La hija del Jimador - Capítulo V



Escuchando sólo el canto de los gallos rompiendo la quietud sofocante de los rayos del sol y el relinchar de algún caballo, Francisco y su abuelo permanecían sentados en silencio en la sala uno frente al otro, mirando expectantes un tablero de ajedrez.

-              Vas abue – comentó el chico, tras ejecutar un movimiento.
-              Ya perdiste – anunció el hombre triunfante, moviendo la pieza de su dama frente al rey.
-              ¿Qué? ¿Otra vez? – Exclamó sorprendido – Me estás haciendo trampa – dijo, buscando alguna anormalidad en el tablero.
-              ¡Nombre! ¿Pa’ qué te haces ni sabes jugar? Mejor vete a dar la vuelta a la plaza.
-              Ay abue, que flojera – comentó Francisco, estirando sus brazos al cielo – oye, ¿todavía existe la cascada abajo del colomo?
-              Sabe – contestó su abuelo con duda – hace mucho que ya no voy para allá, con eso de que al azufrado llego por las colinas a caballo, no sabría decirte, ¿querías ir?
-              No, nada más me acordé.

A la mente de Francisco llegaban recuerdos que pensó había olvidado. Recordó cuando su padre los llevaba al azufrado a su hermano y a él después de una jornada de trabajo los llevaba a la cascada para que nadaran en las cristalinas aguas termales del agua nacida en las entrañas de la tierra.

-              Voy a ir a dar la vuelta – comentó de repente, como si la decisión la hubiera pensado por mucho tiempo.
-              ¿A dónde vas?
-              A la plaza, se me antoja algo frío ¿no quieres nada?
-              No hijo, con cuidado – comentó, al verlo salir de la sala hacia el patio.

Como pensó, se había encontrado con una plaza casi vacía, excepto por los perros callejeros que merodeaban por los botes de basura, veía a gente entrar y salir rápidamente de las tiendas y negocios para exponerse el menor tiempo posible al sol.

Se sentó bajo un frondoso árbol y se limitó a subir los pies a la banca para dejarse rozar por el viento. El campanario del templo dio las seis de la tarde cuando vio a varias personas acercarse a la capilla, entre ellas a su abuela, una ferviente mujer católica. Había perdido la mirada tan profundamente en ese tumulto de gente que no se dio cuenta de que tenía a una chica al lado de él.

-              Ni pareces de rancho – comentó ella, dándole un ligero golpe en el hombro para que la mirara.
-              ¡Wey! Pareces fantasma – comentó, al reconocer a su acompañante – te apareces así nada más.
-              ¿Querías que me anunciara o qué? – preguntó sarcástica – ¿Cuándo llegaste? No te había visto.
-              Desde hace como cuatro días – contestó, añadiendo un sonoro bostezo – ¿y tú? Pensé que andabas en Morelos.
-              Neel, mi papá se fue de viaje y me quedé con mi mamá en este pueblo bicicletero.
-              Wey, bien que te gusta estar aquí.
-              Pues nada más porque no hago nada – contestó ella.
-              Tu siempre tan activa y trabajadora – comentó Francisco.
-              Pues son vacaciones wey, ¿quieres que me ponga a sembrar maíz o qué?

Francisco no comentó, lo que le encantaba de su amistad con Ana es que ambos podían expresarse libremente, haciendo del sarcasmo y la crítica sus principales temas de conversación.

