- Ya levántate wey – decía una voz susurrante palmeándole la espalda. Francisco se removió entre las sábanas para sorprenderse al ver que ni siquiera el sol había salido.
- ¿Qué hora es? – preguntó, entornando los ojos para ver el rostro borroso de su hermano.
- Siete quince – contestó David – ándale cámbiate y te esperamos abajo mientras echamos los costales a la camioneta.
Francisco vio que su hermano había dejado en el piso ropa sucia al igual que unas botas desgastadas. Al cambiarse notó que la ropa que su madre había encontrado para él estaba áspera pero aun así de su talla. Al bajar las escaleras hasta el patio principal vio que su padre y hermano llevaban puestas ya unas botas de hule mientras subían unos costales vacíos algunos trozos de cuerda.
- Te va a tocar ir atrás – dijo su hermano, al ver que el espacio en la cabina no sería suficiente para los tres. Francisco no dijo nada, subió de un salto a los costales para ponerse cómodo en su trayecto hacia el azufrado.
El paisaje de los sembradíos de caña cambiaba por completo antes de que saliera el sol: los rayos de luz los bañaban con una resplandeciente luz especial, pero en aquella ocasión era el cielo gris lo quemagnificaba el color verde de las plantas gracias al rocío de la madrugada. Sentado y recargado en la cabina de la camioneta sentía el frío de la mañana, pero a diferencia de otras veces disfrutaba del frescor del amanecer: un frío que le inyectaba vida. Al llegar al sembradío de caña en el que iban atrabajar, Francisco bajó de la camioneta para apreciar de todo el verdor que sus ojos podían abarcar y perder la mirada en el cielo disfrutando de un espectáculo que nunca había visto: frente a él los primeros rayos de sol amenazaban con romper las nubes de lluvia, pero en un cerro que tenía a sus espaldas, la luna comenzaba a ocultarse.
- Nada más nos faltó la mitad de este lado – comentó David a su hijo Francisco con un movimiento de su mano – te voy a dejar la navaja para que vayas abriendo los costales y llenes los botes – Francisco escuchaba atentamente a su padre, mismo que se explicaba claramente ya que su hijo no estaba acostumbrado a esos trabajos – ahorita nos vamos a llevar los mandiles cargados, y ya cuando tengas el bote lleno te lo llevas contando seis zurcos pa’ arriba y te metes, dejas el bote y los costales a medias donde veas la manguera de la bomba.
Francisco sólo asintió, su tarea era prácticamente sencilla como su padre le había explicado, pero sabía de sobra que ninguna tarea en el campo era fácil.
- Deja tu teléfono en la camioneta – dijo su hermano, amarrando un costal por sus esquinas con un pedazo de cuerda que rodearía su cuello y cintura para soportar la carga de abono – si no se te va a echar a perder.
- Ey, déjalo en la guantera – dijo su padre, anudándose al cuello un pañuelo para que la cuerda no lo lastimara.
- A ver apá, hágase flaco – comentó David, ajustando lo más posible la cuerda que mantendría el mandil para regar abono fijo a su cintura.
David abrió el primer costal de abono para llenar el mandil de su padre, mismo que sintió el peso de 25 kilogramos hacer efecto sobre su espalda, lo que lo obligó a erguirse para mantener el equilibrio. Su hermano bajó de la camioneta para cargar en su hombro el resto del costal y llevarlo a donde comenzarían a fertilizar la tierra. Francisco notó que elsulfato de amonio para fertilizar la caña parecía sal, aunque su aroma se notaba claramente más ácido.
- Te llevas el bote lleno – exclamó su padre, emprendiendo el paso tras su hijo, internándose al pelillo crecido de la caña.
Francisco tomó uno de los costales sellados de la camioneta y lo arrastró lo más que pudo a la orilla: nunca había imaginado que sería tan difícil cargar 50 kilogramos en un saco de plástico. Con la navaja abrió torpemente el costal para llenar hasta el tope el bote en el piso. Cuidando que el costal no se tirara al piso llevó el bote hasta donde su padre le indicó, sólo le bastaron unos cuantos pasos para empaparse las piernas por completo con la gélida hierba. Caminando a pasos irregulares por los zurcos de la caña, Francisco llegó hasta donde estaba la manguera de la bomba. Cuando alzó la mirada, notó que su padre y hermano venían de regreso un zurco más arriba, rápidamente se dirigió a la camioneta para cargar con el resto del costal, sin embargo notó que sería aún más difícil ya que no estaba acostumbrado a cargar tanto peso y menos sobre su espalda. Con un esfuerzo en el que las piernas amenazaban con quebrarse, se echó el costal sobre un hombro, sintiendo un inusual ardor sobre sus manos al contacto de su piel con la textura rígida del costal.
- Échame el bote – dijo David, abriendo con sus manos el costal vació que cargaba frente a él. De nueva cuenta Francisco cargó el bote a una altura todavía más alta para que su hermano pudiera continuar en un zurco más arriba que el que su padre cubría.
- Ahorita que te vengas te traes el agua – comentó su padre, ajustándose el mandil a la cintura.
