El tímido sonido del tambor rompía la quietud a la par
que acompañaba a la ligera neblina que había dejado como recuerdo la noche.
Golpeteos de metal contra las piedras y el adoquín se encargaban de levantar el
polvo que quedaba del recuerdo. Danzantes resistían el frío y hacían que lasplumas de sus penachos y los cascabeles atados a sus pies recibieran un nuevo
día de novenario en la fiesta de Estipac acompañados del sonoro chirriar de las
trompetas y clarinetes de la banda que enmudecía los rezos y las plegarias protegidas
por manos entrelazadas por arrugados dedos y encadenadas con rosarios.
Francisco abrió los ojos enfocando a su alrededor cuando
un estallido en el cielo retumbó dentro de su cabeza. Removiéndose bajo las
sábanas notó el gélido ambiente de la mañana en su pecho desnudo al
incorporarse para tomar su teléfono. Con pasos pausados se adentró a la cocina,
donde el aroma de especias, alimentos y el calor que desprendían las ollas lo
hacían adentrarse en una atmósfera agradable.
- Hijo ponte zapatos – dijo su abuela al verlo descalzo sentándose ante la mesa – te va a hacer daño andar a raíz.
- Siempre le ha gustado andar sin zapatos – comentó su madre, añadiendo sal a la licuadora en la que preparaba una salsa roja – ¿se acuerda cuando de chiquito se quitaba los zapatitos?
- Si, si me acuerdo… – contestó su suegra volteando unas tortillas en el comal – una vez llegamos de la plaza y le hacía falta un huarachito, quien sabe dónde lo llegó a largar.
- Buenos días – saludó Angélica, recogiéndose el cabello en una rápida coleta.
- Ya siéntate niña – su abuela servía frijoles fritos al lado de un huevo revuelto con salchichas – ¿Cómo les fue ayer? – preguntó sin dirigirles la mirada, atenta a la nata que crecía en una olla de la estufa.
- Bien – contestó Francisco, enfocando su mirada ligeramente borrosa en el plato que tenía delante esperando que el hambre le diera luz verde para desayunar.
- Ay mijo, que pena ayer con tu novia – dijo Estela – me vio toda fachosa ayer en la noche.
- ¿Ya conoció a la novia de mi flaquito? – preguntó la madre de Francisco, que vertía en un recipiente de barro la salsa recién hecha.
- ¿Ana estuvo aquí? – Angélica miraba a su hermano con sorpresa, nunca pensó que después de no medir sus demostraciones de afecto en público se atrevería a cumplir lo que había comentado a modo de broma la noche anterior.
- Quería entrar al baño – contestó rápidamente – y para no despertar a mis abuelos usó el baño de arriba.
- El de arriba… – murmuró su hermana sin quitarle los ojos de encima – que curioso, su casa está igual de cerca que la de nosotros.
- Ella no traía llaves de su casa – argumentó Francisco, intentando darle peso a su mentira – ¿y cómo la vio abue? – preguntó sonoramente desviando la conversación.
- Ay hijo, de haber sabido te la hubieras traído desde antes – comentó su abuela – está bien bonita, bien acinturada y alta…
- Si yo ya le dije que tengo ganas de otro nieto – intervino Angélica, lavando el vaso de la licuadora en el lavabo.
- Ay no, déjalos que novieen otro rato, que se conozcan mejor – exclamó Estela.
- ¿Más? – Preguntó Angélica con sarcasmo, mirando como su hermano se resistía las ganas de arrojarle su café caliente a la cara.
- Pues es lo que él dice, no más no te vayas a tardar tanto ¿eh? Si no ya no los voy a gozar como quisiera.
El argumento de Francisco ante la súplica de su madre se
vio interrumpido antes de empezar por el estruendo metálico de la camioneta de
carga arribando al patio. Su padre se quitaba el sombrero y caminaba levantando
polvo ligeramente a su camino con sus pesadas botas.
- Quiubo, ¿cómo amanecieron? – preguntó su padre a ambos al verlos ante la mesa. Esa pregunta recurrente era la forma de darle los buenos días de una forma muy personal.
- Bien papi – contestó su hija – ¿a dónde fuiste?
- Fui al azufrado a cazanguear al lado del nacimiento de agua, mendigo zacate no se aguangó con la hierba.
- ¿Es ahí abajo del árbol de los plátanos? – preguntó su hijo, recordando el lugar en su última visita a las parcelas.
- Ey… – murmuró su padre, inundando de salsa su plato con frijoles.
- ¡Güela! ¿Cómo amaneció? – La alegre y vivaz voz de su nieto mayor se hizo presente en la cocina, acompañada de un sutil olor a aceite industrial.
- Pues bien hijo, Dios Padre me dio licencia otro día.
- Apá, amá, ¿quieren ir al azufrado a comer? – preguntó, recorriendo una silla de madera dispuesto a desayunar – Erika compró pescados ayer, nos llevamos el cazo que nos dejó mi tío Arturo y allá los doramos.
- Pues ahí verán – comentó su padre, esperando a que su familia decidiera.
- Si, vamos. Así no nos quedamos aquí encerrados – comentó su hija entusiasta.
- Híjole, pues necesito ver que llevaría para comer aparte de los pescados – comentó su madre.
- Nos hacemos unas tostadas sencillas, nada más licuamos los frijoles y picamos la verdura –dijo su suegra, experta en dar soluciones culinarias de último minuto.
- ¿Si vamos a ir? Pa’ darme la recia en el ingenio e irnos pronto.
