Capítulo II - En la cafetería




Corría a través de la gente que se amontonaba en la acera frente al edificio de Condé Nast. Aprovechó que un mensajero de la empresa abría la puerta de cristal para colarse y entrar a la recepción. Dentro del vestíbulo que veía por segunda vez se encontró con más movimiento que antes, caminó apresuradamente hacia los torniquetes que daban acceso a los elevadores cuando un fuerte golpe en su abdomen lo detuvo en seco. Al mirar al chico de la recepción que contestaba teléfonos sin cesar, se dio cuenta de que había olvidado su tarjeta de acceso.

  • Guárdala como tu vida – comentó sin despegarse del teléfono
Charlie pasó los torniquetes sin destrozarse el riñón de nuevo y corrió a los ascensores donde ocupó el único lugar que quedaba disponible. Dentro se mezclaban fragancias exquisitas que hombres con camisas impecables desprendían de cuerpos atléticos: notas de almizcle, aromas cítricos y elegantes destellos de madera inundaban sus fosas nasales. Cuando el elevador indicó que habían llegado al noveno piso, más de tres hombres junto con Charlie salieron disparados a las puertas de cristal o a uno de los interminables pasillos.

  • Por fin llegas – comentó Jeff, alzando la mirada fugazmente para detectar el rostro del chico nuevo indicándole que lo siguiera. Charlie por alguna razón había memorizado el trayecto hasta la oficina de Alex, pero Jeff tomó otra dirección en la que una habitación tan grande como su departamento mostraba computadoras de escritorio rodeando las paredes y al centro de la misma -  Ésta es la tuya – comentó, indicándole un pequeño compartimento con una computadora junto a una ventana, justo en una esquina del lugar – en breve vas a recibir en tu correo electrónico los datos de acceso a la plataforma e indicaciones para que te familiarices con el editor y comiences cuanto antes.
  • ¿Y qué voy a escribir? – preguntó temeroso, al ver en la pantalla brillante el logotipo de Vogue como fondo.
  • Es una revista de moda, así que sorpréndeme – dijo Jeff encogiéndose de brazos.


Charlie sentía un nudo en la garganta que le molestaba como clavos, ¿por dónde empezar? Aquello era Vogue, no un blog en un rincón de una página web que recibía sólo 10,000 visitas al mes, sabía Charlie de sobra que Vogue multiplicaba esas cifras por 10 al día gracias a información que obtenía de su suscripción a The Fashion Spot.

Una notificación en la pantalla le informó de un nuevo cuadro de advertencia con un correo electrónico y una contraseña con una serie de dígitos al azar que parecía imposible de recordar. Al abrir el navegador de internet se encontró con la plataforma de acceso: usuario y contraseña daban paso a un editor de texto con herramientas que pudo identificar fácilmente, pero algunas que no conocía del todo.

  • Yo comienzo con el título y lo demás llega solo – comentó una voz a su lado. Charlie miró a su izquierda y se encontró con otro chico que llevaba lentes sin aumento mirándolo de reojo – no son muy exigentes, por lo general sólo quieren que mantengamos viva la página para cuando llegue un evento importante… ¡Ah! Por cierto, soy Cody Claiborne – apresuró a apuntar el chico.
  • Gracias – contestó Charlie a su saludo de mano – soy Charlie Glyde.
  • Es más fácil de lo que parece – dijo Cody – sólo necesitas tener los ojos bien abiertos y escribir de lo que todos hablan ¿Qué tal algo de regalos de navidad baratos?
  • Suena bien – contestó de nuevo, agradeciendo la idea de su compañero.
Al darle otro vistazo al navegador, se dio cuenta de que había ya unos marcadores guardados en una barra para su fácil acceso, entre ellos identificó algunos de tiendas en línea, sitios web de diseñadores, un acceso directo a una cuenta del Women’s Wear Daily, acceso a WireImage, Zimbio, ChinaPress, Getty Images y demás páginas de stock de imágenes, y para su sorpresa, con una cuenta con acceso total a WGSN:la plataforma de moda que analizaba cada pasarela y predecía las tendenciaspara cada país, sector y edad. Identificó un logo con una “S” que conocía de sobra: era el marcador de Shopstyle, un buscador en línea que encontraba en cientos de tiendas en línea cualquier tipo de prenda o accesorio, cualquiera que sea el color, textura, diseñador, corte, modelo o material; y también el de Style,com, la página web que fue el banco de imágenes de todas las pasarelas más importantes de las ciudades más importantes del mundo se había convertido ahora en una tienda online donde todos los diseñadores del planeta ofrecían sus productos en línea a un clic de distancia, un movimiento maestro por parte de Condé Nast al convertir a cada suscriptor de su correo electrónico en un comprador activo.