Francisco se encaminó de nueva cuenta a la camioneta con rapidez, se apresuró a abrir otro costal y llenar la cubeta. Cargando en una mano una bolsa de plástico con dos botellas de refresco rellenas con agua y en la otra el bote con abono, sentía como sus dedos comenzaban a quejarse por la excesiva carga de peso, enrojeciéndose por la agarradera de metal del pesado bote.
- Cuando te vengas subes la cubeta y el costal dos zurcos – comentó su padre, secándose delicadamente la frente para que no le entrara abono a los ojos o la boca – y dejas el agua en la sombra pa’ que no se caliente si sale el sol – Francisco se limitó a asentir. Camino a la camioneta notó un ligero ardor en sus manos: había algunas pequeñas cortadas y raspones por el pelillo de la caña que le ardían por el contacto con el abono.
La repetitiva tarea hizo que sus pies dentro de las duras botas, sus manos cortadas por el pelillo y sus brazos adoloridos por la carga le recriminaran por el esfuerzo que nunca antes había realizado. El sudor que sentía escurrirse por su espalda y pecho hasta el vientre no era nada comparado con el que humedecía el rostro de su padre y hermano, que se deshacían de los costales mostrando unas manos y cuellos enrojecidos.
- Si te hubieras venido con nosotros el otro día, fácil hubiéramos acabado todos los costales – comentó David dirigiéndose a su hijo, quitándose con cuidado la camiseta bajo la camisa de manga larga para que el abono impregnado por el sudor no llegara a tocar su rostro
- Pero pos ahorita nos hizo mejor tiempo – comentó su hijo, sentándose en la tapa de la camioneta para quitarse las botas de hule, que tras un sonido de succión dejaron ver una considerable cantidad de agua – ya ve que le ganamos a que saliera el sol – Francisco dirigía la mirada al cielo, su color gris le gustaba más que cuando estaba disperso de nubes.
- Mete los costales al bote pa’ lavarlos allá abajo – dijo David. Francisco juntó los costales dispersos para bruscamente dejarlos en la cubeta.
Su hermano puso en marcha la camioneta para bajar por un corto camino y encontrarse con un pequeño lago rodeado de árboles que brindaban una frondosa sombra. Su padre se quitaba las botas y los calcetines, acercándose al lago para lavarse los pies y los brazos. Su hermano llenaba la cubeta con agua para lavar cada uno de los costales para después llenarlos con pastura para los caballos u olotes para que el niztenco hirviera los frijoles o calentara el pozole. Los hombres trabajaban en silencio mientras Francisco caminaba vagamente buscando señal en su teléfono.
- Échale unas cubetadas de agua a la camioneta para que no se oxide – decía su padre, dejando escurrir las botas de hule y caminando descalzo a la camioneta para buscar una camiseta seca dentro.
- ¿No va a dejar los costales en el limón apá? – preguntó David, quitándose la camisa para enjuagarla en el pequeño lago.
- Hay que llevárnoslos para el establo – contestó su padre – pa’ cuando molamos la pastura pa’ los caballos.
- Mañana en la tarde vengo a tumbar ese zacate cabezón – murmuró David, más para él que para su padre y hermano al mirar un callejón cubierto por la hierba.
- Pos ya vámonos – dijo su padre, tras darse cuenta de que su estómago le pedía alimento.
- ¿Te quieres ir adelante? – preguntó David a su hermano
- No, aquí se ve mejor el paisaje – dijo, volteando el bote para sentarse en él.
- Ámonos apá – comentó David, dando un salto a la parte trasera junto con su hermano.
Su padre puso en marcha el vehículo acompañado de una bandada de aves que dejaban un guayabo sembrado hace años al lado de un lienzo de piedra.
- Por ahí me dijeron que ya tienes novia, ¿es cierto?
- ¿Fue Angy, verdad? –preguntó Francisco, sabiendo de sobra la respuesta.
- ¿Entonces sí? – David acomodaba los brazos tras su cabeza para amortiguar los ligeros golpes de la camioneta contra el metal tras su paso por caminos empedrados.
- Si wey, me le declaré a Ana.
- ¿Y por eso andas de contentote? – David lo miraba por debajo de su sombrero con una sonrisa de complicidad – ¿Ya te la llevaste a la plaza a bailar?
- Uy carnal… Si supieras…
- ¡Ah mendigo! – exclamó David sorprendido, golpeando con un puño el brazo de su hermano – Se han de dar tus buenas agasajadas ¿edá?
- Pues si le doy sus buenos besotes…
- Eso carnal, nada mejor que traerse a una morra así cerquita pa’ que no se te salga del corral ¿te la vas a llevar a la plaza en la noche?
- Pues a huevo – dijo Francisco, poniéndose en pie y recogiendo los costales para doblarlos cuidadosamente.
- ¿Qué se traen, eh? – preguntó su padre al llegar a la hacienda, al ver a sus dos hijos intercambiando miradas de complicidad.
- Nada apá, aquí hablando de las que nos traen de un ala – comentó David, quitándose los calcetines escurridos por la humedad de la parcela donde habían trabajado. Sus blancos pies entumecidos por el frío contrastaban con el enrojecimiento de sus manos.
- ¿Cómo? ¿Apoco ya andas tras una muchacha? – preguntó a su hijo, el que se rascaba la nuca con timidez.
