La hija del Jimador - Capítulo VI



Era la mañana del sábado cuando podía escucharse más movimiento de lo normal en la calle. Angélica se despertó gracias al relinchar de los caballos que descansaban bajo su ventana.

-              Buenos días – saludó en la cocina a su madre y a su abuela, poco después Francisco bajó con el cabello revuelto y bostezando.
-              ¡Ay niño! Ya córtate ese pelo  – dijo su abuela cuando lo vio con su cabello revuelto.
-              Así es la onda abue – contestó el chico, tomando una manzana del frutero de la mesa.
-              Así es la onda… – susurró recriminando la justificación de su nieto.
-              Aquí está la leche amá – anunció David, entrando a paso apresurado cargando una pesada cántara de metal, dejándola sobre el pretil de piedra de la cocina.
-              Ahí déjala hijo, ahorita la hiervo para hacerles un chocolate – dijo su madre.
-              Se me antojaron unos frijoles puercos, ¿si hay? Comentó Francisco, con la cara entre sus manos mostrándose aún con sueño.
-              Si no es restaurante wey – dijo David, sentándose en una silla de madera, dejando su sombrero en el respaldo – güela, ¿vamos a ir al baile en la noche?
-              No hijo, yo ya no estoy pa ir a los bailes – contestó la aludida, sin perder de vista el contenido humeante de las ollas que tenía frente a ella.
-              ¿Va a haber baile? – preguntó Angélica, tomando de la taza que su madre le ofrecía.
-              Va avenir la San José a tocar – contestó David, doblándose las mangas de la camisa dispuesto a desayunar.
-              No pues sabe – comentó Francisco, que no tenía idea de qué hablaban.
-              Si van a ir me dejan a Armandito, para que dejen dormir al pobre niño sin tanto ruido – comentó la madre de los chicos.
-              Yo quiero ir – dijo Angélica a Francisco para que la acompañara.

Su hermano se había acostumbrado a esa mirada suplicante que adoptaba para que él la acompañara a cualquier lugar con ella, ya que de lo contrario no tendría permisos de salir tan fácilmente.

-              ¿Vamos, si?
-              No sé – contestó su hermano – a lo mejor voy con Ana, si quieres vas con nosotros.
-              ¿Te vas a ir a bailar con tu novia del otro día? – preguntó David burlonamente – ¡Ya era hora!
-              ¡Que no es mi novia!
-              ¿Ah ya no? Pues te buscas otra, como si no hubiera de donde escoger.
-              Ya David, déjalo – intervino su madre, dejando a mitad de la mesa un tortillero yun recipiente con salsa.
-              ¿A qué hora es el baile? – preguntó Angélica, dispuesta a avisar a sus amigas que ahí estaría.
-              Como a las nueve – contestó David – ¿Van a ir entonces? Porque nos sale mejor comprar la mesa para los cuatro.
-              Vamos pues – dijo Francisco, al ver que su hermana lo miraba con súplica – pero primero acompáñame a la unidad deportiva, quiero jugar tenis, nunca usé mi raqueta allá en Guadalajara.

Tras desayunar, Angélica y Francisco se encaminaron a la unidad deportiva: un campo abierto donde había una pared alta de cemento rodeada de una cancha de fútbol y juegos infantiles corroídos por el abandono. El chico comenzó a jugar en solitario mientras su hermana enviaba mensajes desde su celular.

-              ¿Vas a venir o qué? – preguntó su hermano, golpeando su raqueta con fuerza para correr a su encuentro de nuevo.
-              Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
-              ¿Qué?
-              ¿Ana es tu novia o no?
-              ¿Tú también? – preguntó Francisco enojado, golpeando tan fuerte la pelota que su hermana no alcanzó a contestar – ¡¿Es obligación tener novia o qué?!
-              Perdón yo… yo nada más preguntaba

Francisco miró a su hermana, notando que ésta estaba estática y tímida, como si él fuese a partirle la raqueta en la cara.

