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Bajaba las escaleras hacia la cocina con la mirada perdida para desayunar al ver su sueño interrumpido por el canto de los gallos. Como cada mañana, el sonido de los cascos de caballos, las camionetas que entraban y salían así como las voces desde el patio le indicaban que la jornada de trabajo había comenzado. Aquella mañana su padre había madrugado para verificar el proceso de elaboración de mezcal, y su hermano mayor manejaba maquinaria en el ingenio para la transformación de la caña en azúcar.
- Buenos días hija – saludó su abuela al verla entrar a la cocina – ¿quieres unos frijolitos para desayunar? – preguntó, volteando unas tortillas recién hechas en un gran comal.
- Si abue – contestó ella vagamente – ¿Por qué te despertaste tan temprano? – preguntó a su hermano, que estaba sentado junto a ella con la mirada fija luchando para que sus ojos no se cerraran.
- Me despertaron – comentó de mala gana para enfatizar – A mi mamá se le ocurrió ponernos a sacudir toooodos los cuartos para los que vengan a la fiesta.
- Va a ser rápido flaquito – dijo su madre, vaciando una salsa a un recipiente de barro – nada más sacudimos la sala y cambiamos cortinas y cobijas de las camas.
- ¿Nada más? – preguntó Francisco irónicamente, mirando a su madre con incredulidad.
- Ya, ya no te quejes – dijo su abuela, sirviéndole huevos revueltos con longaniza – ándale desayuna.
- ¿Ibas a salir hoy? – su madre les servía tazas con chocolate caliente y café con leche a ambos.
- Iba a dar la vuelta con Ana y…
Su explicación se vio interrumpida por un sonido de burla de su hermana. Desde que Francisco se sinceró con ella, Angélica supuso que su hermano se había decidido por dar el siguiente paso.
- ¿A poco ya tienes novia? – preguntó su abuela sorprendida sin perder de vista el huevo frito que tenía adelante.
- Es mi amiga desde la secundaria – comentó Francisco, conteniéndose de gritar que no era su novia en cara de su abuela.
- Es la hija de Consuelo ¿se acuerda? – comentó la madre de ambos – la que vive en frente de con chepa, por la calle de la tortillería.
- Ahhhh – Exclamó Estela, recordando a la aludida con las señales que su nuera le indicó – ¿La nieta de Aidé?
- Ándele, ella – apuntó Angélica – pues mándale mensaje y dile que la vas a ver más tarde – comentó con naturalidad, sabiendo que su hijo no se despegaba del teléfono.
Después de desayunar, Angélica y Francisco se vieron cargados con trapos hechos con camisetas viejas y cubetas de agua con detergente.
- Hija, empieza a limpiar todo lo del librero. Hijo tú que estás más fuerte ayúdame a mover los sillones – dijo, conectando a la electricidad una aspiradora que utilizaban sólo en ocasiones como esa y cuando tenían que limpiar la camioneta por dentro.
No había pasado ni una hora cuando ambos ya sudaban y sus manos y cara estaban manchadas de polvo. La chica sentía las manos y las uñas sucias por limpiar vidrios y retratos con trapos húmedos, y Francisco limpiaba las esquinas y los techos con los ojos entrecerrados para evitar que una araña le cayera en la cara.
- Hijo, tú que estás más alto bájame los focos de una vez para limpiarlos, mira como están de sucios por las moscas – Francisco se resignó a obedecer sin chistar: se subió a una cubeta sobre una silla para limpiar los focos de la casa, del patio central y la cocina.
- Ay no madre ya – se quejó Francisco, cansado de levantar los colchones para cambiarles la funda, las sábanas, las colchas y los cojines, tirándose a la cama frente a él – Que mejor las cambien ellos cuando vengan.
- ¡Ándale! ¿Cómo vas a tratar así a la visita? – exclamó su madre – Si los cuartos quedaron bien limpios, casi como de hotel.
- Pues sí, pero en los hoteles te pagan por eso y la visita ni propina nos da, o sea.
- No seas grosero hijo – comentó Angélica sin sobresaltarse – tu tío Arturo y tu tía Daniela siempre se han portado muy bien con nosotros cuando vamos de visitas.
- ¿Por qué es nuestro tío? – preguntó la chica, pensando en que el parentesco entre su padre y aquella persona a la que llamaban tío no era tan cercano.
- Mi papá y Arturo son primos – contestó Francisco, aún con la cara hundida en las sábanas – son algo así como unos tíos cuartos, de esos que no te dan dinero o regalos de navidad.
- Ohh – contestó la chica, intentando imaginar un árbol genealógico a la par que colgaba unas largas cortinas de color rojo encendido.
