Eran casi las tres de la tarde cuando, a pesar de
escuchar música a todo volumen alcanzó a oír perfectamente el sonido de unacamioneta llegar. Al caminar entre los árboles frutales que inundaban de aroma
cítrico el ambiente reconoció a su hermano mayor, que bajaba de las puertas
traseras una maleta y una carriola plegable, mientras que Erika, su esposa
cargaba a su hijo en brazos.
- Hola – Saludó Angélica, acercándose rápidamente a saludarlos.
- ¡Hola! – Saludó su cuñada emocionada – ¿Cuándo llegaste? – preguntó, abrazando a la chica sin soltar a su hijo
- Hace dos días – contestó ésta, que no podía dejar de mirar a su sobrino.
- ¿Y a mí no me vas a saludar o qué chingados? – preguntóDavid tras desdoblar la carriola y cargarla con la maleta donde debería ir su hijo.
- Tú no, estás bien feo – comentó la chica antes de abrazar a su hermano, que la tomó por la cintura y la alzó lo más que pudo.
- ¡Ya bájala, la vas a quebrar! – exclamaba Erika, mientras el niño en sus brazos los miraba divertido.
- ¿Te trajo Paco o viniste sola? – preguntó su hermano, juntando el sombrero que se le cayó al suelo.
- Llegamos juntos ayer – contestó, cargando a su sobrino y besando cada centímetro de su rostro.
- Entonces si se me va a hacer saludar a mi hermanito – comentó David con una sonrisa maliciosa y empujando la carriola por la adoquinada entrada de la hacienda.
En la sala sólo su abuelo estaba presente, Don David veía
las noticias mientras se escuchaba un leve ajetreo en la cocina acompañado de
compases de metal bailando al son del aroma desprendido de sus ollas.
- ¿Cómo está güelo? – preguntó David al llegar, sentándose junto a él después de dejar la carriola y maleta en una esquina de la sala.
- Bien mijo, ¿cómo les fue? – preguntó su abuelo, recordando la razón de por qué no lo había visto en tres días.
- ¿Pos cómo quería que nos fuera? ¡Si ganamos! Nos llevamos todos los puntos en las manganas, y con el paso de la muerte que se aventó mi tío, pos ya la teníamos asegurada.
- ¿No te dijeron si van a venir para la fiesta?
- A lo mejor sí, pero ya en los meros días – dijo éste estirando la espalda y haciendo crujir su cuello para descansar después de manejar por horas en la carretera.
Hubo varios minutos en silencio dónde sólo se escuchaba
el balbuceo del niño que jugaba con su tía, quién no dejaba de sacarle fotos
con su teléfono.
- ¿Quién llegó? – preguntó Francisco bajando lentamente la escalera dejando notar una voz adormilada.
- ¡Carnal, ven pa’ saludarte! – exclamó David desde la sala, buscando a su hermano.
- No, no vengas – dijo Francisco, regresando con paso lento a su habitación.
- ¡Cómo no mendigo huevón! – David subió rápidamente encontrando a su hermano, bajando con él tomado de los hombros – ¡Tanto tiempo sin verte hermanito! – exclamó, palmeando fuertemente en la espalda de su hermano menor.
- Ya quítate… – con el brazo libre con el que no sostenía el teléfono evadió a su hermano para acurrucarse en el sillón más pequeño de la estancia.
- ¿Ya comieron? – preguntó su abuelo de repente, al ver que eran las tres de la tarde y el aroma a pollo que llegaba desde la cocina se le metía por la nariz.
- No. No nos dio chance, nos vinimos luego, luego porque Erika iba a hacer no sé qué de la escuela.
- Voy a dar de baja a una niña del salón – comentó, tomando el cartón de jugo vacío que su hijo le ofrecía con una pequeña manita – se la van a llevar a Estados Unidos y tengo que darla de baja para que siga estudiando allá.