-              Oye, no… No quería gritarte – dijo Francisco, acercándose a su hermana – Es sólo que me molesta que como David ya está casado y con un hijo quieran lo mismo de mí.
-              Perdón Paco – dijo Angélica, mirando el rostro de su hermano con una mirada fugaz.
-              Además… tú sabes… con la escuela y todo lo que hago no tengo tiempo para dedicárselo a otra persona.
-              ¿Pero si te ha gustado alguien, verdad?
-              En la escuela siempre veo a chavas bonitas, pero… tengo miedo de que me rechacen, que me digan que no.

Angélica guardó silencio mientras su hermano evitaba su mirada fingiendo tomar agua y apreciar los altos árboles del parque. Siempre pensó que sus hermanos eran muy diferentes, pero nunca pensó que serían en extremo polos opuestos en el asunto de sentimientos y chicas.

-              ¿Entonces no has tenido novia?
-              Una sola vez pero… No duró mucho tiempo – comentó, botando la pelota con rapidez – terminó conmigo porque necesitaba atención y yo me enfocaba en mis estudios. Así que… desde entonces… no he tenido novia – concluyó con una sonrisa que intentaba inútilmente parecer natural – cada vez que digo que no tengo tiempo para salir o tener novia se ríen, como si fuera un chiste con gracia – comentó, intentando no ver a su hermana a los ojos.
-              Pero… ¿te ha gustado alguien, no?
-              Tengo miedo de acercarme a alguien y que yo no sea lo que ella espera – dijo Francisco, caminando lentamente hasta dejarse caer en una banca de cemento.
-              ¿Estás hablando de… Ana?

Francisco no contestó, solamente miraba la punta de sustenis mientras golpeaba repetidamente la raqueta contra el suelo.

-              ¿Por qué no le dices que te gusta? – preguntó la chica, sentándose a su lado interpretando su silencio.
-              Porque es de los pocos amigos que tengo – comentó – tengo miedo de arruinarlo todo si ella no siente lo mismo por mí.
-              Pero si no le preguntas nunca vas a saber.
-              Prefiero no saber a ya no tenerla como amiga – contestó Francisco con resolución – es prácticamente la única persona que conozco en este pueblo.

Angélica no supo qué decir, tomó la mano de su hermano con fuerza y él sólo se limitó a exhalar un suspiro.

-              ¿Ya nos vamos? Quiero bañarme antes de ir al baile en la noche – dijo Angélica, buscando la pelota que Francisco hizo volar con fuerza.
-              Pero faltan como seis horas.
-              Es que apuesto que tú tampoco sabes qué te vas a poner – comentó la chica, levantando a su hermano con fuerza y echándose una pequeña mochila al hombro.

Durante toda la tarde, Angélica se dedicó a estudiar un viejo álbum de fotografías que yacía casi olvidado en el librero. Su madre, sentada en un equipal próximo leyendo una revista contestaba aquellas dudas que a su hija le surgían.

-              ¿Cómo era mi bisabuela? – preguntó, al ver una foto de su padre cuando éste tenía unos nueve o diez años, donde se le veía acompañado de sus padres y una señora mayor en el centro de la imagen.
-              Doña Margarita era buena persona – dijo Angélica, mirando al frente con añoranza, como si el recuerdo de la abuela de su esposo se materializara frente a ella entre el agua que emanaba de la fuente – según tu padre era muy estricta y gruñona, pero como era su primer nieto y el más cercano lo procuraba mucho. A ti ya no te tocó conocerla – comentó – me acuerdo que cuando estaba embarazada de ti me decía que nunca iba a llegar a conocerte – su hija giró su cabeza rápidamente, teniendo atención absoluta ante las palabras de su madre – no porque presentía que iba a fallecer, lo que pasó es que dejamos de verla un tiempo por el trabajo que teníamos en la hacienda.

En cada fotografía, Angélica podría visualizar los ojos verdes vivaces y alegres que su padre heredó de su abuelo: sumamente expresivos, aunque enmarcados por las líneas que dejan rastro del paso del tiempo.

