La incesante lluvia de la madrugada se había encargado de refrescar las calles de Estipac, El nublado cielo de la comunidad se atiborraba de nubes grises que hacían más agradables las labores del campo.
En la hacienda, las actividades se realizaban con normalidad: David madrugaba para ordeñar las vacas mientras su padre e hijo daban de comer a los caballos. Las mujeres en la cocina removían ollas, calentaban tortillas y licuaban ingredientes para servir el desayuno.
Después de una soledad casi total, a las 10 de la mañana la familia comenzaba a aparecerse por la cocina para desayunar.
- Mira chula, la gallina se enculecó otra vez – dijo David, mostrándole a su esposa tres huevos que depositó con cuidado en un recipiente de metal sobre el pratil.
- ¿No se los vas a dejar? – preguntó ella, guardando las primeras tortillas calientes en un tortillero tejido.
- Le dejé otros cinco, a ver si se le logran con esta agua –contestó su esposo. Él como cualquier hombre que supiera de aves de corral, sabía que las gallinas no empollaban cuando las lluvias se hacían presentes.
- Buenos días – saludó Angélica, acomodándose el cabello en una coleta.
- ¿Cómo amaneciste mija? – preguntó su padre, tomando los brazos que la chica había rodeado en el cuello de su padre para darle unos sonoros besos en la mejilla.
- Bien, oye… ¿por qué no fuiste ayer a la plaza? – preguntó, al recordar que cuando habían llegado a media noche, su padre ya estaba dormido.
- Llegué bien cansado del azufrado – contestó, separando una silla de la mesa para su hija – me fui a regar abono con un mozo en la tarde y ya llegamos tarde.
- ¿Pero si acabaron? – preguntó la chica, agradeciendo a su abuela que le servía frijoles fritos con pollo y unas quesadillas.
- Nos faltaron diez costales – contestó, tomando una tortilla a la que agregaba sal y chile recién hecho – pero esos ya mañana me los llevo con tu hermano.
- Hijo ya siéntate a desayunar – comentó Estela al ver a Francisco de pie en la cocina, recargado en el pretil revisando su celular – ya deja tu teléfono, ya está tu plato.
Francisco no replicó, se guardó el celular en una bolsa de su pantalón y se sentó al lado de su hermana.
- ¿Me vas a llevar a Cocula entonces, flaquito? – preguntó su madre a Francisco, que se tallaba los ojos para despertar por completo.
- Pues sí, ¿o cuando era?
- Uy vale, andas perdido – comentó su padre en tono burlón.
- No estoy borracho si eso piensa ¿eh? – dijo Francisco a la defensiva.
- ¡Nombre! Si anduvieras borracho apuesto a que ni con brujería te levantan.
- Amor, me dejas las llaves de la camioneta – dijo Angélica a su esposo – no creo que en el carro de Paco quepa todo lo que voy a comprar.
- ¿Pos qué te vas a traer? – preguntó éste, dándole a su hijo las llaves de uno de los vehículos de la familia: una camioneta familiar que funcionaba como transporte para largas distancias. Además, los Montero poseían una camioneta de carga adaptada con barrotes de metal para recoger el rabo de la caña o cargar costales de abono.
- Pues todo lo de la fiesta de los jornaleros: los refrescos, el desechable, toda la verdura…
- ¿Llevas dinero? – preguntó su esposo de nuevo, una pregunta que tenía respuesta por sí sola ya que su esposa se encargaba de las finanzas de la hacienda.
- Si, igual llevo la tarjeta para sacar del banco – contestó, sirviéndose el desayuno junto a su suegro, que acababa de entrar a la cocina
- ¿No va a venir David a desayunar? – preguntó el señor, sentándose en una de las sillas de madera.
- No ha venido – comentó Angélica, dejándole en la mesa una taza de humeante café – pero ya tengo listo por si viene – agregó.
Cuando David comenzó su vida de casado con Erika había cambiado la rutina de llegar cada mañana a desayunar para después regresar al ingenio. Desde el nacimiento de su hijo, sólo pasaba a saludar o para ofrecerse en las tareas del campo.
