VII - El Culpable

"La Libertad guiando al pueblo" - Eugène Delacroix





- Usted no cree que yo lo haya asesinado ¿O sí? – preguntó Ryan en el comedor de la embajada, donde Keller miraba perdida la sopa frente a ella.

- No lo sé – contestó, mirándolo como un sospechoso interrogado en el cuartel y no como al agente temporal del departamento de la policía – eres sospechoso tanto como los demás hasta que las muestras de ADN no muestren otra cosa.

Ryan desvió la mirada de la detective, sabía perfectamente que “otra cosa” se interpretaba como su inocencia o culpabilidad en el asesinato de James Colfer.

- Quiero pensar que tú no lo hiciste, pero sabes perfectamente que no puedo conjeturas de la nada – comentó Azzedine, lo que en parte era un alivio para Ryan. La imparcialidad como ética de detective lo hacía sentir mejor hasta cierto punto.

El escaso sonido de los cubiertos de plástico a la hora de la comida fueron interrumpidos de forma intempestiva por el teléfono de Keller, quién nunca había esperado una llamada con tantas ansias en su vida como en aquella ocasión.

- Dime ¿Tienes algo? – preguntó al auricular, esperando tener buenas noticias de Mark.

- Rastreé toda la noche las cuentas bancarias que me diste y hay una que quizá sea la que estás buscando.

- Necesito exactitud y no aproximaciones, Mark – espetó Keller en un susurro, al darse cuenta de que Ryan se mantenía expectante  a la conversación, aún cuando fingía jugar con una papa en su plato.

- Es todo lo que pude obtener de sólo un montón de números – comentó el chico desde la línea telefónica opuesta – oye, aquí todos notan que me comporto de forma rara y que paso más horas en mi guarida que antes. ¡No he ido por donas en dos días! – exclamó susurrante, girándose a la puerta para asegurarse de que nadie lo escuchara.

- Nadie sabrá de esto, te lo juro – argumentó Azzedine – el pasado quedó atrás, ahora dame todo lo que tengas.

- Tengo un domicilio – dijo, después de emitir un suspiro de tranquilidad -  en el historial del catálogo de clientes de la casa de subastas  hay una dirección en Avon, en el distrito de Fountainebleu, tres cuadras al sur de la Iglesia de San Pedro.

- ¿Tienes un nombre?

- Fue compra anónima ¿Recuerdas? Drouot sólo pide una cuenta bancaria para cobrar el monto de la compra y un domicilio en donde entregarla, parece que no les importa quién las compra, en realidad. Pero pude conseguir un mapa, que te mandé por correo por cierto.

- ¿Estás seguro de los datos del comprador?
- Lo descarté de una lista donde había un magnate árabe y un emperador asiático, tomando en cuenta el monto de la compra y las características de la obra, es lo más cercano que tenemos.

- Una cosa más... ¿Cómo van las muestras de ADN de los guantes? – preguntó, esperando que Ryan no hiciera conjeturas sobre la cuestión.

- Tardará un poco, por lo que sé. Se encontraron más de 10 pares de guantes, hay muchas huellas dactilares que analizar.

- Mil gracias Mark – comentó Keller, levantándose de la gélida silla de plástico - ¿no vienes? – Preguntó a Ryan, quién por primera vez desde su llegada a Francia no la seguía como si fuera su sombra - ¿Quieres demostrar que no eres el asesino o quedarte a comer más pan?

Ryan no contestó tal comentario, se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz y alcanzó a Keller en su acelerado paso.

El abrumador viaje de dos horas de París a Avon transcurrió en un silencio incómodo. Keller conducía una patrulla facilitada por la embajada entre paisajes tan distintos como el clima: algunos edificios destellaban la luz del sol en sus cristales mientras que la nubosidad del cielo se cernía amenazante sobre los campos para dejar caer la lluvia, sin embargo, la quietud e una brisa veraniega los recibió en el domicilio indicado por Mark, donde un viejo árbol mecía sus hojas al compás de la quietud de una casa que parecía vieja, pero con mantenimiento reciente como un césped visiblemente recortado  y una reja de madera pintada varios días atrás.

Keller avanzó cautelosa, con una mano sobre el cinturón cerca de su arma por si se presentaba alguna situación. La rápida y nerviosa respiración de Ryan hizo que se escudara detrás de la detective, quedándose justo detrás de ella.