- Uy apá… ya hasta se la hizo de novia
- ¡Apoco! – exclamó su padre sorprendido – ¿No más a eso viniste, edá? A andar de volado con las muchachas – comentaba en un falso tono de recriminación, quitándose la camisa para sacudirla.
- Era mi amiga desde la secundaria, ¿no te acuerdas?
- ¿La muchachita que venía a cada rato? – David recordaba vagamente a Ana cuando realizaba tareas en equipo en su casa o a la que se refería su hijo cuando le decía que saldría a la plaza o cualquier otro lado.
- Si, ella – confirmó Francisco apenado.
- ¿Pero pos ella también está en Guadalajara, no?
- Creo que si – contestó su hijo.
- ¿Y cómo le vas a hacer? ¿La vas a ver allá o qué?
- No sé… – Francisco hasta ese entonces no se había enfrentado a ese dilema: sabía la historia de su madre y el tiempo que se alejó de su padre aun estando embarazada para concluir sus estudios. Y aunque ambos estaban en una comunicación más estrecha que cuando eran amigos, sabía que sería duro sólo verse una vez por semana – a lo mejor voy a venir cada fin de semana.
- Pos mejor – comentó su hermano al escuchar la plática mientras se quitaba el pantalón empapado – le das sus buenos besos con más ganas. Como cuando mi apá era novio de mi amá ¿Se acuerda?
- Ey… Pero pos aquí lo bueno es que puedes ir y venir.
- ¿Acaban de llegar? – preguntó Angélica saliendo de una puerta trasera que conectaba la hacienda con el patio y el establo.
- Apenitas – contestó su esposo dejando las botas de hule escurriendo recargadas en un tronco envejecido.
- Qué bueno, para que se vengan a desayunar – dijo, mirando especialmente a Francisco que no estaba acostumbrado a madrugar y mucho menos a desayunar a deshoras.
En la cocina la mezcla de aromas se hacía presente como cada vez que Angélica y su suegra se internaban en ollas e ingredientes para despertar el apetito de la familia.
- Terminas de desayunar y te bañas para que te duermas otro rato – dijo su madre, posando delicadamente su suave mano sobre el hombro de su hijo.
- Te echas una buena jeteada y nos vamos en la noche a la plaza – dijo David, tras darle una mordida a su taco de frijoles fritos – Es más, nos vamos todos, yo les invito la cubeta.
- ¿Ya dijiste, eh? – Francisco sabía que su hermano era un hombre de palabra, y más cuando se trataba de una fiesta y alcohol de por medio.
- Llevas a tu novia, te quiero ver bailando toda la noche, ¿eh? – dijo su padre, sirviéndose café caliente.
- A ella casi no le gusta bailar – comentó su hijo, sintiendo comezón en las palmas de sus manos por el abono.
- ¿Y luego? – su padre se sorprendía al saber que una chica no le gustaba bailar en días de fiesta, y más con música de banda en vivo cada día del novenario.
- No sé, no le gusta – contestó encogiendo los hombros.
- Nomás abrázala fuerte y dale sus buenos besos – dijo su hermano – ya como se mueva es lo de menos.
- Pues se mueve muy bien…
- ¿No que no le gustaba bailar pues?
- No le gusta la banda – dijo rápidamente – somos más de música electrónica – comentó, esperando que nadie notara el comentario anterior.
- Pos aunque no quiera te la llevas a la plaza – dijo su hermano, levantándose de la mesa y estirando su brazos para descansar de su espalda. Francisco notó que alrededor del cuello de David se notaba un enrojecimiento mayor que el de sus manos, provocado por la fricción del cuello de la camisa con el peso del costal – te la llevas a dar vueltas al cuadro hasta que se mareé.
- Ya dejen que se vaya a descansar – dijo su madre – ahorita que te salgas de bañar voy a darte una friega de alcohol en las piernas para que no te aporrees.
- ¿Quieres que te planche algo para la noche? – preguntaba su madre, masajeando la espalda del chico suavemente con alcohol.
- No má – contestó, sintiéndose adormilado a pesar del ligero dolor punzante de sus pantorrillas.
- Ya se vienen los meros días, ¿si compraste tu estreno? – en Estipac había la costumbre de estrenar alguna prenda en los días de la fiesta, más que por mera presunción era para celebrar el comienzo de un ciclo eucarístico y vivir de alguna forma la renovación que la iglesia celebraba.
- No… – murmuraba, perdiendo la cara entre las sábanas y la almohada fresca dejándose llevar por el aroma mentolado de la crema que su madre le untaba en las plantas de sus pies y las manos, calmando así el ligero ardor de las pequeñas cortadas.
- Bueno, ya después le digo a tu padre a ver si nos lleva a Cocula o a Villa Corona, para que te pongas bien guapo para tu novia.
Francisco no contestó, la voz de su madre le llegaba amortiguada. Sólo sentía que sus sentidos eran inundados con un aroma que lo adormecía, haciéndolo caer en un profundo sueño por varias horas.
- Ay hijo, que bueno que te levantaste a comer – decía su madre, al verlo entrar a la cocina – ándale siéntate, ahorita te hago tus enchiladas – Francisco apartó una silla para dejar caer su cara entre sus brazos con los ojos cerrados.
- ¿A poco tienes sueño? – preguntó su abuelo, retirándose de la mesa.