- ¿A qué hora nos vamos a ir? – preguntó Francisco, terminado su desayuno y levantándose de la mesa.
- Ahorita ya – dijo su madre, antes de tomar un sorbo de su canela caliente – nada más acabo de desayunar y nos vamos – comentó.
Unos minutos después Francisco esperaba recargado en la camioneta a que su hermana y madre salieran de la casa. Su hermana se había cambiado de camisa y su madre cargaba con una pequeña bolsa de mano donde Francisco sabía sólo cargaba su celular y la cartera, además de otras cosas inútiles (según él) como un pequeño espejo, una lapicera, un rosario, folletos de varios negocios y una máscara para pestañas.
- ¡Con cuidado! – exclamó su padre desde la puerta de la cocina. No es que desconfiara de su hijo, simplemente no quería ver salir a su familia sin decirles nada antes de partir.
- ¿Nos vamos por los ranchos o por la carretera? – preguntó Francisco, ajustando el retrovisor y el asiento a su gusto.
- Por donde quieras – contestó su madre – si quieres mejor vete por los ranchos – corrigió rápidamente – nos vamos a tardar más pero así no nos encontramos con tantos carros en la carretera.
Francisco sólo asintió, puso en marcha el vehículo y se encaminó por un pequeño tramo empedrado que después dio paso a una carretera rodeada por plantíos de caña y maíz.
- No sabía que ya habían pavimentado – comentó Angélica desde el asiento trasero después de tomar algunas fotografías con su teléfono.
- Si ya la arreglaron – apuntó su madre, sin apartar la mirada de la carretera – cuando llovía se inundaba el camino porque la presa se llenaba – dijo, señalando el lado izquierdo del camino, donde el cielo gris se reflejaba en un quieto cuerpo acuático del tamaño de una hectárea.
- Ah sí, me acuerdo que salió en las noticias – comentó Francisco, dando un fugaz vistazo a su izquierda – ¿los desalojaron, no? – preguntó a su madre.
- Si, los pobres casi pierden sus casas – dijo, mirando con pena las pequeñas construcciones a pie de carretera – ¿Y cómo les fue ayer en la noche? ¿Qué banda estuvo? – preguntó, cambiando de tema rápidamente.
- Pues la de aquí – contestó Francisco – ya sabes que nada más traen bandas buenas cuando son los meros días – dijo, enfatizando el ‘buenas’ con sarcasmo y dibujando unas comillas con sus dedos.
- ¿Bailaste hija? – Angélica miraba como a su hija se le dibujaba una sonrisa risueña, por lo que la respuesta ya no era necesaria.
- Al que le fue mejor fue a Paco – dijo su hermana – lo vi muy juntito a Ana toda la noche.
- Ay hijo, ¿apoco? – El chico no había visto a su madre con una mirada de sorpresa que no dibujaba frente a él en mucho tiempo – ¿Apoco ya es tu novia?
- Si má – contestó Francisco, aferrándose con fuerza al volante con ambas manos para extinguir las ganas de estrangular a su hermana.
- ¿Y cómo fue que se hicieron novios? Porque pues ya la conocías desde hace mucho…
- Justamente por eso… – contestó Francisco nervioso. A su mente había vuelto la imagen de Ana desnuda junto a él y esa sensación de no querer separarse de su piel nunca. – Como nos conocimos taaaan bien le pedí que fuera mi novia.
- Pues ya te habías tardado – dijo su madre, sonriendo abiertamente – si ya decía yo que hacen bonita pareja desde que eran amigos en la secundaria.
Francisco no respondió, su rostro sólo reaccionó con unas mejillas encendidas. Si le dieran una moneda por cada ocasión que había escuchado a alguien preguntar o insinuar que su mejor amiga era su novia, pasaría sus vacaciones de verano en una playa europea de las que siempre quiso conocer.
- ¿A dónde llegamos primero? – preguntó el chico, al ver las primeras casas que le anunciaban la llegada a otro municipio.
