La hija del Jimador - Capítulo IV



El sol ardía sobre un cielo raramente despejado y azul. Angélica no había recordado tanto movimiento en la hacienda desde que era niña: camionetas con personas y piñas de agave despencadas desfilaban por el patio de la hacienda levantando polvo que generaciones anteriores habían limpiado de sus botas hasta la parte trasera de la misma, en la que junto al establo se adaptó un molino para incursionar en la producción de mezcal.

-              Llévenlas al horno para cocerlas – ordenaba David, indicando la fila de hombres que se perdían tras el establo, donde unos cuantos con afilados machetes las partían en cuatro partes sobre un envejecido tronco para arrojarlas a un agujero en el suelo, donde permanecerían por tres días.

Tras una larga jornada de cargar piñas y enterrarlas bajo tierra, su padre se tumbó en un equipal que había fuera en el patio central haciendo crujir el curtido cuero del mueble. Se quitó el sombrero despidiéndose de los hombres que regresaban a casa y cerró los ojos un momento mirando el cielo a través de sus párpados hasta que sintió un movimiento a su lado indicándole que alguien se sentaba junto a él.

-              ¿Estás cansado  papi? – preguntó Angélica, recargándose ligeramente sobre su hombro, percibiendo el aroma a sudor y tierra que recordaba desde niña cada vez que su padre la recibía en brazos.
-              No, nada más estaba aquí sentado – comentó él a pesar de tener la camisa empapada en sudor en la parte de la espalda – ¿No vas a ir a ningún lado hoy?
-              No sé, no creo. Hace mucho calor y no tengo ganas.
-              ¿Quieres ir a pasear un rato? – preguntó su padre, rodeando a su hija con un brazo.
-              ¿No vas a hacer nada en la tarde?
-              Pues no, hay que esperar a que se fermente el agave para llevarlo a moler.
-              ¿Todavía tienes a ‘rayo’?
-              Todavía lo tenemos, sabes que nadie monta a ese caballo más que tú, si es que todavía te acuerdas.
-              Pues me enseñó el mejor, ¿cómo no voy a saber?
-              Anda a cambiarte pues, saco los caballos y te espero en la entrada
-              Ahorita vengo – dijo la chica, poniéndose de pie rápidamente y entrando a la casa.

Unos minutos después regresó a donde estaría su padre, vistiendo unos jeans y un sombrero que David identificó era de su esposa

-              ¿Lista? – preguntó al ver a su hija acercarse.
-              Lista – contestó, dejándose ayudar por su padre que la subió al caballo por la cintura.

A pesar del sol, el viento de la tarde y la sombra de los árboles les brindaban una sensación fresca mientras galopaban lentamente a través de colinas y caminos empedrados. La chica apreciaba los lienzos piedra formados por manos humanas desde hace muchos años atrás y la vegetación que los cubría resguardando el fruto del sudor y del cansancio: flores de colores radiantes como el lila y amarillo contrastaban con el verde de las hojas de grandes y frondosos árboles, la mayoría de ellos refugio de lagartijas y ardillas silvestres que se escondían ante el sonido de los cascos equinos. Mirando de reojo a su padre, notó como sus ojos claros intensificaban su brillo con los rayos del sol a pesar de mantener siempre un semblante calculador y serio.

-              ¿Vamos a cortar limones? – preguntó su padre tras amarrar a los caballos junto a un arroyo que alimentaba la zanja de agua para que los animales bebieran. La chica contestó con un gesto de su cabeza y de nueva cuenta su padre la tomó por la cintura para ayudarla a pasar de un lado a otro de la zanja. Con el fuete, David alzó unas ramas para que su hija pudiera pasar sin problemas en lo que parecía un escondite creado por la naturaleza: un claro rodeado de árboles frutales de todo tipo donde se disfrutaba de una sombra fresca.
-              ¿Desde cuándo éste lugar está aquí? – preguntó extrañada, al ver que para su padre aquel sitio era lo más normal del mundo.
-              Desde siempre – contestó David con naturalidad – tu abuelo y yo a veces nos quedábamos a dormir para ver a los coyotes – agregó, cortando unos limones de un radiante color amarillo magnificado por el sol.
-              ¿Hay coyotes aquí? – preguntó de nuevo, más sorprendida que antes.
-              ¡Nombre! En la noche bajan todos en manada pa’ bañarse en el venero de abajo y pa’ buscar conejos pa’ comer, pero ahorita que hay sol ni sus luces.

David le extendió a su hija su pañuelo indicándole que amarrara las puntas para que formara un improvisado y pequeño saco de tela donde cargar con la fruta que cortaban: limones, limas y algunos mangos fueron su cosecha por algunos minutos en los que la chica disfrutaba del aire y del aroma cítrico de las plantas.

-              Iba a sembrar calabazas, pero las cabronas ardillas se comían las semillas – comentó, lo que le sacó a su hija una risa involuntaria.
-              ¿Aquí se da de todo verdad?
-              Sí, como tenemos el nacimiento de agua luego, luego todo prende y crece bien bonito, y espérate a que veas los aguacates – dijo, ofreciéndole una mano para ayudarla a pasar la zanja de nuevo.

Caminaron juntos hasta el árbol más frondoso que había: un enorme árbol con una vasta sombra que cubría una decena de metros de diámetro que Angélica identificó como el lugar preferido donde la familia comía cuando decidía salir de la cocina.

-              Yo los tumbo y tú los cachas ¿eh? – comentó el padre de Angélica, que había sacado ente la maleza un gran carrizo con un gancho en un extremo.

Su padre buscaba cortar los aguacates con cuidado y su hija esperaba que ninguno le cayera en la cabeza. Tras atrapar unos cuantos y juntar los que se le escaparon de las manos, padre e hija se sentaron bajo un huamúchil viendo el rojizo tono del atardecer apoderarse de la seca hierba de los cerros y la verde copa de los árboles invadida por las aves.

-              Papi… – dijo Angélica. El tono de su voz sonaba inseguro y tímido regresando de haber lavado un mango para comerlo.
-              Mmm… – contestó su padre, sacándolo de su ensimismamiento y haciendo que abriera aún más sus ojos – ¿qué pasó?
-              Aquí fue donde le diste el primer beso a mi mamá ¿verdad? – preguntó, sonando un poco cursi y tonta para sí misma.
-              Ey… – contestó su padre, ofreciéndole su navaja al ver que le costaba trabajo pelar el mango con sus uñas – después me dio un cachetadón bien bueno, pero valió la pena.
-              ¿Por qué te cacheteó?
-              Porque se lo robé – dijo, confesándolo en el tono que utiliza un niño para comentar una travesura divertida.
-              ¿En serio?
-              ¡Si! Se enojó un chingo conmigo, pero ya después se le pasó y nos hicimos novios.
-              Papi… tú crees que… ¿que soy bonita?
-              ¿Por qué me preguntas eso? – cuestionó su padre extrañado, mostrando un rostro de asombro y duda – Si estás bien chula, no por nada eres hija de tu madre – Angélica lo miró a los ojos agradecida, no sabía que su padre tendría esas palabras para ella – ya vámonos – dijo su padre, besándole la frente – que ya está pardeando la tarde y si nos agarra la noche nos salen los lobos.


Angélica se incorporó para apearse a su caballo cabalgando acompañada del viento fresco que hacia llorar las ramas de los eucaliptos y a las higuerillas, sintiendo el amor de su padre, mismo que no dejaba de dirigirle una sonrisa cada vez que cruzaban sus miradas.