La hija del Jimador - Capítulo VIII



Faltaban unos cuantos días para que comenzara la fiesta de Estipac, pero se sentía algo diferente en el aire que a la gente la mantenía a la expectativa: las rápidas ráfagas de aire hacían mover los lazos decorativos en cada una de las calles y el sol hacía ver más brillantes las casas recién pintadas para agradar la vista de Cristo Rey los días que se asomaba por el gris cielo.

A pesar de que en poco tiempo la música se escucharía por nueve días consecutivos en la plaza, la carretera principal del pueblo se hacía notar esa tarde por la celebración del día de las paseadoras: en conmemoración a un aniversario más de la edificación del templo de Cristo Rey jinetes y caballos acaparaban el camino principal de la colonia, luciendo los mejores ejemplares equinos y disfrutando al ritmo de la banda.


  • ¿Ya están listos? – preguntó David desde la cocina, esperando a que sus hijos menores y esposa bajaran del piso de arriba.
  • ¡Voy! – gritó su hija, tras darse un último vistazo en el espejo y acomodarse el sombrero en las escaleras.
  • ¿Ya se llevaron a tu mamá? – preguntó su esposa, al no ver la camioneta familiar en el patio.
  • Ey... David ya se los llevó para apartar lugar – contestó, ayudando a su esposa a subir a su cabalgadura – hija súbete conmigo, tú Paco vete atrás de tu madre.

El aludido no contestó, se guardó el teléfono en un bolsillo de sus bermudas y subió abrazando la cintura de su madre. Ellos como decenas de personas se encaminaban a la larga carretera que una vez al año fungía como pista para que chicos se lucieran con sus caballos frente a las muchachas del pueblo.

Después de unos minutos tras cabalgar bajo el sol, llegaron a un punto donde identificaron la camioneta estacionada bajo un frondoso árbol, sus abuelos y Erika estaban sentados en la tapa trasera del vehículo y en sillas plegables.



Su hermana tomaba fotografías a su sobrino mientras Erika y David se subían a un caballo para integrarse al torrente de jinetes que se perdían de vista en el ondulante camino.


  • ¿Todavía sabes montar hijo? – preguntó su abuelo a Francisco, quién con uno de los auriculares en los labios estaba al pendiente por si alguien le llamaba.
  • Pues más o menos – contestó, alzando la mirada sobre su teléfono
  • Pa’ que te lleves a pasear a una muchacha – dijo su padre, destapando con su llavero una de las cervezas.
  • Oye papi, si un muchacho quiere llevarme a pasear, ¿me das permiso?
  • Pero hasta donde te pueda ver, ¿eh? Nada de andarte llevando hasta el crucero – comentó su padre con un ligero tono de recriminación.
  • Ay David déjala – decía su madre, acercándose a su esposo para que la rodeara con su brazo por la cintura – ¿Ya no te acuerdas cuando me llevabas hasta el azufrado a caballo?
  • No pos si – contestó David besándole la mejilla agregando una sonrisa al recordar esos momentos cuando eran más jóvenes.

A lo lejos entre la multitud de gente que se concentraba en la carretera, Angélica pudo ver a una de sus amigas, que iba acompañada de Martín en un caballo color café.


  • ¡Angy! – gritó la chica para hacerse oír, bajando de un salto del animal para encontrarse con su amiga – Me hubieras avisado que venías – dijo, deteniéndose a cierta distancia para no saludar a la familia de su amiga.
  • Te iba a mandar un mensaje pero se me olvidó por cuidar de Armandito.
  • ¿Es tu sobrino verdad? – preguntó, al ver entre brazos de su amiga al niño que veía a los caballos con gran interés.
  • Sí, es el hijo de mi hermano, el más grande.
  • Nombre,  si con esos ojazos se nota luego, luego – dijo Laura, tomando la manita del niño – ¿Vas a andar aquí? Para irnos a dar una vuelta – dijo, al ver al chico que esperaba sobre su cabalgadura.
  • Ahorita vengo – comentó, caminando de regreso a donde estaban sus padres – mami, te dejo a Armandito, voy a estar con unas amigas – dijo, despidiéndose de sus padres y abuelos con un gesto de su mano que ni siquiera ella pudo definir.
  • ¡Con cuidado! – exclamó su padre, viendo a su hija perderse de vista.

Sorteando a gente y caballos por igual, llegaron hasta una banqueta donde había más compañeros de Angélica que había dejado de ver desde la secundaria, muchos de ellos habían crecido y algunos habían cambiado por completo, tanto físicamente como en su forma de vestir.