- Busca un lugar en la plaza – comentó su madre, alistando su bolso para salir del auto – primero compramos lo de la fiesta y luego llego por mi mandado.
Tras varias vueltas a la plaza y sus cuadras aledañas, Francisco estaba pensando seriamente en fingir una lesión en la pierna para estacionarse en un lugar para discapacitados. Fue entonces que encontró un espacio desocupado junto a un desbordado bote de basura.
- ¿A dónde vamos primero? – preguntó de nuevo, poniéndose sus gafas oscuras, a pesar de que el sol apenas comenzaba a mostrar sus primeros rayos.
- Acá está la surtidora – comentó su madre, emprendiendo el paso por una calle con gran fluidez de gente.
Angélica recordaba varias tiendas vagamente: una zapatería donde su padre le compraba el calzado para la escuela cuando era niña, una nevería con pintura desgastada en su fachada y la tienda de vestidos de novia y quince años donde vio por primera vez el vestido que usaría en su fiesta años atrás.
- ¿Me esperan aquí afuera? – los dos chicos asintieron en silencio, era mejor esperar de pie en la banqueta de la gran bodega a estar expuesto al olor de cebollas, chiles, ajos y demás especias que vendían al mayoreo. Francisco revisaba las notificaciones de su teléfono y Angélica cruzó la calle para ver unas flores artificiales que colgaban de un alto gancho, formando una cascada de colores vibrantes.
- ¿Por qué no te vi ayer en la plaza? – preguntó ella a su hermano, cansada de sólo ver a la gente andar como hormigas por la calle.
- Llevé a cenar a Ana hamburguesas – contestó – y fuimos a ver los puestos que habían llegado.
- A mi Martín me invitó unos tacos – comentó la chica, más que nada para no caer en el silencio de nuevo.
- Que elegante – dijo Francisco con sarcasmo – con tu refresco en bolsita y tu mesa en la calle.
- No seas grosero – exclamó, mirándolo con odio – fue muy atento y lindo conmigo.
- Angy, no te ofendas pero no me importa lo que cenes con tu charrito. ¿Quieres una nieve? – dijo, antes de que su hermana se tentara a tomar un ladrillo de una construcción cercana y le golpeara la cara con él.
Su madre había salido de la bodega acompañada de un hombre que cargaba en un diablito de metal varias cajas de madera y un costal.
- ¿Ya mami? – preguntó la chica, mordiendo una paleta de limón.
- Vamos a llevar esto a la camioneta – dijo, indicándole al robusto hombre el camino hacia el vehículo.
Francisco acomodaba las compras que el cargador dejaba en la parte trasera para ahorrar espacio. Después de acomodar la última caja, Angélica le dio una propina al señor que aceptó gustoso tras caminar tres cuadras con una pesada carga.
- ¿Ahora a dónde? – Francisco miraba por el retrovisor a una patrulla de la policía que hacía unas rondas por la plaza, esperando a que se moviera para poder salir de su lugar.
- Vamos para abajo – indicó su madre con una señal de su mano, guardando la factura de compra en su monedero.
- ¿Qué van a hacer de comer para la fiesta? – preguntó su hija, al identificar varias verduras y especias en la parte trasera de la camioneta.
- Birria y pozole – comentó su madre – por eso llevo tanta verdura.
- ¿Y a qué vamos a llegar ahorita?
- A una abarrotera por los refrescos – contestó su madre – aquí los dan más baratos que comprarlos sueltos.
Para su suerte, Francisco encontró un lugar reservado para clientes frente al negocio, donde ambos esperaron sentados en la banqueta.
- ¿Quiere que la ayude señito? – preguntó un hombre joven con una camiseta que lo identificaba como trabajar del lugar.
- No gracias, ahorita que mi hijo las suba – comentó.
Francisco terminó con los brazos adoloridos tras cargar varias botellas de refresco empaquetadas en paquetes de seis, se limpió el sudor de la frente con el cuello de su camiseta y volvió a subir al vehículo.
- ¿Ya acabamos? – preguntó, encendiendo el aire acondicionado del vehículo para mitigar su calor.
