La luz del día se filtraba por su ventana de forma innecesaria ya que desde el día anterior no había podido dormir. Angélica abrazó su almohada con fuerza esperando a que el cohete que escuchaba subía al suelo estallara. Recordaba como desde niña los ruidos de la pirotecnia la aterraban y de cómo su padre la abrazaba contra su pecho para que su miedo se esfumara como el humo de cada cohete.
- Buenos días – saludó vagamente al entrar a la cocina
- Ay mija, ¿estás enferma? – preguntó su abuela, al verla con el rostro apagado y los ojos irritados.
- No abue, no pude dormir bien – contestó, tomando una pieza de pan de un recipiente frente a ella.
- Pues desayunas y te vuelves a dormir otro rato, pa que te vayas a la plaza en la noche.
La expectativa de la gente crecía con la llegada del primer día del novenario de la fiesta de Estipac: el pueblo se congregaba en la plaza para escuchar música después de nueve días de misas consecutivas en honor a Cristo Rey. En la hacienda se vivía también un ambiente festivo: año con año los habitantes veían como su patio se convertía en la bodega de un improvisado carnaval donde se albergaban (o incluso construían) carros alegóricos con motivos religiosos o alusivos a pasajes de la biblia. Francisco desde la ventana de su habitación logró ver unos pilares de madera cubiertos de diamantina y flores artificiales. Tardó unos segundos en entender lo que pasaba tras tallarse los ojos con fuerza y convencerse de que la improvisada casa de una virgen o un santo estaban frente a él.
- Ándale mijo siéntate a desayunar – dijo su abuela, meneando ollas y sirviendo platos con presteza.
- ¿Y mi mamá? – preguntó, al no ver su madre en la cocina.
- Se fue a las mañanitas al templo – contestó Estela, sirviéndole carne adobada con frijoles fritos – acuérdate que hoy empieza el novenario de Cristo Rey.
- Ah, si – dijo éste sin ganas, obligándose a abrir los ojos para despertar por completo
- Ahí está la décima, pa’ que veas todo lo que va a haber – comentó Estela, tendiéndole a su nieto un póster con la imagen del patrono del templo y al reverso las actividades de cada día.
Francisco leía por el compromiso de encontrar aquello interesante, al llegar a las actividades del último día vio cómo su apellido figuraba varias veces.
- La misa de los ranchos, la procesión con el Cristo peregrino, asociación de charros y pirotecnia… – comentaba en voz alta – ¿todo eso? – preguntó sorprendido.
- Pues desde que me acuerde siempre hemos agarrado el mero día – comentó Estela, recargándose un momento en el comedor para visualizar la imagen de Cristo Rey – además acuérdate que tus papás celebran años de casados en esos días.
- ¿Cómo fue su boda abue? –preguntó Angélica con interés. Le fascinaba conocer más sobre el pasado de sus papás en voz de sus abuelos que de fotografías.
- Ay bien bonita – comentó, recorriendo una silla para sentarse – el templo estaba lleno de flores – decía, haciendo un movimiento de sus brazos para abarcar un espacio imaginario muy alto y amplio – tuvimos que poner toldos y bancas en el atrio para que la gente escuchara misa. El mariachi tocó en la boda y en la fiesta también. Ah pues ese mismo día bautizaron a tu hermano – añadió.
- Ay que lindo – dijo la chica, terminando de desayunar y dando un último sorbo a su café.
- Vete a dormir un rato hija, todavía es temprano – Francisco siguió la mirada de su abuela a un reloj de pared y se dio cuenta de que eran las 8:00 de la mañana, se lamentó por haberse levantado tan temprano y regresó a la cama para dormir un poco más o al menos sentirse cómodo dentro de las sábanas, ya que el cielo amenazaba con nublarse.
- Paco… – llamaba su hermana desde la puerta.
- ¿Qué? – preguntó éste con tono adormilado, para que su hermana decidiera no molestarlo.
- ¿Te puedo hacer una pregunta?
- ¿Qué pasó? – Francisco intentó incorporarse, pero su espalda se negaba a separarse del tibio colchón.
- Este… – Angélica entró con sigilo y cerró la puerta – ¿Cómo fe tu primer beso? – preguntó tímidamente, sentándose al lado de los pies descalzos de su hermano.
- Uffff – Francisco exhaló un bufido sonoro. Si algo en verdad detestaba era hablar de cosas románticas, y más con una chica – Fue más como un choque de caras – contestó, convenciéndose de que su hermana pronto lo dejaría en paz.
- ¿Cómo?
