La hija del Jimador - Capítulo VII






Dormía plácidamente bajo las sábanas cuando un fuerte estruendo de pólvora lo hizo abrir los ojos al escuchar el estallido que anunciaba la llegada de los días de fiesta. A pesar del ruido, se tomó el tiempo suficiente para analizar su alrededor identificando su habitación: un escritorio con una laptop, un bote de basura vacío y varios libros empolvados en la estantería rodeaban su cama por el lado derecho. De forma instintiva como cada mañana estiró su brazo para tomar el teléfono de la mesa y leer las notificaciones que había dejado pendientes desde la noche anterior.


Navegaba entre notificaciones de nuevos seguidores, likes en fotografías y mensajes de WhatsApp cuando un nuevo estallido en el cielo lo tomó por sorpresa.

  • Ay no puede ser – comentó con voz apagada, cubriéndose la cabeza con la almohada.
  • Hijo, ¿ya despertaste? – preguntó su madre entrando a la habitación, moviendo despacio uno de los pies desnudos que el chico tenía fuera de las cobijas. Éste no contestó al instante, se limitó a emitir un gruñido para que su madre notara que al menos estaba con vida – Bajas a desayunar para irnos con las imágenes – comentó. Fue entonces que Francisco dibujó un gesto que parecía de dolor, desagrado y cansancio.


La salida de las imágenes desde el templo era una tradición iniciada en los años perdidos del tiempo en la que campesinos de la colonia salían acompañados de una imagen de Cristo Crucificado y la Virgen de Guadalupe, pidiéndoles por un buen temporal de lluvias donde las lágrimas de la virgen regaba los campos de maíz y caña para así conseguir buenas cosechas y compensarla a ella y al Santo Padre con pirotecnia y música en su templo.


  • Te espero abajo – sin esperar respuesta, su madre cerró la puerta tras de sí.
  • Shit – murmuró, al ver que no tenía opción más que bajar de una vez. Se vistió rápidamente con una camiseta y unos jeans para bajar a desayunar.
  • Hola – saludó a los presentes: su abuela, su madre, hermana y Erika, que alimentaba a su hijo.
  • Mijo – comentó su abuela, al verlo sentarse a la mesa – ¿Qué quieres para desayunar? Hay huevitos, frijoles fritos, chilaquiles…
  • Un huevo porfa – comentó, hundiendo la cara entre sus brazos.
  • ¿Luego por qué tan cansado? – preguntó su abuela al verlo
  • Anda bien crudo – comentó su hermano, entrando a la cocina para cargar ollas en la camioneta – ayer se puso una buena bailada ¿o no carnal?
  • ¿A qué hora llegaron? – preguntó su abuela extrañada, al no saber que habían salido de noche.
  • Como a la una en pleno tormentón – contestó, acomodándose el sombrero y llevando una olla caliente a la parte trasera de la camioneta.
  • Que bárbaros – comentó su madre – le hubieran llamado a su padre para que fuera por ustedes.
  • Ay no, no quisimos molestarlo – comentó Erika – ya era tarde para despertarlo.
  • Se despertó de todos modos – comentó su suegra – cuando llegaron escuchó el portón y se asomó a ver.
  • ¿A qué hora se van mami? – preguntó Angélica, tomando de su taza de café.
  • Ahorita que tu padre termine de partir la leña la cargan a la camioneta y ellos se van a llevar la comida – contestó – yo creo ustedes se van a ir con nosotros caminando porque atrás ya no cabemos.


Francisco no pudo evitar un sollozo de agonía, su dolor de cabeza había aparecido de nuevo, en parte por los persistentes hachazos de su padre partiendo leña en el patio para calentar pozole elaborado en los corrales de las amas de casa de Estipac y por otro lado, por tener que formar parte de la procesión.

Cuando la camioneta estuvo cargada, David junto a Erika, su abuela e hijo se encaminaron hacia donde sería la misa al aire libre, llevando las bolsas y canastas con comida que la gente subía para aligerar su ferviente andar entre los sinuosos caminos de piedra y terracería.

Sin ánimos siquiera de tener los ojos abiertos, Francisco cargó con una mochila en la que llevaba una botella de agua, una gorra, lentes de sol y varias cosas de su hermana (gloss para los labios, pastillas de menta, papel higiénico, pasadores y ligas para el cabello, una lapicera, una gorra, botella de agua y un pequeño espejo), mientras ella sólo cargaba al cuello su cámara fotográfica.


  • ¿Cómo te fue ayer? – preguntó la chica de la nada, caminando al lento compás de su hermano para no mezclarse con la gente que cantaba al unísono con sus gargantas curtidas por los años y rezaba oraciones escuchadas por los viejos detrás de las imágenes religiosas.
  • Bien – dijo éste vagamente, buscando la sombra de los árboles a la orilla del camino – aunque no tan bien como a ti.
  • ¿Por? – preguntó rápidamente la chica mirando a su hermano, que sólo caminaba con las manos dentro de los bolsillos de sus jeans.
  • Porque bailaste toda la noche, casi no te vi en la mesa – contestó
  • Es que también había mucha gente – dijo la chica, deteniéndose para fotografiar un frondoso árbol – además te quería dejar a solas con Ana.


