XI - El romance al descubierto

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- Ándele primo, baje usted primero – decía Arturo en la cima de las escaleras, escuchando el movimiento de platos y cubiertos en la cocina, como indicio de que el desayuno ya estaba servido. 

- ¿Está loco? Ayer casi me vuelan la maceta por andar llegando tarde. 

- Eso le pasa por andar de entrado con su morra. 

- Ay si, ay si... ni digas nada que luego, luego te clavaste con la güerita 

- Eso ya es otra cosa... Ándele, no sea coyón. 

David tragó saliva y con decisión bajó los escalones uno por uno, sus pesadas botas de trabajo retumbaban contra la piedra de la escalera haciendo que su llegada no pasara desapercibida. 

- Buenos días – saludó David a los presentes, donde estaban sus padres, su tía María de Jesús, el esposo de ella: Everardo y doña Margarita. 

- Ándale Carmen, Chuy; sírvanle el desayuno a sus hijos – dijo Margarita. Una señora arraigada a las costumbres de antaño en donde las mujeres estaban al servicio de los hombres y nada más. 

- Ya ni pa’ qué preguntarles como les fue ayer – comentó Everardo, levantándose de la mesa cuando terminó su desayuno – Si hasta se les nota en la cara que se la pasaron bien. 

- Méndigos desvergonzados ¡¿Qué figurencias son ésas de andar llegando borrachos?! 

- No andábamos borrachos abue – dijo David – tomamos tantito, pero pos no era pa’ tanto. 

- ¡A cómo no! Aquel no podía ni caminar – señaló Margarita a Arturo con la mano con la que sostenía su tortilla 

- No güela, pos con semejante cucharazo ¿Quién camina después de un fregadazo así? 

- Pues será el sereno, pero pa’ la otra que lleguen cayéndose de borrachos, no esperen que les abra la puerta. 

- Ya abue, perdón – dijo David, evitando la mirada recia de su abuela y fingiendo encontrar interés en sus frijoles puercos. 

- Por arriba de la zanja hay que cambiar unos postes – dijo Don David, retirándose de la mesa – atrás del potrero en la hacienda están los postes nuevos y las grapas, te los llevas en la camioneta los pones antes de la tarde, mientras vemos lo de los toros pa’l domingo. 

- Ta bueno – contestó David, acostumbrado a recibir órdenes de su padre 

- Y tú te vas con él – dijo la madre de Arturo, mientras lavaba los platos que su esposo y hermano habían desocupado. 

- ¡¿Y yo porqué?! 

- Porque no te quiero de ocioso aquí en la casa, así que te apuras y te vas con él. 

Entre quejas y reclamos, David y Arturo terminaron su desayuno. Tras cargar los postes en la camioneta junto con las palas, barra y martillo, condujeron hasta el azufrado, donde la zanja dejaba ver el alambre caído y algunos postes en el mismo estado. 

- ¿Ya ve lo que nos ponen a hacer por su culpa? 

- ¿Cómo que por mi culpa? 

- ¡Pos sí! Ahí andaba rogándome pa’ que le hiciera el paro con la flaquita y no sé qué cosa.... Y ve, ya hasta de borrachos nos tacharon. 

David no contestó, lo mismo le daba si su abuela lo juzgara de ebrio o no, sabía que debía mantenerse en el límite de tomar alcohol sin excesos, algo que supuso que su primo sabía muy bien. A sus oídos llegó el sonido de un motor conocido para David, pero no para Arturo, quien alzó la cabeza entre los postes para visualizar una motocicleta que se aproximaba hacia ellos. 

- ¿Quiubo flaquita? ¿Qué haces aquí? – preguntó Arturo a Daniela, que caminaba torpemente por entre las piedras hacia la lodosa zanja. 

- Quise venir con Angy, lo que sea por estar lejos del imbécil de Andrés. 

- ¿Y como está aquel? – preguntó David, refiriéndose al amigo de Angélica. 

- ¿Cómo quieres que esté? Casi muriéndose – contestó ésta – Sofía se quedó con él. 

- Si se veía a leguas que no estaba acostumbrado a tomar como los hombres – dijo Arturo 

- ¿Y qué hacen, eh? – preguntó Dany con curiosidad, al ver como David con las pinzas sacaba las grapas que sostenían el alambre. 