- Fue en el kínder – agregó – estábamos en un festival o algo así y una niña me jaló de la camisa, fue más como un beso de nariz que de boca – comentó – ¿Por qué preguntas?
- Porque… – Angélica retorcía nerviosa sus manos en su regazo, mientras intentaba no mirar a su hermano a los ojos – el día de las paseadoras un chavo me invitó a montar con él y…
- ¡Angy! – exclamó Francisco sorprendido – ¿A poco ya tienes novio? – preguntó, irguiéndose de la cama con rapidez.
- Me pidió que fuera su novia, pero le dije que lo iba a pensar – dijo, con voz temerosa – no le vayas a decir nada a mis papás porfa – comentó suplicante.
- Obvio que no les voy a decir nada… ¿Pero qué le vas a decir? ¿Te gusta?
- Pues… – la chica pasó del temor a la pena en un solo paso, sintiendo un repentino calor que definitivamente no provenía a causa del clima – era mi compañero de la secundaria, lo volví a ver éstos días y…
- ¿Te gusta o no? – preguntó Francisco tajante, buscando evitar todo una descripción del chico en cuestión.
- La verdad sí – confesó apenada – sus ojos son muy bonitos y...
- Ay ya, ya, ya… – exclamó Francisco al ver que su hermana se tornaba cursi – ¿Cómo se llama? – preguntó, tomando su teléfono y volviéndose a acostar.
- Martín Vidrio – dijo la chica. Al instante su hermano tecleó su nombre pasa buscarlo en Facebook.
- ¿Es éste? – preguntó, mostrándole a Angélica un perfil de la red social. Francisco se basó en el número de amigos en común para navegar en sus fotografías.
- Si – contestó, al ver de nuevo ese rostro después de días.
- A ver… – Francisco movía frenéticamente su dedo pulgar para deslizarse en sus fotografías, donde la mayoría eran selfies tomadas frente a un espejo, fotografías con amigos e imágenes compartidas de páginas que seguía – anda a caballo… usa un sombrero medio feo… le gusta la música de banda… wey, es como David pero más chaparro.
- Ay cállate – dijo su hermana algo molesta – por cierto, ¿Cómo vas con Ana, eh?
Francisco enmudeció por completo, había olvidado por al menos un instante su experiencia del día anterior, pero al escuchar de nuevo el nombre Ana sentía un cosquilleo electrizante que comenzaba en sus pies y terminaba en su cintura.
- Le voy a pedir que sea mi novia – dijo éste, notando que se había quedado perplejo por unos segundos – pero ya vete pues, déjame dormir que desde hoy voy a agarrar la party por nueve días seguidos.
- Ay si, como ya tienes con quién ir… – comentó Angélica, golpeándole la espalda con una almohada y corriendo a su habitación para que su hermano no tomara represalias.
Tras una tarde soporífera donde los rayos del sol dejaban rastro de su calor, la brisa de la tarde apaciguaba un poco la temperatura. Las campanadas del templo y los cohetes en el cielo indicaban la llegada de la cera al templo, para dar comienzo a una serie de misas en honor a Cristo Rey. Francisco salía de la regadera cuando leyó en su teléfono un mensaje de Ana:
- ¿Van a cenar aquí o en la plaza? – preguntó Angélica al ver a sus hijos en la sala, preparados para salir.
- Yo voy a ver que ceno en la plaza – comentó Francisco, librándose de cenar el clásico pozole que año con año preparaban para aquellos días.
- ¿Tú hija?
- No sé, a lo mejor igual como algo allá con mis amigas.
- Ay ajá – murmuró Francisco burlón, lo que hizo que Angélica golpeara su pierna con la de ella.
- ¿Ya nos vamos? – preguntó Francisco al escuchar la banda tocar en la plaza.
- Mami ya nos vamos – dijo Angélica, avisándole a su madre en la cocina.
- No se vengan tarde – exclamó su padre – allá los vemos en la plaza.
- Adiós papi – Angélica le dio un beso a David en la mejilla antes de salir por la puerta.
Se encaminaron por el pequeño tramo adoquinado que separaba el portón de la hacienda hacia la plaza, donde había gente sentada en las aún disponibles bancas alrededor del kiosco.
- ¿Vas a ir por Ana a su casa? – preguntó Angélica, al ver a sus amigas acercarse.
- Si – contestó éste, confirmando la hora en su teléfono – ¿dónde nos vemos? – preguntó, sabía que como hermano mayor inmediato de Angélica, tenía que acompañarla de regreso a casa para que su padre no lo recriminara por dejarla sola.
- Yo te aviso – comentó, encontrándose con el grupo de amigas que no dejaban de ver a su hermano de pies a cabeza.