- Ey, ya cuando vengas tenemos la camioneta cargada pa’ irnos luego, luego.
- Güela, ¿ya le dijeron que el Paco ya anda de novio con una morra?
- Ayer la vi en la noche – comentó Estela – si le decía que está bien bonita.
- La acompañé al baño – apuntó Francisco, al ver la mirada extrañada de su padre y hermano.
- Pos con razón ya no te vimos en la plaza – dijo su hermano – te has de haber ido a escondidas por ahí méndigo – comentó en tono burlón antes de que su madre interviniera.
- Ya, ya. Pónganse en paz, si vamos a ir al azufrado a comer entonces me acompañan a comprar las tostadas y a preparar todo – dijo Angélica a sus hijos menores, que asintieron en silencio.
Las doce del mediodía era alegrado bajo el despejado
cielo azul con el repique de las campanas, el volar de las palomas y la
presencia de los feligreses. El viernes marcaba de alguna forma el comienzo de
los tres días más importantes de la fiesta en honor a Cristo Rey: hijos
ausentes llegados del otro lado del país y habitantes de las rancherías más
cercanas borraban la frontera de la fe.
- Quiubo flaquita, ¿me andas siguiendo? – preguntó una voz que la hizo sobresaltarse. Angélica se giró para ver Martín cargando unas bolsas de compras frente a él.
- Hola bebé – dijo ésta, alegrándose de tener las manos ocupadas para que su hermano no la viera abrazar su cuello y besarlo – ¿Qué haces aquí?
- Mi amá vino a comprar unas cosas para comer – contestó, señalando material desechable, verduras y algunos refrescos – ¿y tú?
- Igual, vamos a ir a comer al campo y vinimos a comprar unas cosas – contestó, viendo que detrás de Martín estaba su hermano mirándolo con los brazos cruzados y una gran sonrisa maliciosa.
- ¿No se me va a hacer ir contigo a la plaza al rato?
- Creo que no – contestó con pesar – pero en la noche podemos ir a la plaza a bailar o cenar.
- ¿Ya dijiste, eh? Te voy a estar esperando.
- Pues nos vemos frente al templo, a la misma hora de siempre.
- ¿No puede ser más pronto?
- ¿Por qué? – preguntó la chica extrañada
- Porque me gusta cómo se te ven tus ojitos en la noche – dijo él, arreglándoselas para que su suave voz con la que hipnotizaba a su novia se escuchara por encima del tumulto de gente de la tienda.
- Pues entonces te pones muy guapo, para que mis ojitos te puedan ver mejor.
- ¿Me das un besito? – preguntó en un susurro, esperando que ni su madre ni la de Angélica lo escucharan o lo vieran.
- Uno chiquito ¿o quieres acabarte todos los que te tocan hoy?
- ¿A poco me los tienes contados? – preguntó Martín, acerándose a la chica.
- Es que como dice mi hermano: de lo muy bueno muy poco – contestó ella, antes de besarlo en los labios de forma fugaz.
- No pos eso sí – dijo Martín, tratando de guardar en sus labios, memoria y corazón el calor de aquel beso – se me va a hacer eterna la tarde pa’ besarte otra vez.
- Angy ya vamos a pagar – dijo su hermano formándose en la fila frente a las cajas tras su madre, cargando en cada mano una cesta metálica con verduras, frutas y botellas de refresco.
- Te veo en la noche – dijo ésta, despidiéndose de su novio con una sonrisa tímida y nerviosa.
Cargado con la mayoría de las bolsas Francisco miraba
burlonamente a su hermana, quien caminaba al paso pausado de su madre.
- Ayúdenme a picar el pepino, la cebolla, la lechuga y el jitomate – ordenó su madre, sacando de las bolsas las compras que cargó su hijo en la cocina – mientras hago una salsa para las tostadas.
Sus hijos tomaron cuchillos para torpemente cumplir las
órdenes de su madre: Francisco picaba la cebolla lo más lejos posible de su
rostro para que sus ojos no se irritaran, mientas que su hermana hacía lo
propio con las frutas.
- ¿Ya están listos? – Preguntó David a su esposa en la cocina – ya subí la mesa, la lona y el cazo.
- Ya, nada más que venga Erika con el pescado y que tu hijo llegue del ingenio.
Minutos después llegaba Erika a la hacienda cargando a su
hijo que lucía una pequeña gorra. En el patio los abuelos de Angélica esperaban
mientras Francisco acomodaba algunos bancos en la parte trasera de la camioneta
y cubetas con la comida, además de algunas cuerdas.
- ¿Te quieres ir adelante con tu tatito? – preguntaba Erika a su hijo, acomodándose en la camioneta para ir más cómoda.
- Si échamelo, acá me lo llevo adelante pa’ que no vaya en brincadera aquí atrás – comentó Estela, subiéndose adelante en la camioneta seguida de su esposo.
- Te vas despacito ¿eh? – Dijo David dándole a su hijo mayor las llaves de la camioneta para que condujera – no llevas chivos atrás cabrón.
- Ey… – contestó éste sin dar tganta importancia a las palabras de su padre.
Un ajetreado camino hacia el azufrado marcado por
nubarrones de polvo y el escandaloso sonido del barandal del metal los acompañó
hasta su destino: un pequeño claro al lado de un lago diminuto donde la sombra
se disfrutaba en parte por un gran árbol de huamúchil y la brisa que arrancaba
murmullos a la caña.
- Bajen las cosas mientras les prendo la lumbre – dijo su padre, saltando de la camioneta con presteza en busca de leña seca.