- Son primos muy cercanos – contestó su madre, jalando a su hijo por el brazo para obligarlo a levantarse – como ninguno de los dos tuvieron hermanos, fueron muy unidos desde chicos.
- Pero si casi no vivían juntos –comentó Angélica, recordando que su padre se refería a Arturo como un primo que vivía en Tequila, una población lejana.
- Pues no, pero se frecuentaban en casa de doña Margarita cada semana, desde chicos eran compañeros de diabluras.
- ¿En serio? – preguntó Angélica, siempre le fascinaba conocer más de sus padres cuando eran jóvenes a imaginarlos cuando tenían su edad.
- ¡Nombre! Si eran tremendos, tu padre me platicó una vez que tu tío Arturo pretendía a una muchacha de Atotonilco – relataba su madre, dejando de lado la tarea de doblar algunas toallas y guardarlas en el armario de la habitación para recordar su relato – tu tío le quiso llevar serenata en su camioneta y ya que se venían en vez de darle para adelante, tu tío Arturo se echó en reversa y le pegó a un poste de la luz – comentó, sonriendo como la primera vez que escuchó la historia – y se les cayó el transformador dejando sin luz a la colonia.
- No manches – comentó Francisco recargado en el marco de la puerta conteniendo una carcajada.
- ¿Mi papá te traía serenata? – preguntó su hija después de escuchar aquella historia.
- Si – contestó ella con añoranza mirando por la ventana en la que muchas veces vio a su ahora esposo dedicarle canciones y regalarle flores – todavía me acuerdo cuando estaba embarazada de ti – dijo, mirando a su hijo – que me trajo mañanitas por mi cumpleaños.
- Ay qué lindo – dijo su hija, con un tono meloso que a su hermano le dio escalofríos.
- Si van a empezar con sus cursilerías mejor me voy – dijo Francisco, arrastrando la escoba que estaba casi tan sucia como sus manos.
- Llévate las sábanas sucias y déjalas allá abajo – comentó su madre, apartando un mechón de cabello de su frente – ya luego las lavo en la semana.
Francisco tiró las sábanas y cortinas sucias a un lado de la lavadora y subió a tomar un baño. La música que sonaba en su bocina inalámbrica se vio interrumpida con una notificación de su teléfono: se secó las manos con la toalla y se asomó al lavabo para ver el mensaje de Ana.
- Ahorita vengo, voy a la plaza – comentó, al ver a su madre y hermana en la sala viendo una película mexicana.
- No llegues tarde – contestó Angélica – te vienes a cenar.
- Si madre – contestó, amenazando con lanzar un cojín a su hermana por su gesto burlón.
David se encaminó con los audífonos puestos a la casa de Ana, a pesar de estar a pocas calles rodeaba cuadras a propósito para no llegar apresuradamente y escuchar uno de sus remixes favoritos.
- Hola – saludó tímida y cordialmente a la mujer frente a él – ¿está Ana?
- Hola Paco, hace mucho que no te veía – comentó la madre de la chica con un tono amable y enérgico – estás bien grandote… – dijo, al hacerlo pasar a la sala.
- Gracias – dijo éste con torpeza y pena extrema.
- Ana se está bañando – dijo, tomando unas llaves de la mesa del centro de la sala – y ya sabes que tarda una eternidad – comentó con un tono de complicidad, pero perfectamente audible.
- Ya deja de dejarme en ridículo mamá – dijo Ana desde el baño, haciéndoles saber que estaba al pendiente de la llegada del chico.
- Ya me voy Ana – dijo Consuelo en voz alta fuera de la puerta del baño – llegas temprano, acuérdate que tu hermana no se llevó sus llaves de la casa. Adiós Paco, me saludas a tu mami.
- Con gusto, adiós – contestó, esperando a que cerrara la puerta para subir los pies al sillón y encender la televisión.
- ¿Estás cómodo wey? – preguntó la chica, saliendo del baño para sacarse el cabello frente a un espejo del pasillo y ver a Francisco tirado a lo largo del mueble.
- Me falta una cerveza – dijo éste sin inmutarse a voltear – ándale pásame una.
- Nomás queda agua de horchata – contestó la chica desde la cocina – ¿No se te antoja otra cosa?
Francisco no entendió la pregunta hasta ver a la chica frente a él: iba vestida en unos shorts cortos pero holgados y una camisetavarias tallas más grande que la adecuada.
- ¿Ya cámbiate no? – dijo Francisco, tratando de enfocarse más en la televisión que en la chica.
- ¿Sabes? He estado pensando en lo que pasó en el baile y…
- Disculpa, me da mucha pena – comentó Francisco, apagando el televisor y dejando el control sobre la mesa del centro.
