VII - La procesión

Jimador_nuevo_Banner



Los nudillos de las manos raspadas por el costal del abono le provocaban una picazón muy fuerte, sus piernas y hombros soportaban loas cargas de un costal de 50 kilos que tenía que transportar por un terreno irregular de un lugar a otro, hombres caminaban entre los surcos llevando frente a ellos un costal amarrado con el que esparcían el abono entre la caña. Sus botas manchadas en barro y la camisa húmeda en sudor eran el testigo de la jornada de trabajo diario que David vivía en el verano, cuando los costales estuvieron vacíos, se escuchó el relinchar de un caballo que subía la ladera de tierra, a lo lejos David pudo reconocer a Angélica montando al animal, pero no iba sola: detrás de ella iba Javier abrazándola por la cintura para no caerse.

Cuando terminaron de regar el abono, los trabajadores se acercaron a la zanja para lavarse los brazos mientras David se acercaba a la chica.

- ¿Y ‘ora tú? ¿Andas de niñera otra vez?

- Mi mamá fue a Guadalajara y no se quiso quedar con mi papá – contestó Angélica – así que lo tuve que traer.

- Ahhh...

- Angélica vámonos, este menso me cae mal

- Javier cállate – susurró ésta para que David no lo escuchara

- No déjalo, si a mí el morrito tampoco me cae bien que digamos – comentó David, alejándose para retirar el abono de su piel – lo que diera por estar en tu lugar méndigo escuincle – añadió, al ver que Javier seguía abrazado a la cintura de Angélica.

Cuando David regresó de lavarse las manos, la chica estaba sentada en el lienzo de piedras que dividen una parcela de otra.

- Ahí salen culebras – dijo éste, sentándose en la tierra para limpiarse las botas con una rama seca.

- ¿Vas a ir a la plaza en la noche?

- Pos claro, quedaste de ir conmigo ¿no? 

- Ya sé, pero pensé que podíamos ver la procesión juntos y después vernos en la plaza.

- No pos no puedo – contestó David inmediatamente tras ponerse de pie y despidiendo con un ademán de mano a los trabajadores que se alejaban en la camioneta.

- ¿Por qué?

- Porque tengo cosas que hacer

- ¿No vas a trabajar o sí?

- Pos no pero... mejor te veo en la noche – dijo, acercándose al caballo al que Angélica le acariciaba la crin – donde siempre, abajo del quiosco al lado de la banda, y ‘ora si vamos a bailar ¿Eh? Pa que le digas a tu apá que vas a llegar tarde – Angélica no contestó, David la miraba fijamente lo suficientemente cerca como para que ésta viera su reflejo en el verde claro de los ojos de David – Entonces allá te veo chula – agregó, apartándole a la chica un mechón de cabello que caía sobre su frente. Ágilmente subió al caballo y se alejó dejando tras de sí una nube de polvo.

Por la tarde, la gente salía de sus casas con sillas de madera o bancos plegables para tomar asiento en las banquetas y ver la procesión que cada día ofrecía una familia del pueblo en honor a Cristo Rey.

La banda de guerra anunciaba con sus tambores el paso de la procesión por las calles. Hombres y mujeres llevaban cirios encendidos mientras la cera derretida le quemaba las manos antes de secarse en su piel.

El único carro alegórico iba acompañado de la banda musical del pueblo, Angélica junto a su hermano sentada en una banqueta vio a las personas que iban arriba de la camioneta, y de no ser porque ella misma lo miraba, hubiese pensado que sus ojos la engañaban al ver a David entre dos chicas.

David mantenía la mirada perdida frente a él mientras la gente (la mayoría jóvenes y extranjeros) tomaban fotografías mientras David permanecía inmóvil. Angélica se levantó para tomarle una fotografía con su celular sin escuchar las quejas de su hermano por no dejarlo ver.

El gesto inexpresivo de David hizo a Angélica recordar el primer día en que lo vio en la hacienda: el mismo ceño fruncido a causa del sol de aquella tarde se dibujaba en su rostro en el momento en que pasaba frente a la multitud del pueblo.

Por la noche, esperando las campanadas del reloj, David permanecía sentado en una jardinera de la plaza cuando sintió que sus ojos no podían ver.

- ¿Quién soy? – preguntó una voz femenina tras él

- ¿Pos quién va a ser? – Dijo éste, tomando las manos de Angélica entre las suyas – La muchacha más chula de toda la hacienda – comentó, poniéndose de pie - ¿Quieres ir a dar una vuelta?

- Pues sí –contestó, dejándose guiar por David entre la gente - ¿y tu barba? Te veías bien con ella.

- ¿A poco me viste con la cara pintada?

