado de su primos y su familia – adiós güerita – dijo a una que giró su cabeza ondeando su cabellera castaña para ver quién había llamado su atención.
- Ah primo, ¿no que ya tenías novia? – preguntó David, dándole un trago a su cerveza.
- Allá en Tequila sí, pero pos aquí ni quien me diga nada.
- Te viendo ¿eh? Cabrón – comentó su padre unos lugares más allá en la banca acompañado de su esposa.
- ¿Qué apá? – preguntó Óscar – si yo nada la saludé porque me cerró el ojito.
- Ándale, yo te voy a cerrar el ojo de un chingadazo si no te aplacas.
- Ya papi, vamos a dar una vuelta – decía Janeth en tono de berrinche - vamos a ver los puestos, me cansé de estar aquí sentada.
- ¿Vamos a dar la vuelta? – preguntó Arturo a su esposa, que asintió poniéndose en pie – ahorita venimos, vamos a ir a dar la vuelta – dijo a David y compañía
Francisco revisaba aburrido su teléfono perdiéndose en la música de sus audífonos cuando sintió que unas manos le cubrían los ojos.
- ¿Quién soy? – preguntó la voz de Ana haciéndose escuchar sobre la música del quiosco.
- ¿Emma Watson? – contestó él, sabiendo de sobra que era Ana quién estaba detrás de él al quitarse los audífonos.
- Alguien más sexy – dijo ella abrazando a Francisco por la espalda y besándole el cuello con frenesí - ¿quieres ir a dar una vuelta?
- Si llévatelo – dijo David – y te lo quedas, ya no lo traigas al cabrón.
Francisco respondió con una seña obscena de su mano a su hermano, que lo miraba burlón al igual que su primo.
- ¿Tienes sed? Te invito uno de esos tragos adulterados que venden – comentó la chica
- Va, a ver si no nos morimos – respondió Francisco, haciendo uso de su característico sentido del humor.
- ¿Y qué onda con tu visita? ¿Cuándo se van? – Ana bebía de una llamativa copa color amarillo una bebida con sabor a piña mientras miraba productos de piel que artesanos grababan con iniciales o algunos nombres.
- Yo creo que hasta después del domingo – contestó él, tomando de la mano a la chica para no separarse en el mar de gente.
- ¿Y si te llevas bien con ellos?
- Pues equis – comentó, pensando que no tenía temas de conversación en común con su primo Óscar o Janeth, pero tampoco eran completos desconocidos – al menos nos llevamos bien.
- ¿Pero tu papá y tu tío no son hermanos, o sí?
- Neeh, también son primos pero siempre fueron muy juntos a pesar de que ellos vivan en Tequila.
- Ahh, órale – dijo la chica distraída, guiando a su novio de regreso a la plaza por una esquina atiborrada de gente.
Caminaban vagamente por la plaza chocando hombros con personas que se congregaban en la plaza de Estipac a pesar del radiante sol de mediodía. Ana llevaba en su mano libre una copa de plástico de color brillante en la que le habían servido una piña colada mientras que Francisco bebía de un cántaro con tequila y refresco de toronja. Intentaban avanzar al lento paso de la gente cuando un chico les cerró el paso con sorpresa.
- ¡Qué milagro! ¿Van a decir ahora que no son novios? - preguntó un joven con una llamativa gorra de color rojo con detalles de brillos y un cigarro entre sus dedos. Ana y Francisco lo identificaron como uno de sus compañeros de secundaria. Si bien ambos odiaban estar en un lugar atiborrado de gente, lo peor era que podrían encontrarse con alguien desagradable como a Cristian.
- No sabía que andabas aquí - comentó Ana, aferrándose más al regazo de su novio - pensaba que la gente se ahogaba en el río o moría en la frontera - agregó la chica tranquilamente bebiendo de su llamativa copa.
- Y yo pensé que te gustaban los hombres - contestó Cristian, arrojando la colilla de su cigarro al suelo y dando un paso amenazador hacia adelante - ¿Y tú ya no hablas? - Preguntó a Francisco, que lo miraba con una mirada de furia y labios fruncidos.
- Sólo hablo con quién valga la pena - dijo, dando un último y largo trago a su bebida.