- ¿Ya tienes grupo? – preguntó Angélica al recordar que lo último en la vida profesional de su cuñada era esperar una plaza para ejercer como maestra de preescolar.
- ¿En qué Kínder estás?– preguntó Francisco, echándose el cabello hacia atrás desenfadadamente.
- Aquí en la Colonia Obrera.
- Lo bueno que te tocó cerca – dijo Angélica – así no te separas tanto de tu precioso ¿verdad chiquito? – Angélica frotó su nariz con la de su sobrino después de hacerle cosquillas que lo hicieron reír sonoramente.
- Ya pásense a comer – comentó Angélica, madre de David, limpiándose las manos con el delantal que sujetaba a su cintura – ¡Ay hijos! ¿A qué hora llegaron? – preguntó, al ver a su hijo y nuera en la sala.
- Apenas – dijo Erika, poniéndose de pie y dejando su bolsa en el sillón – ¿Quiere que le ayude en algo?
- Sírvele a David y a tu hijo, deben tener hambre.
Erika se encaminó a la cocina haciendo sonar sus botas
contra el piso de cemento, para perder ese ruido con el de ollas y sillas
arrastradas para ser ocupadas.
- Ya no tarda en venir su padre – comentó Estela a sus nietos, dejándoles un tortillero del que se veía un ligero vapor escapar de entre las servilletas de tela.
- ¿A dónde fue? – preguntó Angélica, al notar que no lo había visto desde la mañana.
- Anda regando hierba – contestó su madre, echando hielos a una jarra de agua de jamaica y sacando del microondas unas quesadillas de tortilla de harina.
- ¿En el azufrado? – preguntó David, dejando su sombrero en el respaldo de la silla y arrimando una silla alta para su hijo.
- Me dijo que en la zanja de arriba, yo supongo que sí, ya me va a andar para lavar sus pantalones todos enlodados.
- Yo tengo que dejarlos remojando toda la noche con jabón en polvo – dijo Erika, dándole a su hijo pedazos chicos de tortilla – luego les doy una tallada a mano y después los meto a la lavadora, porque si no quedan bien duros.
- ¿Por qué no traes zapatos? – preguntó Angélica de repente al ver a su hijo descalzo sentado en la mesa.
- Porque estaba acostado – contestó Francisco, como si fuera la razón más lógica de todas.
- ¿Qué van a hacer en la tarde? – preguntó David dirigiéndose a sus hermanos, echándole más chile a su taco de picadillo.
- Yo a lo mejor voy con unas amigas al bordo, todavía no sé.
- ¿Y tú mendigo flojo?
- Me voy a dormir toda la tarde porque estoy de vacaciones y me vale lo que digas.
- Vámonos al azufrado a palear unos zurcos – comentó David, como si fuera una actividad que garantizara diversión
- ¿Se borraron por la lluvia? – preguntó su abuelo
- Ey… Con el tormentón de hace dos días la zanja se llenó y se borraron como unos veinte zurcos de la caña – dijo, mirando en los idénticos ojos verdes de su abuelo una expresión de ligera sorpresa – pero pues es rápido, no son todos los zurcos completos, nada más es en donde está el mezquite para abajo.
- Yo quiero ir ¿me llevas? – preguntó Angélica, pensando que sería mejor estar con su hermano que con amigas que sólo criticarían a alguien más.
- Arre, si quieres te llevas al cachetón para que deje a su madre trabajar en paz.
- ¿Quieres ir al campo con nosotros chulo? – preguntó Angélica a su sobrino, que golpeaba la cuchara contra su plato, salpicando salsa roja en su babero.
- Ya llegó su padre – susurró Estela, al escuchar una camioneta llegar junto a un sonoro ruido de metal acompañado de un penetrante olor a una sustancia química.
- Hola papi – saludó Angélica al ver entrar a su padre, que llevaba la camisa sudada en el pecho y los pantalones mojados por debajo de la rodilla.