Cuando Azzedine llamó a la puerta, unos pasos apresurados se escucharon del otro lado. Al instante un tímido ojo color verde apareció en el pequeño espacio entre la puerta y el marco de la misma.

- Oui? – Preguntó una sorpresiva voz femenina

- Somos de la policía – dijo Keller, mostrando su placa con rapidez, mientras Ryan apenas la buscaba en sus bolsillos - ¿Podemos pasar? – Preguntó la detective, esperando no inventar una excusa para explicar su presencia en ese lugar.

- ¿Qué quieren? – preguntó la chica, esta vez en inglés, y a pesar de su timidez, abrió más la puerta dejando ver su rostro.

- Estamos investigando un robo – dijo Keller - ¿Podría regalarnos unos minutos por favor? – preguntó de nueva cuenta, sonando tan educada como nunca pensó que lo sería.

- Qui est, Gabrielle? – preguntó una voz aguda desde el interior de una estancia anexa a la sala.

- Sont des flics – contestó la chica - disent enquête sur un vol

- laissent passer – comentó la voz aguda con autoridad.

Cuando Keller y Ryan entraron a la casa notaron que era mucho más agradable verla desde afuera, ya que dentro las paredes se descarapelaban y el polvo llegaba a cubrirlo todo.

- Buenas tardes oficiales – saludó un hombre en silla de ruedas – díganme ¿En qué les puedo servir? Si es que esto me lo permite – añadió señalando sus piernas inmóviles.

- Investigamos un robo – dijo Keller, sentándose en un polvoriento sillón ante la señal del hombre a invitarse a tomar asiento.

- Bueno, como verá, no podría robar algo y alejarme demasiado para que me atrapen – comentó con humor, dibujando una sonrisa en su rostro haciendo que las arrugas de sus ojos y frente bajo su gorra se enmarcaran como surcos.

- No es sobre usted señor... – Keller hizo una pausa para que el aludido diera su nombre, y al menos poder identificarlo de alguna forma.

- Alfred. Alfred Veelducorde, pero puede decirse Alfie.

- Verá Alfie, no sólo se trata de un robo, sino también de un asesinato – Keller captó que tenía toda la atención del hombre frente a ella, fue entonces que decidió hablar sin ningún rodeo, aún enfrente de la chica que no se separaba de aquel hombre – llegamos a usted gracias a los datos que facilitó par la adquisición de una obra en una subasta que puede tener relación con el crimen.

- James Colfer ¿lo conocía? – preguntó Ryan, hablando por primera vez y con seguridad.

Alfred no contestó de inmediato, cuando escuchó aquel nombre se llevó una mano a la frene como si un repentino y fuertísimo dolor de cabeza lo aquejara de forma repentina. Keller notó que a Alfred se le humedecían los amarillentos ojos.

- ¿Asesinaron a James? – preguntó sorprendido - ¿Pero cómo fue? ¿Qué pasó?

- Fue asesinado en el instituto de Arte de Chicago, y además... robaron una pintura de la galería – dijo la detective, esperando no sonar tan fría y distante ante la descripción del crimen.

- Mi amigo James... – lamentaba Alfred, limpiándose las lágrimas con la manga de su suéter

- La línea de investigación indica que el asesino fue pagado por alguien que compraría una obra similar a la subastada en Drouot hace dos días.

- ¡Quién haría algo así! – Lamentaba Alfred.

- Por lo que sabemos el ladrón de la obra y probable asesino son de origen europeo y sabía de su encuentro con Colfer en la galería – argumentaba Keller.

Después de un momento con los ojos cerrados con fuerza y deseando que todo fuera una mentira, reaccionó de manera imprevista y sobresaltó a los presentes llamando a gritos a alguien que al parecer se encontraba en la parte superior.
- ¡Antoine! ¡ANTOINE! – exclamaba el anciano con una voz sumamente potente como para adivinar que provenía de su garganta.

Desde el piso superior llegó el sonido de pasos apresurados que crujían sobre la madera desgastada de la casa. Un joven caucásico apareció bajando las escaleras para atender al llamado de Alfred.

- Pourquoi avez-vous fait cela? – Gritaba el hombre enfurecido, jaloneando la camiseta del chico en cuanto lo tuvo frente a él - J'ai juste eu à donner à la peinture!

- Je n'ai tué personne! Je ne sais pas ce qui se passe! – exclamaba el chico, intentando zafarse de los brazos del hombre mayor, que, a pesar de su edad y condiciones, ocupaba la poca fuerza que tenía en sus brazos para causarle daño al joven.