- ¡Uy perdón señor abogado! - exclamó Cristian con sarcasmo - ¿Y ya trabajas o sigues siendo un mantenido de tu papi?
- Esa pregunta tiene gracia viniendo de ti... ¿Sigues trabajando como perro en Estados Unidos para venirte a hacer el rey?
- ¿Qué dijiste? - Cristian mantenía su mirada fija en los ojos de Francisco, mismo que interponía entre Ana y el chico -
- ¿Aparte de pendejo estás sordo?
- Quiero ver que tengas los huevos para que lo repitas en mi cara - dijo Cristian con su rostro a centímetros del de Francisco.
- Tengo los huevos para decírtelo, porque no nada más me sirven de adorno como a ti.
Fueron unos cuantos segundos los que bastaron para que gente los rodeara curiosa viendo como los dos chicos se fundían a golpes en la plaza. Ana intentaba separarlos, pero Francisco daba frenéticos puñetazos al rostro sangrante de Cristian, que se limitaba a cubrirse con sus manos.
- ¡Paco ya déjalo! - Gritaba Ana aterrada intentando jalarlo de su camisa para separarlos.
Francisco sentía rasguños en su cara y como un hilillo de sangre zurcaba desde una aleta de su nariz hasta sus labios. De no haber sido por unos brazos que lo tomaron de los hombros hubiera continuado todo el día golpeando a Cristian sin importar que lo miraran.
- ¡Ya estuvo bueno de tanto circo! - exclamó una voz con autoridad. Francisco veía como un policía levantaba del suelo a Cristian mientras otro lo tomaba por los brazos - Llévenselos a la delegación y a éste me lo encierran.
- Es el hijo de don David - comentó uno de los uniformados. El jefe de policía le dio la razón al identificar en el chico los ojos verdes de la familia Montero.
- Mira nada más, la gracia que le va hacer a tu padre verte dándole de moquetazos a éste.
El chico sentía un temblor en las piernas y en las manos. No sabía si se trataba de rabia o de miedo al pensar cómo reaccionaría su padre al saber todo aquello.
- ¿Qué pasó? – Preguntó una voz por encima del alboroto. Francisco sentía que la sangre y el alma se le iban a los pies al escuchar a su padre. Los escasos segundos en que sus miradas se conectaron presagió que nada bueno vendría para él.
- Aquí su hijo don David, que se estaba trenzando con este pobre - David miró al otro chico que con el rostro ensangrentado permanecía sentado en una banca de la plaza - nos lo vamos a tener que llevar a la delegación.
- No, no se lo lleven - interrumpió David sin quitarle la mirada de encima a su hijo - yo luego paso a pagar la multa o lo que sea.
- Ándele pues, pero pa la otra me lo llevo hasta la cabecera municipal.
- Gracias Joaquín - dijo David secamente - vámonos - ordenó a su hijo en un tono de voz que nunca había escuchado y que hizo que cada poro de su piel se erizara.
Francisco caminaba torpemente detrás de su padre, que se las arreglaba para abrirse paso entre la multitud de gente que atiborraba la plaza y que lo miraba con curiosidad.
- ¡Hijo! – exclamó asustada Angélica al verlo entrar por la cocina, la visión de su hijo con la camisa manchada de sangre y un gran rasguño en la cara la aterraba terriblemente - ¿Qué te pasó?
- Ahorita te cuento - dijo su esposo, adivinando que las miradas de los presentes estaban sobre ellos sin tener que girarse a mirar - súbete a tu cuarto - ordenó, obligando a su hijo a subir las escaleras - ve con él - le dijo a la chica, que alcanzó a su novio en el piso superior.
- ¿David que pasó? - Angélica sentía un punzante dolor en el pecho de la preocupación y un nudo en la garganta.
- Se agarró a fregadazos con otro muchacho, ahorita voy a hablar con él - comentó rápidamente con voz gélida haciendo sonar sus pesadas botas por las escaleras.
En la habitación de su hijo encontró a Ana sentada en la silla frente a un escritorio que miraba a Francisco al borde de la cama con las manos sobre su cara.
