Sentada bajo la sombra, miraba con distracción como las hojas de un árbol se mecían con suavidad con el viento, como su cabello en la libertad del aire. La quietud y el silencio del lugar se rompieron cuando una camioneta irrumpió en el lugar con música en volumen muy alto. El vehículo se detuvo y de él bajo un hombre que se ponía una camisa de manga larga. Angélica adivinó que era David por dos razones: su padre le había encomendado personalmente que cuidara del riego de la caña, y porque había grabado en su mente el andar desgarbado del chico. Cuando la bomba de agua comenzó con su habitual ruido estridente, Angélica notó que David caminaba hacia ella con la ropa ligeramente empapada.
- ¿Y ‘ora tú? ¿Qué haces aquí? – preguntó, sentándose junto a ella, pero a una distancia considerable. La chica no contestó, solamente se limitó a expirar un suspiro - ¿No me vas a hablar o te comieron la lengüita los ratones? – ella hizo un ademán de indiferencia, como si David fuera invisible o un árbol más a la orilla de la zanja - ¿Apoco ‘tas enojada? – Éste se acercó para apartarle el cabello de la cara, a lo cual ella respondió repitiendo su gesto evasivo – Uhh... No te enojes... Yo nomás quería invitarte al baile en la noche pero si no quieres....
- ¿Baile? – Preguntó, mostrando un interés repentino en David – no sabía que iba a haber baile hoy...
- Pos si – dijo éste – Si quieres vamos a cenar a la plaza y después al baile. Va a tocar la San José de Mesillas.
Angélica apartó la mirada de los ojos de David un momento, evaluando la posibilidad de ir con él o no.
- No te la pienses, no más dime que sí y te veo en la noche – comentó, rodeando los hombros de la chica con su frío brazo debido al agua del pozo – y así seguirle con el asunto de ayer ¿o no te gustó el beso? – Angélica temía escuchar esa voz, la voz dulce de un hombre fuerte que la hacía flaquear en sus convicciones – Angélica... – susurró David. Ésta notó que era la primera vez que David mencionaba su nombre y sonaba tan distinto a como lo mencionaba su madre o su hermano - ¿Quieres ser mi novia? – Angélica buscó los ojos de David, se dio cuenta de que no le había quitado la mirada de encima ni un segundo, sus ojos verdes más que mostrar indiferencia como veces pasadas, reflejaba expectativa mezclada con temor.
- David... No sé...
- No chula... – dijo éste, poniendo un dedo en los delicados labios de Angélica – Dime que sí, dame chance de hacerte feliz, de mostrarte que nadie te va a querer como yo te quiero ahora...
Angélica se había petrificado por completo, nunca había pensado que David era el tipo de hombres que pensaran (y dijeran) eso sobre una chica y frente a ella, pero él estaba allí, tomándola por los hombros suplicando con la mirada una respuesta afirmativa.
- ¿Entonces qué dices? – preguntó en un tono decisivo que exigía una respuesta. Angélica tragó saliva y dijo:
- Si David... Me gustaría ser tu novia - David abrió inmensamente sus ojos debido al asombro y se tiró a los brazos de la chica para besarla, la respiración profunda de David hizo que Angélica reaccionara de la misma manera: enredó sus brazos en el cuello de David y éste se giró haciendo que Angélica quedara sobre él.
- ¿Entonces paso por ti a las nueve? – preguntó éste, sin dejar que Angélica se separara de él.
- Te veo afuera de mi casa – contestó, poniéndose por fin de pie.
- ¿Ya te vas?
- Tengo que arreglarme – dijo, desatando la cuerda que mantenía atado al caballo al árbol.
- ¡Pero faltan como tres horas!
- ¿Quieres que me ponga guapa no? – preguntó, montándose en el caballo
- No ‘pos si – dijo éste – ¡ándele ya váyase! – exclamó, palmeando al caballo en las ancas, lo cual hizo que el animal se pusiera en marcha, cuando Angélica tomó la vereda hacia la salida de las parcelas, miró a David y a la lejanía notó que le lanzaba un beso en la distancia.