- Es que se fue con su papá a tirar el abono, lo pusieron a cargar los costales al pobre.
- Ahh, con razón – dijo Don David – pero cuando te vayas en la noche a la plaza ni te vas a acordar que te duelen las zancas.
- Y menos se va a acordar con la muchacha que se hizo de novia – comentó su madre, sirviendo un plato extendido cuatro enchiladas dignasde una revista de cocina.
- ¿Ya tienes novia hijo?
- Pues nomás a eso vine abuelo – comentó Francisco, tomando una de las servilletas de papel del centro de la mesa – No iba nada más a traer a mi hermana, ¿o sí?
- A que muchacho… – murmuró su abuelo con una sonrisa pícara – no más no vayas a andar de ojo alegre ¿eh?
- Abuelo ¿Cómo cree? Si yo no engaño ni con el pensamiento. Dios me libre – agregó, persignándose rápidamente de forma exagerada.
- Ándale pues, nomás que te vea con una y otra y otra te voy a meter una cueriza.
- Ya abuelo, va a ver que ni la voy a soltar en toda la noche.
- Más te vale muchacho – advirtió su abuelo, antes de salir por la puerta de la cocina ajustándose el sombrero.
- ¿Entonces que te vas a poner? – preguntó su madre de nuevo, dispuesta a plancharle las camisas otra vez con tal que se luciera con Ana.
- No sé má, al rato veo.
- Ay hijo, ojalá y se me haga verte casado pronto con esa muchacha.
Francisco sentía que se atragantaba con el agua de jamaica que bebía, sentía un fuerte dolor en el pecho por tragar rápidamente el bocado de comida de la impresión que su madre le causó con sus palabras.
- ¿Casarme? – preguntó incrédulo, mirando a su madre a los ojos con el gesto que alguien utilizaría para mirar a alguien que juraba venía del espacio.
- ¿Por qué no? Eres guapo, estás estudiando y ya tienes novia.
- Si crees que voy a hacerme como David estás equivocada madre – contestó éste, limpiándose la camisa de pequeños trozos de lechuga y queso – quiero… no sé, esperar a que se den las cosas.
- Bueno también…. – dijo su madre pausadamente – pero si sabes que eres feliz con Ana no deberías pensarlo mucho.
- Mamá, apenas tengo veinte ¿crees que me gustaría casarme y dejar de… no sé… salir por las noches, dormir tarde… cosas así?
- Creo que si hijo… yo… – Angélica intentaba recobrar las palabras adecuadas para su hijo, mismas que llegaron vagamente a su boca – perdóname, debe ser porque tu padre y yo… y también tu hermano nos casamos jóvenes.
- Madre, cuando me vaya a casar te juro que vas a ser la primera en saberlo.
- Dios te oiga hijo, ya tengo ganas de que otro bebé llegue a la casa.
- ¿Por qué no tienen otro hijo? Tú y mi papá son jóvenes todavía – comentó Francisco como lo más lógico del mundo.
- Ay no hijo, ya estoy grande para tener otro…
- Te apuesto que cuando menos te lo esperes David va a venir y te va a decir: “Amá ¿Qué cree? ¡Va a ser abuela otra vez! Mi chula ya está esperando otro” – dijo, imitando grotescamente el tono de voz de su hermano.
- Ay ojalá, para que Armandito tenga un hermano y no crezca sólo como tu padre.
- ¿Por qué mi papá no tuvo hermanos? – preguntó Francisco. Nunca había pensado que pudo haber tenido más tíos, además de Arturo.
- Pues tus abuelos también estaban jóvenes, la verdad no sé…
- ¿Y sus abuelos? – Francisco intentaba desviar el tema de conversación para no caer en la plegaria de su madre de que le diera un nieto pronto.
- Pues si te acuerdas que doña Margarita murió cuando estabas chico, ¿verdad? – Francisco asintió, prestando absoluta atención a su madre – y pues su abuelo murió antes incluso de que nos conociéramos – comentó, sintiendo como la garganta se le secaba.
- O sea, sí sé de ellos y he visto fotos y todo, ¿pero los papás de mi abuela?
Su madre no contestó de inmediato, desvió la mirada de esos ojos verdes que tanto le encantaba ver para posarlas vagamente en sus manos que se anudaban nerviosamente.
- Los papás de tu abuelita no eran muy cercanos a ellos – contestó, bajando su tono de voz – tus abuelos se veían a escondidas y… cuando no los dejaron casarse, tu abuelo se trajo a doña Estela a Estipac.
Francisco miraba a su madre y escuchaba todo aquello anonadado: la trama de cientos de películas mexicanas en las que se veía a un hombre a caballo robando de casa de sus padres a una chica para que viviera con él tomaba un nuevo significado. Su abuela había abandonado a sus padres para unir su vida con la del hombre que amaba, aunque eso significara que su hijo creciera sin conocer a sus abuelos maternos.
- ¿Nunca los conoció? – preguntó Francisco en un hilo de voz. Sabía que su familia estaba rodeada de secretos y misterios que la gente del pueblo consideraba interesantes como tema de plática en la sobremesa.
- A su abuelo no – dijo su madre, haciendo un esfuerzo para que su voz no se quebrara – murió también cuando era chico, pero si llegó a ver a su abuela.