Angélica cargaba a su sobrino hablándole melosamente
mientras Francisco armaba la mesa plegable y David extendía en el suelo la lona
para poder descansar a la fresca sombra.
- Chula, córtate unos limones – decía su padre a Angélica, que cuidaba al pequeño niño que miraba el agua correr por una pequeña zanjaalimentada por el lago.
- Hijo, mete los refrescos a la zanja para que se enfríen – dijo su madre a Francisco mientras preparaba la mesa.
El agua que nacía del lago tenía la temperatura perfecta
para enfriar bebidas sin la necesidad de utilizar hielo. Mientras David avivaba
el fuego del caso con su sombrero, su padre macheteaba la hierba alrededor del
lago para que el lugar se viera más limpio y despejado.
- ¿Vas a querer pescado hijo? – Preguntaba su madre a Francisco – ¿o todavía no tienes hambre?
- No me gusta el pescado dorado – contesto éste, bloqueando su teléfono después de buscar señal sin éxito – mejor unas tostadas – sin esperar réplica comenzó a prepararse su plato, espantando repetidamente las moscas y demás insectos que rodeaban la comida.
- Don David, doña Estela ya vénganse – dijo Angélica, al servir los primeros pescados acompañados de sopa de arroz. Siempre se refería a su suegro como ‘Don David’, marcando una diferencia con su esposo a quien sólo se refería simplemente con su nombre.
- Ya sírvete Angélica – dijo Estela, al ver que sólo su nuera faltaba de servirse un plato. David y Erika comían sentados en la lona bajo la sombra y Francisco y Angélica en la mesa junto a sus padres y abuelos.
- ¿Ya quedó el columpio? – preguntó David a su hijo mayor desde la piedra en la que tomó asiento.
- Ya está – contestó su hijo – le amarré una rama gruesa del huamúchil pa’ que no les cale la soga.
- ¿Te vas a subir chula? – preguntó David a su hija, que se limpiaba las manos con un pedazo de rollo de papel que funcionaba como improvisada servilleta.
- No más no le vayas a dar bien fuerte – dijo su esposa – no se vaya a quebrar la rama.
- ¿Te quieres subir al columpio chulo? – La chica cargaba a su sobrino hasta el improvisado columpio hecho con sogas que colgaba de una alta rama. Al sentarse su peso hizo que estuviera un poco más cerca del suelo, pero aun así se sentía segura con su sobrino en brazos.
Se balanceaba suavemente sin separar los pies del suelo
sintiendo al viento jugar con su cabello cuando iba y venía entre la caña. El
susurro de las ramas y la quietud del silencio los inundaba de una tranquilidad
etérea, casi soporífera.
- Hazte para allá – dijo su hermano, indicándole a su hermana que se recorriera hacia un lado de la rama que formaba el asiento del columpio.
- ¿Lo quieres cargar? – Francisco no asintió, simplemente rodeaba con un brazo a su sobrino, mismo que pataleaba ligeramente en su regazo.
- ¿Qué te dijo tu charrito? – preguntó él, meciéndolos a ambos con sus piernas.
- Que nos íbamos a ver hoy en la noche – contestó ella con naturalidad.
- Yo los vi muy juntos como para que sólo te dijera eso.
- Pues yo te vi muy cariñoso con Ana el otro día como para que sólo hayan ido a cenar
- Ya te dije que nada más fue al baño.
- Si como no – exclamó Angélica ingenua.
- ¿Crees que voy a ser tan wey como para meter a mi novia a la casa sabiendo que pueden vernos?
- Pues… no, pero fue lo primero que pensé.
- Tu mente es medio cochambrosa ¿eh?
- ¡Cállate! – Angélica golpeó a su hermano en el hombro sonoramente.
- ¡Ouch! Ya pues… Ten al bodoque, voy a tirarme un rato – Francisco se acostó lejos de su hermano y cuñada en la lona.
Los tímidos rayos de sol comenzaban a aparecer
penetrándose entre las ramas del huamúchil. El somnoliento ambiente hacía que
algunos miembros de la familia como David, y su pequeño hijo quedaran dormidos
bajo la sombra, mientras Angélica, su madre y abuela permanecían sentadas en
silencio escuchando la quietud, a la par que Erika revisaba su teléfono.
- ¿Y mi abuelito? – preguntó la chica al no ver a su abuelo alrededor.
- Fue con tu padre a ver el milo – contestó su abuela – yo creo que de aquí a dos semanas ya está bueno para la pizca.
- Primero Dios – dijo Angélica – hasta eso les ha hecho buen tiempo de lluvias.
- Y sí – apuntó su suegra – ya ves que nada más nos ha llovido en la madrugada. Así deja a los hombres trabajar en el día.
Fueron dos horas en las que el total silencio de la
naturaleza los rodeó por completo. La luz del sol comenzaba a tornarse
amarillenta reflejándose en los cerros sin plantíos y la caña que intensificaba
su color.
- ¿Pos ya vámonos, no? – dijo David a sus hijos, que se incorporaban después de descansar en los brazos de la brisa.
- Si ya, pa’ arreglarme e irme a misa – comentó Estela dejando un pequeño ramo de flores sobre un crucifijo en piedra incrustado en un árbol.
- Ahí dejen la verdura, para que se las coman las ardillas y los conejos – dijo su madre a sus hijos, que ayudaban a recoger la mesa. Francisco tiró la lechuga y jitomates restantes al pie de un viejo árbol.