Keller se puso de pie para hacer que el hombre en silla de ruedas soltara al joven, pero era tal la cólera del anciano que en un arranque de furia se agitó tanto que cayó al suelo  expresando en su cara dolor y sufrimiento.

- Ryan, ayuda a Alfred – ordenó Keller a Ryan, haciendo que su voz se oyera por encima del alboroto, fue entonces cuando todos se dieron cuenta de que la detective apuntaba al joven francés con un arma.

- Je jure que je n'ai tué personne, je ne sais ce que tu veux dire, j'ai juste repris la peinture!

- ¿Qué está diciendo? – preguntó Keller a Alfred, quién  recuperaba su lugar en la silla y el ritmo cardiaco a su estado normal.

- Dice que sólo recogió la pintura, que él no mató a nadie – contestaba Alfred, con una mano sobre el pecho, aún con lágrimas en los ojos.

Sólo unos segundos duró el silencio en la sala de la vieja casa. El ruido de pasos se escuchó de nuevo desde la planta superior, para darle paso a varios jóvenes que aparentaban tener la misma edad de Ryan, aproximadamente. Entre ellos había otra chica con facciones orientales, un joven negro y uno más de piel morena con cabello largo.

- ¿La pintura? ¿La tiene? – preguntó Ryan entusiasmado ante la mención de la obra, ignorando momentáneamente a los chicos que observaban tímidos a Keller con un arma en la mano.

Alfred no le contestó. Hizo una seña para que la chica que había presenciado la violenta escena se acercara a sus labios para decirle en francés un suave susurro. La chica cruzó la sala con rapidez y apartando una silla desvencijada y varias cajas de cartón, salió a la luz el cuadro que los había llevado hasta allí. A pesar de la escasa iluminación del lugar y las pequeñas motas de polvo que contrastaban con la luz, sus colores vibrantes relucían como si se expusiera en la más importante galería del mundo.

- ¿De qué se trata Alfred? – Preguntó Keller mordazmente, empleando el tono de voz que usa con un sospechoso potencial en el interrogatorio - ¿Tráfico de piezas de arte? ¿Asesinos a sueldo?

- James me regaló esa pintura – contestó el hombre con voz agitada y cansada a la vez.

- ¿Porqué lo haría?
- Somos amigos desde hace años... – explicaba el anciano

- ¿Un amigo que regala una pintura sabiendo que había recortes en el presupuesto cultural de Chicago?

- No lo sé... Yo no sabía... – contestaba Alfred nervioso

-  ¿Porqué le regalaría una obra valuada en millones que ni siquiera es de su propiedad?

- ¡Me dijo que era una copia! – exclamó.

Fue entonces que Keller notó que el metal de su revólver era más frío que la temperatura de su sangre. En segundos sintió como todo lo que había dentro de su cuerpo y mente se hubiera esfumado a algún otro lugar de improviso.

- ¿Copia? – Preguntó Azzedine en un hilo de voz, sintiendo que el arma pesaba más que el arma que había abandonado su cuerpo - ¿Una copia? – preguntó de nuevo, buscando con la mirada a Ryan, quien se mostraba tan estupefacto como él.

Los jóvenes presentes  no tenían ni la mínima idea de lo que estaba ocurriendo. Rápidamente Ryan corrió hasta la pintura arrodillándose ante ella cuando la tuvo enfrente.

- ¿Ryan? – preguntó Keller, ignorando como el pecho le subía y bajaba al compás de la febril y distorsionada respiración.

- No sé... – comentó el chico, acercándose al cuadro sin el valor para tocarla con las manos desnudas – es tan... viva. No sé si sea una copia – comentó, lamentando no darle una respuesta.

Keller en verdad esperaba que Ryan le dijera que esa pintura era la verdadera razón por la que habían cruzado el océano, que fuera una excusa suficiente como para justificar el infiltrarse a una subasta privada, internarse a estados de cuenta protegidos y apuntar a un chico con un arma.

- Exactamente ¿Cuál fue su relación con James, Alfred? – Preguntó Keller, dándole una oportunidad a Alfred para que pudiera explicar una situación que no tenía pies ni cabeza - ¿Y quiénes son ellos?

- Son estudiantes incomprendidos – contestó, con una mano sobre la frente todavía – quieren una oportunidad que los museos les niegan rotundamente.