- No, yo… yo tengo la culpa – comentó Ana, sentándose cerca de los pies del chico – debí besarte desde hace mucho tiempo – dijo, acercándose sigilosamente al rostro paralizado de Francisco.
- Ana yo… – murmuraba Francisco con nerviosismo al sentir las manos de Ana recorriendo su cara, cuello y pecho.
- No digas nada – susurró a escasos milímetros de su rostro – no lo eches a perder – dijo, antes de desabotonar con frenesí la camisa del chico sentándose sobre sus piernas.
Aún sorprendido por la reacción de Ana, Francisco no podía asimilar que su mejor amiga estaba casi desnuda frente a él, intentaba no dejarse llevar por el sabor de sus labios o el calor de las piernas de la chica en su cintura. Francisco comenzó a mover sus manos monótonamente por la espalda de Ana cuando por fin pudo deshacerse de su camiseta para dejar ver unos perfectos y suaves senos que tomó entre sus manos masajeando a la par que respiraba frenéticamente besándola.
- ¿Quieres seguir aquí? – preguntó la chica con los brazos alrededor del cuello de Francisco, un mensaje que el chico entendió a la perfección.
La cargo con rapidez hasta su habitación donde la dejó delicadamente en la cama mientras se deshacía del pantalón y los zapatos con presteza. La sola visión de Ana semidesnuda frente a él lo hacía excitarse como nunca antes. Cuando se desnudó por completo, recorrió con sus labios el pubis subiendo por su estómago deteniéndose en los senos, donde su lengua jugueteó con los pezones de la chica, lo que le provocaba ligeros gemidos mientras arqueaba la espalda de placer.
Francisco se abalanzó sobre la chica besándola con más pasión que antes, con una mano se sostenía en un costado mientras que con la otra exploraba la zona erógena de Ana, quien expresaba su placer clavando las uñas en la espalda de Francisco y exhalando aire entrecortadamente.
El frenesí del chico era tal, que despojó con fuerza a Ana de sus shorts, dejando ver toda su anatomía desnuda, el chico comenzaba afrotar su pene palpitante de calor contra la vagina de la chica suavemente, una acción a la que ella respondía besando el cuello del chico y revolviéndole el cabello. Cuando Francisco estuvo listo para penetrarla, miraba como su miembro se introducía lentamente en la chica, una visión que le hizo acalorarse al ver el rostro de éxtasis de Ana, una sensación mejor que la que veía en los rostros de las chicas de los videos pornográficos que miraba por las noches. Cuando su pene estuvo dentro por completo, comenzó con un suave vaivén sintiendo la fricción de su cuerpo con el de la chica.
Sentía las mejillas encendidas, unas pequeñas perlas de sudor que nacían en su frente, y un cosquilleo que iba desde la planta de sus pies recorriendo toda su espalda hasta llegar a la yema de sus dedos eran la sensación que sentía a cada movimiento en el que penetraba a la chica, gozando mucho más que cuando se masturbaba durante la ducha.
Ana recorría con sus uñas el pecho del chico hasta llegar a su abdomen bajo donde sentía el miembro de Francisco penetrarla con más rapidez, fue entonces que el chico tomó a Ana por la espalda para abrazarla y sentir más cerca su cuerpo con el de ella. Francisco se tiró de espaldas para ver el cabello de la chica en movimiento al compás de su baile de caderas. Ana tomó las manos de Francisco poniéndolas por encima de la cabeza del chico, lo que le daba a él la libertad de disfrutar de sus senos sin dejar de mover su cadera en un frenético ritmo para llenarlos a ambos de placer.
Los gemidos de Ana eran cada vez más sonoros, Francisco respiraba rápidamente conteniéndose el mayor tiempo posible cuando no pudo resistir eyacular, acompañando esa electrizante sensación en todo su cuerpo con un estado de total relajación.
Ana dejó caer su extasiado cuerpo sobre el de Francisco, sintiendo como el semen del chico que había caído en el abdomen de éste humedecía su vientre bajo. Ella se recostó a su lado jugueteando con su cabello mientras él perdía la mirada en el techo, sus mejillas enrojecidas hacía que sus ojos verdes intensificaran su brillo.
- Oye… – murmuraba la chica, haciendo que éste la mirara con los ojos brillantes pero inexpresivos y sorprendidos – ¿Quieres que sea tu novia? – preguntó, recostándose de lado para tener una visión de su completadesnudez: su piel tersa, abdomen plano y pene aún erecto era una tentación irresistible para ella.
- No sé – contestó él, fingiendo restarle importancia – ya tuve lo que quería, ¿por qué querría que fueras mi novia?
- Porque igual que yo, quieres que se repita – le dijo al oído, levantándose de la cama y dirigiéndose a la ducha por segunda vez.
