La mañana del jueves era como todas cuando los días de la fiesta de Estipac se celebraba: la gente se levanta pasadas las nueve de la mañana a desayunar, cuando habitualmente la mayoría del pueblo en días comunes y corrientes madrugaba a sus actividades del día.
En la cocina de Doña Margarita, un silencio caso mortífero se instaló sobre la mesa, en parte por la noticia de David y por otro lado el desvelo de algunos de los integrantes de la familia.
David notaba ciertas miradas sobre él desde que bajó de su habitación. Arturo había comprendido que metió la pata, el lo cual evitaba mirarlo a los ojos, su madre y su abuela esperaban a que dijera algo más de lo que dijo la noche pasada, pero su padre hizo que eso no sucediera.
- Ya nos vamos, vamos a ir a acomodar el lienzo que se cayó – dijo Don David, poniéndose de pie en la cocina. Cuando su padre hablaba en plural, David entendía que dejar de hacer lo que estaba haciendo para ir con él, fue entonces que tomó su sombrero y dejó se desayuno a medias para seguir a su padre.
Los traslados en la camioneta hacia los lugares de trabajo eran siempre amenizados por una plática donde se hablaba de la mejor forma de regar la caña, que herbicida regar para que la mala hierba no cubriera el maíz o qué tipo de ganado era apto para montar, comercializar o criar, pero en aquella ocasión el silencio era peor que un regaño para David: tenía el presentimiento de que en cada piedra que su padre acomodaba en el lienzo era una palabra o frase que buscaba para reprimirlo en cuanto terminara su labor.
- ¿Entonces es cierto que la hija del patrón es tu novia? – preguntó su padre, poniendo la última roca sobre el lienzo. David tragó saliva antes de contestar, sabía que no tenía caso mentirle a su padre cuando Arturo ya había soltado toda la verdad.
- Pos sí – contestó, devolviéndole la mirada a los ojos idénticos de su papá - ¿Qué, tiene algo de malo?
- ¿Don Cristóbal sabe que andas con su hija? – preguntó, tomando agua de una botella de refresco que rellenaban cuando salían a trabajar
- Pos no – contestó éste, pensando una buena razón por la que debería decirle al padre de Angélica que andaba con su hija.
- ¿y cuando piensas decirle?
- Pos no sé –contestó David. Si en verdad su padre quería que le dijera, es porque Don Cristóbal debería saber que entre su hija y el hijo del capataz había algo más que lecciones de equitación – Pues a ver cuándo – comentó, sentándose en la tapa de la camioneta - ¿A poco usté no se enamoró así de mi amá? –
- Pos sí... ¿Pero que ya te piensas casar? – preguntó Don David sorprendido
- ¡No apá! ¿Cómo cree? –Exclamó de inmediato - ¿A poco usté no sentía retebonito cuando besaba a mi amá cuando eran novios?
- No pos eso sí – Don David intercambió una sonrisa de complicidad con su hijo. Recordaba los tiempos en los que paseaba en caballo y su ahora esposa mentía a sus padres para salir con él a pasear por la cañada - ¿Tanto así la quieres?
- Uhh apá, ni sabe... Cuando me da un beso siento como que se me enchina la piel y en la panza las tripas me dan vuelta... ¿Así se siente estar enamorado? – preguntó temeroso, la palabra “amor” la consideraba inapropiada y cursi para un hombre con las manos labradas por el trabajo arduo y camisas bañadas en sudor día tras día.
- Pos más o menos – dijo Don David – Total, yo no te digo que no puedas tener novia, es más; está bonita la muchacha, pero eso sí... Tienes que hablar con Don Cristóbal pa’ que sepa tus intenciones con su hija.
David quedó en silencio una vez más, pensaba en la idea de decirle a don Cristóbal que Angélica era su novia desde hace días y por alguna extraña razón se aterraba, sentía miedo como pocas veces en su vida. Pensó en Arturo y la poca discreción que tuvo para con su familia, y después pensó en el presumido de Andrés; entonces cayó en la cuenta de que él estaba más cerca de Angélica y de su familia, fue entonces que se decidió hablar con el patrón aquella misma noche.
- ¡¿Cómo que no va a ir conmigo?! – preguntó sorprendido David al salir de la regadera en la habitación que compartía con su primo.
- ¡No primo como cree! Después de la metidota de pata de ayer ¿Cómo quiere que vaya a que le diga al apá de su flaquita que anda con ella?
- ¡Pos tú no vas a decir nada! – Dijo David, poniéndose los pantalones – No más te quedas calladito, calladito... No vayas a soltar otra babosada como ayer.
- ¡Pos yo no sabía que tus papás no sabían! – dijo éste
- ¡Pos se me había pasado! ¿O querías que primero le dijera a mis papás y luego fuera con mi chula a que me dijera que sí?
- No pos no... ¡Ta bueno pues te acompaño! No más pa’ que no digas que ando de ojete...
- También vas a ver a tu morra, no te hagas wey – dijo David - ¿A poco crees que no se nota que andas babeando cuando la vez?
- Andamos dijo el otro... – comentó Arturo – Ya vámonos, antes de que a mi güela se le meta la idea de mandarnos a misa.
Las ocho de la noche fueron recibidas por el repicar de las campanas de la iglesia y los cohetes a la salida de misa. Por la puerta trasera del templo la gente salía fluidamente hacía la plaza. Entre la multitud de señoras con rebozo, hombres con gorros en la mano y niños corriendo, Angélica sintió que la jalaban del brazo cuando caminaba lentamente hacia la plaza.