- Ya, nada más llegamos a Bodega Aurrera por mi mandado para la casa.
Francisco exhaló un suspiro de alivio. Al estacionarse caminó a pasos lentos hacia la entrada de la tienda para cerrar los ojos y disfrutar del aire acondicionado en su espalda.
- Quítate de ahí, te va a hacer daño – dijo su madre, a la par que su hermana lo empujaba por el trasero con un carrito.
Los dos seguían con un aburrimiento mortal a su madre, que repasaba mentalmente la lista de los faltantes en casa.
- Ay hijo, tú deberías salir en estas botellas, no este feo – comentó su madre al ver en un envase de shampoo a un modelo con cabello brilloso y mirada seria. El chico no contestó, estaba tan acostumbrado a que su madre le hiciera saber que era guapo comparándolo con otras personas que desde hace tiempo le daba igual.
- Galán, ¿me bajas uno de esos? – preguntó Angélica a su hermano, señalando un tubo de plástico con dulces dentro y una cabeza de león que funcionaba como silbato.
- ¿Para qué lo quieres chaparra? – Francisco miraba los dulces que contenía, en la mayoría caramelos suaves y paletas pequeñas.
- Se lo voy a llevar a Armandito – contestó.
- ¿No van a llevar nada para botanear? – preguntó su madre, agregando unas botellas de aceite y varias pastas al carrito.
- ¿Qué se te antoja? ¿Unas papas? – Francisco miraba en un estante donde había varios sabores de papas, donde él tomó un paquete grande de unas sabor queso.
- Mejor algo frío – dijo la chica, arrastrándolo por el brazo hasta unos refrigeradores – ¿Un helado con galletas, va?
- Ay que sabrrrrroso – comentó, éste – ¿De chocolate?
- Ay no, mejor napolitano – dijo Angélica – tiene tres sabores.
- Pero cuando lleguemos a la casa va a llegar bien aguado – dijo éste – mejor de un solo sabor para que no se mezclen.
- ¿Nada más de uno?
- Pues tú llévate uno y yo otro – comentó Francisco como si fuera lo más lógico del mundo.
- ¿De qué quieres?
- Chocolate, ¿tú?
- Vainilla – dijo ella, tomando el correspondiente envase de helado.
Después de pagar, Francisco se resignaba a cargar pesadas bolsas hasta la camioneta de nuevo, buscándoles el mejor lugar para no aplastar botellas ni romper empaques.
- ¿Qué van a hacer en la tarde? – preguntó Angélica a sus hijos.
- Yo me voy a dormir un rato – dijo Francisco – voy a cargar pilas para irme a bailar toda la noche. Para que no me esperes despierta madre.
- Pues tu padre y yo también vamos a ir a la plaza un rato – dijo su madre.
- Que padre – comentó Angélica desde el asiento de atrás.
- ¿Hace mucho que no salían? – preguntó Francisco al volante.
- Pues a veces. Cuando estaban ustedes chiquitos dejamos de salir, pero ahorita ya nos damos nuestros paseos más seguido.
- ¿A dónde te ha llevado?
- A varios lugares: hace un mes fuimos a la hacienda de tu tío Arturo, a la fiesta en Santa María y a Tlaquepaque.
- Que bien – dijo Francisco, sólo por comentar algo.
La mayoría del trayecto ocurrió en silencio. Angélica miraba fotografías tomadas en su teléfono mientras su madre repasaba los tickets de compra. Al llegar a la hacienda Francisco y su padre descargaban las compras para dejarlas en la cocina y así poder dedicarse a una tarde libre.
- ¿No van a cenar aquí? – preguntó David a sus hijos, al verlos listos para salir a la plaza.
- No pá, allá compramos algo – dijo Francisco, acicalándose el cabello.
- Pero cenan, ¿eh? sobre todo tú, que estás bien flaquita – dijo, viendo a su hija con unos pantalones ajustados que la hacían ver más delgada.
