La hija del Jimador - Capítulo I


Su corazón palpitaba violentamente contra su pecho, pero a diferencia de ocasiones anteriores en donde ese síntoma era una muestra terrible de miedo en aquella ocasión era un absoluto sentimiento de expectativa: ver el paso del contrastante panorama de edificios de gris cemento a altos a árboles y plantas que llenaban de color verde hasta donde alcanzaba su vista desde el auto de su hermano la llenaban de emoción.

  • - ¿En qué piensas? Preguntó Francisco, sin perder de vista detrás de sus gafas oscuras la carretera que había frente a él.
  • - En nada – contestó ella tras darse cuenta de que perdía la mirada en el cristal de la ventana. Su voz sonaba seca pero siempre dulce, a diferencia de la varonil pero amable de su hermano.
La presencia de un pequeño cementerio al lado derecho de la carretera le abría el paso a terracería y calles de adoquín haciendo que el tiempo se detuviera y que el pesado aire de la ciudad se desprendiera de ruido y se aligerara con olvido. Sabía que estaba cerca de casa al sentir la emoción de ver ante ella el imponente cancel de hierro forjado que daba paso a la hacienda de su familia. Al bajar del auto notó el fresco aire gélido que la lluvia dejaba como rastro y recordatorio del tiempo de riego en Estipac, notó también el pastoso sentir del lodo bajo sus pies y el sonido de la nada amortiguada gracias a grandes árboles que rodeaban la hacienda. Caminando hacia una de las entradas resguardada aún por envejecidas y chirriantes puertas de madera, escuchó sonidos de cascos contra las piedras: su padre cabalgaba a toda prisa ligeramente empapado y con los pantalones llenos de lodo hasta las rodillas. Sin pensarlo la chica fue corriendo a su encuentro como aquellos días en los que salía a recibirlo tras una larga jornada de trabajo.

  • - ¡Papi! – exclamó ella, llamando la atención del jinete y caballo por igual.
  • - ¡Chula! – contestó el hombre iluminando aún más sus ojos verdes y bajando del caballo de un salto para abrazar a su hija – ¿acaban de llegar? – preguntó, al ver a su hijo caminando hábilmente por donde había menos lodo.
  • - Sí, apenas – dijo ella, recordando ese familiar e imborrable aroma a sudor y tierra que emanaba de las ropas y cuerpo de David Montero – ¿Está mi mamá? – preguntó con emoción, esperando encontrar a toda la familia.
  • - Sí, o quién sabe, cuando me fui a la barranca ahí los dejé – comentó su padre con una voz más enérgica y optimista que de costumbre – pásenle, no nos vaya a agarrar el agua aquí afuera – dijo, rodeando con un torneado brazo a punta de apala y machete a su hijo por los hombros. – ¿Cómo están tus abuelos?– preguntó a éste, para no verse tan maleducado por no interesarse en la familia de su esposa.
  • - Bien – contestó Francisco tras ellos después de tomarse una selfie, pensando que nada terrible podría pasarles en dos horas que los habían dejado solos.
Encaminándose a una vieja cocina que fusionaba algunos modernos artículos electrodomésticos y ollas de barro donde dormía el sazón de salsas, el espíritu de cientos de esencias y el aroma de recuerdos a fuego lento llegaron a una sala donde estaban sus abuelos paternos y su madre, quien remendaba una camisa de trabajo de su esposo.

  • - ¿Ya vieron lo que nos dejó la lluvia? – comentó David en voz alta para hacerse escuchar por encima de la radio que amenizaba la tarde con su eco. Al instante los presentes dejaron de lado sus actividades de ocio para saludar a sus nietos.
  • - ¡Ay mis chulos! ¿Acaban de llegar? – preguntó su abuela, que no dejaba de sonreírles y mirarlos a los ojos con felicidad.
  • - Si abue, apenas llegamos – contestó Francisco, saludando a su madre que dejaba de cocer una camisa de su esposo, y a su abuelo. Después de saludar a los presentes, se dejó caer en un sillón, extendiendo las piernas.
  • - ¿Cómo van en la escuela? ¿Bien? – preguntó su abuelo, apagando el radio que en ese momento anunciaba un baile a beneficio de una preparatoria de otra colonia.
  • - Si, de hecho ya salimos de vacaciones – contestó Angélica por los dos, al ver que su hermano perdía la mirada en su teléfono celular – ¿Y dónde está David? – preguntó al no ver la camioneta familiar en la entrada y no ver rastro de él en la casa.
  • - Se fue a jinetear a Cuisillos – contestó su padre – iba a jinetear la cuadrilla de tu tío Arturo y se fue desde ayer con Erika y el niño.

La chica no pudo evitar una mirada de tristeza, una de las razones por las que pasaba las vacaciones en la hacienda era para ver a su pequeño sobrino.


  • - ¿Los agarró el agua allá también? – preguntó su abuela, doblando el periódico que leía para dejarlo sobre la mesa de centro.
  • - Si, allá también estuvo lloviendo – comentó Francisco, levantando la mirada por encima de su teléfono.
  • - ¿Ya bajaron sus cosas del coche? Para que las suban a su cuarto y descansen un rato – comentó su madre.

A su pesar, Francisco subió y bajó suficientes veces las escaleras para que se le quedara grabado el orden de las fotografías del pasillo: él vestido con una toga en su graduación, su hermana con un flagrante vestido rojo en sus quince años, su hermano en el altar vestido de charro junto a su esposa, y a sus papás cuando eran más jóvenes: cargando a su hermano mayor en lo que pensó era su bautizo.

Angélica entró a su habitación y sintió como si nunca hubiese salido de ahí: la cabecera blanca con calcomanías de estrellas, sus osos de peluche en una repisa, revistas viejas amontonadas en un librero y fotos en el marco del espejo le dieron la sensación de que el tiempo que pasaba en Guadalajara estudiando una carrera nunca pasó. Estaba en casa de nuevo.



(sí, ese último es Arturo)