- Andamos cambiando los postes, al parecer fueron las vacas que tumbaron el alambre – frente a ellos y en las alturas de una colina, se veía pastar a un conjunto de vacas y becerros, los cuáles Arturo supuso eran culpables del destrozo. 

- ¿Y por qué no usas los guantes? – Angélica notó que en la caja de herramientas había un par de gruesos guantes de piel, y el sólo ver que David podía cortarse con el mohoso alambre le daba escalofríos. 

- ¿Pa´qué? No más estorban 

- ¿Y van a tardarse mucho? Porque queremos ir a medio día a la plaza 

- Pos si le damos la recia a lo mejor alcanzamos a ir un rato – dijo David, cavando el pozo para el nuevo poste. 

- Espérennos allá abajo – dijo Arturo – pa’ que no se asoleen, ya luego les caemos – dijo. 

Alrededor de la una de la tarde, David terminó de clavar la última grapa, mientras Arturo fijaba la tierra alrededor del poste con la barra. A su encuentro con las chicas en el pequeño estanque, David se dejó caer en la tierra lisa y fresca junto a Angélica. 

- ¿Quieres agua? – Angélica le ofreció de una botella que ella llevaba, David se quitó el sombrero y se vació el líquido en la cara para mitigar el calor. 

- ¿Ya nos vamos? – preguntó Dany, comiendo una guayaba que Arturo había cortado de un árbol cercano. 

- ¿Cuál es la prisa flaquita? Total te voy a ver en la noche ¿Qué no? 

- Pero yo quiero ir ahorita – dijo Dany a modo de berrinche 

- Porque no te pones guapo y nos vemos en la plaza al rato – le dijo Angélica a David en el oído mientras le acariciaba la mejilla. La chica se recostó en la tierra también para retozar su cabeza en los brazos de David mientras éste se giraba para quedar frente a ella. 

- ¿Y si vamos no va ir aquél? – Preguntó en un susurro, como si su grave voz hiriera los tímpanos de Angélica – Yo quiero estar solito contigo. 

- No va a ir, nada más con abrir los ojos sentía que se moría – contestó la chica, erizándole los poros de su piel la mano de David que recorría su espalda y se detenía en su cintura. 

- Pos entonces allá te veo – dijo David, poniéndose de pie rápidamente - ¡Primo, ámonos! – gritó a Arturo, quién platicaba algo a Daniela que la mantenía con una sonrisa en los labios. 

- ¿Cómo así? ¿Tan pronto? 

- Pos sí ¿Qué no quieren ir a la plaza al rato? 

- Si, si – decía Dany – Te veo allá, ¡Angy vámonos! No sé manejar esta cosa – exclamó cuando subió a la motocicleta. 

David aceleró en la camioneta detrás de la moto de la chica, quién dejaba una nube de polvo en su camino. 

Al estacionarse frente a la casa de su abuela, ambos bajaron rápido de la camioneta para subir a arreglarse, al fondo del pasillo encontraron a su abuela junto con sus madres picando cebolla, lechuga, rábanos y pepinos para el pozole de la cena. 

- ¿Ya tan rápido llegaron? – preguntó Margarita, quien perdía la noción del tiempo cuando de cocinar se trataba – De a tiro se me olvidó pedirles que trajeran unos aguacates del árbol de debajo de la zanja 

- Pa’ la otra abue, que horita nos vamos a ir a la plaza 

- ¿Por qué tan rápido? – Preguntó Chuy, la mamá de Arturo – ayuden a su abuela a poner la lumbre en el corral y ya después se van a donde quieran. 

Refunfuñando por ser la segunda vez en la que sus planes se truncaban, subieron la pesada olla de metal a las brazas de fuego que David encendió a duras penas con la leña mojada, mientras que David cargaba como podía el cazo de cobre para los chicharrones de la comida. 

- ¡Ya nos vamos! – anunció David en la puerta, cuando se hubo cambiado de zapatos y de camisa. 

- ¡No lleguen tarde pa’ que se vengan a comer! – Gritó Margarita desde la cocina 

- ¡Ey! – gritó Arturo cerrando la puerta tras de sí, mientras se doblaba las mangas de su camisa. 