- ¿Y los explota pintando y vendiendo réplicas? – preguntó Ryan, al ver que uno de los chicos tenía rastros de manchas en su camiseta

- ¡Él no nos explota! – Argumentó un chico, al parecer el único que hablaba inglés de los ahí presentes – él sólo nos da un techo y comida. Vendemos réplicas a turistas en plazas y centros comerciales.

- Son rechazados de escuelas y galerías donde quieren formar un nombre, yo sólo les enseño lo que sé y vivimos de ello.

- ¿Y pintando lograron ganar lo suficiente como para comprar una pintura de dos millones de euros?

- Yo compré la pintura – argumentó Alfred – hace años yo era el director de exposiciones del Rijksmuseum en Ámsterdam, antes de que lo cerraran para remodelarlo y me tiraran a la calle – relataba Alfred con tristeza – conocí a James en el trabajo, en un intercambio de obras para una exposición de Rembrandt y nos hicimos buenos amigos,  desde entonces es de las personas que he admirado desde siempre.

- ¿Y por eso lo mando matar? – preguntó Azzedine, dejando en claro que su fortaleza no decaía a pesar de la situación.

- Le juro que nadie en esta sala lo mató. Él me escribía contándome del museo, me contaba sobre las exposiciones y los proyectos del instituto, me dijo que me mandaría una réplica hecha por sus alumnos. Supongo que eres uno de ellos – comentó, mirando a Ryan directamente – Estos chicos darían lo que fuera por estar en tu lugar, pero créanme: harían todo menos asesinar a alguien.

La voz suplicante y casi apagada de Alfred hizo que Keller bajara el arma. De alguna forma el hombre la había convencido de que  el culpable del asesinato no se encontraba allí.

- ¿Le escribía? James no recibía ningún tipo de correspondencia más que el periódico y facturas.

- ¡Claro que las recibía! Y me contestaba de su puño y letra – comentó, señalando papeles acumulados en una mesa que pasó desapercibida a simple vista.

- ¿Cómo entraste a la galería? – preguntó de repente Keller  al chico al que había apuntado, tomándolo por sorpresa y haciendo que se sobresaltara para olvidar el cabo suelto sobre las cartas.

El aludido sólo miraba a su interlocutora sin entender, y buscaba la ayuda del hombre discapacitado.

- Comment avez-vous accéder à la galerie, Antoine? – preguntó Alfred al chico, haciéndole una señal para que se acercara y perdiera el miedo que los últimos minutos le generaron.

- J'ai attendu à l'entrée du musée jusqu'à onze heures, quand il était temps je suis allé et ai trouvé d'attente pour moi de peindre – decía el chico en un francés sumamente rápido. Keller no sabía cómo Alfred o sus compañeros podían entenderle en su lengua cuando ella sólo escuchaba balbuceos veloces.

- Esperó hasta las once de la noche cuando el museo estaba cerrado. James lo recibió en la entrada alterna al museo y lo llevó hasta el estudio donde restauran las pinturas – relataba Alfred, traduciendo lo que el chico le decía velozmente – le entregó la obra y salió de allí, le dijo que un taxi lo esperaba para que saliera y nunca más lo volvió a ver.

- ¿Y qué hay del buque? – Preguntó Ryan, incorporándose tras buscar en vano algo que le dijera que aquella obra era en verdad una falsificación creada para el museo.

- No lo sé, él sólo trajo la pintura –argumentaba Alfred - si hizo algo que fuera de la ley tenga por seguro que no opondrá resistencia en ir con ustedes.

- ¿Y para qué compró la pintura en la subasta? – preguntó Keller, guardando lentamente el arma en la funda de su cinturón, esperando que al menos las respuestas a preguntas disueltas le dieran pistas que perseguir.

- Era parte de un plan: yo la compraba y después de un tiempo la prestaba al Instituto de Chicago para que hicieran una exhibición de Renoir.
- ¿Entonces no la robó? – preguntó Ryan en un susurro a Keller – Pero es propiedad del instituto, no puede traerla así de la nada.

- James se la regaló ¿Qué quieres que haga? No puedo arrestar a alguien por transportar un regalo.

- ¡Pero es propiedad del instituto! – exclamó Ryan repitiendo aún más bajo que antes, ignorando que los demás los miraban sin entender ni una sola palabra – Créame, James no tenía jurisdicción para hacer que una obra saliera del museo sólo porque se le ocurrió regalársela a su mejor amigo.