-              Mi papá siempre ha trabajado aquí, ¿verdad?
-              Aquí lo conocí – afirmó su madre, añadiendo un lento gesto de afirmación con la cabeza.
-              ¿Es cierto que le pegaste porque te robó un beso?
-              Me tomó por sorpresa – comentó su madre, recordando cada detalle de aquel día – lo primero que se me ocurrió hacer fue darle una cachetada. Aunque después me buscó para disculparse.
-              Ay qué lindo – dijo su hija, imaginando a su padre pidiendo perdón.
-              ¿Te digo algo? – Preguntó su madre en un tono de complicidad – cada vez que lo veo salir al azufrado o llegar a caballo me acuerdo del primer día que lo vi – comentó, dibujando una sonrisa nerviosa.
-              ¿Cómo era cuando eran novios? – preguntó su hija con más curiosidad, olvidándose del álbum de fotos que cerró con fuerza dejándolo sobre sus piernas.
-              Era muy detallista, y lo sigue siendo – apuntó, al recordar aquellos paseos espontáneos o salidas a la plaza – cuando nos conocimos, me regalaba una rosa cada día cuando nos veíamos en la plaza… Me tomaba de la mano y me regalaba muchas cosas, de hecho me regaló éste – dijo, sacando de dentro de su blusa dosmitades de corazón, una con su nombre y otra  con el de su esposo – tu padre desde siempre ha sido un hombre muy atento.
-              ¡Angy, ya llegó David! – gritó desde el balcón superior Francisco, que salía de su habitación abrochándose las mangas de la camisa.
-              Ya nos vamos – dijo Angélica a su madre, dejando el álbum en la mesa de madera frente a ella y despidiéndose con un beso en la mejilla.
-              ¡Con cuidado! – alcanzó a gritar su madre, al ver a su hija correr a la puerta.

Angélica se encontró con su hermano que bajaba las escaleras revisando su teléfono.

-              ¿Vas muy guapo para ir a donde no te gusta ir, eh? – comentó Angélica, al ver a suhermano con camisa de manga larga, pantalón ajustado y zapatos formales.
-              Yo siempre voy guapo – contestó éste – tú te estás quedando ciega.
-              ¿Ya se van? – preguntó su padre, cargando entre brazos a su nieto y dejando en un sillón una pañalera.
-              ¿Ya llegó David?
-              Los está esperando afuera, me lo encontré ahorita que le terminé de cambiar el aceite a la camioneta.
-              Ya nos vamos entonces – dijo Francisco, guardándose el teléfono en la bolsa trasera del pantalón.
-              Se vienen con cuidado – dijo su padre – cualquier cosa me avisan ¿eh?
-              Adiós pá – dijo Francisco, cerrando tras de sí la puerta principal de la casa.

Fuera del portón de hierro estaba Erika y David. El chico abrazaba a su esposa por la cintura mientras ésta tomaba una foto con su teléfono. Angélica caminaba con dificultad con sus altas botas por el pequeño tramo empedrado de la salida de la hacienda hasta la calle que conectaba con la plaza.

-              ¿Listo pa' agarrar novia carnal? – preguntó, rodeando con un brazo a su hermano.
-              ¿Por qué? ¿A cuántas me vas a presentar? –  Para sorpresa de sus hermanos Francisco estaba decidido a seguirle el juego a David, esperando que si le daba por su lado terminaría por dejarlo en paz.
-              ¡No carnal! Ahí en el baile sobra con quien bailar, porque te quiero ver bailando con todas, ¿eh?
-              Ya oíste Erika, cuando te enfades de bailar con éste me avisas.
-              ¿Ah sí cabrón? – David golpeó con el puño a su hermano en el hombro, mientras Angélica y su esposa se limitaban a reír.
-              Oye, ¿le avisaste a Ana que íbamos a pasar por ella? – preguntó Angélica
-              Si, dijo que nos veía en la esquina de su casa – comentó éste – ah mira, ahí viene.