- ¿Y tú estás muy guapo, eh? – dijo su hija. David se había vestido como su esposa desde hace años lo recordaba: sus botas lustrosas y cinturón hacían juego con un pulcro pantalón que nada tenía que ver con los que usaba para el trabajo, su camisa a cuadros con mangas dobladas dejaban ver unos brazos formados por el trabajo del día a día y su mirada de ojos verdes se intensificaba en un rostro enmarcado por una barba recortada – no te vayan a robar papi.
- Si tu madre no se pone abusada, en una de esas me andan llevando…
- Si por eso no te voy a soltar – comentó su esposa – ¿crees que te voy a andar dejando sólo?
- Vez, ya tengo quien me cuide – dijo su padre, abrazando por la cintura a su esposa.
- Ya nos vamos pues – dijo Francisco – nos vemos allá – agregó, empujando a su hermana por la espalda hacia la salida.
A pesar de ser miércoles, la plaza se llenaba de gente cada día más: ya sea para visitar el templo de Cristo Rey, ver los puestos de artesanías o llevar a sus hijos a los juegos mecánicos que se apropiaban de un espacio considerable en la plaza. Angélica buscaba con la mirada a sus amigas en el lugar de costumbre, cuando las encontró, notó que Martín estaba con ellas.
- Hola – saludó la chica agregando un gesto de su mano al notar que el volumen de la música era alto.
- Hola flaquita – dijo Martín, tomándole la mano tímidamente – ¿Vamos a dar la vuelta? – la chica sólo se limitó a asentir ignorando a sus amigas tras de sí. Caminar entre el tumulto de gente se volvía más complicado, ya que personas simplemente permanecían de pie, dificultando el traslado de quienes salían o entraban de la plaza – Ah mira – Martín se detuvo de repente al recordar algo – antes de que se me olvide, ojalá y te gusten – dijo, dándole a Angélica dos rosas envueltas en plástico transparente.
- Son muy bonitas – dijo ella sorprendida – muchas gracias.
- No tienes que darme las gracias – apuntó él, acomodándose el sombrero y mostrándose nervioso – si me das un besito estamos a mano – dijo. La voz suave del chico hacía que las piernas de Angélica se convirtieran en gelatina y su corazón en un motor a la máxima potencia.
Martín posó sus labios delicadamente en los de la chica mientras acariciaba su cintura. Ella sentía con sus manos la espalda de Martín deseando que ese momento no terminara nunca, pero un estruendo en el cielo los hizo separarse.
- Perdón – dijo la chica – es que desde chiquita me daban miedo los cohetes.
- No te apures, si quieres vamos a ver los puestos – comentó éste, tomando de la mano a Angélica, que seguía sus pasos a duras penas entre la gente.
- ¿Ya cenaste? – preguntó ella, lejos del bullicio de la gente y donde la música llegaba amortiguada.
- ¿Quieres ir a cenar? – Martín estaba dispuesto a complacer a la chica en todo lo que ella pidiera o insinuara para verla feliz.
- Bueno, es que ahora quería invitarte a cenar, ayer tu pagaste y…
- ¡Nombre! ¡Cómo crees que voy a dejar que pagues tú! – dijo Martín, abrazando a Angélica por el hombro y besándole la mejilla.
- Es que me da pena contigo…
- No flaquita, pena es la que siento por los demás que no pueden ver tus ojitos así tan cerquita como yo – le murmuró Martín al oído. Angélica no sabía cómo reaccionar ante tal cumplido: cada vez que Martín le hablaba con un tono de voz más dulce de lo normal o cuando la nombraba flaquita, chula o princesa sentía que una ligera corriente eléctrica le despertaba cada poro de la piel – ¿Qué se te antoja cenar? – preguntó él, después de cubrir el lado izquierdo del cuello de su novia de besos.
- ¿Una hamburguesa está bien?
- Lo que tú quieras flaquita.
- Bueno, vamos – contestó ella un poco apenada, dejándose llevar entre la gente para dirigirse a uno de los únicos locales que servían hamburguesas, a diferencia de la mayoría, que apostaba por la comida mexicana.