Con la camioneta cargada de nuevo, emprendieron de
regreso el camino hacia la hacienda, ahora acompañados de una nubosidad que
agradecían todos al no tener que entornar los ojos bajo el intenso sol. Dentro
de la cocina, Angélica y su madre lavaban los platos cuando la chica sintió una
vibración en el bolsillo de su pantalón.
- Mami, me mandó mensaje mi prima Janeth.
- ¿Y qué te dice? – preguntó su madre, olvidando que recibiría visitas el fin de semana.
- Que van a llegar hoy en la noche – dijo, secándose las manos para contestar el mensaje.
- Ay que bueno, para que lleguen a cenar.
- ¿Qué pasó? – preguntó su esposo, enrollando la soga que sirvió como columpio en el azufrado.
- La hija de Arturo nos avisó que van a llegar en la noche
- ¿Hoy en la noche?
- Si, para que ayudes a poner la lumbre en el corral para irle aventajando a la birria y el pozole de mañana.
David no contestó, se encaminó hacia las caballerizas
para guardar la soga y partir con el hacha gruesos troncos secos para el fuego.
- ¡Hijo, ven ayúdame! – gritó David a Francisco al verlo en el patio de la hacienda, el chico se acercó a donde su padre trabajaba con paso apresurado – ve poniendo los troncos parados junto al horno – dijo éste – ya avisó tu tío Arturo que van a llegar en la noche.
- ¿Van a llegar hoy? – preguntó, cargando en sus brazos ásperos troncos con corteza desprendida – la verdad ya se habían tardado – comentó, al recordar años anteriores y de cómo pasaban con ellos más días de la fiesta de Estipac.
- Hija sube a los cuartos y fíjate que haya sábanas y toallas limpias en los roperos. También ve el baño y ve si está limpio sino para darle una lavada – ordenó Angélica a su hija en la cocina.
Angélica subió sólo para verificar lo que ya sabía: que
su madre era tan meticulosa que no hacía falta ni una sola almohada y que las
cortinas estaban lo más lisas posibles.
- Mi madre siempre se pone bien alterada cuando recibe visitas – comentó Francisco sentado en el barandal de piedra – me hizo recoger mi cuarto, ¿tú crees? Como si se quedaran a dormir ahí habiendo más camas, o sea.
- Ya sé, en el baño de abajo se acabó todo el aromatizante – comentó la chica – lo bueno es que se van a quedar nada más tres días.
En la hacienda todas las luces del exterior iluminaban la
noche: la del portón abierto y las farolas que indicaban el camino hacia la
entrada principal dejaban ver insectos revoloteando alrededor de amarillentos
focos. En la sala por encima del volumen del televisor en que veía noticias
locales, el celular de David sonó anunciando una llamada entrante.
- Bueno – contestó casi gritando, lo que llamó la atención de sus hijos y esposa.
- ¡Quiubo primo! – lo saludo una voz desde el otro lado de la línea – ¿Cómo andamos?
- Bien, bien. Aquí esperándolos pa’ cenar ¿ónde andan?
- Llegamos a Villa a cargar gasolina – contestó Arturo – ¿cómo andan todos allá?
- Pos bien, bendito Dios – dijo David.
- Qué bueno, entonces ya vamos pa’ allá, pa’ que me recibas con mi coronita bien fría – comentó Arturo, pagando al dependiente de la gasolinera.
- Ya dijiste, ya te tengo un seis acá esperando.
- Allá les caemos entonces
- Ándale pues, acá los esperamos.
- ¿Era Arturo? – preguntó su esposa desde la cocina al escuchar la charla que mantuvo su esposo por teléfono
- Ey que ya vienen en Villa, no han de tardar en llegar – comentó, al ver el reloj de pared que casi marcaba las 8:30 de la noche.
- ¿Ya nos vamos? – preguntó Francisco a su hermana sentado en un sillón, conversando con Ana por WhatsApp para confirmarle que iba a su encuentro.
- Espérense a que lleguen sus tíos – dijo su madre, sentándose al lado de su esposo frente a la televisión – ya los saludan y se van todos a la plaza.
Francisco no pudo evitar hacer un gesto de desagrado. Las
visitas eran el principal motivo por el que pasaba la mayoría del tiempo
encerrado en su cuarto, sin embargo por más que el tío Arturo le resultara
agradable era imposible mantener una charla con él o con su primo por los
marcados gustos opuestos de ambos.
- Ay que bueno, ya llegaron – dijo Angélica, saliendo al patio frente de la hacienda para recibir a la visita.
- ¡Qué milagro que te dejas ver! – exclamó Arturo trasbajar de la camioneta al encuentro con su primo.
- ¡Milagro que te apareces! – contestó David, devolviéndole el fuerte abrazo – si bien sabes que de aquí no me sacan.
- No comadre, sáquelo más seguido – le dijo Arturo a Angélica saludándola.
- A mí se me hace que es David el que no saca a Angélica – comentó Daniela, esposa de Arturo.
- ¡Nombre! Si ella es la que me jala de un lado pa’ otro – dijo David – ¿Y mis tíos no vinieron?
- No, se quedaron allá – dijo Arturo – mi apá anda medio malo de una pierna.
- ¿Y luego? – preguntó David extrañado.
- Se cortó con un alambre oxidado cuando andaba cambiando unos postes – contestó Arturo – no se le infectó pero no puede andar caminando mucho por lo mismo.
- ¿Pero si está bien? – preguntó Angélica.
- Si, nada más es cuidar que no se le infecte la pierna.
- Ah, bueno… – murmuró David, convenciéndose de que aquello no era nada grave – ¿Y ustedes qué? ¿no van a saludar?
