Angélica miraba nerviosa a su hermano, mismo que sólo le hacía señas con la mirada para que hablara con su madre, que veía la televisión aquella tarde.
- Mami… – murmuró Angélica con una voz apagada.
- ¿Qué pasó? – preguntó con un ligero sobresalto, sin desviar la mirada de la televisión.
- Este… ayer… estaba en la plaza con unas amigas y llegaron unos amigos de la secundaria que desde que salí no veía…
- Uhmm – su madre miraba fijamente la pantalla a la par que Francisco veía la escena conteniendo la risa.
- Y este… Empecé a platicar con un chavo que no veía desde hace mucho, y entonces…
- Asshh, a ver… Madre: un wey quiere ser novio de Angélica y ella quiere ser su novia, pero no le quiere decir a mi papá, ¿ya?
La reacción de ambas ante tal declaración era como Francisco la esperaba: su madre lo miraba sorprendida mientras que su hermana lo hacía con reproche e ira.
- ¿Ya tienes novio hija? – preguntó su madre, olvidándose de la telenovela de inmediato.
- No mami – apuntó Angélica, mirando con odio a su hermano, que regresaba a navegar a la laptop que tenía sobre su estómago – un chavo que era mi amigo de la secundaria me pidió el día de las paseadoras que si quería ser su novia y yo le dije que no sabía porque tenía que pedirle permiso a mis papás y pues no sé… – comentó, agregando un tono suplicante al final de su rápida explicación.
- Ay hija – su madre la miraba con una sonrisa expectante – sabes que tu padre es a veces muy sobreprotector contigo, pero no creo que tenga inconveniente – le dijo con una voz tranquilizadora que surtió efecto de inmediato en su hija – A ver cuéntame – Angélica apagó la televisión para sentarse junto a su hija en un sillón frente a Francisco – ¿está guapo?
- Si – confesó ella con pena – tiene unos ojos cafés muy bonitos.
Su madre la tomó por las manos emocionada, haciendo que su sensación de alegría se transmitiera al instante, provocando gritos ahogados de emoción.
- No me dejan concentrar – exclamó Francisco sin levantar la mirada, volviendo a ver su dashboard de Tumblr.
- ¿Entonces le puedo decir que sí? – preguntó la chica emocionada
- ¡Claro que sí! Nunca te había visto tan contenta… Pero oye, no me dijiste como se llama.
- Ay madre, primero le dices que sí pero no sabes con quién – comentó Francisco desde el sillón – en serio… – agregó, con un falso tono de recriminación.
- Es Martín Vidrio, estaba conmigo en la secundaria – dijo Angélica, esperando a que su madre lo reconociera.
- No me acuerdo, pero su apellido me suena – comentó su madre, intentando buscar en su memoria al nombre que su hija le mencionaba – ¿y tú qué? – preguntó de repente a Francisco, quien se sobresaltó cerrando la laptop con rapidez, pensando que lo habían descubierto viendo gifs eróticos.
- ¡¿Qué, yo qué?!
- ¿Para cuándo te buscas una novia? Ya tengo ganas de tener otro nieto, ¿eh? – dijo su madre.
- Pues dile a David – dijo éste con tranquilidad, volviendo a abrir su computadora – ya tiene uno, dígale que se aviente el otro para que Armandito tenga con quién jugar.
- Ay hijo, tan guapo y sin novia – comentó su madre, como si lamentara la soledad de su hijo.
- Si pobre – dijo Angélica con sarcasmo, a la par que su hermano exageraba una fingida cara de tristeza.
- Cuando voy a la plaza nadie me pela – comentó éste, sin apartar la mirada de la pantalla.
- Ay mijo, ¿luego están ciegas o qué? Hoy en la noche te plancho tu camisa más bonita para que te vayas a la plaza ¿eh?
- Ay no má, no me siento cómodo con camisa de manga larga
- ¿Y cuando seas abogado qué? ¿Vas a andar así en camiseta y shorts?
- Ya sé que no, pero está haciendo calor y no tengo ganas ni de usar calzones.
- Ay como cuando eras niño – dijo su madre – y tenías como tres años te quitabas toda la ropa y te metías a la pila del agua de los caballos a bañarte.
- Ay por Dios – murmuraba Francisco, cubriéndose la cara con las manos de vergüenza – ya madre, plánchame todo lo que quieras pero no vuelvas a contar eso ¿ok? – dijo Francisco, odiando ver a su hermana sonreír a causa de la venganza instantánea.