- ¿Qué pasó? - Preguntó con autoridad pero sin exaltarse. Como respuesta su hijo le dirigía una mirada enrojecida por las ganas de llorar - nunca esperé esto de ti - comentó - de tu hermano me decían a cada rato en la secundaria, pero de ti nunca - Quizá David lo ignoraba, pero cada palabra que pronunciaba hacía sentir peor a su hijo - ¿Tú sabes qué pasó? - Preguntó a Ana tomándola por sorpresa.
- Es que... - Ana murmuraba con la garganta seca. Las palabras le dolían, pero no tanto como ver a su novio con el rostro ensangrentado - nos encontramos con alguien de la secundaria al que no le caemos muy bien, y él y Paco discutieron...
- ¿Qué te pudo haber dicho para que te le fueras a los golpes? - Su padre trataba de entender, pero era difícil imaginar a Francisco fuera de control. Al no obtener respuesta David se giró para ver a Ana, que nerviosa clavaba las uñas sobre sus piernas.
- Le dijo que... - Ana conectó por un segundo su mirada con la de Francisco, suplicando perdón por lo que iba a contar a su padre - le dijo que era un mantenido que seguía viviendo del dinero de su papá.
- Me dio coraje - dijo el chico pronunciando palabra por primera vez - me dio coraje que tenga razón.
- No digas eso - David se aproximó a su hijo al ver que este estallaba en llanto.
- Voy abajo a... A buscar hielo - dijo Ana, saliendo de la habitación con paso vacilante.
- Cuando trabaje voy a pagarte todo lo que...
- No, hijo no - interrumpió David quietamente - si no tengo porque cobrarte nada.
- Pero es que tú siempre has trabajado para nosotros y...
- Y nunca me voy a cansar de hacerlo - apuntó David - voy a trabajar para ustedes hasta que estas manos ya no puedan.
- No iba contigo al campo porque a pensaba que te estorbaba más que ayudarte – confesó el chico sin atreverse a levantar la mirada.
- No digas eso - murmuró David, tomando a su hijo por los hombros para intentar aligerar un poco el dolor que sentía - ¿Cómo crees que vas a estorbarme?
- Es que veo a David y te veo a ti cómo trabajan todos los días y... ojalá y fuera como tú…
- No hijo, no - susurró su padre con quietud - no te compares con nadie, y menos con un burro como yo. Tú estás estudiando y tienes chance de llegar más lejos... Todo esto que les he dado partiéndome el lomo es para ponerles la vida más fácil. No tengo porque cobrarte nada, me basta y me sobra con que tengas tu carrera y que tú y tú hermana lleguen muy lejos.
- Perdón pá, por...
- Nombre, no te apures - dijo su padre restándole importancia al adivinar que su hijo intentaba referirse a la pelea - si yo también me di unos buenos entrones cuando tenía tu edad.
- ¿Cómo cuando defendiste a mi mamá?
- Ey, cabrones montoneros se me echaron encima... Pero pos tú les vas a callar el hocico cuando tengas ya un trabajo y ganes tus primeros centavos.
- No te había dicho antes... - Francisco esquivaba una vez más la mirada de su padre dibujando pena en su rostro - el corporativo de abogados donde hago mis prácticas me ofreció ser colaborador.
- ¿Y eso qué es o qué? - Preguntó David sin entender lo que su hijo decía.
- Que voy a empezar a trabajar cuando termine mis prácticas.
- ¡Qué bueno hijo! ¿Ya ves que vas a llegar muy lejos?
- Todo es gracias a ti - comentó el chico, esperando no sonar muy sentimental.
- No hijo, de aquí pa adelante yo ya no tengo nada que ver, tú sólo te vas a ir abriendo camino para llegar bien alto y con eso ya me doy por bien servido - Francisco no contestó, sonriendo le correspondió el abrazo a su padre con el que sentía un calor y protección que desde hace mucho tiempo no sentía - bueno, voy a decirle a tu madre que estás bien para que te bajes a comer al rato - dijo David, poniéndose en pie al sentir un dolor en las rodillas por su prolongada posición en cuclillas - voy a decirle a Ana que venga a verte, y le dices si quiere quedarse a comer.
Francisco asentía sentado al borde de la cama, respirando hondo e iluminando su mirada con la luz del sol.
- ¿Mejor? - Preguntó, entrando con paso vacilante.
- Algo - contestó a Ana, dejándose caer por completo en el colchón - a veces me dan ganas de dormir y ya no despertar - dijo, cerrando los ojos con fuerza.