Para sorpresa de ambos había poca gente en el improvisado restaurante, sólo algunas parejas en mesas dispersas que veían una televisión empotrada en la pared o que se centraban en su charla.
- Gracias – dijo la chica a una regordeta mesera que les había servido la cena – las rosas están muy bonitas – dijo Angélica, buscando un tema de conversación para no tener que cenar en silencio absoluto.
- No me voy a cansar de decir que nada es más bonito que tú – dijo Martín, abriendo su lata de refresco.
- Tus ojos también son bonitos – comentó la chica, haciendo que Martín dibujara una sonrisa tímida, una visión más que tierna para Angélica.
- ¿Vives con tu hermano en Guadalajara, no? – preguntó Martín cambiando el tema de conversación. Le gustaba ver las mejillas encendidas de la chica, pero supuso que a ella no le gustaba que la adularan demasiado.
- Si – contestó, dándole una de sus papas a Martín en la boca – y con mis abuelos, papás de mi mamá – agregó – lo bueno es que me voy a quedar todas las vacaciones aquí.
- ¿Pero te voy a seguir viendo, verdad? – preguntó Martín de nuevo, al ver que no había contemplado la idea de que la chica viviera en la ciudad la mayoría del tiempo.
- Creo que sólo cada fin de semana – dijo, evitando dibujar una cara de tristeza.
- No le hace flaquita – dijo Martín, tomándole la mano – así me guardo más besos pa’ dártelos toditos juntos – el chico besó la mano de Angélica acariciándola suavemente – ¿y tu hermano allá estudia también?
- Si, para abogado – contestó – aunque supongo que también va a querer venir cada semana.
- ¿Por qué? – preguntó Martín, fingiendo interesarse en el hermano de su novia.
- Porque tiene novia – dijo Angélica – una chava de aquí, se llama Ana.
- ¿Es una alta de pelo así como café clarito?
- Si, ¿la conoces?
- No, pero creo que es la que está con tu hermano allá atrás.
Angélica extrañada por el comentario de Martín se giró para descubrir en el fondo del pequeño restaurante a una pareja que se besaba frenéticamente: Ana estaba prácticamente sentada en las piernas del chico mientras éste recorría con sus manos la espalda de su novia.
- ¡Paco! – exclamó Angélica. El aludido abrió completamente los ojos al escuchar una voz familiar.
- Angy… – susurró sorprendido. Francisco miraba anonadado a su hermana mientras Ana intentaba arreglarse el cabello disimuladamente – ¿Aquí estabas?
- Si, y por lo que veo tú llevas mucho rato aquí – comentó con sarcasmo – hola Ana – saludó a la chica, que trataba de no mirar a Angélica y su novio.
- Hola – saludó vagamente con un gesto de su mano.
- ¿Van a cenar? Porque nosotros ya nos íbamos – dijo torpemente Francisco, poniéndose en pie.
- En eso estamos – dijo Angélica – ¿Por qué no van a bailar a la plaza? Allá los veo.
- Nos vemos luego – dijo Ana, limpiando rastros de lápiz labial del cuello de Francisco y saliendo apresuradamente tras pagar la cuenta.
- Uy… se ve que cuidas mucho a tu hermano – dijo Francisco en tono burlón
- Que oso – dijo la chica, al ver que varias personas en el lugar la miraban de reojo.
- Ni te apures, ahorita que vayamos a la plaza vas a ver como se te va a olvidar tu hermano.
Angélica terminó con rapidez su cena para salir de ese lugar. Martín la llevaba de la mano entre la gente buscando un hueco entre las parejas que bailaban al compás de la música.
- Tu pelo huele bien bonito – decía Martín, meciéndose suavemente con Angélica en sus brazos.
- Me gusta tu perfume – comentó ella, rosando las mejillas de Martín con las rosas que le había regalado.
- ¿Me prometes que vas a venir a verme cada semana?
- Te lo prometo – dijo la chica – ¿Cómo crees que podría estar lejos de tus besos?