En la plaza los jóvenes atiburraban las bancas del lugar, aunque los rayos del sol se filtraran entre las hojas de los pequeños árboles de las jardineras. En una de ellas, Daniela y Angélica estaban sentadas junto con Sofía, quién miraba todo aquello con su mismo gesto de aburrimiento total. 

- ¿Quiubo flaquita? – Preguntó Arturo, sentándose al lado de Dany - ¿Ya se acabó la banda o qué? 

- No apenas van a empezar a tocar – contestó ella - ¿Está haciendo calor no creen? 

- ¿Quieren tomar algo? – sugirió Arturo, al ver que un señor pasaba con un carrito y una gran olla 

- ¿Qué es? – preguntó Sofía, quitándose sus lentes oscuros para apreciar el líquido espeso que el señor vertía en unos vasos de plástico. 

- Es tejuino ¿A poco no lo has probado? – Preguntó Arturo - le pones sal, chile y limón y sabe re-bueno – dijo, acercándose al señor para pedir cinco vasos. Cuando Sofía lo probó, se convenció de que su textura pesada no influía en su refrescante sabor. 

- Pues no sabe tan mal – comentó Sofía – a comparación del tequila esto es mucho mejor 

- ¿no has probado el tequila tampoco? – preguntó David sorprendido 

- Soy una mujer – contestó ella con obviedad – una mujer se ve muy mal tomando alcohol. 

- Pues aquí casi, casi nos bautizan con un caballito en vez de agua bendita – dijo David – y por eso el tequila es como el agua pa’ nosotros. ¿Edá primo? 

- Si primo –dijo Arturo – y por lo que veo tu hermano como que no es de garganta fuerte. 

- El nunca había tomado así – dijo Sofía, jugando con el hielo y el popote en su vaso – y al parecer no le van a quedar ganas. 

La banda había comenzado a tocar, a diferencia de las noches, las parejas de baile se ausentaban por completo en la plaza, los chicos tomaban de la mano a las chicas y caminaban en círculos alrededor del cuadro principal. David abrazaba a Angélica con la mano derecha mientras la izquierda la posaba en su rodilla, Arturo platicaba con Daniela y Sofía sobre Tequila y la hacienda de sus padres. El campanario del templo repicó a las tres de la tarde y fue entonces que Arturo se percató de que ya era tarde para comer. 

- Primo, ¿Ya vio qué hora es? 

- ¿Pos crees que soy reloj o qué? – preguntó de mal modo, cuando fue interrumpido por Arturo cuando iba a besar a Angélica por centésima vez. 

- Pos no pero ya es tarde, y la mera verdá me está rugiendo la tripa bien gacho. 

- Ta bueno pues, vámonos – dijo David con cierto enojo – chula, nos vemos aquí en la noche – le susurró a Angélica al oído – ¿Me das otro para acordarme? – David cerró los ojos con fuerza y frunció los labios con exageración, en espera de un beso. La chica no pudo contener una risa antes de besarlo como despedida. 

- ¿Y ‘onde andaban ustedes? – Preguntó Margarita en cuando un pie de Arturo pisó la casa – ¡Vino su tía Cuca de Jocotepec y ustedes ni sus luces! 

- Pos andábamos en la plaza - dijo Arturo 

- Pos igual si se queda pa’ la fiesta habrá tiempo de sobra pa’ verla... Y como si no la pudieran ver – comentó David, haciendo con los brazos un ademán para representar el sobrepeso de la mujer a la que se refería 

- ¡Chamaco grosero! ¡Vas a ir a confesarte y a pedirle perdón a Dios nuestro señor! 

- ¿Pero porqué? – preguntó David molesto 

- ¡Por andar de malhablado con la gente! 

- ¡Pero si dije la verdad! Na’ más porque aquí hay dos puertas, sino, ni cupiera... 

- Mira méndigo escuincle – doña Margarita había agarrado ágilmente a David de su corto cabello y lo zarandeaba de un lado a otro – no sé de donde agarraste esa costumbrita de andar de grosero, porque tu padre no es así, te me vas a misa lo que queda del novenario y comulgas diario pa’ ver si así se te quita lo malhablado. 

Cuando Margarita soltó a David, éste no sabía que le había dolido más: los jaloneos de pelo que le había dado su abuela o que lo tratara así frente a su primo, el cuál sin duda se burlaría de él. 