- ¡Órale, saluden a sus tíos! – exclamó Arturo a sus hijos, que estaban detrás de ellos, al igual que Francisco, que veía como sus padres recibían a la visita desde la cocina.
- Hola tío – saludó Janeth con un torpe abrazo y un beso en la mejilla, al igual que a su tía.
- Quiubo mijo, ¿cómo está? – preguntó David a Óscar, suahijado de bautizo.
- Bien tío – contestó éste, sintiendo en la espalda las palmadas fuertes de su padrino.
- Anda agüitado porque no le dieron permiso a su novia de venir – dijo Arturo en un tono burlón.
- ¿Apoco ya andas de novio? – preguntó David a Óscar, quien sonreía nerviosamente al sentir las miradas de todos los presentes sobre él.
- Con una muchachita allá de Tequila – dijo su madre – le dijo que si quería venir pero no la dejaron.
- Pos mejor – dijo David – te buscas otra acá – comentó, haciendo que las risas de los demás se escucharan por encima de los cohetes en el cielo.
- ¿Y tus hijos dónde andan? – preguntó Daniela a Angélica, dejando a sus esposos en una fluida plática.
- Francisco anda allá adentro arreglándose para irse a la plaza, David es el que ya vive con su esposa donde vivíamos nosotros.
- ¿Apoco ya viven juntos?
- Ya. Pues con el trabajo de Erika y el niño ya después que se casaron se fueron a vivir donde vivía con David.
- ¿Ya cuántos años tiene el niño?
- Cumplió dos hace como dos meses – contestó Angélica, haciendo un rápido cálculo mental.
- Está chiquito todavía… ¿te acuerdas cuando andábamos con carriolas las dos?
- Ay sí, yo tenía a Paquito de un año y tú apenas te acababas de aliviar de Óscar – comentó Angélica – ¿Y por qué no tuviste otro?
- ¡Ay no! Si con dos ya me anda, no sé cómo le hiciste con tres.
- ¿Por qué?
- Son bien tremendos, bueno al menos Óscar – se apresuró a corregir Daniela – ahorita lo ves más o menos aplacado porque su padre le metió una buena regañiza ayer porque se fue a los toros y llegó como hasta las dos de la mañana. Si desde hace tiempo se lo trae bien checadito.
- Si David era igual, pero desde que empezó a andar con Erika cuando eran novios su papá le dijo que o se aplacaba o lo aplacaba a la fuerza, y ya vez: ya hasta se casó.
- ¿No van a cenar antes de irnos a la plaza? – interrumpió David la plática de ambas encaminándose a la puerta de la cocina, siendo el acceso más cercano a la hacienda.
En la sala Francisco y sus abuelos veían televisión
acompañados por el retumbar de las campanas del templo, fue Estela la que se
puso de pie primero para recibir a las visitas.
- Buenas noches – rezaron Arturo y su familia casi al mismo tiempo de forma sumamente educada.
- Pásenle buenas noches – dijo David, saludando con un apretón de manos a los presentes.
- Ay hijo, estás bien grandote – dijo Daniela al ver a Francisco – Fácil ya le llega a su padre.
- Si fácil – aseguró su madre, dejando a Francisco en una situación incómoda donde sentía que la pena le encendía la frente y las mejillas – ¿A qué hora te vas a ir a la plaza?
- No sé – contestó éste, revolviendo sus manos nerviosas en las bolsas de su pantalón – no sé si Angy vaya a ir o a cenar aquí.
- Si quieren irse a la plaza primero cenan – dijo Daniela a sus hijos – ¿O quieren que cenemos allá?
- Aquí cenen – dijo Estela – ya tenemos el pozole en la lumbre, ya luego se van a escuchar la música.
- Pos cenamos aquí, ¿no? – preguntó Arturo a su esposa, quien aceptó la sugerencia.
- ¿Se van a quedar a dormir? Para que suban sus cosas, ya están sus cuartos listos – dijo Angélica antes de que pasaran a la cocina.
- Ándale, arráncate por las cosas a la camioneta y te las traes – dijo Arturo a su hijo, dándole las llaves del vehículo.
El chico tomó las llaves sin chistar y se dirigió al
patio de nuevo. A su regreso cargaba con dos maletas que dejó al pie de la
mesa.
- ¿Y cómo les va, siguen estudiando? – preguntó Arturo a sus sobrinos, que sólo intercambiaban miradas fugaces con sus primos y tíos y reían por compromiso de las bromas que los adultos comentaban.
- Si… – Francisco contestó primero que su hermana – estamos estudiando en Guadalajara.
- ¿Y qué estudian? – preguntó su tía con curiosidad.
- Yo estoy estudiando abogacía – dijo Francisco, esperando no tener que responder por su hermana.
- Yo estoy estudiando turismo para ser promotora del estado.
- Ay mira que bien…
- ¿Y ustedes niños? – preguntó Angélica a Óscar y Janeth, retirándose de la mesa para lavar su plato.
- Agricultura – contestó el chico, antes de darle un sorbo a su helado refresco.
- Yo apenas voy en la prepa – dijo Janeth, levantándose de su silla.
- ¿Se van a ir a la plaza ahorita también?
- Pos si ¿no? Pa ver si agarramos lugar y nos encontramos a David allá.
- ¿No van a ir ustedes? – preguntó Arturo a los padres de David, que aún no terminaban de cenar.
- No, ¿a qué vamos? Si a mí con tanto sonsonete me duele la cabeza. Váyanse ustedes y aquí los esperamos – decía Estela.