- ¿Por qué dices eso? - Ana se sentó a su costado, posando delicadamente sobre el rostro del chico un hielo envuelto en una servilleta.
- La escuela, las prácticas... - contestó, exhalando un hondo suspiro - a veces quiero dejar todo y salir corriendo, pero me pongo a pensar en mis papás y todo lo que hicieron por mí y…
- Eso es lo que te hace mejor que Cristian y muchos otros – dijo Ana en un susurro – piensas en los demás antes que en ti.
- Si pensara en ellos ayudaría más a mi papa como lo hace David.
- Eres bueno en otras cosas – dijo Ana en tono de recriminación – tus padres te dieron la oportunidad de que estudies para convertirte en algo mejor. Están orgullosos de ti, deberías saberlo.
- ¿Crees que ya saben de…?
- ¿La pelea? – lo interrumpió la chica – Tu hermano acaba de llegar porque le platicaron. Ya todo el pueblo lo sabe y cuando termine la fiesta se van a llevar el chisme hasta Utah – comentó, sacándole una sonrisa a su novio – Oye…tu cuarto es muy bonito, lástima que tu abuela no me dejó verlo bien la otra vez.
- Podemos aprovechar ahorita que está sirviendo la comida para enseñártelo mejor – Francisco se giró recargándose sobre un costado para ver el rostro de Ana – y si quieres puedes quedarte a comer.
- De la nada me dio hambre – comentó ella, besando suavemente los labios de Francisco y acariciando su mejilla con unas suaves manos que recorrían con ternura su cuello hasta su pecho por debajo de la camisa – así que hay que quedar bien con la suegra – dijo, levantándose bruscamente de la cama y obligando al chico a hacer lo mismo jalándolo de los brazos.
Camino al patio interior de la hacienda donde una larga mesa estaba a la sombra de una lona sujeta por los pilares de piedra, Francisco se encontró a sus padres, abuelos, tíos, hermanos y primos que lo miraban expectante.
- Ya vénganse a comer – dijo su madre, intentando ignorar la cicatriz en la cara de su hijo – ¿Te quedas a comer Ana? – preguntó a la chica, quien tomaba de la mano a Francisco.
- Si gracias – contestó, haciendo uso de ese falso tono de voz dulce que empleaba con los padres de su novio.
- ¿Quieres pechuga o pierna? – preguntó Angélica a Ana, sirviendo pollo frito a un plato desechable con arroz blanco.
- A mí me gusta la pechuga – comentó Francisco, sumándose a las pocas risas discretas que el doble sentido que aquel comentario provocó.
- Primo, ¿dónde está la botella que me dijiste ayer? – preguntó Óscar desde el otro lado de la mesa.
- Cabrón, tú nada más pensando en la tomadera.
- Apá no sea exagerado, nomás un caballito y ya.
- ¿Te los voy a contar, eh? – exclamó su padre – Si ven que este méndigo llega borracho no le abran la puerta, ahí lo dejan afuera a ver qué hace.
- Padrino, dígale a mi apá que me deje echarme un traguito, al fin que ni me hace.
- Hijo tráete una botella de adentro, de las de escondo pa’ que tu madre no las vea – dijo David a Francisco, siendo el que estaba más cerca de la sala.
- ¿Ya oyó comadre? Mi primo tiene su reserva bien guardada.
- Es de los que quedan para catar – comentó Angélica, regresando a su lugar junto a su esposo tras servir a su hijo – ya si le da el visto bueno comienza a embotellarse.
- ¿Así que eres borracho por obligación? – preguntó Arturo, dando unas fuertes palmadas en el hombro a David – no pos con ese trabajo hasta yo me quedo encerrado aquí – dijo, haciendo que los presentes rieran al unísono.
Caía la tarde plácidamente cuando los cohetes en el cielo anunciaban el comienzo de la misa. La noche comenzaba a apoderarse del patio para darle paso a la luz de las farolas y el canto de los grillos. Ana se despidió de la familia de su novio para tomar un baño y encontrarse de nuevo con Francisco. Sus primos disfrutaban de la brisa de la noche esperando a que sus padres estuvieran listos para salir a la plaza.
- ¿Si es cierto que tu hermano se peleó? – preguntó Martín, intentando esconder su gran curiosidad.