- Quiubo – saludó su padre, notando la presencia de su hijo mayor y su nuera – ¿a qué hora llegaron?
- Apenas hace rato – contestó Erika, limpiándole a su hijo las mejillas con una servilleta.
- Vete a cambiar y arrímate una silla para que te sientes a comer – comentó su esposa, poniéndose de pie rápidamente para alcanzar un plato y servir a su marido.
- Nombre, voy a regresarme al rato, el agua de antier borró unos zurcos de la parte de la zanja y voy a ir a palearlos de nuevo porque el tractor ya no entra.
- Yo voy apá, usted siéntese a comer – dijo David, que había terminado pronto su plato, retirándose de la mesa y ofreciéndole su silla – yo voy al rato, no tengo nada que hacer en la tarde.
- Ah bueno – comentó su padre. Todos en la mesa sabían que los hombres de la familia Montero no sabían desperdiciar el tiempo en algo que no fuera trabajo.
- Pues si quieres ya vámonos, para que te vayas al azufrado y yo trabajar en lo del kínder – comentó Erika, recogiendo los platos sucios de ella y su hijo para lavarlos en el fregadero – ¿Entonces te lo vas a llevar? – preguntó a Angélica, que daba un último sorbo a su vaso de agua.
- Si, para que no se enfade aquí encerrado – dijo, levantando al niño en brazos.
- Entonces voy a la casa, me cambio y vengo para irnos – dijo David, saliendo a la sala para llevar la carriola y maleta que habían llevado a Tequila. Desde que David y Erika se casaron, su padre les dejó la casa donde había vivido con su esposa para que formaran un hogar como lo había hecho su padre. David y Estela pasaron a vivir en casa de la fallecida Margarita, y David y Angélica se establecieron en la hacienda ya que él estaría más atento de las labores de las tierras al igual que su esposa, que se ocupaba de todo lo referente a las finanzas y los negocios.
- Ahorita vengo por ustedes – anunció David, tras perderse en la puerta de la cocina.
Tras despedirse, Angélica regresó a la sala con su
sobrino mientras que Francisco se tumbaba en un sillón con su teléfono. Media
hora después se escuchaba en el patio de atrás el ruido metálico que notaron al
llegar: David bajaba de la parte trasera de la camioneta un tambo de metal que
llenaban con agua para regar herbicida, también bajó unas bombas de agua y
cubetas vacías para subir una pala, un azadón y un machete largo.
- ¿Ya nos vamos? – preguntó desde la ventana que conectaba con el patio. Angélica cargó a su sobrino echándose la correa de una cámara digital al cuello.
Tras un largo camino en el que se veía a personas a
caballo o en bicicleta regresando o yendo a trabajar sus tierras, llegaron al
azufrado. Para Angélica era como entrar en una pintura vívida: el aire fresco,
el color verde hasta donde alcanzaba la vista y el murmullo de los grandes y
frondosos árboles la hizo sentirse libre y relajada.
- ¿Te vas a tardar mucho? Quiero tomar unas fotos ahorita que hay sol.
- Como una hora más o menos – contestó, bajando de atrás de la camioneta el azadón – ahí te encargo al cachetón, voy a andar en el mezquite – dijo, señalando con el machete un árbol que sobresalía por la parte superior de la zanja – si ocupas algo ahí me echas un grito.
Sin decir nada más, David emprendió la marcha bajo los
rayos del sol, cargando pala y azadón en el hombro mientras en su mano derecha
cargaba el machete como su padre le enseñó: “ándate siempre con el machete en
la mano, nunca sabes cuándo te vaya a salir una culebra. Son puras ratoneras,
pero es mejor no andar tentando al diablo”.
Angélica se paseaba junto con su sobrino por la orilla de
la zanja para tomar algunas fotografías, la mayoría de ellas del niño que
jugaba con piedras, flores y ramas. Después de tomar suficientes imágenes,
sentó a su sobrino en sus rodillas para ver las fotografías de regreso a la
camioneta; sin saberlo, perdía la mirada mientras que el niño presionaba
botones al azar con sus pequeños deditos.