Gracias a la idea de Cody, Charlie escribió “23 regalos de navidad que verdad parecen más caros de lo que son” con prendas y accesorios de Topman, Massimo Dutti; accesorios para Apple y para demás dispositivos inteligentes. Al presionar un llamativo botón azul que decía “publicar”, escuchó que unos pequeños altavoces reproducían el sonido de una notificación, Charlie se giró para notar que chicos de al menos unas cuatro computadoras centrales atendían sus monitores.

  • Ellos se encargan de todas las redes sociales – le comentó Cody a Charlie – Pinterest, Facebook, Twitter y todo eso - comentó con el volumen adecuado para usarse en una biblioteca – como te dije, nosotros sólo nos preocupamos por escribir.
  • ¿Y el señor Davis aprueba todo lo que publicamos? – publicó con temor, esperando no ser despedido cuando comenzaba a sentir su silla cómoda.
  • Él nunca viene aquí – contestó Cody sin apartar la mirada de la computadora, donde hacía una edición de tres looks de pasarela distintos en un fondo de camuflaje militar – creo que poco le importa la edición online.
Tras publicar otra nota sobre la colaboración de David Gandy con Marks & Spencer y el establecimiento de la chaqueta de aviador como prenda estrella del invierno, su estómago le recriminó la falta de alimento, reprimiendo los gruñidos bajo su abrigo resistiéndose las ganas de preguntar por más de una hora cuando saldrían a comer.

  • Falta poco para el descanso – comentó Cody más para sí mismo que para Charlie y otro compañero a su izquierda - ¿quieres ir a la cafetería?
  • Oh sí, no sé todavía donde queda – contestó con naturalidad, esperando que su hambre no delatara sus ganas de probar bocado.
En punto de las 2:00 varios chicos se agolparon de forma educada frente al elevador para dirigirse a la cafetería, misma que estaba casi desierta comparándola con el personal que laboraba en los nueve niveles de aquel edificio. En la fila frente a una gran mesa con alimentos recién cocinados, Charlie pudo ver que los vegetales y verduras ocupaban gran parte, reduciendo la carne a unas cuantas piezas.

  • ¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí? – preguntó Charlie a Cody tras él, esperando no sentirse demasiado culpable al tomar dos pechugas de pollo con algo de fideos y ensalada.
  • Sólo dos meses – contestó, dirigiéndose a una mesa circular con cuatro sillas – y nunca dejo de aprender algo nuevo cada día.
  • ¿Cómo qué?
  • Como que al señor Davis no le gusta que le digan señor, que nunca come aquí y que ya sea que está en el edificio, en casa o en cualquier rincón del planeta siempre está a cargo de la revista.
  • ¿Siempre quisiste trabajar aquí? – preguntó de nueva cuenta con complicidad.
  • ¡Y quien no! Es la mejor revista del planeta, somos parte de la moda mes a mes, aunque haya gente que no conozca nuestros nombres… y aunque no intervengamos en ella directamente.

Charlie no contestó, perdió la mirada en la ventana donde se arremolinaba la nieve fuera. Había pensado que su trabajo sería más fascinante que sólo sentarse a escribir artículos que miles de personas leerían en cada plataforma de internet, fue entonces que eso le abrió más los ojos: se dio cuenta de que tenía el poder de llegar a la gente de todo el mundo y su optimismo renació con tanto ímpetu como antes.

  • ¿Dónde trabajabas antes? – preguntó Cody, antes de darle un sorbo a su café latte expresso con dos cubos de azúcar sin refinar.
  • En la revista Crack – contestó – estuve ahí durante 4 meses hasta que Vogue me llamó, ¿y tú? – preguntó él para no sonar descortés.
  • En Foodism – dijo Cody con desgana – me hacía cargo de la edición, suena raro que dé el salto de hacer fotos de comida a la moda, ¿cierto? – comentó con una sonrisa.
  • La verdad es que sí… pensaba que esto sería más…
  • ¿Elegante? – completó Cody, adivinando la palabra que Charlie buscaba – Tenemos suerte si nos cruzamos con un perchero lleno de ropa cuando salimos al baño… eso es lo más cerca que podemos estar de la revista impresa.