- Si – contestó Angélica tomada de su mano caminando entre la gente que se congregaba viendo cómo un chico pintaba en aerosol sobre una camiseta – no supe bien porqué, pero creo que le buscaron pleito y al otro chavo le fue peor.
- ¿Y hasta a qué hora te vas a quedar hoy chula? – preguntó de nueva cuenta desviando el tema, algo que Angélica agradeció.
- No sé, igual hasta las doce.
- Pero pos si ya va a ser la fiesta – reclamó él sin alterarse demasiado – quédate pa bailar contigo más tiempo.
- Voy a preguntarle a Paco y a mis primos, tengo que regresar con ellos porque si no me regañan – dijo la chica con pena.
- Pos hay que decirles, porque no te voy a dejar ir así de fácil – dijo, usando esa suave voz con la que la chica sentía cosquillas en su espalda - si por mi fuera me quedaría abrazadito de ti siempre – susurró, besando el cuello de la chica y dejándose llevar por su suave perfume.
Francisco pudo convencer a su padre de quedarse hasta más tarde en la plaza, a pesar de que Angélica, Martín y sus primos no estarían con él, se pusieron de acuerdo para llegar juntos al lugar que sus padres siempre ocupaban en la plaza.
- ¿Ya andas bien entrado verdad? – Arturo notó como su hijo se tallaba los ojos con la manga de la camisa cuando regresaban a la casa.
- No apá, es que el humo del castillo me caló re-gacho en los ojos.
- Ah mira qué casualidad – comentó incrédulo su padre. Sin embargo a Óscar ya poco le asustaban las advertencias de su padre, sabía perfectamente que él y su tío se comportaban igual cuando tenía su edad, por lo que tomar unos tragos le venía sin cuidado.
Por la calle iluminada por las lámparas se dieron cuenta de que el portón de la hacienda estaba abierto de par en par. En el patio se encontraron con una camioneta que a ninguno de los presentes les resultaba familiar, sin embargo fue una voz la que hizo que Angélica y su esposo se quedaran tan fríos como las baldosas de piedra tras la lluvia.
- Angy – saludó un hombre joven bajando del auto – sabía que te iba a encontrar aquí – Angélica correspondió al torpe abrazo de su hermano dando unas suaves palmadas en su espalda sin entender del todo que pasaba.
- Andrés… - susurró sorprendida – ¿Qué haces aquí? – preguntó atónita sin darse cuenta de que sonaba descortés.
- Vine a saludarte, ¿o ya no puedo venir a la que fue mi casa?
- Si claro que puedes – contestó la mujer, dándose cuenta de que parecía una tonta con los ojos inmensamente abiertos.
- Cuñado ¿cómo estás? – preguntó a David extendiéndole una mano que el aludido apretó con fuerza, como si no quisiera dejarle dedos sanos a la mano de Andrés.
- Bien – contestó secamente sin quitarle la mirada de encima.
- Vamos adentro, ¿ya cenaste? – preguntó Angélica rompiendo la tensión en ambos.
- Si, gracias – Andrés caminaba junto a su hermana delante de la familia de David hacia la cocina, donde dio un vistazo a su alrededor para ver que todo estaba tal y como lo recordaba.
- Ellos son Arturo y Daniela – comentaba Angélica después de recuperarse de la impresión de ver a su hermano después de mucho tiempo – y sus hijos, Óscar y Janeth.
- ¿Eres el hermano de David? – preguntó Andrés al estrechar la mano de Arturo.
- No, somos primos nada más, mi amá y su apá son hermanos.
- Oh, ¿pero no son de aquí o sí?
- Venimos de Tequila – comentó Daniela – vivimos allá y vinimos para la fiesta.
- La verdad ni recordaba que era la fiesta esa… Me costó trabajo entrar por la calle para llegar aquí.
- Deja llevarte a tu cuarto – dijo Angélica poniéndose en pie, intentando alejar lo más posible a su hermano de su esposo.
- Si por favor – comentó, bostezando abiertamente y estirando los brazos – pasé con mis papás a Guadalajara y se me ocurrió venir a visitarlos.
- Qué bueno que te das tus vueltas por acá – comentó su hermana llevándolo por el largo pasillo hasta la única habitación disponible del segundo piso – pero no trajiste ropa ¿o sí?