-              ¿Sigues en Guadalajara? – preguntó ella, mirando a través de la cámara de su teléfono a Francisco para tomarle una foto, mientras ella agregaba una señal con su dedo medio.
-              Si wey, ya ando viendo lo de mis prácticas.
-              Has de andar en friega – dijo ella – buscando a gente para robar.
-              ¡Cállate! – exclamó él en tono divertido – los abogados no roban wey.
-              Eso dicen todos – comentó ella – pero ya cuando te vea con un carrazo mejor que el que traes ni me vas a pelar, ya sé.
-              ¿Y tú qué? Seguiste estudiando, ¿no?
-              Entré a trabajar por lo de las elecciones, me tocó monitorear en twitter cuáles partidos tenían más impacto y así.
-              O sea, que, como quien dice siempre has estado pegada a una compu.
-              Si wey, por eso estoy gorda – comentó, pellizcándose el estómago.
-              No estás gorda wey, ¿quieres unas papas?
-              Si tú pagas sí, no traigo dinero – comentó la chica.
-              Pinche coda – murmuró Francisco, poniéndose de pie.
-              Wey, tú eres el hombre ¿a tu novia le dices coda cuando no se ofrece a pagar?
-              ¿Quién dijo que tengo novia?
-              No me sorprende que no tengas – comentó Ana, caminando junto al chico al puesto donde una señora freía papas y salchichas.
-              Las mías sin chile, por favor – dijo Francisco, antes de pagarle dos platos de papas fritas.
-              ¿No te gusta el chile?
-              Si no soy tú – dijo Francisco entre risas, lo que le valió que su amiga lo pateara en el trasero.
-              ¿Ya tienes listas tus botas? – preguntó su amiga, tomándole una foto a Francisco devorando una papa.
-              ¿Cuáles botas?
-              ¡Para el baile! ¿O quieres que vaya sola?
-              ¿Me estás invitando? – preguntó sorprendido, no esperaba que su amiga le ofreciera una invitación a un lugar con música y gente a la que sabía a los dos le desagradaban.
-              No wey, te estoy diciendo que me invites.
-              Ah… ¿de plano? ¿Así al fregadazo?
-              Pues si wey, si me espero sentada a que te nazca invitarme me salen raíces en las nalgas.
-              ¿Neta quieres ir?
-              Me cansé de estar encerrada en mi casa con mis primos – confesó – además podemos decir que vamos al baile pero nos podemos venir a la plaza, lo que no quiero es estar en mi casa.
-              No sé wey, me da hueva.
-              Tú naciste con hueva wey, por eso tu jefa tuvo que pujar el doble.
-              ¡Cállate! – exclamó Francisco atacado de risa – ¿ves? Ya me manché mi camisa carísima de París – dijo, tratando de quitar mostaza de su camiseta.
-              Espera, deja te tomo una foto – Ana activó la cámara frontal de su teléfono para tomar una imagen, ella se mostraba divertida tomando la foto mientras Francisco fingía llorar exageradamente – ¿Entonces vas a pasar por mí?
-              No sé wey, a ver si me dan ganas de ir – dijo éste, poniéndose en pie para regresar a casa.
-              Me avisas – dijo la chica, tirando el plato vacío lejos del alcance de los perros – ¡te voy a estar esperando con mis botas! ¡¿Eh?!

Francisco no contestó, simplemente hizo un gesto con su mano para perderse escaleras abajo en la plaza y llegar a su casa, donde lo recibía su madre y hermano en la sala.

-              ¡Quiubo! Ya te vi bien abrazado de una morra en la plaza ¿eh? – comentó David en cuanto lo vio entrar.
-              ¿Qué? Estás wey no estaba con nadie – dijo éste a la defensiva.
-              ¿Cómo no? Cuando vine a dejar el caballo te vi con una chava en la plaza, ¿o me vas a decir que no?
-              ¿Quién era hijo? – preguntó su madre, que sentía gran curiosidad por saber con quién había estado.
-              Una amiga de la secundaria – contestó, sin darle importancia y dejándose caer en el sillón para revisar una notificación de su teléfono.
-              ¿Ve amá? Le dije que en la fiesta de Estipac agarra novia porque agarra.
-              Que no es mi novia – exclamó Francisco, con el tono que usa alguien para comentar algo obvio.
-              Ya déjalo – dijo Angélica a su hijo mayor – ¿No te quedas a cenar?
-              No amá gracias, ya me voy. Voy a llegar a cambiarle las bujías a la camioneta y a checarle la bomba de la gasolina, ayer que llegamos de Cocula llegó tirándosele, ahí nos vemos – dijo como despedida en general.

Francisco no lo miró, sólo se limitó a hacer una vaga señal de amor y paz con los dedos a la par que leía un comentario de su hermana en la foto que Ana subió a Facebook. Sus ojos iban de la cara de la chica a la suya, y sin hacer nada simplemente bloqueó el teléfono y se recostó cómodamente en un sillón.