- ¡Ándale! Vamos a la plaza – Decía Angélica, moviendo a su hermano que acostado boca abajo en su cama escuchaba música en su teléfono.
- Wey, va a llover – decía éste con voz perezosa sin moverse ni un centímetro.
- Ándale, vamos a comprar una nieve, yo te la compro si quieres.
- Asshh, bueno ya – Francisco se quejó sonoramente antes de ponerse unos tenis que había bajo su cama.
Antes de salir se echó un mechón de cabello que caía sobre su frente hacia atrás, tras emitir un profundo bostezo.
- ¿Para qué querías venir? – preguntó éste, subiendo los pies a la banca de la plaza, haciendo que sus rodillas llegaran a rozar su barbilla.
- Nada más para ver que hay – contestó la chica, mirando el inusual color del adoquín mojado e inundando sus fosas nasales del aroma a tierra húmeda.
- Mmmta, ¿o sea que me interrumpiste de mi sagrado sueño para venir a hacer nada? – preguntó Francisco, fingiendo sentirse sumamente ofendido – que hueva, ya vámonos.
- ¿Qué vas a hacer allá? Nada más a tirarte sin hacer nada.
- Pues de eso a estar aquí sentado como wey, mejor mi cama – comentó, dándole la última mordida a su paleta de chocolate.
El tiempo transcurría lentamente entre el sonido de las campanadas del templo y la música de las camionetas que pasaban por la plaza. La gente comenzaba a salir de sus casas tras asegurarse de que no llovería de nuevo, ocupando bancas alrededor del kiosco, cuidando a sus hijos pequeños que andaban en bicicleta, mismos que sorteaban a jóvenes parejas que caminaban de la mano.
- Mmmmta, ya valió cheetos – comentó Francisco, al ver aproximarse a ellos un grupo de cuatro chicas con risas sonoras que llamaban la atención de los presentes.
- ¡Angy! – gritó una de ellas emocionada, seguida de un coro de sorpresa al unísono.
- ¡Nos tenías abandonadas, eh! – comentó otra de las chicas, de piel morena y cabello lacio.
- Llegué ayer apenas – dijo Angélica – ¿Ya conocían a mi hermano verdad? – preguntó, señalando al chico que se mantenía a distancia considerable de las recién llegadas.
- Como olvidarlas – comentó Francisco, reconociéndolas como las amigas de su hermana que no se separaban de él ni un solo instante en la fiesta de quince años de Angélica.
- ¿Te vas a quedar todas las vacaciones? – preguntó una amiga, con el cabello teñido de un llamativo color rojo.
- Sí, me voy a regresar a Guadalajara después de la fiesta.
- Qué bueno que te quedas, así te juntas con nosotras para agarrar novio…
- Te veo en la casa – dijo Francisco abruptamente, despidiéndose de las amigas de su hermana con una señal de amor y paz.
Las cinco chicas se sentaron en una banca platicando y poniendo al tanto su vida desde su salida de secundaria cuando fueron interrumpidas por el sonoro motor de una motocicleta que se aproximaba a la plaza.
- Mira, no se va a morir pronto – comentó una chica en un susurro al ver a un chico acercarse a ellas.
- ¿Y ese milagro? – preguntó el joven, al ver a Angélica frente a él – desde la secundaria te desapareciste ¿Qué te trajo por acá? – preguntó tras saludarla con un sonoro beso en la mejilla – Nombre, si no es por la escuela no te dejas ver – comentó.
- Vine de vacaciones – contestó – también vine a pasar las fiestas de Estipac – agregó, mordiéndose nerviosamente el labio inferior
- Pues a ver si se me hace verte en la plaza – comentó.
- ¿Por qué? ¿A poco la vas a sacar a bailar? – preguntó burlona una de las amigas de la chica.
- Pos si ella quiere nos venimos diario a la plaza – dijo, subiendo a su motocicleta de nuevo - ahí nos vemos – comentó como despedida, antes de perderse de vista al doblar la calle.
- Todavía te gusta, ¿verdad? – preguntó burlonamente una amiga de Angélica, al ver que la chica siguió la moto con la mirada
- ¿Qué? ¡No! – contestó ella a la defensiva – nunca me gustó, era un presumido siempre.
- Si claro… ¿Vas a estar mañana? Vamos a ir al bordo ¿quieres ir?
- Deja les digo a mis papás y yo te aviso ¿va? – comentó, poniéndose de pie a la par que las primeras farolas de la plaza comenzaban a encenderse.
- ¿Dónde andabas hija? – preguntó su abuela – ahorita te vienes a cenar – agregó, al ver que la chica subía a su habitación.
- Si abue – es lo único que pudo contestar. Al subir las escaleras, encontró en un estante de su habitación una foto un poco más chica que las demás: era su generación de secundaria en la foto de graduación, donde identificó a Martín entre dos chicos un poco más bajos que él.
- Hija, ya vente a cenar – gritó su madre desde la escalera, sacándole del pensamiento al chico con el que convivió tres años de secundaria.