- ¿Tú pintaste la obra? – preguntó Keller con astucia

- Yo no, la pintamos los estudiantes de...

- Entonces tampoco es de tu propiedad...

- ¿Y va a dejar que ande libre después de entrar a la galería?

- Entró con permiso de James ¿Quieres que lo arreste por eso?

- ¿Y qué hay de eso de que es culpable hasta que se compruebe lo contrario?

- Estamos en Francia, ni si quiera sé si pueda obligarlo a decirme algo

- ¿Entonces por qué le apuntó con una pistola?

- Porque pensé que era el asesino...

- ¿Y por qué no me apuntó a mí cuando lo llamó el otro policía?

- ¡No sean tonto Ryan! Toma la pintura y súbela a la patrulla

- ¿Qué? – Preguntó Alfred sobresaltado – No puede, me la dio James

- O la obra o el chico – dijo Keller en tono de ultimátum – veo que pone las manos al fuego por él, pero debe entender que si ésta es la original, no sólo habrá manchado sus manos de pintura, sino también de la sangre de James – El silencio se había vuelto más denso que las palabras de la detective, los chicos sólo atinaban a mirar al anciano mientras Ryan cubría con su chaqueta el cuadro para causarle el mínimo daño al llevarla al auto – le juro que... en el mejor de los casos se la haré llegar. En caso contrario, tendrá que declarar y... yo le avisaré – dijo, antes de dar media vuelta y dirigirse a la puerta – por favor, discúlpeme con él – comentó, señalando al chico francés que aún la miraba con miedo.

- Agente Larsson – contestó Tyler, estirando su brazo para alcanzar el teléfono en el escritorio

- Soy yo Keller, escucha: Recuperamos la pintura pero tenemos un problema – decía la detective conduciendo a toda velocidad hasta París – quien posee la pintura asegura que conocía a James Colfer y que la obra fue un regalo para él.

- ¿Está demente? ¿Quién podría regalar algo así? – preguntó Tyler sorprendido.

- No lo sé, lo más grave de todo es que asegura que la obra que tenemos es una copia

- ¿Una copia? ¿Hablas en serio?

- Si Tyler hablo en serio, promueve una orden para poder interrogar a los custodios y trabajadores del Instituto de nuevo. Y hazme un favor: dile a Mark que nos dé todo lo que pueda sobre Alfred van... vander...

- Veelducorde – comentó Ryan corrigiendo a la detective.

- Alfred Veelducorde, y cuando me refiero a todo no sólo quiero familia y números. Quiero un pasado, algo que lo conecte con James Colfer de manera directa ¿Me entiendes? Si tiene que recurrir a las viejas tácticas deja que lo haga, quiero la vida de Alfred impresa cuando llegue ¿Qué hay de los guantes de látex?– preguntó, antes de cerrar su teléfono

- Los del laboratorio encontraron parafina en uno de los pares, están reconstruyendo huellas digitales y comparándolas en las bases de datos.

- Bien Tyler, gracias – comentó ella, terminando la llamada - ¿No hay nada que te diga que es una copia? – preguntó a Ryan después de un tiempo sin mirarlo de frente, lo cual el chico agradeció.

- Nada – contestó sin pensarlo - ¿Y qué si la pintura es la original? ¿Arrestará al chico?

- Tendrá que declarar, por lo menos. Aunque en lo personal... No creo que lo haya hecho, ya lo dijo Alfie, viven de las réplicas que venden y si Alfie pudo comprar una obra de dos millones no tenía la necesidad de robarla.

- ¿Le apuntó con un arma y ahora cree que es inocente? – Preguntó Ryan desconcertado - ¿Sabe? Es una suerte que regresemos a Chicago ahora, cuando termine todo esto prometo no volver a cruzarme con usted.

- Por favor – añadió Azzedine en un tono sarcástico insuperable.

Acompañados por un fuerte dispositivo de seguridad desde que pisaron el aeropuerto, Ryan y Keller se dirigían en una patrulla hacia el Instituto de Arte de Chicago, en donde los estudiantes de restauración estaban listos para realizar las pruebas necesarias para aclarar el misterio de la pintura.

- Sea cual sea el resultado házmelo saber enseguida – dijo Keller a Ryan a la entrada de servicio del museo. Ryan sólo asintió, ajustándose los guantes de látex para transportar el cuadro a la sala de restauración.

