VI - La Subasta

"Desayuno sobre la hierba" - Edouard Manet





- Quiero a todos fuera del buque, nadie entra y nadie sale a menos que yo lo diga – exclamaba Keller, bajando de la patrulla de prisa para inspeccionar el medio de transporte por el que la pintura fue enviado – rodeen la zona de desembarque y comiencen a inspeccionar, buscamos un paquete de 100 centímetros por ochenta ¿¡Qué diablos esperas Ryan!? – Preguntó, al ver que el estudiante se quedaba detrás de ella junto a la patrulla, como si temiera recibir una bala perdida - ¿Quieres hacer algo útil? Entonces comienza a abrir las cajas – espetó, internándose en la zona de carga del buque para verificar la búsqueda de la pintura.

En el área de desembarque, diversos camiones esperaban a ser llenados con la comida enlatada y no perecedera para transportarla en los centros de acopio. Durante horas, Keller y Ryan abrían cajas y paquetes con la esperanza de encontrar la pintura en alguna de las 40 toneladas de ayuda humanitaria, cada vez las cajas eran menos y la desesperación iba creciendo. Cuando el buque quedó vacío, Keller interrumpió a Ryan levantando una mano para detener las palabras que no habían sido formuladas en sus labios todavía.

- Sí, señor Rivkim... No está – dijo rendida, después de un suspiro que parecía la última exhalación de su vida – No lo sé, inspeccionamos todo el buque pero no hay rastro de la pintura... bien vamos para allá.

- Detective, tengo la bitácoga del tgayecto del buque – comentó uno de los oficiales dispuestos por la embajada, quién le entregó a Azzedine un cuadernillo con anotaciones en inglés.

- Merci – contestó, odiando tener que sonar educada para dar las gracias en un país ajeno al suyo.

- ¿Y ahora qué? – preguntó Ryan, secándose el sudor bajo las gafas

- Volvamos a la embajada, ahí nos dirán qué hacer – contestó. Por el tono de voz de la detective, Ryan adivinó que era la primera vez que a Keller se le salía el asunto de las manos cuando estaba frente a un caso. Dentro de la patrulla, Azzedine perdía la mirada en el asiento del copiloto. El puño en su barbilla con su brazo apoyado sobre la ventana le daba un aspecto severo y pensante, una cualidad que todo detective tendría que adoptar - ¿Cuánto cuesta? – Preguntó de la nada, tomando por sorpresa al conductor, que no entendía el inglés y a Ryan - ¿Cuánto valió la vida de Colfer? ¿Cuánto pueden llegar a pagar por la pintura?

- Ehh, bien... – Ryan cerró los ojos con fuerza por unos segundos procesando su respuesta – en 1990, una pintura de Renoir fue comprado por 78 millones de dólares, pero siete años después se devaluó a los 50 millones para una galería privada.

Keller no contestó, con la mano izquierda tomó la bitácora del buque y le daba vistazos fugaces. En ese momento se lamentaba por haber sido policía de Chicago, hubiese preferido contestar teléfonos en una oficina o vender café, sin embargo, la satisfacción que sentía al hacer justicia era más grande que el agobio de que no hubiera pistas que los condujeran hacia la resolución del caso.
- No había rastro de la pintura señor Rivkim – comentó Azzedine, sentada en la oficina de la Embajada, evitando la mirada del mandatario – revisamos todas las cajas y paquetes pero... no había nada.

Rivkim no pronunció palabra. Se sentó ante su escritorio con las manos entrelazadas y emitió u suspiro.

- ¿Cuál es el último recurso? – preguntó al aire, más que a la detective que estaba frente a ella.

- La subasta – contestó Ryan – creemos que la persona que contrató al asesino puede estar hoy comprando demás piezas – al sentir la mirada asesina que Keller le dirigía cuando hablaba sin su consentimiento, éste tragó saliva y se estremeció.

- ¿Qué esperan conseguir en la subasta? – preguntó Charles, sin entender del todo.