Por una calle que comenzaba a tomar aspecto de estacionamiento se veía a una chica vistiendo su peculiar versión de la vestimenta clásica de las chicas para los bailes: su cabello recogido la hacía ver más alta, su arrugada camisa a cuadros y jeans negros lucían más modernos gracias a unas botas de piel de aspecto militar, a diferencia de los taconesaltos de Angélica y las botas de Erika.

-              Hola – saludó Ana en general – Órale, hasta que te veo bañado – comentó, dirigiéndose a Francisco.
-              Y a mí por fin se me hizo verte peinada – dijo – ¿Ya nos vamos o ibas a comprar algo? – preguntó, al ver que Ana se dirigía a una calle donde la mayoría de los locales eran tiendas.
-              Iba a comprar mi boleto, se me pasó comprarlo antes.
-              ¡No te apures! – Exclamó David, tomando a Erika de la mano – mi hermanito acá venía diciendo que él te paga el boleto si tú le disparas la primera cerveza.
-              Pues va – comentó Ana, caminando detrás de la pareja, junto a Angélica.
-              Hola Ana – saludó Angélica a la chica – no sabía que estabas aquí.
-              Vine por vacaciones también, mi papá se quedó en Morelos y me vine con mi mamá un tiempo. Por cierto ¿te ves más grandecita, eh? Me acuerdo cuando estabas más chica y te cuidábamos cuando jugabas en la plaza.
-              Cuando nos hacía mosca – dijo Francisco, fingiendo toser para no ser escuchado.
-              ¡Cállate! – Exclamó su hermana apenada.
-              Estás muy guapa, ¿a poco ya tienes novio?
-              A eso viene, a ver si agarra uno borracho – dijo Francisco, arreglándose el cabello mirándose en el reflejo de la pantalla de su teléfono.
-              Así me agarró Erika – comentó David, dejando ver que estaba pendiente de la conversación – me agarró bien pedo en un baile.
-              Ay, no es cierto – exclamó ésta, golpeándolo ligeramente en la espalda antes de darle un beso.

En el salón donde sería el baile se encontraron con una gran fila de personas que comprarían su boleto de última hora, a diferencia de unas pocas que entraban con entradas compradas en preventa.

-              Mmmta, vamos a tardar un buen – dijo Ana, viendo como casi un centenar de personas estaban esperando ser atendidas. 
-              Si quieren ustedes métanse y yo me espero con ella a comprar el boleto – dijo Francisco, mirando como una persona autorizaba la entrada a quienes compraron su boleto previamente.
-              Carnalito, ven – David, tomó por el codo a su hermano para alejarlo un poco de las chicas y hablarle en privado – a la morra que te gusta nunca tienes que hacerla esperar – dijo, haciendo que Francisco se viera sorprendido al tomar eso como un consejo.
-              ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué se pase así como así?
-              ¿Cuánto traes? – Preguntó David con poca paciencia –  Francisco sacó su cartera y dejó ver unos cuantos billetes, algunos de ellos de $200 y $100 pesos – Vamos a comprar su entrada de otra forma – dijo, tomando un billete de $200 de su hermano.

Sin decirle nada más, David sacó de su cartera cuatro boletos que le daban derecho a una mesa dentro del casino, esperó a que el encargado de la entrada estuviera sólo para hablar con él.

-              Quiubo primo – saludó, obteniendo como respuesta un gruñido del regordete hombre – compré una mesa para cuatro pero a mi hermano se le ocurrió traer a su novia y… quiere quedar bien con la chava, ¿si nos haces el favor de dejarla entrar? – el hombre se sorprendió al ver la franqueza con la que David hacía su petición, por lo general quien buscaba colarse le hacía plática más tiempo o hasta le ofrecía una cerveza – ándale, y te damos pa’ tu chesco – dijo, ofreciéndole los cuatro boletos y el billete doblado.
-              Pásenle pues – contestó, guardándose rápidamente el billete en la bolsa y echando los boletos a una caja de madera pequeña – pero no le digan a nadie ¿eh?
-              ¡Cómo crees! – dijo David, palmeándole el hombro con fuerza – te veo adentro ¿eh? Para echarnos unos tragos – dijo, haciendo una señal  con el dedo pulgar y meñique simulando una botella.