- Hija, ya vete a arreglar – comentó su madre, al ver el reloj, que marcaba las casi las ocho de la noche, tiempo del día en que los últimos rayos de sol bañaban a la hacienda.
- ¿Tan pronto? – preguntó Francisco sorprendido – ¿Vas a mudar de piel o qué?
- Voy a bañarme, plancharme el pelo, pintarme las uñas…
- No pues mejor nace otra vez – comentó éste, poniéndose en pie a la par que su hermana le arrojaba un cojín a la cara.
Francisco siguió navegando en internet: contestaba algunos mensajes de Facebook y reblogueaba fotografías de autos, arquitectura, chicas semidesnudas y paisajes cuando su hermana le avisó que el baño de arriba ya estaba desocupado.
- ¿Apenas? Pensé que ya era domingo otra vez – comentó éste, quitándose la camisa y buscando ropa interior limpia en su armario.
Tras una fugaz ducha, volvió a su habitación para buscar una camisa que pudiera usar con los pocos pantalones limpios que tenía, para su sorpresa su madre cumplió su cometido de planchar todas sus camisas y colgarlas delicadamente en su armario. Paseándose descalzo por la habitación notó que la camioneta de su hermano entraba por el portón para estacionarse junto con la camioneta de carga y su auto.
- ¿Ya nos vamos? – preguntó Francisco a través de la puerta a su hermana, mientras se abotonaba los puños de las mangas.
- Ya casi acabo – contestó – pásate si quieres – Francisco entró a su habitación y notó que había más calor que afuera, en parte por la secadora y la plancha con la que su hermana se había alaciado el cabello.
- Pareces de las que da el clima en las noticias – comentó Francisco, sentándose al borde de su cama al ver a su hermana con un vestido hasta la rodilla y zapatos altos – pero más lista – agregó.
- ¿Y tú? ¿No que tenías calor? – preguntó, al verlo con una camisa ligeramente abotonada, dejando ver parte de su pecho.
- No mucho, pero ahorita en la plaza hasta tú vas a sentir calor, ¿verdad?
- ¡Cállate! – exclamó la chica arrojándole un cepillo.
Cuando Angélica por fin estuvo lista, bajó acompañada de su hermano a la cocina, donde estaba David y su esposa cenando.
- Hola – saludó Angélica a su cuñada, que daba pequeños pedazos de carne de pollo a su hijo.
- Qué guapa – comentó Erika – ¿ya se van a ir a la plaza?
- Si, voy a ir con unas amigas a dar la vuelta – dijo, mirándose en el reflejo del horno de microondas.
- ¿Y tú carnal? ¿Ya listo pa’ agarrar morra? – preguntó David, dándole un último trago a la cerveza que acompañaba con su pollo frito.
- Si por eso me bañé wey – contestó Francisco guardándose el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón.
- Te lo llevas a dar vueltas para que se haga de una novia bonita – dijo su madre, lavando los platos sucios de la cena.
- ¡Va a ver amá! No nos vamos a venir de la plaza hasta que se agarre a una novia – comentó David, levantándose de la mesa y tomando su sombrero – y si es una gringa mejor.
- ¿Por qué no viniste ayer? – preguntó Francisco, desviando el tema de conversación – no te vimos en la plaza.
- Me llevó al dentista a Cocula – aclaró Erika, limpiando la cara de su hijo de pequeños trozos de fideos – nos quedamos a cenar allá porque ya nos recibió muy tarde y por eso no vinimos.
- Entonces allá los vemos – dijo Francisco tajante al leer en WhatsApp que Ana lo esperaba, saliendo por la puerta de la cocina.
En la plaza se veía más gente que el día anterior, quizá por ser sábado el pueblo no tenía que preocuparse por madrugar al día siguiente.
- ¿Vas a ir por Ana? – preguntó Angélica, al ver a sus amigas en una banca frente al templo.
- Si, ¿dónde te veo?
- Yo te aviso – contestó ella, al ver que sus amigas la llamaban con señas.
Francisco se encaminó por calles adoquinadas para llegar a casa de Ana, donde al tocar le abrió un sobrino de la chica.
- ¿Está Ana? – preguntó al ver unos ojos oscuros asomarse por la ventana de la puerta.
El niño no contestó, sólo abrió la puerta y corrió descalzo para avisar que la buscaban.
- Hola – dijo la chica, cerrando la puerta detrás – con ese pantalón si se te ven nalgas – dijo ella, mirando el trasero del chico.
- Qué raro, siempre las tuve ahí – comentó él rodeando con su brazo la cintura de Ana.