- Verá, si podemos identificar a alguien que adquiera una obra similar a la de Renoir, podemos investigarlo.

- ¿Me estás diciendo que sólo porque alguien compró la pintura de un mismo artista cuya obra fue robada la convierte en un sospechoso?

- Suena loco, lo sé, pero nadie cuelga en la misma pared un Van Gogh y un Renoir – declaró Ryan, haciendo que Charles cambiara el gesto de incredulidad a duda.

- ¿Hay alguna forma de entrar a la subasta? – preguntó Keller

- No si no tienes millones para ofrecer – contestó Ryan, entendiendo con la mirada de la detective que la pregunta no era dirigida para él.

- Haré que entren – dijo Charles, poniéndose de pie, un gesto imitado por sus interlocutores – permanezcan alerta a cualquier situación.

- Entendido señor – Keller se despidió de Charles con un apretón de manos, seguida de Ryan, que guardaba su distancia entre la detective y él.

- Voy a... comer algo... ¿Quiere ir? – Preguntó, esperando ser lo suficiente delicado y sutil para que Azzedine no le reprochara el hecho de tener hambre en medio de una investigación - yo invito – agregó, esperando que con eso no le disparara en la cara.

- Bien, supongo que Charles no nos necesitará en un tiempo – comentó, haciéndole a Ryan un gesto con la cabeza para que lo siguiera a la salida de la embajada.

- ¿Puedo hacerle una pregunta? – Preguntó Ryan, sintiéndose en más confianza con la detective, al no recibir un gesto negativo de Azzedine éste prosiguió - ¿Qué hizo que se convirtiera en detective? ¿Es como en las series que por lo general matan a alguien de su familia y tratan de hacer justicia para los demás?

- Soy detective porque me gusta dispararle a la gente ¿Contento? – respondió, con las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta. Ryan tragó saliva nerviosamente, sin embargo, Keller se dio la vuelta para verlo de frente y le dijo: - Oye es una broma, ¿de acuerdo? No voy a dispararte aunque me dieras un motivo, aunque por lo que veo te sobran.

- ¿Alguna vez ha disparado a alguien? – preguntó con curiosidad, acelerando el paso para emparejarse con la detective y escuchar mejor la respuesta.

- ¡Claro que le he disparado a alguien! En un caso de contrabando de drogas en el muelle, había tipos armados y desde un contenedor abatimos a tres de los cinco.

- Woow, ¿qué se siente?

- Al principio te sientes culpable por dispararle a alguien, pero te das cuenta de que no tienes ninguna otra opción – contestó, dándose cuenta de que dentro del bolsillo guardaba la bitácora del buque, la cual sacó para darle un vistazo.

- ¿Quiere un café? – Sugirió Ryan, al ver una cafetería cruzando la calle. Keller no contestó de manera negativa, lo que Ryan entendió como un gesto afirmativo. La detective se perdía en las hojas de lo que parecía una agenda común, con los números de los días y las fechas reemplazados con horas y minutos.

Anotaciones rápidas y términos navales fue lo que hoja tras hoja se encontraba en la bitácora, algunos garabatos y sumas en las esquinas daban el aspecto de ser un cuaderno utilizado por un joven de secundaria.

- Cuidado, está caliente – dijo Ryan al ofrecerle el vaso a Keller que no tomó de inmediato - ¿Hay algo en la bitácora?

- ¿Qué es La Coruña? – preguntó Azzedine, sin levantar la vista de la agenda que mantenía sujeta con una mano.

- Está en España – contestó Ryan, dando el primer sorbo de café - ¿Porqué?

- El buque recargó diesel en La Coruña – dijo, leyendo la anotación en la libreta escrita con letra apresurada – después de reportar una fuga del mismo combustible unas horas antes – agregó, abriendo los ojos con sorpresa.

- Entonces el buque no se detuvo solo porque sí – comentó el chico – el derrame fue provocado para que se detuviera.