Por la noche, en el patio principal de la hacienda, brillaban las luciérnagas al compás del canto de los grillos, la quietud de la noche cedía el paso a la amortiguada música de la plaza que se escuchaba varias cuadras a la redonda.
- ¡Mamá ya me voy! – gritó Angélica al bajar las escaleras casi corriendo.
- Wow, vas muy guapa – dijo su madre al verla – no vayas a llegar tarde...
- Mamá, vivimos a dos cuadras de la plaza...
- No importa, cualquier cosa nos llamas para que tu padre pueda ir por ti – decía doña Mónica - Cuídate mucho hija – concluyó, dándole la bendición antes de que saliera.
- ¡Apá ya me voy! – gritó David a punto de cerrar la puerta.
- ¡No llegues tarde! – Gritó Estela, su madre – vamos a andar en la plaza
- No más que llegues borracho ¿Eh?
- No apá ¿Cómo cree? Nomás una o dos pa’ entrar en ambiente, pero arrastrando no llego – dijo.
- Ándele pues, y no vengas hasta que te hagas de una novia.
- ¡Uh apá! ¡Va estar difícil! – concluyó, cerrando la puerta de la calle antes de que le dijeran algo más.
Angélica se abría paso entre la gente que caminaba en círculos alrededor de la plaza, muchachas que andaban toda la noche dejándose lucir delante de los muchachos que les arrojaban confeti y alguno que otro piropo. Al doblar la esquina, Angélica se topó de frente con David, quién escondía algo tras su espalda.
- ¡Perdón! No te había visto – dijo ésta, tratando de volver a su corazón a su velocidad normal.
- No importa chula, que mejor que encontrarte de una vez – dijo David – mira te traje éstas – comentó, en sus manos había dos rosas frescas envueltas en plástico transparente ligeramente mojadas.
- ¿Porqué dos? No debiste molestarte – dijo Angélica apenada
- Pos porque ayer no te di – contestó éste, como si su respuesta fuera tan lógica
- David, no tienes que regalarme una rosa cada día.
- ¡Cómo no! ¿Y luego como veo esa sonrisita?
Angélica no pensaba que era capaz de sonrojarse demasiado. Desviaba la mirada de los ojos de David, trataba de mirar el campanario de la iglesia, o los lazos en las calles al vuelo del viento, pero su atención se fijaba en la luz verde en el rostro de su ahora novio.
- Pues muchas gracias – dijo ésta
- ¿Tons qué? ¿Vamos a cenar primero?
Angélica asintió. Al instante se internaron en el mar de gente que inundaba la plaza. Ella notó que David caminaba con torpeza, muy diferente a su andar ligeramente tosco, como si se reprimiera de hacer algo que se moría de ganas de llevar a cabo, y fue entonces que ella dio el primer paso: su mano izquierda se entrelazó con la derecha de David haciendo que éste por primera vez se ruborizara. Al llegar a la fonda donde Angélica quiso quedarse a cenar (porque ningún puesto ambulante la convencía) tomaron asiento en una de las mesas que milagrosamente estaba vacía.
- Me gusta tu camisa – dijo Angélica, al ver en la luz con más detenimiento el atuendo de David; sus botas estaban lustrosas a diferencia de las lodosas y sucias que usaba en el campo, su camisa lucía impecable y sus pantalones no estaban rotos por las rodillas como la gran mayoría que usaba para el trabajo.
- Tú te ves muy... bonita – dijo éste, con problemas para pronunciar la última palabra.
- ¿Qué van a cenar? – preguntó una mujer obesa que se acercó a ellos
- Una hamburguesa – dijo Angélica, al ver la foto de la comida frente a ella, justo detrás de David – y un refresco de naranja, por favor.
- ¿Y tú guapo? – le preguntó al chico
- Dos tacos de carne adobada, dos de asada y dos de lengua, ¡Ah!, y una modelito bien fría – dijo. Al momento la mesera se retiró a preparar la orden de los chicos.