- Muy escondidas por cierto – agregó ella – ¿tienes hambre? – preguntó – si tú me invitas una hamburguesa yo te pago la cerveza ¿va?
- Va, pero sabes que yo me tomo como dos o tres, así que no te va a convenir.
- ¿En verdad crees que iba a pagar yo? – preguntó Ana fingiendo sorprenderse.
- Pues tú dijiste – comentó Francisco a la defensiva
- Pensé que eras un caballero – dijo Ana reprochándole
- Lo soy, lo que no soy es rico.
- Tú estás bien rico – le susurró al oído, besándole el cuello.
- ¿En serio? Porque después de la hamburguesa puedo ofrecerte un rico postre – dijo Francisco a unos milímetros de los labios de Ana.
- ¿Y si dejamos la cena para después?
- No creo – dijo éste, separándose bruscamente de la chica con una sonrisa maliciosa – primero cenamos y dejamos lo mejor al último, ¿qué te parece?
- Ok, pero espero que sea tan bueno como lo recuerdo – comentó ella, besando a Francisco y mordiendo su labio inferior.
La gente se dispersaba o amontonaba en la plaza conforme la noche avanzaba: algunas bancas del lugar se mostraban vacías mientras que otras más se atiborraban de jóvenes que acaparaban los lugares más cercanos del kiosco.
- Me gusta tu vestido – comentó Laura, amiga de Angélica – ¿dónde lo compraste?
- Me lo regaló Paco por mi cumpleaños – contestó, alisándose la parte delantera de su prenda – bueno, yo lo escogí pero él lo pagó.
- Está muy bonito – comentó otra chica sin dejar de sentir envidia – se nota que te lo pusiste para alguien…
- ¿Por qué? – preguntó Angélica sin entender.
- Pues nomás mira a ver quién viene – comentó Laura, al ver acercarse a Martín entre niños que correteaban en la plaza.
- Hola – saludó éste a todas las chicas, pero sin perder de vista a Angélica, a la que miraba detenidamente – te ves muy bonita – dijo, lo que provocó burlas en las amigas de la chica.
- Gracias – contestó ella, retorciéndose el cabello de forma nerviosa.
- ¿Quieres ir a dar una vuelta? – preguntó él metiendo sintiendo que las manos le sudaban.
- Sí, nos vemos – dijo la chica a sus amigas para emprender el paso alrededor de la plaza, donde había algunos grupos de hombres en pie formando una valla para apreciar a las chicas que caminaban en círculos.
- Este… – Martín no sabía qué decir, había pensado que decirle lo bonita que se veía una vez más lo dejaría como un tonto y un adulador – ¿Quieres ir a cenar?
- Si tú quieres – contestó con un tono de voz tímido y apenado esperando a que él insistiera, ya que comenzaba a sentir hambre por no probar bocado desde la hora de la comida.
- ¿Qué se te antoja? ¿Unos tacos, unos tamales?
- Unos tacos está bien – dijo, siguiendo al chico entre la gente hasta el otro extremo de la plaza, donde había puestos con mesas y sillas de metal por donde se filtraba el aroma de diversos guisos y platillos – me gusta tu sombrero – comentó, rompiendo el incómodo silencio que los ponía frente a frente.
- Me le compré en Cocula – comentó – en una tienda que venden todo para jinetes.
- ¿También montas? – preguntó, alegrando encontrar un tema de conversación.
- Sí, pero no hago tantas suertes en el ruedo – contestó, tras agradecer al chico que les servía la cena – ¿Tú eres escaramuza, no?
- Sí, mi papá me enseñó a montar desde chiquita – dijo, recordando como su padre ocupaba sus tardes apeando una pequeña yegua para su hija.
- ¿Pero si montas?
- De vez en cuando – contestó, tomando una servilleta del centro de la mesa – ¿y tú?
- Pos nomás cuando hay toros o charreadas aquí – dijo éste – pero no he salido a jinetear fuera.
- Mi papá y mi hermano a veces salen – comentó ella – de hecho David acaba de ir a Tequila hace unos días.
- ¿Con 'Los Alazanes'? – preguntó Martín – Angélica asintió mientras tomaba de su refresco, fue entonces que notó que Martín no apartaba la mirada de su rostro – tus ojos están bien bonitos – dijo éste, tomando la mano que la chica tenía en la mesa.
- Gracias – contestó, sintiendo un cosquilleo que se le extendía por las piernas hasta llegar a sus mejillas – ¿Quieres ir a dar la vuelta? – preguntó la chica – me llené con los tacos – comentó, añadiendo una sonrisa apenada.