- Bueno, entonces al rato venimos – dijo Daniela, saliendo de la cocina del brazo de su esposo seguida de sus hijos.
La familia de David y de Arturo se encaminaba a la plaza
para internarse en el torrente de personas que disfrutaban de la música en vivo
de la banda que se establecía en un escenario montado a un lado de la
parroquia. David y Erika se habían establecido en la misma banca que en
ocasiones anteriores, lo que facilitó a los demás su encuentro.
- ¡Quiubo! ¡Andas perdido vale! – exclamó Arturo al ver a David para saludarlo, quién lo recibió con un abrazo.
- Para nada padrino, acá andamos sacando a pasear al cachetón.
- ¿Éste es su hijo? – preguntó Daniela al saludar a Erika.
- Si mire – dijo la chica, cargando al bebé en sus brazos – apenas cumplió dos años, pero ya está bien grandote.
- Ay que bonitos ojos – decía Daniela pellizcando ligeramente las mejillas del niño que agitaba sus manos y pies.
- Siéntense, nosotros vamos a llevar al niño a los juegos – dijo David, dejándoles el lugar a sus familiares en la banca – ¿No quieren una? – preguntó David a su tío, primo, padre y hermano ofreciéndoles unas latas de cerveza unidas por el empaque del six–pack.
- Yo sí, acá a mi primo se le olvidó poner a enfriar unas coronitas – dijo Arturo.
- A mí también dame una primo – dijo Óscar – como que de repente me entró mucha sed.
- Ah mira qué casualidad – dijo su padre incrédulo – te voy a andar viendo ¿eh?
- Ya apá ¿me va a dejar ir a dar la vuelta o no?
- Pero no más que empieces con tus fregaderas ¿eh? Te quiero aquí cuando se acabe el castillo pa irnos a la casa.
- Vamos pues – dijo Óscar, mirando a su hermana para que fuera con él.
- Voy a ir con unos amigos, si quieren pueden ir – dijo Angélica, esperando a que sus padres no le llamaran la atención por dejarlos solos.
Francisco se abría paso entre codazos y pasos lentos
hasta una orilla de la plaza. Bajo un árbol que cubría a un grupo de chicos de
la luz de las farolas identificó a Martín, el novio de su hermana y varias de
sus amigas.
- Ahorita vengo, voy por Ana – susurró al oído de su hermana perdiéndose entre la gente.
- ¿A dónde va? – preguntó Óscar viéndolo alejarse.
- Por su novia – contestó prácticamente gritando para hacerse escuchar por encima de la música.
Después de minutos caminando por la plaza Angélica
encontró a sus amigos y a Martín, que la miraba expectante con una sonrisa en
el rostro.
- Por poco y pensé que no venías – dijo el chico, tomando ambas manos de Angélica entre las suyas.
- Perdón bebé, es que acaba de llegar visita y nos quedamos a cenar con ellos.
- Hola – saludó Janeth al chico, buscando no estorbar al paso de la gente que caminaba tras ella.
- Hola, ¿de dónde son? – preguntó Martín tras saludar educadamente a Óscar y su hermana.
- Venimos de Tequila – contestó Óscar, mirando por encima del hombro a una amiga de Angélica – ¿me presentas a tus amigas? – dijo éste a su prima.
- Ah… sí – Angélica se dirigía al grupo de chicas que los miraban con escrutinio – hola – exclamó la chica haciendo un gesto de su mano para llamar su atención – ella es mi prima Janeth y mi primo Óscar – el aludido saludó a todas con un beso en la mejilla y a los pocos chicos que había con ellos con un apretón de manos.
- ¿Quieren ir a dar la vuelta? – preguntó Maritza, una de las amigas de Angélica.
- Pos vamos, ¿O se quieren quedar aquí?
- No mejor vamos – dijo Alejandra, otra amiga – ay, ¿si me puedo tomar de tu brazo? Es que entre tanta gente no puedo andar bien en tacones – le preguntó a Óscar al internarse entre la gente.
- Si tú agárrate – dijo éste, ofreciéndole un brazo a la chica.
- ¿Es la primera vez que vienen? – preguntó Laura a Janeth para no lucir descortés con la chica.
- No, venimos casi cada año, pero a veces nada más el domingo.
- ¿Entonces se van a quedar hasta el domingo? – preguntó otra chica.
- Si, lo bueno que son vacaciones. Allá me aburro de no hacer nada.
- Te tardaste, casi me quedo dormida.
- Llegaron unos tíos de Tequila – se disculpó Francisco mientras abrazaba a Ana por la cintura y le besaba el cuello.
- ¿Por parte de tu papá?
- Sí, mi otro tío nunca viene – comentó, pensando en la excusa de trabajo que el hermano de su madre siempre tenía bajo la manga.
- No quiero ir a la plaza hoy – dijo Ana – hay mucha gente y no se puede caminar.
- ¿Entonces qué quieres hacer? – Francisco esperaba que lo que se dibujaba en su mente fuera lo que la chica tendría planeado.
- Vamos al bar arriba del portal, allá anda mi hermana con unos amigos.
- Ahh, bueno – dijo éste con desgana, tratando de no dibujar decepción en su rostro.
Ana lo tomó de la mano para dirigirse al bar. En el
portal había una puerta abierta que por el día estaba remachada por una cadena
y un candado envejecido. Unas oscuras escaleras dieron paso a un iluminado
segundo piso en la parte superior. Francisco miraba desde las alturas como los
focos de los puestos ambulantes y las luces neón de los juegos mecánicos
iluminaban rostros de gente apretujándose en la plaza. La música de la banda en
vivo llegaba amortiguado, pero igual se imponían los ritmos electrónicos de
aquel lugar.