- ¿Y… qué pasó? – Francisco preguntaba deseando saber más, si había abierto la caja de pandora era para hacer que los demonios dentro saltaran al exterior por completo.
- Su abuela los llamó – decía, buscando el recuerdo que enterró entre tantas memorias desde hace años – estaba en un asilo para ancianos… No sé mucho porque no estaba ahí pero… creo que tu bisabuela le dio a doña Estela el dinero cuando vendió su casa.
Francisco miraba a su madre fijamente tratando de encontrarle sentido al relato que acababa de escuchar: su bisabuela había muerto en un asilo de ancianos y su abuela se había reencontrado con ella sólo para recibir una herencia en vida.
- ¿Dónde vivían? – preguntó el chico, obligando a su voz a pronunciar palabra.
- En San Martín – contestó su madre rápidamente, como si fuese un dato listo para ser dicho – como a una hora más delante de Cocula.
- ¿Es lo mismo que… con mis abuelos y mi papá? – preguntó temeroso. Para nadie era un secreto que los padres de su madre se habían distanciado de sus vidas en Estipac porque Angélica se había casado con David. Muestra de ello era el semblante serio que adoptaba su abuela cuando su hermana y él hablaban de su padre.
- No flaquito, sabes que mis papás están ocupados con su negocio en Guadalajara y casi no tienen tiempo de venir.
- ¿Ellos no querían que te casaras con mi papá?
- Me embaracé muy joven de tu hermano – contestó, eligiendo sus palabras con cuidado – ellos querían que siguiera estudiando, pero no podía dejar sólo a un bebé ni estar lejos de tu padre.
- Entonces los Montero estamos destinados a que nos odien por querer – comentó Francisco a tono de conclusión, exhalando un gran suspiro y echando su cuello hacia atrás de la silla con los ojos cerrados.
- No hijo… Ve a los papás de Erika: se llevan muy bien con tu hermano, y Erika se lleva de maravilla con nosotros.
- Eso espero, porque si es algo así como una maldición en la familia mejor me voy de monje – comentó, recobrando su sentido del humor.
- ¡Ay no! – exclamó su madre – quiero que me des muchos nietos y que salgan tan bonitos como tú cuando naciste.
- Todos nacemos bien hinchados madre, como sapos bien horribles – dijo, lavando sus trastos de la comida en el fregadero.
- Tú no, cuando naciste abriste tus ojitos en cuanto escuchaste la voz de tu padre. Parecías de esos bebés que salen en los anuncios de pañal, con tus pompitas bien rositas.
- ¡Madre! – exclamó Francisco apenado.
- Bueno ya, súbete a descansar otro rato. Ya oíste a tu padre, te quiere ver baile y baile con Ana en la plaza.
Francisco no contestó, subió al segundo piso de la hacienda donde se encontró a su hermana leyendo un libro viejo en una silla disfrutando del suave viento de la tarde.
- ¿Cansado? – preguntó la chica sin levantar la mirada.
- Algo – dijo, sentándose en el barandal y recargándose en el pilar de piedra mientras los dedos de sus pies descalzos jugueteaban entre sí.
- Si yo fuera tú descansaría un rato, no creo que a Ana le guste que te quedes dormido tan pronto – comentó.
El chico la miraba con odio resistiéndose las ganas de jalarle el cabello, golpearla en el hombro o al menos hacerle una señal obscena, pero al saber que lo pagaría muy caro con su padre se contuvo; por lo que sólo se limitó a regresar a su habitación.
- Hola doña Aidé, ¿está Ana? – preguntó Francisco ante la puerta de la casa de su novia.
- Si, pásate – la señora miraba a Francisco con gesto serio y una mirada que se multiplicaba tras sus lentes – ponte cómodo – señaló la señora, con un tono educado que alguien usa para las visitas indeseables.
- Gracias – dijo éste, sentándose con la espalda recta y esperando dar una buena impresión tratando incluso de no respirar demasiado rápido o sonoramente.
- Abue, voy a ir a la plaza – dijo Ana – mirándose por última vez frente a un espejo del pasillo de la sala.
- No te vengas tarde – dijo su abuela, sin quitarle la mirada de encima al chico.
- Hasta luego señora, que pase buenas noches – comentó Francisco en un tono que lo sorprendió a él mismo – wey tu abuela me da miedo – dijo a la chica tras salir a la calle.
- Naaah, así ve de feo a todo el mundo – comentó Ana, tomando el brazo del chico para ponerlo alrededor de sus hombros – mejor dime, ¿a dónde quieres ir hoy?
- Pues mi hermano dijo que iba a comprar una cubeta de cervezas – comentó éste – si quieres cenamos primero y llegamos a la chela gratis ¿no?
- Va – comentó Ana conforme con el plan. Si bien no tenía relación alguna con el hermano de su novio le agradaba la idea de estar con Francisco en un lugar fijo a diferencia de caminar en círculos por la plaza.
- ¿Y tu hermana?
- Debe andar con su novio – contestó – con su charrito.
- ¿No te dan celos? – preguntó Ana mirando a su novio, sabiendo que sus ojos expresaban más que lo que sus labios pudieran decir.
- ¿Por qué celos? Que ande con quien quiera – comentó, restándole importancia.