- ¡Ta bueno voy a ir a misa ya! – Dijo éste – Pero ni me sirva que no tengo hambre – dijo, antes de subir corriendo a su cuarto, donde se pasó varias horas en la cama tumbado boca abajo pensando en Angélica. Desde abajo le llegaban gritos que lo llamaban por su nombre, escuchó a su madre, a su tía y a su abuela varias veces, pero en ninguna contestó. 

- Ya me voy – anunció, cuando bajó de las escaleras sin mirar a nadie. 

- ¿A dónde tan temprano? 

- Voy a misa – dijo, para sorpresa de todos y de sí mismo – 

- Pero ni comiste – dijo su madre – Deja te caliento unos... 

- No amá, allá en la plaza me compro algo – dijo, antes de cerrar la puerta con fuerza, a cada paso que daba su estómago le recriminaba la falta de alimento. Dentro del templo lo esperaba una atmósfera totalmente diferente a la que vivía afuera día con día: el silencio sepulcral era acompañado de los rezos de las mujeres que llevaban el rosario, entre ellas su abuela, en las primeras bancas junto al atrio. Al bajar las pequeñas escaleras notó que había un olor penetrante a cera en el lugar, y a pesar de la cantidad de gente que había entrado junto con la procesión encontró un lugar en una banca junto a una imagen de la Virgen de Guadalupe. 

David se persignó torpemente tras hincarse y sentarse en la (para él) incómoda banca de madera cuando una voz junto a él lo sacó de su sopor. 

- ¿Qué haces aquí? – Preguntó Angélica sorprendida – pensé que no te gustaba venir 

- Mi abuela hizo que viniera – contestó, con los brazos cruzados y las piernas extendidas. Angélica notó que en la voz de David se sentía rencor y algo de desprecio. 

- Bueno, sus razones ha de tener... 

- Naah, ni madres, no’más por un pinche capricho suyo... 

- ¡No hables así aquí! – susurró ella reprimiéndolo, al ver que una joven pareja de esposos los miraba con presteza. 

- ‘Amonos pa’ fuera – dijo David – allá si te puedo dar los pinches besotes que aquí no puedo – susurró 

- No David, si tu abuela sabe que no viniste te va a ir peor, y por fa, no digas groserías. 

David se sorprendió al ver que Angélica lo miraba suplicante y que hablaba muy en serio, por lo que tuvo que comportarse como nunca antes lo había hecho. 

- Siéntate bien – susurraba ella en plena misa, al ver que David casi se dormía recargado en su hombro y con la espalda en el asiento de la banca. 

- Ya me quiero ir – decía éste, cuando apenas el padre iba a dar la comunión. 

Cuando la misa terminó por fin, David fue de los primeros en salir del templo, prácticamente arrastrando a Angélica hasta la salida sin importar tener que empujar a la gente a su paso. 

- Ahora sí chula, por fin esa boquita va a rezar lo que es debido. 

- David no puedes comportarte así – dijo ésta, separándose de los brazos del chico – sé que no te gusta venir a misa pero tampoco puedes decir groserías allá adentro, ni salirte de esa manera como lo hiciste – David miraba a la chica extrañado, en el fondo intentaba gritarle de que él era así y que no cambiaría ni a balazos, pero no lograba pronunciar nada - ... y por fa no lo vuelvas a hacer – dijo ésta. 

- Pos... está bueno pues, ¿Quieres ir a cenar? 

- ¿No es muy temprano? – Angélica miraba el reloj de la torre, que marcaba apenas las ocho de la noche 

- Es que tengo un chin... mucha hambre – corrigió éste de último momento –mi abue también me castigó sin comer 

- Como que tu abuela no es tan buena como lo imaginaba – dijo Angélica - ¿Me acompañas a mi casa a pedir permiso y por Dany? – preguntó la chica, dejándose envolver el cuello por el brazo de David. 

Éste cedió, esperaba fuera del portal de la hacienda con insistencia a que saliera, sin embargo para su sorpresa no iban solas, Sofía y su hermano Andrés las acompañaban. 

- ¿Y éstos qué? – le preguntó David a la chica en el oído, al verlos salir del portón 

- Mi mamá me dijo que los trajera, ya sabes cómo es cuando hay visitas. 