En la comandancia, Azzedine, tanto Tom como Tyler interrogaban a cada uno de los trabajadores del instituto de Arte que estaban en el edificio la noche en que James fue asesinado para sincronizar cronológicamente sus declaraciones, que dieron como resultado la verificación de la coartada de todos ellos.

- ¿Conoces el nombre de Alfred Veelducorde? – preguntaban a cada uno de los estudiantes, quienes negaban saber su existencia o lo recordaban vagamente como parte de algún trabajo escolar.

- La historia de Alfred y James es cierta  - comentó Mark, saliendo al encuentro de Keller cuando terminaba de interrogar a un miembro del personal de limpieza – Alfred fue el director de exposiciones del museo nacional de Ámsterdam hasta el 2002, cuando cerró para una remodelación que terminó en 2012, ahora con la dirección de Taco Dibbits. Se llama Taco ¿Puedes creerlo? Bueno como sea – dijo Mark, al ver la cara de seriedad de Keller – también es cierto que se conocieron una exposición de Renoir, se  hicieron amigos y eso formó un puente para que América y Europa intercambiaran impresionismo y renacimiento, por lo que pude investigar trabajó y ganó lo suficiente como para adquirir la obra en una subasta, por cierto, en 2006 quiso preceder una fundación para ayudar a alumnos de escasos recursos, pero meses después tuvo un infarto cerebral que le causó la inmovilidad de sus piernas.

- Gracias Mark – Keller tomó el reporte impreso entre sus manos cuando su teléfono celular sonó dentro del bolsillo de su pantalón – Detective Keller – contestó, echándole un vistazo al reporte, donde se encontraban artículos de internet en otro idioma, recortes de periódico impresos y documentos con sellos que nunca había visto.

- Detective, terminamos las pruebas – dijo la voz de Ryan en una tonalidad severa que ella no había escuchado antes – La pintura de París es la original, la copia estuvo expuesta todo este tiempo.

- Pero... – Keller no supo que decir, se dejó caer en la silla frente a su escritorio  dejando que su cerebro procesara cientos de acciones que podría ejecutar, entre ellas ir al instituto a verificar que fuera la obra original, llamar a la embajada de París para que aprehendieran a un chico del que sólo sabía el nombre o llamar a Alfred para reclamarle por darle albergue a un asesino y ladrón.

- ¿Qué hará ahora? – preguntó el chico, esperando alguna orden de la detective.

- Voy para allá – comentó, poniéndose de pie rápidamente – llevaré a una forense para que queda buscar huellas o ADN, necesito que la obra esté lista  para analizarla ¿puedes hacer eso por mí?

- Si, por supuesto, hasta luego.

- ¡Tyler llama a Amelia! ¡Salimos al Instituto cuanto antes! – exclamó a su subordinado, del otro lado del pasillo quién apresuró su paso para cumplir la orden.

Con Keller al volante y la sirena de la patrulla haciéndose escuchar a su paso, el transcurso hacia el instituto duró menos de lo esperado, por lo que tomó por sorpresa a Ryan y los curadores del museo.

- ¿No le hará daño a la pintura, cierto? – preguntó Ryan temeroso, al ver los instrumentos que Amelia ocuparía para encontrar un rastro que se pudiera analizar.

- Las personas con las que trabajo no se han quejado todavía – comentó la chica con una mirada arrogante – así que creo que lo hago bien.

Amelia cubrió con un plástico transparente la parte del óleo para dejar expuesto sólo el marco de la obra. Esparció sobre él un líquido transparente que rebelaría un ligero tono azul si se pondría en contacto con sangre pero no hubo ningún cambio. Con algo que parecía cinta adhesiva, cubrió hasta el último centímetro del marco para obtener huellas digitales manteniendo en suspenso a Ryan ante cualquier daño que le podría provocar a la obra.

- Tengo huellas incompletas – comentó, después de retirar la cinta del marco – tardaré un poco en reconstruirlas, pero podría compararlas con los guantes de látex que se encontraron.

- ¿Si las dos pinturas están aquí qué se está exponiendo en su lugar? – preguntó la detective curiosa viendo las dos pinturas en aquella sala de restauración.

- Se cerró temporalmente esa sala del museo, aunque supongo que ya podemos reabrirla de nuevo con el análisis terminado – comentó Ryan - ¿Le gustaría escoltarnos a la galería? – preguntó, esperando que no lo tomara como una obligación al ser parte del cuerpo de seguridad del estado.