- ¿Y tu mamá que dice? ¿no te dijo nada porque ando con sus bebesito hermoso? – Ana pellizcaba las mejillas de Francisco mientras éste dibujaba un falso puchero en su rostro.
- Cállate, que hoy me dijo que ya me quería casar.
- ¿En serio?
- Si, que horror – dijo éste, abrazando por la cintura a Ana al adentrarse en el mar de gente que caminaba en el reducido espacio al apreciar los puestos que acaparaban la mayor parte de la calle principal de la plaza.
- ¿Y no quieres casarte… algún día?
- ¿Tú quieres? Porque todavía alcanzamos la iglesia abierta.
- ¡No seas payaso! – exclamó Ana, golpeándolo en las costillas
- ¿Qué? Así podríamos seguir haciendo travesuras sin caer en pecado mortal.
- ¿Pecado? – preguntó Ana extrañada – Si eso es pecar hay que vernos en el infierno, ¿no?
- Ay que rico… – Murmuró, besando el cuello de Ana a la par que daban pasos vacilantes entre la gente. Al chico no le importaba atraer las miradas de los presentes, sólo vivía ese momento para saborear la piel de su novia y perderse en el aroma de su pelo.
En la plaza la multitud se congregaba buscando un espacio libre entre bancas o de pie para pasar la velada. Los jóvenes en su mayoría inundaban el cuadro principal tapizando de confeti de colores los adoquines al cubrir el cabello de las muchachas que caminaban en círculos alrededor del kiosco.
- Hola flaquita – saludó Martín a Angélica, que con sus amigas fuera del templo se alejaba del bullicio y la gente.
- Hola amor – contestó ella, con voz dulce.
- Mira, ojalá y te gusten – Martín le ofrecía dos rosas a la chica con una sonrisa tímida y expectante.
- Gracias – contestó, sonriendo y tomando la mano de su novio – ¿vamos a dar la vuelta?
- Pos vamos – dijo éste, aferrándose a la cintura de la chica para internarse en el mar de gente por una de las esquinas de la plaza. Rostros iban y veían entre la multitud, hasta que la chica vio a su padre y su madre sentados en una de las bancas acompañado de su hermano, su cuñada y su sobrino.
- ¿Me cambias de lado? – preguntó Angélica, deteniendo sus pasos – es que no me siento cómoda cuando me echan confeti.
Martín asintió, cambió de lugar con la chica sin dejar de tomar su mano entre las suyas para alejarla de chicos de su edad que miraban a las muchachas del pueblo desfilar ante ellos. Angélica esperaba que entre tanta gente su padre no la viera con su novio, sin embargo era su madre la que llamaba la atención de su esposo al hablarle al oído por la fuerte música.
- Si supieras cuantas veces te vi dar vueltas en la plaza desde la secundaria – murmuraba Martín en su oído – por fin se me hizo besar tu boquita.
- ¿Y por qué no me habías hablado antes? – preguntó ella, caminando al alentado paso de la gente.
- Tenía miedo de que mandaras a la fregada – contestó él, sintiendo un calor en sus manos a pesar del frescor por el cielo nublado.
- ¿Te digo una cosa? – Angélica susurraba al oído de Martín, una sensación que al chico le hacía sentir que sus piernas se doblaban – también me gustabas en la secundaria.
- Uy flaquita, de haber sabido no me hubiera aguantado tanto – dijo éste, abrazando a la chica por la cintura.
La banda amenizaba con sus canciones una noche donde las estrellas no brillaban y las nubes amenazaban lluvia. Francisco caminaba de la mano de Ana en la plaza buscando a sus padres y hermano, esperando que hubiesen apartado algún lugar para ellos.
- ¿No son los de allá? – Ana señalaba entre la gente a su madre, que se dejaba abrazar por un brazo de su esposo.
Francisco no contestó, intentó hacerse paso hasta donde estaban para tomar asiento después de un largo rato de pie.
- Hola – saludó Ana en un tono tímido que Francisco adivinó ella fingía muy bien. La familia de su novio se limitó a hacerle señas con las manos o con la cabeza para saludarla, ya que era imposible que la escucharan por el volumen de la música.
- ¡Carnal! Ofrécele una – gritó David, señalándole una cubeta con hielos que había frente a ellos.
- ¿Quieres una? – preguntó a la chica, que afirmó con un rostro casi angelical que nunca antes Francisco había visto. David se aproximó a destaparlas con un destapador de su llavero, un gesto que su hermano adivinó solo hizo para ver a su novia de cerca. Pasaron unos cuantos minutos en silencio hasta que Ana preguntó.
- ¿Qué te pasó en la mano? – Francisco sabía que se refería al enrojecimiento por el trabajo que realizó en la madrugada y las cortadas por la afilada hoja del pelillo.
- Hoy fui con mi papá a regar abono al azufrado – comentó, rodeando a Ana con un brazo, a lo que ella respondió subiendo sus piernas a las de él – como la hoja del pelillo es muy filosa, me corté y el abono me enrojeció más.
- ¿Pero no te duele?
- ¿Por qué? ¿Me vas a dar besito como a los niños chiquitos?
- No es mala idea – dijo Ana, antes de tomar el rostro de Francisco entre su rostro y besarlo profundamente. Francisco le correspondía acariciándole la cintura hasta que se dio cuenta de que su madre estaba a escasos centímetros de ellos.
