Los Montero y los lobos


La quietud de la noche era extrañamente rota por risas y el tintineo de vasos y cucharas contra la vajilla de barro donde la familia cenaba el pozole elaborado por Angélica, misma que reflejaba en sus ojos la alegría de ver reunidos a sus tres hijos y once nietos en el patio de la hacienda, que funcionaba como punto de reunión cada domingo donde recibía su visita.

  • Ándale hijo, sírvete otro plato – decía a su nieto Christopher, que se levantaba de la larga mesa retirando su plato y vaso vacíos.
  • No abue, luego se me borran los cuadritos – comentó, palmeándose el abdomen que junto con su gemelo se esforzaban por tonificar como parte de su rutina de ejercicio – además ya me llené, no estoy acostumbrado a comer mucha carne.
  • ¿Qué, luego tu madre no les da de comer o qué? – preguntó su abuelo. David dejaba ver tras unas arrugas la jovialidad de sus ojos verdes a pesar del paso del tiempo.
  • Sí, pero no me gusta mucho la carne, luego engordo – comentó con humor.
  • Vete a palear zurcos al azufrado, pa que hagas conejo de deveras – comentó David, mostrando un fuerte brazo labrado por el trabajo del día a día.
  • ¿Tons qué güelo? ¿Nos va a llevar a ver a los lobos? – preguntó Abraham, su segundo nieto.
  • Pos ahí verán ¿quieren ir? – preguntó dirigiéndose a sus ocho nietos varones presentes, recibiendo aceptación de algunos e indiferencia de algunos otros, aunque la mayoría estuvieron de acuerdo al menos para romper la rutina de quedarse en la hacienda una noche de vacaciones de verano.
  • ¿Sigues con esa idea? – preguntó Angélica con reproche – estás loco viejo, ¿cómo se van a ir al azufrado a estas horas?
  • Nos venimos temprano chula, tú no te apures – comentó David, arrastrando la silla para ponerse de pie – ve sacando la camioneta y apúrense a cenar – dijo, dándole las llaves a Armando, su nieto mayor.


Toda la familia recogía los restos de la cena cuando un claxon en la entrada llamaba la atención de quienes emprenderían tan inusual excursión.

  • ¿Qué, ustedes no van a ir? – David veía como su hermano despedía a sus hijos recargado en un pilar del patio de la hacienda, abrazando a  Ana, su esposa y a su hija Ana Fernanda por los hombros.
  • No, vayan ustedes – contestó, restándole importancia al comentario de su hermano.
  • ¡No seas coyón! – exclamó su hermano, dirigiéndose a él  y arrastrándolo del brazo hasta la camioneta – Desde que era niño tenía miedo a quedarse solo en el azufrado, siempre me andaba siguiendo a mí o a mi apá porque decía que le iba a salir el diablo entre la caña.
  • Ya wey – comentó Francisco apenado, recordaba cómo seguía a su padre y hermano en las labores del campo en el azufrado para no quedarse sólo. Después de ver cómo la caña era quemada para su posterior corte, imaginaba desde chico que el diablo saldría de en medio de la caña quemándolo todo.
  • Vamos pá, ándale – dijo Daniel, su hijo menor, subiéndose astutamente al andamio de la camioneta.
  • Con cuidado chicos – comentó Esteban, el esposo de Angélica. A pesar de saber que iba acompañado de su abuelo y de sus tíos, no podía dejar de sentir cierto nerviosismo al verlos partir en medio de la noche.


El trayecto al azufrado era fascinante para todos: ver la negrura de la noche, la sombra de los árboles y el brillo de la luna reflejada en el estanque en quietud generaban temor y paz al mismo tiempo. Cada paso les despertaba los sentidos, estando atentos a los sonidos del entorno, ya que su vista se veía limitada al área en que su David iluminaba con su lámpara.

  • ¿Y aquí qué? – preguntó Josué, su nieto menor, mirando aquello con aburrimiento total.
  • De aquí se ven los lobos – contestó su abuelo, sentándose plácidamente en un cúmulo de tierra bañado por la luna.
  • ¿Todo esto es tuyo abuelo? – preguntó David Azael, el hermano de Josué e hijo también de Angélica.
  • Y de tus tíos también – contestó su abuelo, llevándose un tallo de zacate a la boca, como parte de una costumbre en la que apreciaba por horas sus tierras desde el punto más alto de la zanja.
  • ¿Cómo que también de nosotros? – preguntó Francisco extrañado.
  • Puse cinco hectáreas a nombre de cada uno – contestó naturalmente sin apartar la vista de un cerro cercano.
  • ¿Por qué no me dijiste? – Francisco se había sorprendido al recibir la noticia (de esa forma y ante sus hijos) de que era dueño de cinco de las hectáreas más prolíferas de todo Estipac.
  • ¿Para qué? Si les llego a faltar las vendes o se las pasas a tu hermano – comentó, quizá con más naturalidad que antes olvidando que sus nietos estaban presentes.
  • ¿Tú sabías? – preguntó Francisco a David, que sólo le respondió encogiéndose de hombros sabiendo que para él la noticia había sido también una sorpresa que su padre le pidió guardar.
  • ¡Ya cállense, ya salieron!  - exclamó su padre.


Con su mano señaló a lo lejos un cerro bañado por la luna, donde al menos 7 lobos corrían hasta la cima del mismo para después bajar hasta sus faldas y beber de un arroyo que alimentaba una zanja. Todos los presentes se fascinaban con el espectáculo ante sus ojos, incluso David, que veía a aquellos animales salvajes y libres con la misma mirada con la que los vio cuando su padre lo llevó a ese mismo lugar muchos años atrás.

  • Órale – comentó Ricardo, hijo de David - ¿y dónde se esconden?
  • Hay una cueva abajo de ese cerro – comentó su abuelo, poniéndose de pie - ahí nos metimos una vez que nos agarró el agua, pero no estaban ahí, como que en el día se meten entre la caña buscando conejos pa comer.


De regreso a la camioneta, todos se habían acostumbrado a escuchar sus pasos quebrando ramas y aplastando la hierba, sin embargo fue Daniel el que se sobresaltó, mirando la caña que se había mecido con el viento.

  • ¿Qué pasó? –preguntó su tío David, girándose velozmente al encabezar el regreso a la camioneta.
  • ¿No escucharon? – Daniel sentía un escalofrío recorrer su espalda, pero por algún motivo no podría dejar de mirar la caña y sus profundos surcos negros.
  • No tengan miedo – comentó su abuelo con naturalidad – cuando vengan y oigan su nombre es porque esta tierra reconoce a sus dueños – dijo, imaginando cómo su abuelo le dijo esas mismas palabras a su padre y recordando como su padre se las dijo a él, en un mensaje que pasaría de generación a generación acompañado con el suave susurrar de la caña que protegía a los Montero en un encuentro más con los lobos en el Azufrado.