Dentro del salón, se apreciaba un elevado escenario con instrumentos colocados listos para que la banda tocara. Había dos hileras de mesas con cuatro sillas cada una a cada lado de la pista, algunas de ellas ya ocupadas por los asistentes, pero la mayoría vacías.

-              ¿Dónde nos sentamos? – preguntó David, conduciendo de la mano a su esposa entre las sillas.
-              ¿Aquí, no? – comentó Erika, al ver que no estaba ni tan cerca de las bocinas, ni tan lejos del baño.
-              Siéntate – comentó Francisco, ofreciéndole una de las cuatro sillas a Ana que había en la mesa.
-              Carnal, ¿me acompañas por la botella? – David le dio un beso a Erika en el cuello antes de acercarse a la barra – ¿Vas a aguantar o te rajas? – preguntó, pidiendo una botella de tequila.
-              Si quieres que te lleve arrastrando a la casa, vas – dijo Francisco, sacando la cartera para pagar.
-              No carnal, yo invito. Nada más acuérdate de quedar bien con tu morra – dijo David, pagando y tomando la botella de tequila, refresco y unos vasos.

De regreso las tres chicas charlaban entre sí: Erika y Angélica contaban como todo el salón estaba repleto de flores blancas el día de su boda con David.

-              … de hecho mi papá mandó a pintar el salón, porque antes tenía un color bien feo y oscuro.
-              Ay si, se veía horrible, También le pusieron piso porque antes era puro cemento – comentó Erika mirando a su alrededor – se ve mejor así en blanco, luce más espacioso
-              Ten – Francisco le ofrecía a Ana una cerveza enrollada en una servilleta desechable.
-              Pensé que me tocaba invitarte – comentó la chica
-              Se me olvidó – dijo éste encogiendo los hombros y recargándose en la pared al lado de la silla donde estaba su amiga.

A la par que el lugar comenzaba a llenarse, el escenario era ocupado por los integrantes de la banda. Angélica pudo ver a chicos y chicas de su edad, pero hasta el momento ninguna cara conocida.

-              Buenas noches bonita gente de Estipac, nosotros somos sus amigos de la banda San José de Mesillas esperando que se pasen una bonita noche, y esto dice más o menos así…

Al instante la banda comenzó a tocar una canción sumamente movida, haciendo que docenas de parejas, entre ellas David y Erika acapararan la pista de baile. Le costó a Francisco acostumbrarse al alto volumen de la música, lo que hizo que dejara de conversar con su hermana y amiga.

Francisco destapó la botella de tequila sirviéndose en un vaso y ofreciéndole a las chicas, de la que sólo Ana aceptó ya que su hermana no estaba acostumbrada al sabor de la bebida. Sentados soportando el sonido de la música revisaban fugazmente sus teléfonos cuando Angélica sintió que le tocaban el hombro. Al girarse, descubrió a una de sus amigas de la secundaria tras ella.

-              No pensé que ibas a venir – dijo la chica prácticamente gritando para hacerse oír sobre la música.
-              Vine con mis hermanos – contestó – ¿Y tú?
-              Vengo con Maritza, Ale y Jenni – dijo – ¿vamos a bailar? Estamos acá adelante.
-              Ahorita vengo – gritó a su hermano, que sólo alcanzó a hacerle una señal de aceptación.

Laura, la amiga de Angélica condujo a su amiga hasta una mesa donde las otras tres chicas tomaban refresco pero se podían ver también algunas latas de cerveza.

-              ¿Vamos a bailar? – preguntó Laura a las chicas mientras Angélica saludaba con la mano, mismas que se pusieron en pie para adentrarse a la pista de baile.

La banda tocó cuatro canciones consecutivas para tomar un breve descanso en el que Angélica y sus amigas aprovecharon para regresar a sus asientos, sin embargo Angélica sintió una mano que la retenía por el codo.

