IX - La visita

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- ... y tengo una maestra que es muy estricta, no nos deja llevar pintadas las uñas ni maquillaje en sus clases... 

- Yo no sé pa’ que se ponen tanta cosa, si así sin nada te ves rete-bonita - dijo David, acostado recargado en las piernas de Angélica, que estaba recargada en un árbol bajo la sombra en un día soleado 

- Es que una como mujer hace muchas cosas para verse bien, David – Angélica notó que el chico dibujaba una sonrisa en su rostro, a pesar de mantener sus ojos cerrados debido a los rayos de sol que se filtraban por las ramas, después de su mirada, sus labios eran muy expresivos - ¿De qué te ríes? – preguntó la chica. 

- No de nada... Es que mi nombre suena tan bonito cuando tú lo dices – dijo David, cuando abrió los ojos la luz del sol se reflejo en ellos haciéndolos ver más claros y brillantes. Angélica iba a encorvarse para besarlo cuando el grito de una mujer desgarró el silencio. 

- ¿Oíste? – preguntó David, teniendo los labios de Angélica a escasos centímetros de los suyos. 

- Sí – contestó la chica, poniéndose de pie con nerviosismo tras David. El grito se escuchó más cerca, ahora acompañado de un motor y el sonido de los cascos de un caballo, cuando David salió al camino vio como un caballo desbocado con dos personas sobre él trotaba a toda velocidad, y tras de él una cuatrimoto. El chico se cruzó en el camino del animal para hacerlo detenerse y aunque le costó trabajo calmar al caballo hizo que se tranquilizara. 

- ¡Eres un idiota! – exclamó la chica que montaba el animal, al saltar de la silla cayó de rodillas a la tierra del miedo que aún sentía. David la ayudó a ponerse en pie porque las piernas le temblaban. 

- ¿Dany? – preguntó Angélica, reconociendo el rostro de la chica que se limpiaba los pantalones de polvo. 

- ¡Angy! – la aludida corrió a abrazar a su amiga 

- Pensé que iban a llegar hasta el miércoles – dijo Angélica, saludando igual a la chica que conducía la motocicleta. 

- Quisimos darte una sorpresa – dijo la chica de la moto – Oye, ¿Quién es él? – preguntó discretamente en el oído a Angélica luego de saludarla. David estaba junto al caballo tomando las riendas y acariciando el hocico del animal. 

- ¿El es David, trabaja en la hacienda y es mi... 

- ¡Gracias por detener a esa bestia! – Dijo Dany, aún con el corazón palpitándole de prisa – si no hubiera sido por ti nos hubiéramos partido la cara. 

- No es para tanto – dijo el chico que aún estaba arriba del caballo – lo tenía todo bajo control 

- ¡Tu cállate idiota! – exclamó Dany, arrojándole pequeñas piedras que encontraba en el suelo junto a sus pies. 

- David, ellos son mis amigos que vienen a pasar unos días a la hacienda. Ella es Sofía – dijo, presentándole primero a la chica que conducía el vehículo motorizado. 

- Mucho gusto – dijo David – estrechando la mano de Sofía con más fuerza de la que hubiera pensado. 

- Igual – dijo ésta, sin mucho ánimo en su voz. 

- Ella es Daniela, otra amiga de la escuela 

- Mucho gusto - repitió David, haciendo un ademán con el sombrero. 

- Es un placer – dijo ésta, en verdad gracias por... wow – exclamó, dejando a medias sus palabras de gratitud al observar con detenimiento los ojos del chico – por... por... 

- ¿Trabajas aquí? – preguntó el chico sobre el caballo, saltando ágilmente de su cabalgadura. 

- Sí, aquí trabajo – dijo David, extendiendo la mano para saludarlo a él también, pero el chico sólo le dio el fuete del caballo y dijo: 

- Amárralo por ahí – y sin más palabra fue a saludar a Angélica - ¿Cómo estás linda? Moría de ganas de verte desde que salimos de la escuela, no sé cómo puedes vivir entre tanta tierra y animales. 