Angélica no sabía qué reacción esperar de su hermano, al mirarlo de reojo notó que éste agachaba más la mirada y sus pasos eran más titubeantes y lentos que antes.


  • No sé Angy – comentó, rompiendo el silencio abrumador acompañado de la inusual negrura del día – cuando nos íbamos no me dijo nada, ni siquiera me volteó a ver.
  • ¿Pero le dijiste algo cuando estaban solos? – Francisco negó con la cabeza, intentando no alzar la mirada – ¿Ella te dijo algo cuando estaban solos? – El chico volvió a formar un gesto negativo – ¿Entonces?
  • Nada más… la besé – confesó pateando con fuerza una piedra que encontró en su camino.
  • ¿Y ella que hizo? – Más que querer enterarse de todo lo sucedido, la chica esperaba que le sirviera a su hermano esa charla como una forma de desahogarse.
  • No sé, yo sólo cerré los ojos y… no sentía nada – dijo, escondiendo la mirada entre la visera de su gorra y su cabello – tengo miedo de que piense de que lo hice borracho – comentó – pero es que se veía tan hermosa – agregó para sorpresa de su hermana, que sólo se había expresado de las mujeres con un ‘es linda’ o ‘bonita’.
  • ¿Y cómo reaccionó?
  • Me tomó del rostro, sentía sus manos en mi cara y… sentí que flotaba.
  • Paco, creo que no tengo que decirte que también le gustas – dijo Angélica, guardando la cámara en la mochila que su hermano cargaba en sus espaldas.
  • ¿Tú crees? – preguntó su hermano expectante.
  • Si no te golpeó, te cacheteó o lo impidió, entonces también quería que sucediera – dijo ésta con resolución.
  • Tengo miedo de que lo tome de otra manera – dijo Francisco, retomando el paso para acercarse al grupo de personas que cargaban las imágenes y rezaban.
  • Y no vas a saber hasta que le preguntes.
  • ¿Pero si no quiere verme?
  • Oye, deberías ser más positivo. Piensa que si ella también te quiere vas a ahorrarte todas estas preocupaciones y se puede dar algo más.


Francisco no contestó. Sabía que su hermana tenía razón aunque le costara admitirlo. Dentro de él tenía una sensación de felicidad por al fin besar a la chica que le gustaba, pero por otro lado se debatía entre arriesgarse a dar un siguiente paso o continuar como los buenos amigos que habían sido desde hace años.

Al girar a la derecha en una bifurcación del camino se encontraron con las primeras casas de la población donde sería la misa: una comunidad rural perdida entre vegetación donde las casas dejaban ver chirriantes puertas de madera y fachadas de adobe que resistían a caerse con el paso del tiempo. Unos metros más adelante del camino una plaza de toros con sillas y algunos toldos les marcaba el lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia. Francisco vio a su padre junto a otros tres hombres depositar la imagen que cargaban en hombros sobre un improvisado altar, secándose el sudor de la frente que personificaba de forma física su acto de fe, mientras a lo lejos su abuela y cuñada preparaban junto a otras mujeres de la comunidad la comida para los peregrinos.


  • ¿Quiubo? ¿ya mejor? – preguntó su hermano a Francisco sentándose junto a él y ofreciéndole una bebida energética.
  • Algo – contestó vagamente, dando un largo trago a su bebida – ¿Te puedo preguntar algo? – David no contestó, simplemente miró a su hermano a los ojos, esperando a que formulara su pregunta – ¿Qué se siente tener a alguien siempre a tu lado?


David no contestó al instante. Exhaló un suspiro y se rascó la barba buscando una respuesta.


  • ¿Qué sientes cuando Erika está a tu lado? – preguntó concretamente, dando a entender que buscaba respuesta de una pregunta en específico.
  • Me gusta el olor de su pelo – contestó David, mirando a lo lejos a la chica, que jugaba con su hijo con una pequeña pelota – me pone la piel chinita cuando siento su respiración en mi cuello cuando duerme y me gusta ver esos ojitos cuando se despierta.
  • ¿Y cómo fue que quiso ser tu novia?
  • Le rogué – contestó inmediatamente – nunca le había rogado a ninguna otra mujer más que a ella – Francisco sabía que su hermano decía la verdad. Recordó aquellas veces en las que sorprendía a Erika con flores y serenatas en su casa. – ¿Tú sientes lo mismo? – preguntó, tomando por sorpresa a su hermano.
  • Creo que sí – dijo éste, hundiendo la cara en sus rodillas.
  • Ay carnal – comentó David como si sintiera pena por él – Pues aviéntate, al fin que sobran mujeres y tequila con qué curarse el dolor – dijo, como si la solución fuera obvia y sencilla.
  • Crees que es fácil porque ya estás casado y hasta un hijo tienes pero…
  • Pero si no te avientas no vas a saber si es la buena – dijo David, poniéndose de pie y acomodándose el sombrero – carnalito, si de veras la quieres aviéntate porque tienes dos opciones: o la encuentras a la primera o vas a andar perdiendo el tiempo con otras hasta que encuentres a la morra con la que quieres despertar diario.

Francisco nunca supo que podía sentirse peor. No por un dolor de cabeza, de garganta o ardor en los ojos. Había algo en el pecho que lo molestaba. Su hermano tenía razón: se arriesgaba para perder o ganar. Nunca supo que el amor tenía que doler así.