- Ahí nos vemos – comentó éste, ignorando a las chicas.
Francisco en encaminó por calles donde se vía actividad fuera de lo normal: autos estacionados donde nunca los había visto, puestos ambulantes estableciéndose en donde venderían los siguientes nueve días y gente que iba y venía de la plaza.
- ¡Hola Paco! – saludó doña Consuelo al ver al chico ante su puerta – ¡Ana ya llegó Paco! – gritó, apurando a que la chica saliera.
- Ya voy madre – contestó ésta, tomando su teléfono de una mesa del pasillo – nos vemos luego.
- No llegues tarde hija – comentó su madre. Su tono no era de preocupación, más que nada lo había dicho para no cerrar la puerta en la espalda de su hija sin despedirse.
- Te veías mejor sin camisa – comentó Ana, caminando al lado del chico. Por alguna razón, ambos evitaban mirarse a los ojos.
- Tú también – añadió él, sólo por comentar algo.
- ¿No me vas a tomar de la mano? – preguntó Ana, conectando su mirada con la de Francisco, para ella la visión del amigo con el que compartía sus secretos, penas y éxitos ya no existía, frente a él estaba un hombre al que quería besar cada segundo del día.
- Pensé que no eras de esa clase de chicas – comentó él, ofreciéndole la mano exageradamente, posando una rodilla en el suelo cual príncipe de película animada.
- Soy de las que le gusta sentirse querida – comentó, llevando el brazo del chico a sus hombros – soy como una caja de sorpresas, si te portas bien conmigo pueden ser agradables.
- ¿Y si no? – preguntó él, agregando una mirada retadora.
- Te voy a tener que castigar – le murmuró al oído, besándole el cuello y los labios profundamente. Francisco tuvo que dar unos tambaleantes pasos hacia atrás para no caer ante el peso de la chica, a la que abrazaba por la cintura.
- ¿No habías dicho que tenías hambre?
- Yo no dije de qué – comentó Ana, perdiéndose en los ojos del chico – pero igual se me antoja una pizza y una cerveza.
- Entonces vamos por la pizza – dijo Francisco, sin dejar de abrazar a la chica. Por alguna razón se sentía diferente a su lado. Para él el cabello de Ana olía diferente: un olor muy dulce que no podía explicar, su piel se notaba más suave y su sonrisa más resplandeciente.
- ¿Qué tanto me ves? – preguntó ella, notando que Francisco no le apartaba la mirada de encima cuando ésta comía de su rebanada de pizza.
- Nada – contestó, agachando la mirada con una sonrisa tímida.
- ¿Tengo algo en los dientes? – Ana tomó su teléfono para verse en el reflejo del mismo para asegurarse de que su dentadura estuviera limpia.
- No es que… te ves bonita – comentó. Nunca había pensado que le diría eso a su amiga. Había tenido el temor de que ésta lo rechazara, lo golpeara y terminara con su amistad de años.
- ¿Y apenas te das cuenta? – A Francisco le fascinaba el sentido del humor y el sarcasmo de la chica, algo que permanecía en su amistad desde que se habían conocido. – Yo no tengo que decirte que siempre has sido un galán.
- Claro que no…
- ¿Crees que sólo se juntaban junto a ti para copiarte en el examen? – preguntó Ana incrédula – eres de esos chicos guapos que no les interesa estar guapos – comentó sin mirarlo a los ojos, enfocándose más en la salchicha que había caído a su plato.
- ¿Qué? – preguntó Francisco sorprendido sin comprender ni una palabra.
- Hay dos tipos de chavos: los que son guapos y lo saben, y los que lo son pero no les importa. Los segundos tienen más encanto, como tú – se apresuró a enfatizar, pero al ver la cara de duda del chico agregó – es como con tu hermano y tú: tu hermano tuvo varias novias antes de casarse porque es guapo y él se acercaba a las chavas; tú eres guapo también, pero al no sacarle provecho a eso eres como imán de miradas y lívido adolescente, ¿entiendes?
Francisco no contestó, se sintió un tonto con el cejo fruncido y mirando a la chica que comía plácidamente. No sabía que era lo más raro de todo: que ella lo pusiera en un ranking que no sabía que existía o que lo nombrara como ejemplo de un espécimen de la naturaleza.
- ¿Vas a querer ese pedazo? – preguntó Ana a Francisco, que bebía de su cerveza para despejar un poco su cabeza. – Ni modo – dijo ésta, antes de devorarlo de una mordida.