- ¿Qué pasó? – preguntó Ana confundida.
- No te pases, aquí están mis papás – comentó, evitando voltearse para no ver si sus padres lo habían visto.
- ¿Y qué? Malo si hubieran visto lo bien que te ves sin ropa.
- Wey cállate – exclamó en un susurro con los ojos excesivamente abiertos.
- ¿Una rosa pa la muchacha joven? – Un vendedor de flores que buscaba parejas se había aproximado a ellos ofreciéndoles rosas envueltas en plástico que había puesto prácticamente debajo de la nariz de Francisco.
- No gracias – decía la chica, fingiendo un tono apenado que no dejaba de asombrar a su novio.
- ¡No seas codo cabrón! – exclamó su hermano de pie a unos pasos de él, cargando a su hijo con un brazo y con el otro sosteniendo una cerveza. Francisco sentía que su cara se encendía de pena al ver que todos lo miraban: su madre con la ternura con que lo vio dar sus primeros pasos y su hermano, padre y cuñada con expectativa.
- ¿Cuáles quieres amor? – preguntó con voz temerosa.
- Éstas están bien – contestó Ana, tomando un par de rosas envueltas en plástico ligeramente húmedas que el vendedor cargaba en una pequeña cubeta – Gracias – agregó dándole un beso a Francisco en la mejilla mientras pagaba al vendedor.
- ¿Qué es eso hijo? – Francisco escuchó perfectamente la voz de su madre aun por tanto ruido – Bésala bien, con ganas.
Francisco miró la risa burlona de su hermano y la de su padre. Miraba de reojo a Ana, quién encogió los hombros y tomó el rostro del chico para besarlo con sus labios jugueteando sin importarles que medio mundo los viera.
- ¿Vez que fácil era? – murmuró Ana, mirando los claros ojos de su novio.
- Claro, como no vas a tener que aguantar las burlas de mi hermano se dice fácil.
- Váyanse a bailar – dijo el padre de Francisco, interrumpiendo su charla improvisada – No se queden aquí sentados, ¡Ándenle!
Francisco miró Ana buscando su aprobación, ella se puso de pie para internarse en el mar de gente que caminaba por la plaza. Al pasar frente a su padre, Francisco notó que éste hacía una señal con sus brazos, dando a entender que abrazara a Ana por la cintura, una acción que llevó acabo enseguida.
- Como se nota que no eres de rancho – dijo Ana en el oído de Francisco, meciéndose al torpe paso de su novio.
- Bueno, no puedo ser perfecto.
- También te muerdes las uñas, hablas con la boca abierta y te picas la nariz –comentó, rodeando con sus brazos el cuello de Francisco.
- O sea que soy un asco – concluyó Francisco.
- No del todo, tus ojos superan todo lo anterior.
- ¿Y qué hay de lo demás? – Francisco hablaba con sus labios a centímetros de los de ella, sintiendo su cálido aliento.
- ¿En verdad quieres que te responda?
La chica acariciaba con sus manos el pecho de Francisco mientras éste la besaba con una respiración eufórica. Ella estuvo tentada a despojarlo de su camisa y él a ver los senos desnudos de la chica, sin embargo el estruendo del castillo encendiéndose los sacó de su apasionado estupor.
- No sabía que tenías parientes en Estados Unidos – dijo Angélica, caminando tras otra pareja que se tomaba de la mano al igual que ellos.
- Tengo unos tíos que viven en Utah – contestó Martín – por eso entramos al templo con la procesión de los hijos ausentes.
- Como mi papá es de la asociación de charros, nosotros entramos antes a misa – comentó ella, dejándose abrazar por un brazo de Martín.
- Mi papá una vez me dijo que si nos íbamos a Estados Unidos – dijo él – con eso de que mis tíos ya viven allá, teníamos a donde llegar.
- No pensé que tenías papeles para ir…
- Pos no tenemos, mi papá quería cruzarse – comentó el chico, palabras que hicieron que Angélica se sobresaltara.
- ¿Pero por qué arriesgarse? – Angélica no daba crédito a lo que su novio comentaba, la naturalidad con la que le decía que estuvo a punto de exponerse en la frontera le causaba escalofríos.
- Pos es que a mi papá le iba mal con lo de las tierras y yo lo tenía que ayudar…
- Lo bueno es que no tuviste que irte a ningún lado – Angélica había interrumpido el discurso del chico, cuya voz comenzaba a sonar pausada y torpe – ¿hasta tienen un negocio, no?
- Pues sí, hasta eso nos ha ido bien – Martín se alegraba de que la chica cambiara el tema de conversación – no es mucho el trabajo que sale, pero como ahorita nos está yendo bien, y pos estuvo mejor porque allá no iba a encontrar a otra muchacha tan bonita como tú.
A Angélica le alegraba saber que Martín y su padre habían encontrado una alternativa de trabajo para no tener que buscar fortuna en Estados Unidos. Sabía por medio de su padre de hombres que dejaban a sus familias para irse a la frontera, de la que regresaban con menos esperanzas con las que se habían ido.
- Wey ya me cansé – comentaba Francisco tras una sesión de repetidos movimientos acompañados por la música de la plaza – me duelen las piernas bien horrible.