-              ¿A poco ya te vas? – preguntó una voz familiar, al girarse notó que Martín, su amigo de la secundaria estaba frente a ella.
-              No, yo iba a tomar refresco, es que me dio sed y…
-              Te invito una cerveza, si quieres… – dijo Martín, señalando la barra del otro lado de la pista.
-              No tomo alcohol – contestó ella un poco apenada.
-              ¿Un refresco entonces?
-              Bueno, sí – contestó con una sonrisa. Angélica siguió al chico que la guiaba tomada de la mano hacia la barra, en donde un hombre con prominente bigote expendía las bebidas.
-              Dos cocas porfa – dijo Martin al hombre, que rápidamente sacó de una tina con hielo las dos latas de refresco.
-              Gracias – dijo Angélica, bebiendo de la fría bebida.
-              ¿Hasta a qué hora te vas a quedar? – preguntó Martín, caminando tras la chica entre la gente.
-              No sé, vine con mis hermanos, supongo que cuando ellos se vayan me voy con ellos.
-              Entonces si me va a dar tiempo de bailar contigo – comentó, dejando su lata en la mesa donde no se inmutó de saludar a las amigas de la chica – ¿O no quieres? – preguntó, mirándola a los ojos.

Angélica no contestó, sólo atinó a asentir mientras la música comenzaba a sonar de nuevo. Rápidamente dejó su lata de refresco en la mesa y se adentró a la pista de baile, donde Martín tomó una de sus manos, rodeándola por la cintura con la otra.

-              Te ves más bonita que en la secundaria – le dijo éste al oído, lo que provocó en la chica una sensación de frío de los pies a la cabeza.
-              Gracias – contestó entrecortadamente, preguntándose cómo es que de repente sintió calor en su rostro.

No sabía cómo, pero las piernas reaccionaban por sí solas al igual que el movimiento de su cintura, protegida por el brazo de Martín, quién hundía su rostro en el cuello de la chica perdiéndose en su aroma. De pronto la música se volvió más lenta y ella se aferró a su cuello con ambas manos mientras él la abrazaba por la cintura, siluetas dibujadas borrosamente por la iluminación del lugar se movían a distinto compás, dejando ver sus rostros de forma fugaz. Angélica reconoció a su cuñada, que abrazada de David sonreía ligeramente al escuchar lo que éste le decía al oído, y para su sorpresa a su hermano y su amiga, que se burlaban sonoramente de la torpeza de ambos al no poder acoplarse para bailar.

Tardaron varios segundos en darse cuenta de que la música había cesado, sin embargo el chico no dejaba de tomar a Angélica por la cintura.

-              Tienes unos ojos muy bonitos – comentó Martín, sin perder de vista el rostro de la chica.
-              Gracias – contestó ella, sintiendo que las piernas no le respondían.
-              ¿Quieres ir a tomar algo?
-              No – dijo rápidamente – estoy bien, ¿tú quieres ir?
-              No, yo nada más decía – comentó Martín, restándole importancia.

Sin decir otra palabra continuaron bailando perdiendo la noción del tiempo, fue hasta que regresaron a la mesa con sus amigas cuando llegó Francisco con el rostro algo sonrojado, al igual que sus ojos.

-              ¿Ya nos vamos? – Preguntó  – Ya es casi la una – comentó, señalando su reloj.
-              Si, voy a despedirme – comentó ésta, poniéndose de pie para decir adiós a sus amigas.
-              ¿Cómo que ya te vas? – dijo Martín, mirando a la chica a los ojos con una sonrisa tímida.
-              Ya es tarde – dijo ésta. Sentía como todas sus amigas la miraban reprimiendo una sonrisa o una burla, pero a ella no le importó.
-              Bueno, a ver si se me hace verte en la fiesta. – Dijo Martín, tomando a Angélica por los hombros y dándole un beso prolongado en la mejilla – Adiós – dijo, perdiéndose entre la gente.

Comandados por David, se abrieron paso entre la pista de baile llena para salir del salón, sin embargo se encontraron con una fuerte lluvia que les impedía llegar a casa.