- Y ocho horas después se abrió el área de embarque para recibir más ayuda humanitaria – añadió Keller sorprendida, descifrando letras borrosas y ortografía burda.

- Y el ladrón aprovechó a que se abriera el área de embarque para huir con la obra – comentó Ryan.

- Que va a entregar hoy a su cliente en la subasta – dijo Keller, cerrando la bitácora de forma intempestiva y guardándosela en el bolsillo – vamos, esto lo tiene que saber Charles – dijo, arrebatándole a Ryan el café de sus manos y caminando con prisa hacia la embajada.

Al llegar al edificio y tras mostrar su gafete como acreditados para entrar a la embajada, Keller se dirigió a la oficina de Charles Rivkim y entró sin avisar.
- El buque se detuvo en España para cargar combustible, entonces el ladrón aprovechó para viajar por otro medio hasta Francia y venir a entregar la obra – exclamó con aceleración, mostrándole el cuaderno – si nos pone dentro de la subasta podemos averiguar quién robó la obra y quién la está comprando.

- Están dentro de la subasta – comentó Rivkim, ignorando por completo la interrupción de Keller y Ryan – al principio Drouot se negó a nuestra petición, pero accedieron al hacerles saber que “un comprador” – dijo, dibujando unas comillas en el aire – quería protección para trasladar sus compras a Estados Unidos. Les harán llegar los uniformes y gafetes dentro de unas horas y un auto civil los llevará al hotel en donde se llevará a cabo la subasta – dijo, poniéndose en pie, un gesto que siempre indicaba la terminación de la charla.

- ¿Y qué haremos cuando veamos al ladrón con la pintura? – preguntó Ryan en el auto que los transportaba hasta el Hotel Drouot, donde se llevaría a cabo la subasta, el chico se guardó la placa de policía que Garry le había entregado en Chicago, y que lo acreditaba como miembro del equipo de investigación.

- Lo seguiremos, no podemos arrestarlo frente a los compradores. Esperaremos a que entregue la pintura al comprador para atraparlos a los dos – contestó, sintiéndose incómoda en el asiento trasero del auto llevando falda por primera vez en su vida.

- ¿Y... cómo sabremos quién es el comprador? – preguntó Ryan de nuevo.

- Esperaba que tú me lo dijeras, tú sabes de arte y yo de sospechosos, así que necesito que me digas quién podría estar en tu lista para ponerlo en la mía.

- Cualquier persona que haya querido comprar la pintura de Renoir se mostrará atraída a las obras impresionistas. Principalmente los europeos son los que buscan este tipo de piezas.

- Un europeo comprando impresionistas – repitió para sí misma – bien, lo tengo – agregó, bajando torpemente del vehículo por culpa de la falda.

En una pequeña sala anexa al salón en donde se llevaría a cabo la subasta, Keller notó que demás personas de seguridad y miembros de la casa que subastarían las obras de arte y demás vestían de manera similar: las mujeres llevaban falda pocos centímetros por arriba de la rodilla, y los hombres con traje negro y corbata. Azzedine notó que todos traían puestos guantes blancos, por lo que tomó dos pares de la mesa para darle uno a Ryan.

- ¿Para qué los necesitamos? – preguntó ella, ajustándose el guante a su mano izquierda.

- Nadie toca las pinturas con las manos desnudas – contestó Ryan –ni los muebles, ni los vestidos que se subastarán, es parte de la política de calidad de las subastas, además le da un concepto de exclusividad a la obra para quien la compra.

Keller iba a apelar el comentario de Ryan sobre la exclusividad que rayaba en exageración, sin embargo un hombre con cabeza casi calva, pero joven de edad, los hizo guardar silencio en para que ocuparan sus respectivos lugares. Azzedine se colocó al lado de unas sillas vacías acomodadas de forma casi milimétrica, mientras que Ryan permanecía en el pasillo que conectaba ambas salas. Al abrir las puertas los lugares fueron ocupándose rápidamente con personas de diversas nacionalidades, los compradores hablaban con tantos idiomas tan diferentes que Keller no lograda identificarlos entre sí.