- ¿No te dicen nada tus papás por tomar cerveza? – preguntó Angélica al notar que se refería a una lata de cerveza en su último pedido en la orden.
- No – dijo éste sin preocupación – siempre y cuando no llegue borracho a casa todo está bueno.
- Muchas gracias por las flores – dijo Angélica, dejando las rosas en un costado de la mesa – son muy bonitas.
- Junto a ti nada es tan bonito – dijo David, tomando la mano de Angélica entre la suya, haciendo que el color de sus mejillas se encendieran de nuevo; por suerte, la mesera les sirvió la cena y la salvó de tener que contestar a tan halagador comentario.
Cuando David tuvo su cena frente a él, tomó la botella de chile y le puso tanto como pudo, mientras Angélica le ponía salsa cátsup a cada una de las papas que venían con su hamburguesa. De reojo la chica miraba que David no le quitaba la vista de encima y que dibujaba una ligera sonrisa.
- Un día hace como seis meses fuimos a Ciudad Guzmán a concursar en una charreada – decía David saliendo de la fonda y camino al baile – me tocó hacer el paso de la muerte y por poquito me tumbo las muelas
- ¿No es muy peligroso eso? – preguntó ella, que había visto a hombres hacer ese tipo de suertes infinidad de veces, pero como lo había contado David parecía más arriesgado.
- Pues para quien no sabe sí, pero pa’ uno que ya sabe no hay peligro – contestó, antes de dirigirse a la entrada del baile para comprar los boletos.
Dentro del salón había una multitud (en su mayoría jóvenes) esperando a que el baile comenzara, las mesas que había alrededor de la pista se atiborraron de gente rápidamente, por lo cual les costó encontrar un sitio en donde permanecer alejados del bullicio de la pista.
Cuando la banda comenzó a tocar, David prácticamente arrastró a Angélica hasta la pista, rodeó su cintura con sus brazos y perdió sus labios en el cuello de la chica cubierto por su cabello. Ella entrelazó sus manos en el cuello de David y hundió su rostro en el pecho del chico.
Alrededor de ellos decenas de parejas chocaban los hombros y las piernas entre sí al bailar. La noción del tiempo se perdía entre la música en volumen alto y la oscuridad casi completa que dejaba filtrar las luces del escenario de la banda.
- ¿Qué hora es? –preguntó Angélica, un ligero dolor punzante se sentía en sus piernas tras estar de pie lo que parecían horas.
- Las doce quince ¿Por qué?
- ¿En serio? – Angélica tomó la muñeca de David para mirar su reloj con más detenimiento – Me tengo que ir o mis papás me van a regañar.
- ‘Ta bueno, yo te llevo – dijo David, tomándola de la mano para abrirse paso entre la gente para llegar a la salida.
En la calle, prácticamente corrieron rodeando las cuadras en donde la gente miraba los puestos para evitar más contratiempos. Fuera del portón de la hacienda, Angélica trataba de calmar su flato antes de entrar.
- ¿Te voy a ver mañana? – preguntó David, recargado en la pared, secándose el sudor de la frente.
- Si no me castigan hoy, espero que sí – contestó – Bueno, ya me voy...
- ¿Así no más? – David se cruzó en el camino de Angélica con la puerta para evitar que entrara
- Ya te di las gracias, por todo...
- Yo no quiero que me des las gracias... A mi dame un beso, con las “gracias” no me voy a andar acordando de ti – sin esperar réplica alguna, el chico tomó el rostro de Angélica y la besó. Cuando apartó sus manos de ella, la chica sintió unas ganas inmensas de quedarse allí, junto a él pero sus padres la estaban esperando dentro de casa.
- Te veo mañana, en el quiosco, a las diez –dijo, abriendo la puerta para entrar al patio de la hacienda.
- Hasta mañana chula – dijo, viendo como Angélica se perdía tras la puerta en la tenue oscuridad.