- Nada más una maleta con la que me vine de Michoacán, pero ahorita voy por ella al carro… cuéntame ¿cómo estás?
- Bien, aprovechando a mis hijos ahorita que están aquí, y a mi nieto también.
- Ah, pues ya eres abuela también – comentó Andrés recordando ese dato.
- Si… tengo un hijo de David, el mayor.
- ¿Y dónde está?
- En su casa, ya vive con su esposa donde antes vivía con David.
- ¿Te acuerdas cuando nos subíamos a los árboles y jugábamos escondidas?
- Que rápido pasa el tiempo – comentó ella - ¿Y tu esposa cómo está? ¿Cómo está tu hijo?
- Bien, se fueron de vacaciones a Nayarit por una semana, pero como yo tenía trabajo no alcancé a llegar.
- Bueno, te dejo para que descanses y duermas, debes estar cansado.
- No mucho, pero si quisiera dormir de una vez – comentó Andrés despidiéndose de su hermana.
Miraba a su alrededor recordando tantas vivencias entre las paredes de piedra y el aroma de los árboles cuando un chisteo llamó su atención, David lo llamaba desde la planta baja escondido detrás de un pilar de piedra, en donde Andrés adivinó estuvo observando todo el tiempo.
- ¿A qué viniste? – preguntó sin rodeos, aún en la casi total oscuridad podía apreciarse el desagrado en sus ojos.
- Pasé a mi casa a saludar a mi hermana… ¿O ya no puedo?
- Ésta ya no es tu casa – masculló David ahogando las ganas de gritarle en la cara.
- Lo fue antes mucho antes de que te metieras con mi hermana – susurró, notando que hasta el viento se había callado para escuchar sus palabras.
- Le pagué a tu padre con creces por esta hacienda que por años nos robó – dijo David – y me casé con Angélica porque la amaba.
- ¿La amabas tanto como para que viviera en un cuarto mugroso y durmieras en el piso?
Las palabras de Andrés habían calado en la herida más profunda y aún viva de David: su pasado. Aquellos días en los que trabajaba de sol a sol para darle lo mejor a su esposa y a un pequeño hijo volvían a su mente cada vez que cortaba el rabo de la caña, sentía el ardor de una ampolla reventada a causa del uso de la coa o cargaba en sus espaldas pesados chiquihuites llenos de maíz.
- Ella nunca se fijó en eso – sus palabras escupían la rabia que sus puños no podían expresar. Golpearlo en la cara le daría un placer de unos cuantos segundos antes de que se armara un escándalo – la traje aquí porque se lo merece, y aun así siempre fue feliz.
- ¿Con tres hijos y una carrera trunca? Sabes de sobra que se merecía algo mejor – cada vez que Andrés abría la boca la sangre de David se calentaba mucho más. Sudaba por debajo de su sombrero y su grueso pecho subía y bajaba con una velocidad anormal.
- ¿Qué quieres para que te largues de una vez?
- No vine por interés, a diferencia de otras personas llegué a esta casa sin la ambición de salir con las manos llenas – David no pudo soportar un segundo más. Tomó a Andrés del cuello y lo azotó contra la pared con fuerza.
- No sé qué mentira te vas a inventar, pero mañana en la mañana no quiero ver tu pinche cara, porque en cuanto pueda te parto toda la madre – masculló lleno de ira inmovilizando al hombre con un solo brazo.
- ¿Así educaste a tus hijos? – Andrés pudo por fin librarse de aquella mano que lo asfixiaba – no me sorprende que tu hijo tuviera esa cicatriz por andarse peleando borracho con otro inútil.
- Lávate el hocico cuando hables de mis hijos – David volvía a tomar a Andrés por la camisa con ambas manos para llevarlo contra la pared – si te atreves a insultar a mi familia otra vez o a ponerles un dedo encima juro que te mato.
Andrés se zafó de los brazos de David para resguardarse de un seguro golpe. Sus miradas se conectaron sólo unos segundos, en donde entendió que sería mejor alejarse de él a buscar una provocación más. Rápidamente y en silencio Andrés entró a su habitación sin darse cuenta de que Francisco lo seguía con la mirada desde un resquicio a través de la puerta de su habitación.