Cuando los miembros de seguridad ocuparon sus lugares, y los compradores sus asientos, un hombre golpeó el pequeño escritorio elevado con un mazo de madera para llamar la atención.

- Damas y caballeros, la subasta está a punto de comenzar – comentó, en un tono de voz sumamente serio y diplomático. Al instante, algunos de los asistentes se colocaron audífonos por donde escucharían la traducción del moderador, al mismo tiempo, una chica regordeta tomaba un lugar elevado en el estrado junto al escritorio – abrimos la puja de esta tarde con una mesa de bronce y mármol en color negro – dijo el hombre de esmoquin, señalando la pieza que era presentada a los compradores en una tarima deslizable que hacía más fácil su traslado – se trata de una pieza art decó, creación de Albert Rateau para el duque Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó en 1921. El precio de salida es de un millón de euros, ¿alguien da más?

Cuando Keller escuchó el precio inicial se le hizo un nudo en la garganta. Para ella era imposible que una mesa sostenida con unos pescados costara una estrafalaria suma de dinero, pero para su sorpresa, un postor de apariencia asiática levantó su paleta y la suma se elevó:

- Tengo un millón doscientos mil – comentó el hombre que llevaba las riendas de la subasta - ¿Alguien da más?

Keller mantenía sus manos fijas detrás de su espalda, en posición de descanso. Un hombre con turbante árabe levantó su paleta y entonces Keller vio lo impensable:

- Tenemos un millón seiscientos mil - ¿Alguien da más por la mesa? Esta pieza fue creada por Rateau para el cuarto de baño de los duques de Alba, a la que se le sumaban cortinas de seda confeccionadas por Jeanne Lanvin - ¿Alguien da más? – preguntó el moderador de nuevo, que, al no ver otra oferta para el producto, fue vendido al magnate árabe – Nuestro siguiente artículo es un vestido de la fallecida princesa Diana de Gales – dijo, señalando el perchero de madera que transportaba la prenda, que para sorpresa de Keller, Ryan transportaba junto a otro hombre – es una confección de Victor Edelstein en terciopelo azul para el baile ofrecido por el ex presidente Ronald Reagan en 1985, el precio de salida es de doscientos setenta mil euros ¿Alguien da más?

Keller dudaba si la mujer que compraría ese vestido en verdad sabía si valía la pena gastar tanto dinero en una prenda que alguien (ahora muerto) había usado hace más de veinte años. Sin embargo, una mujer (de las pocas que se encontraban entre los compradores), levantó su paleta de forma enérgica cuando el moderador terminó de hablar.

- Tenemos cuatrocientos mil euros ¿Alguien da más? – preguntó el hombre a la audiencia, cuando tiempo después fue interrumpido por una chica que atendía uno de los varios teléfonos detrás de los compradores presentes:

- Una mujer al teléfono ofrece cuatrocientos mil quinientos euros - comentó

- Tenemos cuatrocientos mil quinientos ¿Alguien ofrece quinientos mil?

Keller permanecía atenta a la pantalla que convertía los precios a distintas divisas, entre ellos los dólares, yenes, libras esterlinas y dólares canadienses. La chica de pie al lado del moderador movía las manos con destreza y frenesí, traduciendo para los asistentes sordomudos que habían asistido, y fue entonces cuando comprendió que el plan podría fallar estrepitosamente. Al no tener en cuenta a los compradores anónimos, Keller había acudido junto con Ryan a la subasta prácticamente para nada, si es que alguien compraba la pintura a través de una llamada telefónica, se encontrarían con el mismo dilema que al pisar tierras francesas.

La chica rubia levantó su brazo de nuevo con más rapidez que antes, dando a entender que pelearía por el vestido hasta las últimas consecuencias.

- Tenemos quinientos mil ¿Alguien ofrece setecientos? – preguntó el moderador, estirando el cuello para observar a todos los presentes. Sin embargo, todos estaban atentos a la oferta de la compradora por el teléfono.