- Vamos a sentarnos – dijo Ana, alejándose de la terraza y dejándose caer en un mullido y viejo sillón al lado de su novio.
- ¿Es esa tu hermana? – preguntó él, viendo a una chicabailando al lado de otras personas,
- Si, anda con sus amigos los gays – comentó ella en tono burlón. Para sorpresa de Francisco, los vestidos entallados y cabelleras lacias eran de hombres cuyo maquillaje y movimientos los hacía confundir con mujeres.
- Wey, se visten mejor que muchas de allá afuera – comentó Francisco mirando disimuladamente por encima de su teléfono.
- Ya sé wey – exclamó Ana – la ‘pepa’ es la si se desquita con muchas viejas – dijo, señalando discretamente a un chico muy delgado convestido de lentejuelas.
- ¿Entonces ya habías venido antes? – preguntó a Óscar sin soltarse de su brazo.
- Pos a veces, cuando a mi apá se le ocurre traernos.
- Angy nuca me dijo que tenía un primo.
- Ah prima, como que me anda negando con sus amigas ¿le doy pena o qué?
- Ay cállate – dijo Janeth apenada, que seguía a su prima encabezando al grupo de chicos que miraban las artesanías en barro y madera de los puestos a ambos lados de la plaza.
- Pues es que ellas nunca me preguntaron, además no es algo que diga así como así – dijo la chica sin exaltarse.
- No pos ya vi, y menos ahorita que andas bien acompañada – Angélica sentía como se le encendían las mejillas, miraba de reojo a Martín que le devolvía una mirada nerviosa – ¿Apoco son novios?
- Óscar cállate – exclamó su hermana avergonzada – ¿a ti que te importa si es novio o no?
- Ya bueno no te enojes, total era una preguntita nada más… Oye primo, ¿no sientes como que está haciendo calor? – preguntó a Martín ante la sorpresa de las chicas al llamarlo así con tanta confianza – ¿No se te antoja una coronita fría?
- Ándale si, ¿ustedes no quieren nada? – preguntó Martín, encaminándose a una tienda tras Óscar.
- Y nomás que andes de mitotera ¿eh? – le advirtió Óscar a su hermana, dándole una botella de refresco que le pidió le comprara.
- No wey, somos como dos razas distintas – dijo Francisco tras darle un trago a su cerveza – él y mi hermano se entienden a la perfección: hablan de caballos, de camionetas y muchas madres más y yo así de ‘what?’.
- Debe ser porque no crecieron juntos – dijo Ana, acurrucándose en los brazos de su novio – además los dos son idénticos a sus padres, no sé por qué te sorprendes.
- Bueno, en eso si tienes razón. Son igualitos de mujeriegos hasta que llega una y los pone en su lugar.
- ¿Cómo tú? – le preguntó Ana al oído.
- Yo no anduve con nadie antes que contigo – aclaró él sorprendido.
- ¿Y en la secundaria cuando te sentabas hasta atrás con Eli para toquetearse?
- ¡¿Qué?! Estás mal del cerebro – exclamó sonrojado.
- No te hagas wey que sí nos dábamos cuenta – Ana se incorporó del regazo de su novio para mirarlo de frente – nada más se veía la manita de Eli de un lado para otro – dijo, llevando su mano de la rodilla derecha de Francisco hasta casi rozar su entrepierna – si supiera que llegué más lejos que ella seguramente se moriría de envidia.
- Y más ya que está casada con un gordo feo.
- Ay sí que horror, un día la vi que iba con una carriola por la plaza, con el panzón a un lado. Ni siquiera me saludó la tipa.
- ¿Por qué las bonitas se quedan con los peores? Si no están gordos son cholos, si no son cholos están gordos o si no están gordos están de plano jodidos.
- Es que están bien pendejas, en cambio las que no tenemos ni cara bonita ni chichis grandes sabemos apreciar lo que nos llega.
- Tú no tienes una cara fea – murmuró Francisco besándola suavemente – si la tuvieras no andaría contigo.
- ¿Entonces es por mis senos?
- La verdad si – dijo él, dibujando en su rostro una expresión similar a la que usaría alguien para confesar una verdad incómoda.
- Bueno, si hablamos de que sólo nos gusta una parte del otro creo que estamos a mano.
Francisco no pudo alegar ante el comentario de Ana, el
sonido de una pequeña explosión los hizo sobresaltarse. El castillo de
llamativas luces iluminaba de nuevo la noche pausando el paso de quienes
caminaban por la plaza.
- ¿A poco ya se van? – preguntó Martín a Angélica y sus primos.
- Ya, mi hermano me está buscando para irnos a la casa – dijo la chica, guardándose el teléfono en el pantalón.
- ¿Pero si te voy a ver mañana? – Martín se aferraba a la cintura de Angélica para no dejarla ir, pero ella obligaba a sus manos a dejar de acariciar el rostro de su novio.
- Si venimos a mediodía te aviso – dijo ella.
- Pero dame un besito antes – susurró Martín - ¿o no te quieres acordar de mí?
- ¿Crees que te voy a olvidar tan fácil?
- Pos no sé… Yo me acuesto pensando en ti hasta que me quedo dormido…
- Yo igual. – susurró Angélica, besando a Martín – Ya me voy, para soñar más tiempo con tus ojitos.
- Y yo con tu carita hermosa – respondió – ahí nos vemos luego – dijo a Óscar y Janeth, que esperaban a su prima.