- Bien, date prisa – contestó ella, cruzando los brazos esperando que no tardara una eternidad. Ryan montó la obra en un caballete móvil y la posó sobre él con cuidado con los guantes puestos con ayuda de una chica que a Keller le resultaba conocida.

- Buen día señor Drouig – saludó un estudiante detrás de los demás, haciendo notar la llegada del director del Instituto.

- Buen día chicos. ¡Oh, detective! – exclamó el aludido al ver a Keller entre los estudiantes, siendo la única que resaltaba al no usar guantes azules y delantal que cubría su ropa de la pintura.

- Buen día Douglas –saludó ella, estrechando la mano sudorosa del hombre.

- ¿Hay algún avance en las investigaciones? – preguntó él, mirando la obra siendo transportada por el pasillo.

- Hicimos algunas muestras, esperamos analizarlas pronto – comentó, siguiendo a los alumnos que llevarían la obra hasta su respectiva galería.

- Me da gusto – comentó secamente – eh, Ryan, el sistema de seguridad está abierto para que puedan colocar la pintura de nuevo en su lugar, cualquier cosa que necesiten por favor, llámenme a casa – dijo, antes de salir del pasillo.

La gente admiraba la obra transportada por media docena de personas hasta el lugar que le correspondía. El listón rojo de terciopelo que dividía los visitantes de la obra fue retirado por un momento para que Ryan con ayuda de otro chico, acomodaran la obra original en su sitio. Keller pudo notar que detrás de la pintura, Ryan la aseguraba con lo que parecían ser cables que impedían que cualquier persona la sustrajera con el método de seguridad del museo. Ryan mordía su lengua al asegurar la obra a la pared mientras Keller veía todo eso como una exageración, ya que le resultaba inverosímil pensar que alguien robara la obra a plena luz del día, en la remota posibilidad de que supiera que sería removida de lugar.

Cuando Ryan terminó de ajustarla a la pared, la gente comenzó a arremolinarse alrededor de la obra, los estudiantes les cedían el paso a los visitantes y fue entonces que los murmullos fueron irrumpidos por el teléfono de Keller.

- Detective Keller – contestó, ignorando la mirada de la mayoría de las personas que la rodeaban, al verla como si hubiera gritado improperios dentro de una iglesia.

- Linda, tengo el resultado de las pruebas del guante, espero que aún te encuentres en el Instituto.

- Si, sigo aquí, ¿Qué es lo que encontraron? – preguntó Keller, alejándose de la multitud de gente que se agolpaba a la galería recién abierta.

- En efecto, el asesino es trabajador del museo, se encontraron restos de parafina en el guante con las huellas de Julia Guindi – comentó Amelia, segundos antes de que Keller identificara a la chica que se abría paso entre la gente – concuerda el aceite usado en las pinturas al óleo... – comentaba la forense, sin embargo Keller no escuchaba, estaba a escasos metros de la chica a punto de arrestarla por el delito de homicidio – pero ella no pudo haber asesinado a James Colfer – Azzedine se petrificó con su mano sujeta al brazo de la chica, que la miraba aterrorizada y sorpresiva – el mismo guante fue usado al revés por el asesino para disparar el arma que asesinó a James Colfer.

- ¿Quién fue? – Preguntó, en un hilo de voz que ni siquiera ella misma alcanzó a escuchar

- Douglas Drouig – contestó Amelia – las huellas en el sistema lo confirman como... – Azzedine había dejado a la forense en el teléfono para correr tras Douglas, quién salía del instituto con tanta prisa como ella.

Las quejas de personas que eran empujadas por la detective y algunos reclamos de parte de los visitantes, alertaron a Douglas, quién aceleró su caminata hasta la salida, sin embargo, Keller corrió tras él hasta derribarlo en una de las jardineras delante del Instituto.

- Señor Drouig, queda detenido por el asesinato de James Colfer... – comentó ella, aquejada por el flato en las costillas y el cabello revuelto

- ¡Usted no lo entiende! ¡James quería regalar la pintura!

- ¡Iba a regalar una copia!

- ¡Claro que obsequió una copia! ¡Yo las cambié aquella noche!

- Eso dígaselo a un juez señor Drouig – comentó, esposándolo y llevándolo a la patrulla que lo transportaría a su condena.