David no respondió, el sólo hecho de tener cerca a Andrés lo hacía pensar en todas las groserías que le prometió a Angélica no decir en misa, aunque era sumamente difícil para él contenerse de hacerlo. 

- ¿A dónde vamos? Preguntó Andrés, cuya voz provocaba en David ganas de patear gente. 

- Vamos a ir por Arturo – contestó Daniela – se está quedando con su abuela también los días de la fiesta. 

David estaba fuera de la casa, alzó la vista y silbó al segundo piso, como si se tratara de un llamado a alguien que sabía estaría allí. Minutos después salió David casi corriendo. 

- Si amá, allá los veo – decía, antes de cerrar la puerta. 

- ¿Y dónde vamos a cenar? – preguntó Arturo, andando despacio por entre la gente que veía los puestos. 

- Pues a ‘onde fuimos la otra vez ¿O no? – le preguntó David a Angélica, quién aceptó asintiendo. 

- Joven, una rosa pa’ la muchacha – dijo un vendedor salido de la nada, poniendo en las narices de David una rosa fresca envuelta en el ya clásico plástico transparente. 

- A mí también deme una - dijo Arturo, sacando su cartera para pagar - ¿Apoco creíbas que te ibas a quedar viendo? – le dijo a Daniela, dándole la rosa – Nombre, si aquí a las mujeres se les regala más rosas que a la virgen en su día. 

Daniela recibió la flor apenada con el halago, mientras que Andrés y Sofía se separaron un poco de los demás para admirar las artesanías de madera en un puesto. 

- ¿...y tú guapo? – preguntó la empleada obesa de la fonda donde todos acordaron cenar aquél día. 

- Seis tacos de lengua con harto chile y una modelo bien helada – dijo David 

- Ahorita les traigo su orden – dijo la empleada, moviéndose ágilmente entre las mesas para no tirar ninguna con su trasero. 

- ¿Cómo me dijiste que se llama la hacienda de tu papá? – preguntó Sofía, tratando de reanimar la charla de horas antes y hacer que su hermano participara en ella. 

- “La herradura” – contestó Arturo – en el merito centro de Tequila, de hecho recibimos mucho agave de aquí – dijo. 

- ¿Y estudias o algo? – preguntó Andrés, en un tono que no le gustó a David por el gesto en su cara. 

- Mecánica Industrial, con eso de que trabajamos con pura maquinaria pesada, pos eso me viene como anillo al dedo. 

- ¿Y tú? – preguntó David, 

- Último semestre de bachillerato en administración – dijo, como si ese mérito fuera equiparable a curar el SIDA. 

Antes de que David dijera algo, los alimentos estuvieron frente a ellos gracias a la mesera obesa, por lo cual las únicas palabras que se cruzaron durante la cena eran para pedirse la sal o una servilleta. 

- ... y el paso de la muerte es brincar de un caballo manso a una yegua bruta cuando los dos andan en chinguiza alrededor del ruedo – explicaba Arturo – y todo es a pelo porque no se usa ninguna silla 

- Suena fácil – dijo Andrés, bebiendo de su refresco 

- Pos no te creas – comentó Arturo – mi tío Simón se cayó y se rajó la cabeza con el lienzo – Sofía y Daniela dibujaron una cara de terror, mientras que Angélica estaba acostumbrada a escuchar historias de gente que había perecido en su intento de dominar a un animal. 

- Que bonita flor – exclamó Sofía, al darse cuenta de que Angélica tenía junto a su mano la rosa que David le regaló - ¿Dónde la compraste? 

- Me la regaló David – dijo ella, mirando al chico a los ojos y acariciándole la mejilla 

- ¿Y por qué te la regaló? – preguntó Andrés con sumo interés en su mirada y sus palabras. 

- Pos porque es mi novia y porque se merece eso y más ¿Cómo la vez? – comentó David, en un tono en el que alguien retaba a una persona a demostrar lo contrario. 

- ¿Tú... eres novia de... éste? 

- Este tiene su nombre amigo – dijo David – y si, es mi novia ¿Algún problema o qué? 

Andrés no contestó, simplemente miraba a David con recelo y a Angélica con duda. Por el comportamiento de Daniela y de su hermana, sabía que le estaban ocultando la verdad de la que se había enterado. 