- La compradora se retiró – comentó la chica, bloqueando el sonido del auricular con su hombro para hablar, mientras la rubia dibujaba una sonrisa de satisfacción en el rostro.

Fue así como durante dos horas se fueron ofreciendo millones de dólares conforme aparecían los muebles art decó y vestidos de la fallecida miembro de la realeza, así como algunas pinturas que Keller nunca había visto en su vida.

- Nuestra siguiente pieza de arte es un Renoir de 1881 – comentó el moderador, dándole paso a Ryan y una chica que cargaban un cuadro rectangular cubierto con una tela blanca, justo antes de que Ryan saliera de la sala de subastas, dirigió una mirada fugaz pero directa a Keller, dándole a entender que ese era el tipo de obras que el probable asesino de Colfer quisiera adquirir – “El almuerzo de remeros” es una obra impresionista donde aparece la esposa del pintor, Aline Charigot, pintada en 1881. El precio de salida es de cuatrocientos mil euros ¿Quién da más?

Cuando el postor árabe levantó su paleta, Keller no le quitaba la mirada de encima, si bien el criterio de que un europeo podría comprar la obra, estaba consciente de que cualquier persona presente en la sala podría hacerlo. Después de llegar a casi el doble de su precio, Azzedine notó que un comprador en especial se mostraba excitado ante la compra de la obra, y es que cada vez que alguien subía la suma, éste lo miraba desafiante y alzaba su paleta para ofrecer más.

- Un comprador al teléfono ofrece un millón ochocientos mil euros – comentó un chico, levantando la mano para ofertar por el comprador anónimo.

- ¿Alguien ofrece dos millones de euros por la obra? – preguntó el moderador, que miró como los presentes pensaban seriamente ofrecer la cantidad. Keller prácticamente suplicaba murmurando que alguien de la sala adquiriera la obra para interrogarlo de inmediato, pero los golpes en el escritorio de madera con un pequeño mazo le indicaron que la pintura tenía un dueño que nadie conocía.

Keller permaneció dentro de la sala sentada en una de las sillas hasta que la última de las personas presentes en la subasta salió de la habitación para esperar a Ryan, quién se asomó tímidamente tras sus enormes gafas.

- ¿Qué pasó? – preguntó, sentándose al lado de la detective y aflojándose la corbata.

- La compró un anónimo – contestó con desgana – no tenemos nada.

- Bueno, no sé si esto sirva – Ryan sacó de dentro de su saco una hoja de papel doblada – allá atrás estaban empacando todos los artículos subastados para enviarlos a los compradores, y a uno de los encargados se le cayó esto – comentó, dándole una lista de nombres – no tengo idea de qué sea, pero podría ayudarnos en algo.

Keller echó un vistazo rápido a la lista y notó que en algunos había varios datos adicionales, como una dirección y un teléfono, sin embargo, en la minoría de los casos, sólo había una cuenta bancaria.

- ¿Cómo contactan a los anónimos para entregar sus compras? – preguntó Keller, esperando que la idea que se dibujaba en su mente tuviera éxito.

- No lo sé, depende de la casa de subastas, o del representante que haya ofertado. La mayoría de las veces cuando es una compra por teléfono la persona que lo atiende le dice que es acreedor de la pieza, aunque el registro de compra queda en secreto.

- Lo que no es ningún secreto es que alguien que compra una pintura en dos millones de euros tiene mucho dinero ¿Cierto? – Ryan asintió con la ceja fruncida, no entendía lo que Keller quería decir, sin embargo, no se atrevía a decírselo de frente – Y nadie paga esa suma en efectivo ¿cierto? – Ryan no dijo nada, siguió a la detective que se había levantado de manera repentina de su silla y caminaba hacia la salida con paso enérgico, como si estar de pie por horas no hubiera surtido efecto en el mínimo dejo de cansancio. Sin esperar a Ryan subió al auto que los había esperado fuera del hotel, Keller sacó su teléfono celular y marcó al número recurrente en su agenda.