-              Mmmta, ¿y ahora? – preguntó Francisco
-              El cielo está bien aborregado, la lluvia va pa’ largo – dijo David – pues deja voy por la camioneta – dijo éste a Erika, dándole su teléfono y cartera para que los guardara en su bolsa – ahorita vengo – dijo éste, corriendo por toda la banqueta bajo la lluvia hasta doblar en una esquina.

Los demás se quedaron esperando con gente que igual buscaba como salir de aquel lugar. Pasaron varios minutos cuando una camioneta se estacionó en la salida de manera brusca, David tocó el claxon y se bajó a abrir las dos puertas del lado derecho de la camioneta familiar para que entraran. Francisco se introdujo del lado del copiloto y espero a que subiera Ana para cerrar la puerta.

-              ¿Dónde vives Ana? – preguntó David al volante, sorteando vehículos que sólo se alcanzaban a ver gracias a sus luces.
-              En esta calle das vuelta a la izquierda – contestó, lista para saltar a la banqueta en cuanto tuviera la puerta de su casa enfrente.

Al llegar al lugar indicado, la chica se refugió bajo el balcón del segundo piso, buscando su llave en los bolsillos para entrar y despidiéndose con el gesto de su mano. David siguió conduciendo entre ríos de agua hasta llegar a la entrada de la hacienda, donde bajó rápidamente para abrir mientras su hermano conducía lo más cerca posible de la casa.

-              ¿Ya llegaron? – Preguntó su madre, bajando las escaleras con rapidez, arropándose con una cobija – ¡Vienen bien mojados! – exclamó, al ver a su hijo mayor prácticamente escurriendo – Quítate esa ropa, te vas a enfermar, ahorita les traigo unas toallas para que se metan a bañar– comentó, subiendo más rápido de lo que bajó al escuchar la puerta abrirse.
-              ¿Cómo te la pasaste carnal? – preguntó David, quitándose la camisa mojada y las botas.
-              A toda madre – contestó éste, desabrochando su camisa y quitándose unos húmedos calcetines.
-              ¿Se van a quedar verdad? No se pueden ir con ese aguacero – comentó su madre de regreso, dándoles toallas secas a todos – le va a hacer daño al niño si lo sacan, está bien dormido el pobrecito.
-              Pues sí, hay que quedarnos – dijo Erika, al ver que David esperaba su opinión.
-              Paco, hijo, dale chance a Erika de que use el baño de arriba. Hija préstale ropa para que duerma, y ustedes usen el baño de abajo.

Francisco se echó la toalla al hombro y siguió a su hermano hasta el baño de la planta baja, donde se sentó en el inodoro esperando a que David terminara de bañarse.

-              ¿Cómo te fue con la morra carnal? – preguntó David desde la regadera mientras Francisco presionaba la toalla contra su rostro intentando alejar el zumbido de sus oídos.
-              Bien… – contestó vagamente. Para él era como estar con su amiga cualquier otro día, pero con demasiada gente y música que a ninguno de los dos gustaba.
-              ¿Bien… o bien, bien? – Preguntó, deseando saber más – ¿le diste sus buenos besos?

Francisco no contestó, se quedó mirando su reflejo en el espejo delante de él notando como sus mejillas se veían encendidas a pesar de la gélida temperatura por la lluvia.

-              ¿Qué sentiste cuando besaste a Erika por primera vez? – preguntó, al ver a su hermano salir de la regadera desnudo y secándose con una toalla.
-              Sentí como cosquillas en mis piernas y que el corazón se me salía – contestó, poniéndose unos bóxers y secándose el cabello.
-              Yo… sentí que flotaba – comentó, mirando a su hermano, como esperando a que éste le dijera si era normal o había tomado más de la cuenta.
-              Ay carnalito – dijo David, exhalando un suspiro – cuando una morra te deja pensando así, es porque ya te fregaste – comentó, dándole unas palmadas en el hombro a Francisco, quién recordaba al calor del agua recorriendo su cuerpo cada rose de sus labios con los de su hasta ahora amiga.