- ¡La cuenta por favor! – Exclamó, llamando la atención con su brazo – yo pago, total, para que puedas comprarle más flores a Angélica y no te quedes pobre – comentó son saña, poniéndose de pie – además, un hombre nunca queda en deuda con otro, y tómalo a cuenta del baile de ayer. 

- No pos si no te lo estoy cobrando – dijo David, tomando el dinero de la mesa y metiéndoselo a Andrés en la bolsa de su chaqueta – ha de ser re difícil estirar la manita pa’ conseguir dinero ¿O no cabrón huevón? 

Andrés quiso írsele a los golpes a David, pero Daniela y Sofía lo tomaron por los brazos, impidiendo que se encontraran, Angélica se puso delante de David y Arturo entre ellos para evitar un disturbio dentro del local. 

- David por favor cálmate, si te peleas con él van a regañarme y a ti también te puede ir mal - dijo Angélica con voz suplicante y ojos casi llorosos – vete a tu casa, nos vemos mañana ya que se calmen los ánimos. 

David no contestó, simplemente besó a la chica antes de salir seguido de su primo, quien empujaba a David por la espalda para evitar que regresara y le partiera la cara a Andrés. 

- Ya primo, total, ese méndigo presumido sabe a lo que se atiene si se quiere meter con tu novia... 

- ¡Pos sí, pero me da coraje de que no más porque él no hace nada y tiene más que uno cree que tiene el derecho de venir a chingar gente! – Dijo David, dándole un puñetazo a la pared que tenía enfrente, justo en la esquina de la casa de su abuela. 

- Ya primo... Usted sabe que la flaquita lo quiere, no le haga caso al cabrón ese, tiene envidia porque la Angelita lo prefirió a usted. 

David trataba de calmarse antes de que llegara a casa y notaran que estaba sobresaltado; su corazón latía con fuerza y su respiración aún era agitada, lo cual hizo que esperar fuera un rato antes de entrar. 

- ¿Y ora porqué tan temprano? – preguntó Doña Margarita extrañada al verlos entrar a la sala. 

- ¡Oh bueno güela quién la entiende! Si llegamos tarde: malo, y si llegamos temprano: malo. Ya decídase, y pa’ que vea que no andamos borrachos, mire, le hago un cuatro – Arutro se paró sobre un pie manteniendo el equilibrio, demostrando que por sus venas no corría nada de alcohol. 

- ¿Y tú que traes? – preguntó Don David a su hijo, al verlo con la mirada perdida y los puños cerrados. 

- Nada pa – contestó, cruzándose de brazos y recargándose en el marco de la puerta 

- A mí se me hace que si traes algo muchacho – dijo una señora en el fondo de la sala. Para sorpresa de David, la tía Cuca (así se les llama a las Marías del Refugio) estaba en un sillón en la esquina del a estancia – 

- Pues una bronca personal – dijo éste, para no quedarse callado ante el comentario de la señora. 

- Un vato quiso hacerlo menos frente a su novia – dijo Arturo, haciendo que las miradas de todos los presentes (madre, padre, tíos, abuela y visita) se posaran sobre él. 

- ¿A poco ya tienes novia? – Preguntó Estela sorprendida – ay mijo, te lo tenías bien guardadito. 

- Pos no tiene mucho tiempo con ella – dijo Arturo, como si David le diera autorización de hablar en su nombre. 

- ¿Y quién es la muchacha? – Preguntó Doña Cuca - ¿La conocemos? 

- ¡Pos como no la van a conocer! ¡Si es la hija del patrón de mi tío! – Exclamó Arturo. David sentía que la sangre que hervía debido a la cólera que sentía se le había helado de un solo golpe, sentía sobre su cara la mirada recia de su padre y la de orgullo de su madre. 

- ¿La hija del patrón es tu novia? – preguntó Don David, con una voz tan funesta que a todos le erizó la piel 

- Pues sí, le pedí que fuera mi novia y ella me dijo que sí – contestó, como lo había hecho a la misma pregunta que le formuló Andrés antes de su encuentro – con permiso, me voy a dormir, mañana voy a madrugar a seguir poniendo postes. 

David no miró atrás en su camino hasta su cama, sus padres ahora sabían con quién andaba su hijo, pero no sabía si eso iba a ser bueno o malo para él.