- ¿Por qué tan concentrada? Pensando en el novio de seguro – comentó David a la distancia, aproximándose a la sombra del gran árbol después de terminar su jornada.
- ¿Cuál novio? Yo no tengo novio – contestó sobresaltada – Con el montón de tarea que me dejan no puedo ni ir al cine.
- ¿Y Paco, tampoco tiene novia? – preguntó, recostándose al lado de su hijo, que se subía a su pecho.
- Tampoco.
- ¿Qué luego allá no hay morras guapas o qué?
- Es el que menos tiene tiempo – dijo ella, apagando la cámara y sentándose al lado de los pies de su hermano – el pobre sale de la universidad y llega a comer rápido a la casa para irse a su servicio social – comentó – ya llega en la tarde a hacer tarea y a dormir.
- ¿Y no sale en las noches? – preguntó, quitándole a su hijo una rama seca con espinas.
- Pues a veces le dan ganas de salir o lo invitan a fiestas, pero por mis abuelos se queda en la casa.
- ¿No lo dejan ir?
- No es eso, es que siente que les da la preocupación de que le vaya a pasar algo cuando salga.
- Mmm… – David recordó como su hermano prefería no salir de casa y quedarse leyendo libros y revistas viejas cuando lo invitaba a jugar fútbol o a salir los sábados por la noche, siempre lo imaginó como una persona aburrida y tímida, pero nunca pensó que su hermano prefería que los demás supieran que estaría bien antes de salir a divertirse – pero vas a ver, ahora que sea la fiesta agarra novia porque agarra, y que aproveche que viene mucha gringa para que se lo lleve al norte.
- Jajaja, cállate – dijo Angélica. Su hermano mayor siempre se las ingeniaba para sacarle una sonrisa, la mayoría de las veces de forma involuntaria. – Por cierto… ¿A qué edad tuviste a tu primera novia?
- La primera novia fue en la secundaria – contestó lentamente, obligándose a recordar – en primer grado, después tuve otra y en segundo a...
- ¿Pues cuántas novias tuviste en la secundaria? – Preguntó su hermana extrañada
- Como unas cinco – contestó naturalmente, desabotonándose la camisa para mitigar el calor – ¿Y tú hermanita?
- Nada más uno en tercero, pero anduvimos como tres semanas nada más – concluyó con una risa nerviosa.
- No carnalita, que se me hace que vas a ser tú la que agarre un gringo en la fiesta.
- Cállate – exclamó la chica, golpeando ligeramente a su hermano en una pierna.
- ¿Si te gustaría tener novio o no? – Preguntó David en un tono de confidencialidad, como si ella le fuera a revelar un secreto o una noticia importante.
- No sé... – contestó ella tímida e insegura.
- ¿Cómo no vas a saber? – se incorporó David rápidamente, rodeando con su brazo a su hijo para que no cayera – ¿apoco no te gustaría que te besaran tus cachetitos de bombón? – David pellizcaba con su mano libre una mejilla de la chica, expresándose con un tono que alguien usaría para hablarle a un bebé.
- Quítate – contestó ella a la defensiva, alejando la mano terrosa de su hermano con la suya – si quisiera tener novio pero… no sé, me da pena decirle a alguien que me gusta y que me bateé así bien feo – comentó, haciendo un movimiento con su mano como si tirara algo desagradable a la basura.
- ¡Nombre! Si tú estás para que te rueguen – comentó su hermano, tomando el hombro de la chica para ponerse de pie con su hijo en brazos – vas a ver cómo en la fiesta se te van a arrimar como moscas… – Angélica lo miró con incredulidad mientras éste se ponía en pie para subirse a la camioneta, esperaba que de los chicos que su hermano aseguraría conocería en la fiesta de Estipac, alguno fuera con el que pensó todo el día anterior.
