
Para Charlie Glyde, aquel día el nerviosismo de lo que iba a vivir y tanto esperaba lo hizo levantase antes que incluso el sol se filtrara por la ventana de su pequeño departamento. Al entornar los ojos hacia su teléfono se dio cuenta de que eran las seis de la mañana de un congelado día de invierno de lo que sería su comienzo en una gran etapa de su vida. Al poner un pie fuera de la cama, no supo si aplaudir la proeza de salir de su caliente lecho esos días de diciembre o de castigarse a sí mismo porque pudo quedarse otra hora hasta que los nervios de nuevo lo levantaran de la cama.
La visión de un Londres vibrante que despertaba junto con el sol comenzaba a cobrar vida ante el pie de su ventana (que daba a un balcón viejo, con una fascinante vista de ladrillos rojos de un edificio aún más antiguo que el suyo) bañando de una luz en principio apagada y después rojiza su pequeña habitación. Esperando de pie más de una hora (de nueva cuenta la culpa de los malditos nervios, y por otro lado, para evitar que su cama o el desvencijado sillón llenaran su abrigo de pelusa o polvo) esperó a bajar a la calle para caminar dos cuadras más y encontrar un taxi que lo llevara al edificio de Condé Nast.
A pesar de ser los primeros días de Diciembre, la festividad navideña se había apoderado de cada tienda, escaparate, poste de luz, semáforo, puesto de periódicos y vagabundo que encontraba en su trayecto. Al encontrarse frente a las puertas de cristal resguardadas por la imponente tipografía de Vogue sus piernas y cuerpo temblaron por algo más que sólo frío; se ajustó la bufanda al cuello y subió las escaleras de prisa para adentrarse en el vestíbulo más luminoso y elegante que jamás haya visto: los escritorios de cristal y patas de metal multiplicaban por diez la luz incandescente que emanaba desde el techo, los toques dorados en las puertas de los ascensores, las manijas de las puertas y de nueva cuenta en un gran letrero de Vogue empotrado en la pared, iluminado también, le daban a ese lugar una visión más sofisticada que el nombre de un bar hecho con luces de neón.
- Hola, soy Charlie Glyde – saludó a un hombre unos cuantos años mayor que él en el recibidor, que para su sorpresa era un hombre digno de posar en el interior de las páginas de una revista para adolescentes.
- Oh si, las entrevistas… - comentó en tono monótono, buscando en algún cajón bajo su escritorio con desgana – es una identificación de visitante, te da acceso a los torniquetes y los ascensores, ve al noveno piso.
- Gracias – contestó Charlie, asegurándose de no maltratar tanto la tarjeta con el sudor frío de sus manos. Después de subir al ascensor (que extrañamente tenía un olor agradable, como a una fragancia tenue) llegó al noveno piso: un lugar donde el ajetreo era más obvio que en la planta baja de la recepción.
Al escuchar el timbre que anunciaba la llegada del elevador, dos recepcionistas (postrados al costado de unas igualmente pulcras puertas de cristal) alzaron la mirada en la que una ceja alzada y un ligero labio fruncido fueron los gestos que recibió como saludo.
- ¿Charlie Glyde? – preguntó una voz saliente de una de las tantas áreas que se encontraban en el lado derecho del corredor.
- Si soy…
- Bien, al menos uno que llega temprano – dijo para sí aquel hombre, indicándole que lo siguiera.
Charlie intentó igualar el paso del hombre que tenía delante, pero dos pasos de él era apenas una zancada del fornido espécimen que lo dirigía entre pasillos interminables. Por un momento pensó que dentro del edificio la calefacción estaba encendida, pero en un rápido movimiento en el que hizo ademán de quitarse la bufanda, un frío se apoderó de su garganta, lo que hizo admirar al poco personal que sólo había visto con una camisa de manga larga (elegantemente planchada) y nada más.
Deteniéndose en seco y dirigiéndole un gesto de su mano, aquel hombre aspiró hondo antes de abrir la puerta para permanecer menos de tres segundos dentro. Acto seguido, le indicó a Charlie que entrara.