De nueva cuenta el ánimo de Charlie había caído hasta el subsuelo. El comentario de Cody le confirmaba que su trabajo será prácticamente esclavizarse frente a una computadora para hablar de ropa, accesorios y modelos que sólo conocería o sabría de su existencia por internet.

El resto de sus 20 minutos para comer los pasó mirando a su alrededor: las luces frías del techo iluminaban el comedor que desprendía destellos de metal de las sillas, mesas y charolas frente a la barra de la comida. La única decoración existente eran las grandes ventanas que dejaban ver la ciudad de Londres vestida de blanco por la nieve. Daba un vistazo a los demás compañeros que compartían vestíbulo con él para intentar al menos recordar sus rostros y así sonreírles de forma educada al encontrárselos en la calle o en algún pasillo. Entre ellos, notó a un chico con la cabellera que le llegaba hasta los hombros de un color castaño claro que se recogía en un moño por encima de su nuca, vio también a un chico de al menos unos 21 años que por su masa muscular vista en una ajustada camisa con estampados diminutos, podría desfilar para Versace sin envidiar a los modelos de su campaña, y notó a otro más con una barba pelirroja perfectamente recortada que contrastaba con su piel excesivamente clara.

  • ¿Volvemos? – Preguntó Cody, arrojando los restos de comida a un cesto de metal y dejando su charola de servicio encima – siempre es mejor regresar antes para que Jeff no se moleste.

Charlie no contestó, salió tras Cody de la cafetería para volver al frente de la computadora. Sentado frente al monitor, giró su cabeza de nueva cuenta y miró al chico del cabello largo concentrado en su pantalla, fue entonces que Charlie se puso manos a la obra en escribir “Tendencias capilares que reinaron en Instagram este año”. Fueron un total de cinco artículos en un día los que le dieron la vuelta a internet en las diversas cuentas de las redes sociales de la revista, llegando así a casi 30 millones de personas en todo el mundo. Con ligero temor, y vigilando que nadie lo observara, inició sesión en su cuenta de Facebook y Twitter, páginas que para sus sorpresa no estaban bloqueadas. Notó que sus artículos habían sido publicados y que cientos de personas los compartían a través de internet.

La luz del atardecer comenzaba a iluminar la estancia cuando Jeff anunciaba que podrían salir del editor para retirarse del trabajo. Ante el silencio sepulcral roto por el ruido de sillas recorriéndose o susurros de amigos poniéndose de acuerdo para ir a tomar unos tragos, en el pasillo se pudo ver un alboroto que Charlie no había presenciado: un hombre cargado con cajas en ambos brazos encabezaba un barullo donde corría por no chocar con quien se cruzara en su camino, y detrás de él otro hombre empujaba con frenesí un perchero de ropa para despejar el pasillo al hombre que nada (o poco) se enteraba de tal espectáculo: Alex caminaba desenfadada y elegantemente con un ondeante abrigo en hombros acompañado de un chico que Charlie no reconoció a simple vista, pero que recordaba vagamente ver en algún lado, aunque supuso que no trabajaba en Vogue por el hecho de ver sus pantalones rotos por las rodillas y una chaqueta biker sobre una camiseta en color rojo.

  • ¿Quieres venir con nosotros? – Preguntó Cody, sacando de su ensimismamiento a Charlie ante tal espectáculo.
  • ¿Cómo? – Charlie se dio cuenta de que aún miraba la puerta de cristal a pesar de no haber nadie del otro lado.
  • Vamos a ir por unos tragos, ¿quieres ir? – preguntó Cody de nuevo, señalando a dos chicos más tras él.
  • Oh… no gracias. Tengo cosas que hacer en casa – comentó, dando un paso vacilante hacia las puertas de cristal.


Saliendo al pasillo se encontró con demás trabajadores que salían de su horario laboral: hombres (y muy pocas mujeres) atiborraron los ascensores para dar por terminada su jornada, que extrañamente para Charlie le inyectaba más vida y entusiasmo con la que salió de la cama aquella mañana.