- Pos creo que ha de estar acostumbrada por ciertos animales que la rodean – dijo David en un tono despectivo. 

- Nada de eso – contestó el otro chico – allá sólo las ratas son lo que inundan la ciudad. 

- Pues veo que ya llegaron acá también – contestó David, Angélica tuvo que intervenir entre ellos, ya que notó en los ojos de su novio una mirada de furia se sumaba a los puños cerrados que adoptó en forma amenazante. 

- Él es Andrés, otro amigo de la escuela – dijo la chica más nerviosa que antes – es el hermano mayor de Sofía. 

- No pos que bien – dijo David, sin quitarle la mirada de encima al tal Andrés, que se había puesto unos lentes de sol al ver que la luz le molestaba los ojos – Ya me voy – dijo de la nada - ¿Te veo en la noche? – preguntó, con un ligero tono de voz aún agresivo. 

- Sí, donde siempre – contestó ella temerosa – Hasta luego – dijo, antes de ver a David alejándose en su caballo, dejando a Angélica y a su visita en medio de una nube de polvo. 

Las ocho campanadas de la iglesia anunciaban el término de la misa. La gente salía de ambas puertas a buscar un lugar en la plaza antes de que se atiborrara de jóvenes que esperaban a que la serenata comenzara. En una de las bancas frente al templo, Angélica vio sentado en el respaldo de la misma a David, junto a otros chicos que miraban a las muchachas pasar frente a ellos. 

- ¿Qué haces aquí? – preguntó ella 

- Vine a misa – dijo él – tirando la lata vacía a la jardinera 

- ¿A misa? Aquí afuera la misa no vale 

- Pero mi amá no sabe que no me metí, ¿Y tú no le vas a decir edá? – Preguntó, rodeando la cintura de Angélica para caminar junto a ella - ¿Y porqué viniste tú? 

- Mi mamá me regañó por llegar tarde ayer – contestó ella. 

- ¿No más por veinte minutos? No pos se ve que tu amá si es medio especialita... 

- ¿Y a ti no te dijeron nada? 

- Pos no... Llegué a las doce y media y no me dijeron nada – dijo - ¿vamos a dar la vuelta? 

- Ehh, no puedo 

- ¿Y luego? 

- Quiero ir a bañarme y... 

- ¿Pa’ qué? Sí así estás bien – dijo éste, pellizcando suavemente la cintura de la chica, provocando que Angélica se retorciera entre sus brazos 

- Mejor nos vemos más tarde... – dijo ésta – me baño, te pones guapo y te espero aquí en la noche ¿Está bien? 

- Pues como quieras, de todos modos bien sabes que así te vez re-chula – comentó David, besándola en la mejilla – Tons te veo en la noche – dijo, antes de dirigirse a una esquina de la plaza para ir a casa. 

- ¿Por qué tan guapo mijo? – Preguntó Estela, al entrar a la habitación de David para dejarle sus camisas recién planchadas y viendo que su hijo se miraba frente al espejo - ¿A poco ya hay traes una muchachilla por ahí? 

- No amá, ¿Cómo cree? – Dijo éste, ruborizándose y tomando una camisa de las que le trajo su madre – No más ando viendo a ver si me aviento con alguna, pero pos no crea... 

- Cuando tengas novia me la presentas... – dijo la señora, sentándose en la cama de su hijo – ha de ser una muchacha re-bonita pa’ tener unos nietos bien guapotes así como tú... 

- ¡Amá, váyase más despacio! – exclamó éste, después de abotonarse la camisa – Todavía ni consigo una muchacha y usté ya quiere nietos... Déjeme primero pasearme a gusto y ya después le doy los nietos que quiera. 

- Ándele pues, no más que no ¿Eh? – Dijo, poniéndose de pie para salir - ¿Y fuiste a misa? – preguntó, antes de cerrar la puerta. 

- Pos sí – dijo éste, evitando la mirada de su madre fingiendo buscar algo bajo en los cajones de una cómoda. 

- ¿Ah sí? ¿Qué dijo el padre? 

- Pos lo de siempre... Que la paz sea con nosotros... Y que vayamos en paz. Cosas de esas. 