- Toda la colonia te vio – dijo la chica – y en verdad te ves bien – comentó, mostrándole a David su foto en el teléfono.

- Bórrala, ¿O vas a espantar ratones con eso? – 

- Claro que no... Oye tengo hambre, ¿Quieres unas de ésas? – preguntó Angélica, señalando un puesto donde vendían fresas con crema – Te debo la nieve de la otra vez y...

- No chula no te lo voy a cobrar, y si quieres yo invito – dijo David, tomando a Angélica de la mano y prácticamente arrastrándola al puesto – Oiga amigo, deme unas fresas para la chula –

- A la orden amigo – contestó el dependiente preparando el aperitivo de la chica 

– Y pa’ mi una de éstas – añadió David, tomando de una gran hielera una lata de cerveza.

- ¿no eres muy chico para tomar alcohol?

- ¿No estás muy grandecita como para hacer preguntas? – David notó que Angélica se había apenado cuando le desvió la mirada – Pos nada más es una... pa’ matar el calor... ¿’Amos a dar una vuelta o qué? – preguntó, jalando el brazo de la chica hacia la calle donde los puestos ambulantes ofrecían sus productos: había dulces tradicionales hechos con leche, paletas enormes y demás dulces desde ácidos hasta los más empalagosos. Diversas manualidades de madera, como carritos, tableros de ajedrez y hasta percheros eran los productos artesanales que año con año se veían en Estipac para la fiesta de Cristo Rey.

- ¿Ya viste? – Angélica se detuvo frente a un puesto donde pequeñas placas de metal se grababan para ser utilizadas como brazaletes o en cadenas – Está muy bonita – comentó

- ¿Te gusta? – David sorbía de su cerveza cuando la chica señaló un corazón de color rosa que colgaba de una cadena color plateado.

- Si pero... 

- Faltaba más... Oiga joven, deme ese corazón rosa – dijo David, sacando la cartera para pagar.

- ¡No David! Qué pena...

- ¿Pena por qué? ¿Si para algo es el dinero no?

- ¿Le grabo algo güerito? – Preguntó el vendedor, con cara de que por fin vendería algo aquella noche – algo bonito aquí para la muchacha...

- Pos su nombre ¿O qué hay algo más bonito que eso? – preguntó David al oído de la chica, la cual nunca pensó que se sonrojaría demasiado a pesar del aliento a cerveza del chico.

Cuando el vendedor terminó de grabar “Angy” (por que “Angélica” no cabía) en el corazón, el mismo David le abrochó la cadena alrededor de su delicado cuello.

- Muchas gracias – dijo. Aún sintiendo las mejillas encendidas – en verdad no tenías porqué molestarte.

- ¿Y por qué no? Me parto el lomo todos los días, y esa sonrisita es mi mejor paga – comentó de regreso a la plaza - ¿’Amos a bailar o qué? 

La banda estaba sobre el quiosco tocando música que se amplificaba por las bocinas que estaban junto a las parejas de baile. Jóvenes en su mayoría inundaban la plaza al compás de la canción que el conjunto ejecutaba. Angélica posó su mano en el hombro de David mientras que la otra era delicadamente envuelta en la del chico. Notó las asperezas de sus palmas y que el aroma de él no era el mismo: la tierra y el sudor le habían dado paso a una fragancia con aroma a madera que la chica inhalaba a cada respiración para perderse en su esencia. 

El vaivén en los brazos de David hizo que Angélica perdiera la noción del tiempo, las campanadas anunciaban las doce de la noche cuando la chica se separó bruscamente de él para regresar a casa

- ¡¿Qué traes?! – preguntó él, extrañado

- ¡Me tengo que ir! – gritó ella para hacerse escuchar por encima del volumen estridente que las bocinas emanaban.

- ¡¿Qué?! – preguntó David, acercándose a ella 

- ¡Que me tengo que...! – Angélica no alcanzó a terminar su despedida, David tomó su rostro entre sus manos para besarla antes de que se apartara de su lado.

Los labios de David se encontraron con los de Angélica en un gesto apresurado que tomó a ésta con sorpresa. Ella sentía la respiración de David cuando éste mantenía sujeta a Angélica por el rostro, sentía que las manos del chico le acariciaban las mejillas y que las piernas amenazaban con quebrarse. Cuando abrió los ojos de nuevo David la miraba con culpa.

- Discúlpame chula, ¿Pero si no era así entonces cómo? – se excusó éste – Ya me moría de ganas de probar tu boquita, ¿te veo mañana aquí va? – preguntó. 

Sin esperar respuesta dio media vuelta y se alejó perdiéndose entre la gente.