- Y yo de tus ojitos… – murmuraba Martín con los ojos cerrados, inhalando el aroma del cuello de la chica. A pesar de pasar tanto tiempo de pie con sus zapatos altos, Angélica se sentía reconfortada entre los brazos de Martín, que no dejaba de susurrarle las canciones románticas de la banda al oído y besar delicadamente su cuello. Justo a las doce de la noche el castillo comenzaba a llenar con sus colores la noche: vibrantes tonalidades acompañadas del retumbar en el cielo de los juegos pirotécnicos congregaba a todo el pueblo en la plaza.
- Ya me tengo que ir – dijo Angélica, mirando en el teléfono el mensaje de su hermano.
- Mañana va a tocar la banda aquí a medio día, ¿vas a venir? – preguntó el chico suplicante.
- Sólo si me dejas invitarte un refresco mañana.
- Conste ¿eh? Pero antes de que te vayas dame un besito – decía éste, tomando por las manos a Angélica para estar con ella un momento más.
- Uno chiquito – dijo la chica, acercando sus labios a los de Martín por última vez aquella noche.
- ¿Me vas a dejar con las ganas de darte otro?
- Por lo menos hasta mañana – comentó ella – adiós – dijo vagamente, caminando lejos del chico pero sin darle la espalda por completo.
- Hasta mañana flaquita – murmuró, siguiendo con la mirada a su novia que se perdía entre el mar de gente congregada en la plaza.
Caminando por las calles adoquinadas, Angélica notó la silueta de su hermano recargado en un poste. Francisco notó la presencia de la chica y trató de no verse demasiado apenado.
- Pensé que Ana no se iba a despegar de tu cuello – comentó Angélica, acelerando el paso con su hermano tras ella.
- Bueno este… tú sabes…
- No, no sé lo que sea que quieres que sepa – comentó ella, por alguna razón disfrutaba ver a su hermano preocupado.
- ¿No le vas a decir nada a nadie, verdad?
- No, pero vas a hacerme un favor
- ¿Qué?
- Escóndelas donde puedas para que no las vea mi papá – dijo Angélica, dándole las dos rosas que le obsequió Martín.
- ¿Y dónde quieres que me las meta o qué?
- Yo no sé – dijo ella, restándole importancia.
Francisco las metió por debajo de su camisa para presionarlas con su brazo. Sentía ligeramente clavarse las espinas en la parte izquierda de su abdomen, pero sabía que era mejor no quejarse del dolor.
- ¿Acaban de llegar? – preguntó Angélica a sus padres, al verlos en la sala.
- Apenas – contestó su madre dejándose caer en el sillón junto a su esposo y refugiándose en su regazo – es que tu padre va a madrugar mañana a tirar el abono que les hizo falta.
- No es mucho, pero aun así vamos a madrugar pa’ ganarle al sol.
- ¿Y David? – preguntó Angélica, al no ver a su hermano en la plaza de nuevo.
- Ya se fue a su casa – contestó su padre – como me va a ayudar mañana se fue pa’ levantarse temprano.
- Pues llévate a Paco para que terminen más pronto – comentó Angélica, mirando a su hijo perderse en la pantalla de su teléfono.
- ¿Quieres ir con nosotros mañana vale? – preguntó su padre, mirando unos ojos idénticos que le devolvían la misma mirada de somnolencia.
- Ahh, si – contestó éste, luchando por no quedarse dormido en la sala.
- Ya súbete a dormir pues – dijo su padre – que mañana tu madre te busque ropa pa’ irnos temprano y llegar a desayunar.
Francisco y Angélica les dieron las buenas noches a sus padres antes de subir a sus habitaciones. El chico sacó las flores de su hermana mirándose los pequeños rasguños que surcaban por su piel tersa.
- La próxima vez que quieras algo más que un beso de Ana váyanse a otro lado – dijo Angélica en tono de recriminación.
- ¿La puedo traer aquí? – Preguntó Francisco en tono divertido para aligerar el momento, sin embargo la reacción de su hermana era diferente: ella intentó golpearlo, provocando que éste entrara rápidamente a su habitación para ponerse a salvo.