- Pos vamos – dijo Martín, pagando a quien los había atendido.
Angélica era quien tomaba la delantera camino a la plaza para escuchar la música y apreciar los juegos pirotécnicos y el castillo de luces que iluminaba el cielo cada noche.
- Angélica… – La chica sentía que la piel se le erizaba cada vez que Martín pronunciaba su nombre – ¿Ya le dijiste a tu papá de... de lo de…?
- Si – se apresuró a decir la chica, olvidando por completo que tenía luz verde por parte de su madre para andar con él.
- ¿Y qué te dijo? – preguntó Martín expectante.
- Que si – dijo la chica sonriendo, una sonrisa que Martín dibujó aún más grande en su rostro
- ¿En serio? – Martín no podía dar crédito a sus oídos, tenía permiso para ser oficialmente su novio – ¿Y tú si quieres ser mi novia?
- ¡Pues si! – exclamó ella, abrazando a Martín con fuerza, un gesto que él repitió sintiendo la suavidad del cabello de la chica en su mejilla y el calor de su pecho contra el suyo.
- ¿Te puedo dar un beso? – preguntó Martín en un susurro perfectamente audible, a pesar del alto volumen de la música.
- Desde ahora ya no tienes que preguntar – dijo Angélica, cerrando los ojos y sintiendo por segunda vez los labios de Martín fusionarse con los suyos, en esta ocasión al compás de una lenta canción que interpretaba la banda en el kiosco.
Martín sentía que flotaba al respirar el aroma dulce del cuello de Angélica, mientras ella sentía las suaves caricias del chico en su espalda. Fueron unos segundos interminables los que el silencio los hizo volver a la tierra, la banda había terminado de tocar la canción para continuar tras unos segundos de descanso.
- ¿Quieres bailar? – le preguntó Martín en el oído, una petición a la que la chica asintió. Él la llevaba entre parejas que rodeaban el kiosco para perderse en la multitud. Ella enlazó sus brazos en el cuello de Martín y se dejó llevar al compás de sus piernas. Varias canciones después la banda interrumpió su serenata para darle paso al espectáculo de luces conformado por el castillo: una estructura metálica cuyos colores y formas entretenían a los presentes iluminando la negrura de la noche.
Cuando hubo terminado el espectáculo y el humo se disipó por completo, las parejas volvieron a la pista. Un gesto de Angélica llamó la atención de Martín, que silbaba y hacía señas a un chico que tocaba el clarinete en el kiosco junto con la agrupación. Cuando éste tuvo su atención, Martín le hacía la seña con las manos, insinuando a que bajara algo.
- ¿Qué pasó? – preguntó la chica, al no entender el porqué de la insistencia de Martín.
- Mi primo toca en la banda – contestó él, rodeando con sus brazos la cintura de su novia – y le decía que se tocaran unas más calmadas pa’ bailar más despacito – comentó él – ¿O quieres que les pida una? ¿Cuál quieres?
- Casi no conozco muchas canciones – confesó.
- Vas a ver que te van a gustar – le dijo Martín al oído, susurrándole la letra de las canciones por el resto de la velada.
Cuando el campanario dio las doce de la noche, sintió en sus manos la vibración de su teléfono. Un mensaje de Francisco preguntándole donde estaba para ir a casa hizo que dejara de bailar con el chico.
- ¿Qué pasó? – preguntó Martín sin entender la reacción de la chica.
- Es mi hermano – dijo como gesto de disculpa – como me tengo que regresar con él me preguntó dónde estaba – agregó, escribiendo un mensaje rápido en su celular.
- ¿Entonces ya te vas?
- Sí, me tengo que ir – dijo ella con desgana.
- ¿Me das un besito pa’ acordarme de ti? – Martín se aferraba a la cintura de la chica, deseando que nunca se fuera de su lado.
- ¿Tan fácil pensabas olvidarme? – preguntó la chica, besando los labios de Martín y acariciando sus mejillas – te veo mañana – comentó la chica, obligando a sus piernas a moverse.
- Hasta mañana flaquita – murmuró Martín, viendo alejarse a la chica perdiéndose entre la gente.
Angélica llegó a la esquina de la plaza donde se encontraría con su hermano, sin embargo éste llegó unos minutos después.
- ¿Y cómo te fue? – preguntó él, alisándose las mangas de la camisa.
- Bien – contestó la chica, caminando despacio para contemplar la brillante luna.