- Ahí nos vemos primo – dijo Óscar, emprendiendo el paso de regreso a la hacienda – Írala quién te ve… bien abrazada de tu bato – decía Óscar en tono burlón.
- Ya déjala – recriminó su hermana – como ella si puede andar con su novio y tú no…
- ¿Nomás por eso? Ahorita me agarro otra y ya se me quitan las ganas.
- Uuuy, vas a ver con Mariana. Cuando le diga te va a mandar bien lejos.
- ¿Y quién te va a mandar a andar de chismosa, eh?
- Ay ya, no se peleen – dijo Angélica alzando la voz - ¿No ven a Paco? – preguntó, notando que su hermano no se veía por la calle que conectaba la hacienda con la plaza.
- Creo que ahí viene – apuntó Janeth al escuchar pasos rápidos.
- Andabas perdido primo – dijo Óscar al verlo acercarse rápidamente.
- Es que no me dejaban venir. Además hay un buen de gente y tuve que rodear como cuatro cuadras para salir a un lado del portal.
- Nombre, que se me hace que no querías venirte por andar por ahí con tu morra.
- No andes de envidioso, ¿eh? Que si bien sé que nada más de ver dan ganas.
- Oigan ¿les puedo pedir un favor? – Angélica se detuvo delante de ellos para cerrarles el paso – mi papá no sabe que tengo novio – comentó tímida – mi mamá si sabe pero a mi papá todavía no le he dicho, ¿me pueden guardar el secreto hasta que le diga a mi papá?
- No prima, ¿Qué es eso de andar a escondidas? – comentó Óscar – si se ve que el bato anda bien entrado contigo.
- ¿Ya se conocían? – preguntó Janeth.
- Desde la secundaria, pero apenas nos hicimos novios.
- Es que como es la preferida de mi papá es muy celoso con ella, y si se entera de que tiene novio se puede infartar o algo – comentó Francisco con mucha lógica.
- Por mí no te apures – comentó su prima – no voy a decir nada.
- No pos yo tampoco, pero no le vayan a decir a mi apá que me eché unas chelas ¿eh?
- No te apures primo, mañana le seguimos con una botella añejada que tengo por ahí escondida.
- ¿Ya dijiste, eh? Nomás que me vayas a quedar mal.
Tímidas luciérnagas bamboleaban en el viento de la suave
brisa de la noche que presagiaba lluvia. Dentro de la casa se veían luces aún
encendidas, aunque poco ruido les llegaba del interior.
- ¿Luego ónde andaban? – preguntó Arturo al verlos llegar – andaban de borrachos ¿edá?
- No apá ¿cómo cree?
- ¿Y luego porqué huelen a cerveza? – preguntó de nuevo, al identificar el olor de la bebida.
- Es que cuando venía entre la gente se me tiró en la mano porque se echaron a correr por un toro que prendieron en la plaza – comentó Francisco.
- Ah mira, nomás que se anden tapando sus borracheras ¿eh?
- Ay viejo, ya déjalos – intervino Daniela - ¿o qué ya no te acuerdas como tu abuela también los traía y se portaban peor?
- Si primo, acuérdese que nos daba de cucharazos por llegar tarde – comentó David.
- Pos fue por tu culpa – dijo Arturo a la defensiva – ahí andabas bien abrazado de tu flaquita y a mí me acabaron jorobando el lomo.
- Ni digas nada que gracias a mi chula te hiciste de novio con mi comadre y hasta casado acabaste.
- Pos fue lo único bueno, ¿de ahí en más qué?
- Ya, ya cállate. Ya vámonos a dormir que quiero madrugar a ir al rosario en la mañana.
- Pos pregúntales donde vamos a dormir ¿qué tal si nos mandan con las vacas y tu bien apuntada?
- Ay, ¿cómo creen? – comentó Angélica – si ya les tengo listos los cuartos de arriba para que suban sus cosas.
Seguidos de Angélica, sus hijos y la visita caminaban por
el pasillo de piedra bañado por la luna, que proyectaba largas sombras en los
mosaicos debido a los pilares.
- Aquí se van a quedar ustedes – Angélica le mostraba una de las dos habitaciones que tenía una cama matrimonial - y las otras dos son para Óscar y Janeth – dijo, señalando dos puertas a la derecha – el baño es la puerta de ahí y si ocupan cualquier cosa me avisan.
- Gracias Angy, hasta mañana – dijo Daniela, antes de cerrar la puerta tras ella.
- ¿Entonces tu papá no sabe que tienes novio? – preguntaba Janeth fuera del baño mientras Angélica se cepillaba los dientes.
- No – contestó en voz pastosa antes de escupir en el lavabo – es que no sé qué me vaya decir si le digo que tengo novio.
- Ay primis, ¿y si se entera por otro lado?
- No sé Jany, me da miedo que me regañe y que me diga que lo deje… Pero es que si le hubiera pedido permiso y me hubiera dicho que no… no sé… quiero mucho a Martín.
- Eso todos lo notaron – comentó Janeth.
- ¿Y tú no tienes novio todavía?
- Uy no prima – contestó con desdén – ni quien se me quiera arrimar.
- Ay no digas eso – Angélica se recargaba en uno de los pilares de piedra para disfrutar de la frescura de la noche – quien sabe y encuentras a alguien en la fiesta…
- ¿Cómo mi mamá, mi tía y tú? – preguntó incrédula – no creo tener la misma suerte – comentó, caminando vacilante a su habitación – hasta mañana.
- Hasta mañana – contestó Angélica, preguntándose si estaba destinada a repetir la historia de su madre.