- Ahh mira... De todos modos vas mañana también para que te acuerdes... 

- ¡No Amá! – Exclamó David en modo de protesta, pero Estela no dijo nada más. 

Por la noche, los cohetes anunciaban el inicio de la serenata en la plaza. La gente se arremolinaba alrededor del quiosco para escuchar a la banda que amenizaría con su música mientras David alzaba la mirada por entre cabezas y sombreros para buscar a Angélica, cuando la vio salir de entre el rio de gente que daba vueltas a la plaza, su sonrisa se fue con la misma rapidez con la que se dibujó en su cara, ya que tras ella apareció Daniela, Sofía y su hermano Andrés. 

- Hola, saludó ésta tímidamente 

- ¿Quiubo? ¿Y ellos qué? – preguntó, al ver que los amigos de Angélica guardaban su distancia con él. 

- Es la primera vez que vienen y no quieren perderse, así que van a estar con nosotros. 

David no sabía qué decir, el tiempo que pasaba con Angélica por las noches en la fiesta era especial para él, para ella, para ambos; y ahora se vería interrumpido por un grupo de personas que no sabía que a unas cuantas calles de la plaza vivía la chica. 

- No pos... Ta’ bueno – dijo al fin, tragándose las ganas de mandarlos al diablo - ¿Y qué quieres hacer? ¿Amos a caminar o...? 

- ¿No crees que es muy ridículo usar un sombrero cuando no está haciendo sol? – preguntó Andrés, con un tono de autoritarismo en su voz que Angélica supuso no pondría nada contento a David cuando el visitante vio el accesorio del ojiverde. 

- ¿No crees que estás muy grande como pa’ que traigas niñera? – preguntó David, señalando a la hermana de Andrés que estaba tras su hermano, que lucía más alta que él por los botínes que traía. 

- No es mi niñera, es mi hermana – aclaro éste con énfasis pero sin alterarse. 

- Pos cuídala ¿Eh? Porque aquí las roban y luego no responden 

- Pues no creo que nadie sea tan valiente como para robarse a mi hermana... 

- O tan pendejo 

- ¡¿Qué dijiste?! – preguntó Andrés, gritando por encima de las trompetas y la tambora que habían comenzado a sonar 

- ¡Pos lo que oíste! – exclamó David, acercándose amenazadoramente a Andrés con los puños cerrados. 

- ¡Vamos a bailar! – gritó Angélica, jalando a David del brazo entre la muchedumbre para alejarlo de Andrés - ¡Por favor cálmate! Él sólo te hizo una pregunta... 

- Y yo le contesté ¿Qué no? Además como que no me cae tan bien ese tipo – dijo 

- Es sólo un amigo, nada más – dijo ésta, observando a Daniela que bailaba con Andrés mientras su hermana estaba sentada en una banca con cara de mal humor – Sólo ignóralo y déjalo en paz 

- Ta’ bueno, no más porque tú lo pides, pero que conste que si te arrima o algo, si le ando partiendo su madre. 

- Ya David... Por cierto, a mí sí me gusta tu sombrero – dijo ésta para calmar los ánimos del chico. 

- Y a mí me gusta tu carita, tan bonita como siempre – dijo David - ¡Casi se me olvida! – Exclamó éste de repente, asustando a Angélica – La de hoy no podía faltar – dijo, sacando de su bolsa trasera una rosa envuelta en el clásico plástico transparente con estampados de corazones rojos. 

- Gracias – dijo la chica, ruborizándose como siempre – no tenías que... 

- ¡Oh que la...! ¡Déjame darte gusto! – dijo David, de repente, sintió que unas gotas gélidas le mojaban la cara cuando intentaba besar a Angélica. El cielo destellaba unos brillantes relámpagos y la lluvia repentina hacia correr a todos los presentes en la plaza. 

- ¡Te veo mañana! – dijo Angélica, al verse atraída por la mano de Daniela para que corrieran a refugiarse de la lluvia 

- ¡Adiós! – alcanzó a gritar David, quedándose con las ganas del beso de aquella noche.