- ¿Quieres ir a sentarte? – Ana se echaba hacía atrás el cabello para mitigar un poco el calor, mismo que acrecentaba entre la multitud.
- Se me ocurre algo más confortable – susurró él, mordiendo suavemente los labios de Ana – ¿Ya no te acuerdas como era mi cuarto, verdad?
- Es la excusa más tonta que pudiste haber dicho – dijo la chica, metiendo sus manos a las bolsas traseras del pantalón de Francisco para presionar sus glúteos.
- ¿Quieres ir o no? – preguntó éste, perdiéndose en el reflejo de las farolas de la plaza que se dibujaban en sus ojos.
- Te tardaste mucho – comentó ella, pellizcando el trasero con fuerza de Francisco.
Con unos pasos rápidos que se pausaban debido a la cantidad de gente que se congregaba en la plaza, Francisco se abría paso hasta la calle que conectaba con el portón de la hacienda. Rápidamente abrió la puerta ignorando a un par de ebrios sentados sobre la banqueta para ingresar al patio. Frente a la puerta principal, Ana recorría el pecho de Francisco con sus manos, subiendo hasta su cuello y bajando hasta el pantalón, sintiendo una erección firme por encima de sus pantalones. Dentro de la sala el chico condujo a Ana rápidamente por las escaleras para subir a la segunda planta, donde la luz de la luna iluminaba los pasillos proyectando las sombras de los pilares de piedra. En la habitación Ana desabrochaba uno a uno los botones de su camisa sin dejar de besar a Francisco, dejando ver sus senos presionados bajo un sostén negro. El chico se despojó de su camisa para abrazar por la cintura a Ana y llevarla hasta la cama, donde ella enlazó sus piernas alrededor de la cintura de su novio mientras éste revolvía el cabello de Ana e inhalaba el aroma de su piel. Francisco bajaba con sus labios desde los senos de la chica hasta su ombligo para detenerse en la pelvis, desabrochaba el pantalón de Ana cuando una voz desde el piso de abajo hizo que su lengua se detuviera en seco y su sangre hirviente se congelara por completo.
- ¿Hijos, ya llegaron? – preguntaba su abuela desde abajo con una voz somnolienta.
- Mi abuela – susurró aterrado Francisco, mirando a Ana con los mismos ojos abiertos de pánico.
- ¿Qué vamos a hacer? – La chica se abrochaba rápidamente el sostén mientras Francisco se fajaba la camisa, alisándola lo más que podía.
- Entra al baño y cámbiate, no salgas hasta que te diga – dijo éste, prácticamente empujándola al pasillo e indicándole el cuarto de baño una puerta a la izquierda de su habitación – Estoy aquí arriba abue.
- ¿Por qué tan pronto? ¿Ya se acabó el castillo? – preguntó Estela, asomándose al pie de la escalera.
- No abue, es que mi novia quería entrar al baño y la estoy esperando.
- Ay mijo, hubiera usado el baño de aquí abajo para que no subiera hasta allá.
- Es que… no queríamos despertarlos – dijo éste, caminando sigilosamente para tocar la puerta del baño, indicándole a Ana que saliera.
- Ay mijo, ¿y cómo quieres que duerma con tanta cohetiza? – Francisco le dio la razón a su abuela: vivir prácticamente a una cuadra de la plaza garantizaba que la música de la plaza y el ruido de la pólvora no los dejara dormir tranquilamente.
- Gracias – comentó Ana a Francisco con una naturalidad y pena bien fingida – disculpe señora, no la queríamos despertar, por eso usé el baño de arriba.
- Ay niña ni te apures – dijo Estela, haciendo un ademán con sus manos para restarle importancia – le decía a Paco que con el ruidajo de la plaza no se puede uno dormir a gusto.
- Bueno, entonces ya me voy, debes estar cansado – comentó Ana en un tono de voz tan dulce que a Francisco tomó por sorpresa.
- ¡No niña! ¿Cómo te vas a ir sola? Mijo acompáñala a su casa, todavía falta para que sean las doce.
- Bueno, entonces nos vemos al rato.
- Buenas noches señora – comentó Ana como despedida, tomando la mano de Francisco hacia la salida. La chica notó que su novio tenía las mejillas encendidas y sudaba ligeramente – Por poco y te desheredan – dijo ella, abrazando la cintura de Francisco.
- Se me olvidó que mis abuelos estaban en la casa – dijo éste, lamentándose de haber estado tan cerca de experimentar de nuevo esa sensación de recorrer cada centímetro del cuerpo de su novia.
- Será para la próxima – comentó Ana, tocando la puerta de su casa al ver que había luz en su interior – La próxima vez que te diga que estoy sola espero y vengas a verme.
- Si me prometes una sorpresa como la última vendré corriendo – Francisco besó a Ana mientras el campanario de la iglesia anunciaba las doce de la noche, hora en la que su familia regresaba a casa.
- Entonces me vas a dejar con las ganas – murmuró Ana, perdiéndose en las gemas verdes que tenía en frente.
- Nada más por hoy – comentó éste, palmeando el trasero de la chica rápida pero suavemente – te veo mañana – se despidió, guiñándole un ojo de forma seductora.