- El otro día vi a tu hermana que iba en caballo – comentó Ana, que hacía un gesto con las manos como si llevara las riendas del animal. Ella como Francisco expresaban mucho haciendo movimientos con sus brazos, sin importarles que llamaran la atención.
- ¿El día de lo de los caballos?
- Ajá, y la vi bien abrazada de un chavo que se la llevaba montando, ¿es su novio?
- Pues me dijo que le había dicho que si quería ser su novia, pero no sé qué le vaya decir
- Tu papá se va a infartar wey – comentó Ana – ¿O ya le dio permiso de tener novio?
- No sé – dijo éste con sinceridad – pero pues ya está grande, no creo que le digan nada.
- Ah mira, es él – comentó Ana, señalando con la mirada a un chico que se acercaba al grupo de chicas que paseaba por la plaza. Francisco lo identificó como el de las fotografías que había visto en su celular, pero no es inmutó en lo más mínimo.
Algunas de las chicas se encaminaron a un pequeño espacio de la banca vacía, donde se sentaron para descansar de caminar en zapatos y botas de tacón.
- Hola – saludó la voz de Martín. Angélica notó que se escuchaba diferente, dándole la impresión de que tenía pena de estar rodeado de varias mujeres.
- Hasta que te dejas ver – comentó una amiga de Angélica – el día de las paseadoras ya ni te vimos la cara.
- Es que me andaba perdiendo en la cañada – comentó éste, guardando sus manos en los bolsillos – y pues se me hizo tarde.
- ¿Y desde cuándo tan despistado? – preguntó otra amiga – si bien que conoces el camino de ida y vuelta.
- No pos es que andaba bien distraído ese día – dijo, mirando a Angélica a los ojos, la cual sólo sentía cómo sus mejillas se encendían – ¿Quieres ir a dar una vuelta? – preguntó sin preámbulos a Angélica, mientras le hacía un gesto con la cabeza.
- Si… – contestó sorprendida, poniéndose de pie – las veo al rato – comentó a sus amigas, quienes la miraban con sonrisas burlonas y risueñas.
- Te ves bien bonita – dijo éste, caminando con pasos lentos y torpes al lado de la chica.
- Gracias – contestó, apartándose un mechón de cabello nerviosamente – tú también te ves bien – dijo, al apreciar unas lustradas botas a juego con un cinturón negro, unos ajustados pantalones de mezclilla y una camisa a cuadros igualmente ajustada, que dejaban ver la atlética figura del chico.
- ¿Ya cenaste o quieres ir a comer algo? – preguntó, dispuesto a llevarla a cumplir cualquier petición que hiciera.
- No gracias, ya cené – Aunque fuera una mentira, a la chica le daba pena que días después de encontrarse ella quedara como una aprovechada aceptando su invitación.
- Y… ¿qué me dices de lo del otro día? – preguntó, bajando unas escaleras tras la chica para caminar por debajo del cuadro principal de la plaza, donde había menos gente y podían andar sin depender del paso de las personas que caminaban frente a ellos.
- Me gustó el lugar – comentó, alzando la mirada con una sonrisa – es muy bonito, más cuando las luciérnagas vuelan en el agua.
- Tus ojos son más bonitos – dijo Martín en un tono de voz pausado que a Angélica le hizo sentir un escalofrío por los brazos – ¿quieres ser mi novia? – preguntó de nueva cuenta, ahora mirándola directamente a los ojos y tomando la mano de la chica entre las suyas.
- No sé Martín… – contestó evasiva – acabamos de encontrarnos desde hace mucho tiempo y…
- Desde hace mucho tiempo que me gustas – comentó él – en la secundaria nunca me hiciste caso y… pensé que ahora me podrías dar chance.
Angélica recordó con pena cómo los intentos de Martín por acercársele eran en vano. Recuperaba de su memoria como quería llamar su atención jugándole bromas tontas, molestándola durante las clases o mandándole saludos con amigos en común.
- Lo voy a pensar – dijo ésta, apartando la mano suavemente de las de Martín – tengo que pedirle permiso a mi papá porque no sé si me dejen tener novio.
- Bueno… – Martín se esforzó por mostrar una sonrisa natural – ¿pero si puedo invitarte un refresco?
- Si, gracias – comentó Angélica, siguiendo al chico a una pequeña tienda junto a la plaza para comprar las bebidas.
Sentados en los escalones de la plaza, Angélica y Martín se ponían al corriente con los egresados de la secundaria, algunos continuaban estudiando dentro o fuera de la localidad, pero unos cuantos se iban con familiares a Estados Unidos para continuar con su vida. Ambos charlaban animadamente cuando Angélica sintió una vibración en su pierna. Al revisar su teléfono vio que era un mensaje de su hermano, preguntándole dónde estaba y si quería regresar a casa, entonces se sorprendió al ver que ya eran casi las doce de la noche.