La oficina de Alexis Davis era más majestuosa en persona que en aquella serie de fotografías del reportaje Leyendas del estilo que había visto en la página web de Arquitectural Digest: el modernismo de las mesas, sillas y el escritorio de metal era el perfecto contraste con el colorido de casi cientos de libros empotrados contra la pared. Las amplias ventanas detrás del escritorio ofrecían una envidiable estampa de Londres que no podía conseguirse en ningún hotel de la ciudad y justo delante de esa ventana estaba él: el editor en jefe de moda masculina más importante del mundo: Alexis Davis enfundado en un impecable traje azul de doble botonadura con un cabello estilizado magistralmente, una barba perfectamente recortada y el elegante detalle de un pañuelo en el bolsillo de su blazer.
- Buenos días señor – logró pronunciar Charlie, sintiendo que las palabras eran fragmentos de cristal obligadas a ser pasadas por su garganta.
- ¿Lees Vogue? – preguntó Alex teniendo frente a él un montón de hojas impresas.
- Si claro, soy suscriptor desde hace dos a…
- ¿Por qué quieres trabajar aquí? – Preguntó de nuevo sin alzar la mirada. Por encima de sus gafas de lectura de montura cuadrada se podía ver una mirada de escrutinio, como de rayos X que evaluaba lo que tenía delante, además, se las había ingeniado para lucir más elegante al recargar el mentón en su brazo, dejando ver un reloj de Patek Philippe que hacía juego con su corbata color marrón.
- Siempre quise trabajar en una revista de moda, y qué mejor que en la suya – masculló, ¿había sido demasiado adulador? Rayos, sí, lo había sido pero era la pura verdad: reportajes sobre viajes a los destinos más maravillosos del mundo, entrevistas con diseñadores que no hablaban con cualquier persona y su forma de retratar la vida y cultura del mundo y de Londres fueron la razón por la que leyó Vogue, por la que gastaba el dinero que ganaba en la tienda de su padre en una suscripción y por la que estudió periodismo en la universidad de Richmond.
- Bien Charlie, es todo – Comentó Alex con naturalidad, alzando la vista apenas dos segundos para que la mirada color avellana de ambos pudiera conectarse, al menos para demostrar que Alex tenía un poco de humanidad en su interior.
- Fue un placer – contestó Charlie, dando vacilantes pasos hacia la salida, convenciéndose de que el frío tacto de su mano con el metal de la puerta era a causa del nerviosismo y no de la falta de calefacción.
¿Había sido todo? ¿Apenas dos preguntas? Charlie esperaba al menos poder sentarse frente al editor de moda más poderoso del mundo para mostrarle su trabajo: había podido conseguir un puesto como colaborador en la página web de Crack Magazine escribiendo sobre moda, y aunque eso no fuera lo mismo que aspirar a una invitación para The Huffington Post, recibía un pago de 10 libras por artículo, lo que ayudaba a pagar una renta en un piso lúgubre y sin muebles más o menos decente para alguien que puede trabajar desde casa.
Al llegar a la planta baja, tiró la tarjeta de plástico que sus manos nerviosas se encargaron de arrugar. Al encontrarse de nuevo con el recepcionista, este le sonrió por obligación con algo que parecía una mueca que daba a conocer que desearía estar en otro lugar, sin embargo fue el teléfono de su área de trabajo lo que lo regresó a la realidad después de pensar que aquel chico había roto récord como el que menor tiempo había durado dentro del edificio de Condé Nast.
- ¡Oye! – alcanzó a gritar antes de que Charlie saliera a la gélida acera de la calle, donde demás personas se apresuraban a comenzar la jornada laboral en el edificio – llega el lunes a primera hora.
Charlie no supo lo que aquello significaba hasta que notó que el recepcionista le dibujaba una sonrisa (sincera e inexplicablemente cálida) desde su silla. Charlie sonrió igualmente y entonces lo supo: el trabajo era suyo.