- Ya vi, te ves bien atarantada… Más de lo normal – apuntó, escapando de un golpe que la chica pensaba darle con su brazo.
- ¿Y tú? No te vi en la plaza
- Ah es que…fuimos al bar – dijo rápidamente – ahí no hay tanta gente como en la plaza y está mejor.
- ¿Ana es un vampiro? – preguntó, al ver de nuevo alrededor del cuello de su hermano pequeños moretones.
- ¿Otra vez se ven?
- Levántate el cuello de la camisa, en la casa buscas hielo para que se te quiten.
Caminaban por la calle cuando detrás de ellos alguien los llamó con un silbido, su hermano venía tomado de la mano de su esposa.
- ¡Te andaba buscando wey! – exclamó David – vinieron de Villa Corona unas amigas de Erika, chance y con ellas si pegas.
- Llegaste tarde wey – dijo Francisco, rodeando el hombro de su hermano con su brazo y palmeándole la espalda con fuerza – sabe que me pusieron en el vaso que hasta moreteado quedé, mira – Francisco se apartó el cuello de la camisa para dejar ver el trabajo de los labios de Ana – ¿cómo ves?
- ¡Ah mendigo! No pierdes el tiempo ¿eh? – exclamó su hermano sorprendido – ¿Quién es la morra? – preguntó expectante.
- Ana, mi amiga desde la secundaria.
- ¿La que llevaste al baile? – preguntó Erika, reconociendo un nombre que le parecía conocido.
- Ajá, empezamos a andar desde hace unos días.
- ¿Apenas son novios y ya te trae así? No carnal, si te dije que aquí nos agarran borrachos.
- ¡Ay, cállate! – exclamó Erika, golpeándole la espalda con el brazo con el que se aferraba a David.
- ¿Y tú carnalita? ¿Ya agarraste al tuyo? Porque nomás faltas tú, ¿eh?
Angélica no contestó, mantenía la mirada fija en su teléfono contestando los mensajes que Martín le enviaba por Facebook.
- ¿Por qué tan tarde? – preguntó su abuelo a Angélica, la primera en entrar a la sala para descansar de los pesados zapatos altos que llevaba puestos desde hace horas.
- Si apenas son las doce y media güelo – contestó David, consultando su reloj – nomás porque mañana madrugo a ver lo del mezcal, sino nos hubiéramos venido más tarde de la plaza.
- Ay, qué bueno que ya llegaron – comentó su madre al bajar las escaleras – ¿se van a quedar a dormir?
- No creo – contestó Erika, tomando en sus brazos a su hijo dormido – David va a madrugar mañana y yo voy a aprovechar para lavar su ropa de trabajo.
- Ah bueno, ¿hijo, tendrás chance de llevarme a Cocula mañana? Quiero comprar todo mi mandado y lo que ocupo para cuando vengan tus tíos y para la fiesta de los jornaleros.
- Uy amá, pos a menos que sea en la tarde, porque en la mañana voy a andar en el ingenio.
- O que te lleve Paco si quieres ir en la mañana – comentó su suegro.
- ¿No estás ocupado mañana hijo? – preguntó su madre, Francisco se había recostado en el sillón cubriéndose la cara con un cojín para evitar que le miraran el cuello.
- No má – dijo éste, bostezando abiertamente.
- Ya súbanse a dormir pues – dijo a sus dos hijos, que prácticamente pedían a gritos ir a la cama.
- Hasta mañana abuelito – dijo Angélica, besándole la mejilla a su abuelo para subir a su cuarto.
Dentro de su habitación se quitó los zapatos y se sentó al borde de la cama para mandar un último mensaje en su teléfono, a través de la puerta abierta, Francisco notó que la chica se veía aún más optimista de lo normal.
- Te veo más contenta – dijo él, desabotonándose la camisa que se había impregnado del perfume de Ana – ¿Ya le dijiste que si a tu charrito?
- Si – contestó ella con una sonrisa radiante – me invitó a cenar y lo voy a volver a ver mañana.
- ¿Vas a ir con nosotros a Cocula?
- Pues sí, no hay nada que hacer en la mañana – comentó ella – ¿Cuándo le vas a decir a mi mamá que andas con Ana?
- Cuando le digas a mi papá que tienes novio – dijo éste – mi mamá te va a guardar el secreto, pero si mi papá se entera antes de que le digas… créeme: se va a enojar.
Toda la felicidad que Angélica había experimentado aquella noche se esfumó de golpe. Hablar con su padre de ello era totalmente diferente a hacerlo con su madre, un pensamiento que no la dejó dormir tranquila.