- Oye, ya me tengo que ir – dijo la chica, poniéndose en pie y arrojando la lata vacía de refresco de limón a la basura – gracias por el refresco – agregó, para no verse maleducada.
- Nombre, que agradeces… ¿te voy a ver mañana? – preguntó Martín, mirando esos ojos que tanto le gustaban.
- Si, voy a venir un rato a la plaza en la noche… – comentó, dando pasos vacilantes, retrocediendo torpemente.
- ¿Conste, eh? Y hablas con tu apá, pa’ que te dé permiso de ser mi novia – dijo éste, volviendo a meter sus manos en los bolsillos del pantalón como señal de nerviosismo.
- Ok, te veo mañana – contestó ella, sintiéndose una tonta ante tal respuesta.
Se encaminó a paso apresurado hacia la calle adoquinada que conectaba con su casa, donde encontró a Francisco esperándola.
- ¿Cómo te fue? – preguntó su hermano, estirando el cuello y arqueando la espalda, como si hubiese dormido en una posición incómoda.
- No tan bien como a ti – dijo la chica – si esos chupetes en el cuello dicen todo.
- No jodas, ¿si se notan? – preguntó alarmado
- ¿Qué si se ven? Parecen moretones que te hicieron a palazos – dijo Angélica, viendo a la luz de una lámpara de la calle un círculo casi perfecto en el cuello blanco de su hermano. – ponte algo frío en el cuello y se te quita – dijo la chica restándole importancia.
Caminando hacia el portón, vieron como sus padres también llegaban de la plaza, su padre abría la puerta y al escuchar unos pasos se giró, esperando a que sus hijos llegaran para entrar juntos.
- ¿Quiubo, ya tienen sueño, edá? – preguntó su padre.
- Ajá – contestaron desganados al unísono.
- No chula, apenas y puedes caminar con esas botas – dijo su padre a Angélica, al ver como su hija caminaba con dificultad entre las piedras.
- Ni digas nada amor, cuando éramos novios yo usaba unos más altos – comentó, al ver el tacón del calzado de su hija.
- Pos sí, pero ya te andaba pa’ caminar, tenía que agarrare pa’ que no te cayeras.
- Era un pretexto para que me abrazaras – comentó su esposa, aferrándose al brazo de su esposo.
- Ándale sí – comentó David incrédulo, besando la mejilla de su esposa – como si me faltaran ganas de abrazarte.
- Oigan, ¿no vieron a su hermano? – preguntó su madre, al recordar que no había visto a su hijo mayor en todo el día.
- No – dijo Francisco, ocultando con su mano la parte derecha de su cuello, fingiendo rascarse – y es raro, es de los primeros que llegan y de los últimos en irse de la plaza.
- Pues mientras no le haya pasado nada… – comentó su madre con ligera preocupación.
- A lo mejor salieron por ahí – dijo su padre – ya vez que les gusta irse a Cocula o a Villa Corona.
Angélica se sintió más tranquila ante las palabras de su esposo. Al entrar a la sala se despidió de sus hijos con un beso en la mejilla para darles las buenas noches, los cuáles subieron las escaleras con desgana.
- ¿Y qué tal todo con Ana? – preguntó Angélica antes de entrar a su habitación por la puerta contigua a la de su hermano.
- Muy bien – contestó éste.
- Pues más que bien diría yo – comentó la chica, mirando a su hermano con una sonrisa en su rostro.
- ¿Y tú? ¿En qué quedaste con tu charrito?
- Le dije que lo iba a pensar – contestó – y que le iba a preguntar a mi papá si…
- Uy no, ya malo – dijo Francisco, sentándose en el barandal de piedra frente a la chica, dándole la espalda al patio donde la fuente con agua fluida rompía quietamente el silencio jugueteando con los destellos de la luna.
- ¿Qué?
- Eres la niña bonita de mi papá – contestó éste con lógica – si le pides permiso para tener novio te va a decir que no, peeeero si le dices que ya tienes novio y usas a mi mamá como escudo no va a tener que decirte nada – dijo, cruzando los pies y los brazos.
- ¿Entonces...? –
- Entonces dile que sí a tu ranchero y dile primero a mi mamá para que le diga a mi papá y no se infarte – concluyó Francisco, quitándose la camisa a la par que entraba a su habitación, dejando a Angélica de pie contemplando la espléndida luna, misma a la que Martín miraba con nostalgia desde una solitaria banca en la plaza.