- ¿Qué hay cielo? – contestó Mark al identificar el número de Keller, sacando de una bolsa una hamburguesa con papas.

- ¿Recuerdas tus tiempos rebeldes? – preguntó Keller, indicando al chofer que emprendiera la marcha.

- Como olvidarlos preciosa, si no hubiera sido por eso no te hubiera conocido.

- Necesito un favor, ¿Puedes rastrear unas cuentas bancarias por mí?

- Wowowow, espera – exclamó Mark sorprendido, dejando caer la hamburguesa sobre su grasosa bolsa de papel – Sabes que no puedo hacer eso – contestó susurrando, como si alguien estuviera detrás de él – fue una de las condiciones para no pisar la cárcel.

- Lo sé, pero no tenemos otra salida, juro que nadie lo sabrá ¿Podrías ayudarme con eso?

- ¿Prometes que no estará en el expediente del caso?

- Lo prometo - contestó Keller solemnemente

- Bien, mándame lo que tengas y veré que puedo hacer – dijo el chico, resignándose a volver a su época de pirata informático para aportar algo que pueda esclarecer el caso.

- Gracias Mark, en verdad te debo una – dijo Azzedine, colgando la llamada.

- ¿Eso no es ilegal? – preguntó Ryan desde el asiento trasero, al darse cuenta de que la oficial a cargo pedía algo fuera de norma.

- No si nadie lo sabe...

- Pero violar la privacidad financiera de...

- Si no te callas olvidaré lo que dije de dispararle a las personas ¿Entendido?

Ryan no pronunció palabra hasta llegar a la embajada, en donde Charles Rivkim los llamó a su oficina.

- No hay datos de la persona que provocó el derrame de combustible, y mucho menos de un sospechoso que haya bajado con un paquete que hubiera podido ser la obra ¿Tuvieron suerte en la subasta?

- No señor - contestó Keller con pena e impotencia al mismo tiempo

- Al parecer un comprador anónimo adquirió una pintura de las mismas características: pintor, movimiento, etcétera – interrumpió Ryan.

- Pero pudimos conseguir registros de cuentas bancarias que quizá puedan ayudarnos – comentó Azzedine, extendiendo el papel doblado ante la mano de Rivkim –si conseguimos una autorización para indagar en estados de cuenta y propietarios, podríamos saber quién compró la pintura en la subasta...

- Y probablemente sea la misma persona que contrató al asesino de Colfer – apuntó Ryan.

- Trataré de conseguir la orden – dijo Charles – eso es todo por hoy – comentó, abriéndole la puerta de la oficina a la detective y su subordinado.

- Oye... ¿Quieres tomar algo? Me invitaste un café y quiero devolverte el fa... – Keller se vio interrumpida por el timbre de su teléfono celular, Ryan se recargó en la pared de enfrente con los brazos cruzados esperando que no lo involucraran más en prácticas fuera de lo legal en el caso.

- Keller, tenemos algo nuevo – dijo la voz agitada de Tyler desde la línea – empleados del sistema de sanidad encontraron en un contenedor de basura un revólver en el vertedero de la zona.

- ¿Y qué hay del arma? – preguntó ella

- Se encontró en un contenedor correspondiente a la Michigan Avenue, el revólver no tiene número de serie, pero la mandaré a analizar para ver si tenemos huellas dactilares u otro tipo de muestra

- Es la calle del Instituto de Arte – murmuró Ryan, que estaba atento al mínimo sonido que podía escuchar del teléfono de Keller, quién no tuvo opción más que compartir el aparato con el chico

- Oh, veo que la rata de museo está contigo – comentó, al escuchar la voz de Ryan – pues seguramente le encantará saber que junto al arma había guantes de látex que concuerdan con los que se utilizan para la restauración de las obras del Instituto.

- ¿Entonces?...

- Exacto. El asesino puede seguir en Chicago, o a tu lado en París.