  • Ya se me hacía que no te iba a volver a ver después del baile – comentó Martín, bajando del caballo y guardándose el fuete entre el cinturón y el pantalón, haciendo sonar sus espuelas a cada paso entre las piedras.
  • ¿Crees que me ando escondiendo o algo? – preguntó la chica, después de saludar a todos sus amigos.
  • Yo nada más decía, con eso de que no te había visto en la plaza pensé que te habías ido de regreso a Guadalajara.
  • Ya te dije que voy a pasar todas las vacaciones aquí – comentó ella – ¿Y tú sigues estudiando?
  • Mecánica, en Santa Anna – contestó, recargándose en una pared y cruzándose de brazos para estar más cómodo que simplemente de pie.
  • ¿Quieres ir a pasear un rato? – preguntó tímida, ignorando las bullas y burlas de sus amigos que los miraban de reojo.
  • Ya te habías tardado – dijo Martín, acercando el caballo a la parte más alta de la banqueta para que la chica pudiera subir y agarrarse de la cintura de Martín para cabalgar.

A trote lento la chica podía ver a toda la gente que se reunía cada año: camionetas, sillas y hasta toldos formaban parte de un acaparamiento total de la carretera por personas y caballos por igual.


  • ¿A dónde quieres ir? – preguntó Martín, girando su rostro para escuchar más de cerca a la chica quedando sus mejillas a centímetros de sus labios.
  • No muy lejos – contestó, al recordar las palabras de su padre.

Martín clavó un poco las espuelas en el animal para que éste acelerara el paso, fue entonces que se encaminó una vereda tan estrecha en la que Angélica debía protegerse de los rasguños de las ramas de los árboles.


  • ¿A dónde vamos? – preguntó extrañada, al no reconocer el camino que tomaban.
  • Ahorita vas a ver – contestó Martín, llevando al caballo en un sinuoso camino de piedras y lodo.

Al doblar en una esquina, Angélica se sorprendió al ver una laguna de la que no sabía su existencia: el agua lucía sumamente cristalina como para estar rodeada de tierra, además, los rayos del sol del atardecer la enmarcaban como un oasis entre hectáreas de caña.


  • Todas estas son las parcelas de mi papá – comentó el chico, señalando ampliamente con un brazo hacia el frente – cuando llueve la laguna se llena y aprovechamos para regar la caña – comentó, bajando del caballo tras la chica y amarrar al caballo en un árbol frutal.
  • No sabía que esto estaba aquí  – comentó Angélica. Cuando viajaba en carretera sólo veía cientos de hectáreas de sembradíos, pero nunca se le ocurrió pensar que dentro de ellos había cuerpos de agua o alguna otra sorpresa más.
  • Mira ven – comentó, tomando a Angélica de la mano y llevándola por la orilla de la laguna, donde había un improvisado muelle de madera cuyas tablas crujían a casa paso – ¿tú no tienes calor? – preguntó, sentándose en el muelle y quitándose las botas y calcetines, mojando sus pies con el agua fresca.

Angélica se sentó a su lado cruzando los pies y entrecerrando los ojos, la luz del atardecer  era tan brillante que se multiplicaba gracias al agua y el tallo amarillo de la caña.


  • Angélica… – murmuraba Martín, recostándose con los brazos cruzados tras la cabeza – ¿tienes novio? – preguntó. Su tono de voz era más pausado y suave que antes para sorpresa de ella.
  • No – contestó rápidamente, al notar que por la sorpresa de tal cuestionamiento había pasado algunos segundos en silencio.
  • ¿Por qué? Si eres muy bonita – dijo éste con naturalidad, entornando sus ojos entrecerrados.
  • Porque nadie me ha preguntado si quiere que sea su novia.
  • Y si yo te dijera que si quieres ser mi novia, ¿Qué dirías? – preguntó de nuevo, ahora recargándose en un brazo para ver de cara a Angélica, misma que obligaba a su cerebro a procesar la pregunta de Martín. Sintió como una ligera picazón subía por su espalda y le encendía el rostro en un calor que no había sentido antes.
  • No sé – comentó ella, jugando nerviosamente con sus dedos – ¿por qué yo?
  • Porque desde la secundaria a nadie tenía ganas de ver más que a ti – dijo Martín, acercándose a la chica – ¿te puedo dar un beso? – preguntó él con temor, mientras ella asentía despacio.

Sentía la mejilla de Martín junto a la suya y sus labios por fin habían sentido un calor especial. Ella cerraba los ojos muy despacio, escuchando agudamente el sonido de los grillos y perdiéndose en el brillo de las luciérnagas que bailoteaban sobre el agua, presagiando la caída de la oscuridad.