- ¿No entraste a misa verdad? – preguntó, al ver los ojos de David mirándola a los suyos
- No más no le digas a mi abuela – dijo éste – capaz que me agarra a cacerolazos y después pa’ que quieres.
- ¿Entonces qué hacen aquí? – Angélica notó que David no estaba sólo, sino que Arturo estaba a una distancia considerable de ellos.
- Pos vine porque quiero ver a tu apá – dijo sin rodeos, y sin dejar de acariciar la cintura de la chica.
- ¿A mi papá? – Angélica pensaba que no había escuchado bien entre el ruido de las campanadas en la torre, el murmullo de la gente alrededor y los cohetes en el cielo - ¿y para qué quieres verlo?
- Pa’ decirle que somos novios – dijo éste – Mis papás ya saben que eres mi novia, pero mi apá quiere que hable con el tuyo pa’ decirle que eres mi novia y de lo suertudote que soy.
Angélica no supo que decir, nunca había pensado en que dirían sus padres al decirles que ya tenía novio, que era David Montero, hijo de la mano derecha de su padre y que desde hace días no había dicho nada.
-¿Tons qué? ¿Vamos?
- Sí... si vamos – dijo ésta.
Las manos le temblaban al abrir el portón de la hacienda, donde los recibió un señor cubierto con un zarape que David reconoció como velador al darle las buenas noches. En su camino hacia la puerta de la casa las pesadas botas de David chocaban contra las piedras, haciendo imposible que su llegada pasara desapercibida.
Angélica abrió la puerta de la casa y entró seguida de los chicos, Arturo miraba a su alrededor la decoración de la casa: si bien mantenía un estilo clásico y antiguo con los pilares de piedra, equipales y lámparas de aceite con focos dentro, los sillones de la sala, la tele de plasma y varias mesas de cristal contrastaban en su toque moderno a la estancia.
- ¡Papá! - Llamó Angélica al piso superior, donde supuso que estaba su padre. Minutos después (que parecieron eternos) don Cristóbal apareció entre las sombras al pie del a escalera.
- ¿Qué pasó? – preguntó el señor a su hija, al verse acompañada de David y de un muchacho al que no conocía.
- Buenas noches señor – dijo David, tragándose el nudo en la garganta para que pudiera hablar.
- ¿Qué tú no eres el hijo de David Montero? – preguntó, invitando a los presentes a sentarse.
- Sí señor, yo soy...
- ¡Ah mira! Justo andaba buscándote pa’ que me ayudaras a regar la parcela de abajo del colomo, como bien dijiste en la caña se aprovecha más el agua del pozo y de la zanja... se ve que saliste igualito a tu padre pa’ trabajar en el campo.
- Gracias don Cristóbal, pero vengo a...
David se había animado a hablar cuando la puerta por donde entraron se abrió para darle paso a Mónica, la esposa de Cristóbal y a su hermano.
- ¡Papá llévame a los juegos! – gritó Javier, corriendo al regazo de su padre
- Pérate mijo, primero ve con Paz a que te dé de cenar y luego nos vamos a la plaza.
- Buenas noches – saludó Estela a los presentes, dándose cuenta de que no podía subir a la segunda planta sin que se notara su presencia fugaz.
- Buenas noches señora – dijo David – señor... le decía que vine a hablar sobre su hija.
Don Cristóbal se cruzó de brazos y lo miró con gesto serio, mientras que Mónica se detuvo a mitad de las escaleras con un pie a medio escalón – Cuando vi a Angélica por primera vez en la hacienda, me fijé en sus ojitos y en su carita rebonita... – dijo, miró a la chica y notó que sus mejillas se encendían, un gesto que siempre le gustaba. David se dio cuenta de que Mónica había dejado de lado el subir a las escaleras y que se acercaba hacia él como una serpiente se aproxima a una presa segura, sin embargo se mantuvo de pie junto a su esposo en el sillón de en frente - ... y pos desde entonces no puedo pensar en otra cosa, y quería que usté y su señora me dieran permiso de andar con ella como su novio.
La reacción de esas palabras en los padres de Angélica era mucho menos de lo que David se había imaginado: Estela se sentó rígida al lado de su esposo cruzando brazos y piernas, como si ella misma se contuviera de querer golpear a David mientras lo evaluaba de los pies a la cabeza, sin embargo don Cristóbal se acariciaba el bigote tal y como lo hacía cuando tenía frente a él un negocio importante o una decisión que tomar.
Arturo estaba sentado junto a David, y sin ser parte del asunto podía sentir la atmósfera de pesadez y nerviosismo del que su primo era víctima. Angélica trataba de evitar las miradas de sus padres, sin embargo, David sólo miraba a Don Cristóbal, ya que tratar de mantener contacto visual con su esposa era como mirar al sol.
- No pos... – Don Cristóbal no sabía que decir, en los asuntos de la hacienda su palabra era la última, pero en una decisión conjunta con su esposa, ella llevaba las riendas de la respuesta final - ¿Qué dices tú mija?
- Pues que sí... Que me encantaría ser su novia
- ¿Cuáles son tus intenciones con ella? – preguntó Estela, fijando su negra mirada en los ojos de David, quién dudaba si la señora había parpadeado desde que él habló.
- Pos hacerla feliz – contestó, como si la respuesta fuera más que obvia – tanto como ella me hace feliz a mí.
- Pos yo no veo nada de malo que sean novios ¿Tú qué dices? – Su esposa no contestó, seguía analizando a David con la mirada y sólo atinó a encogerse de hombros – Pues no se hable más – dijo, poniéndose de pie – No más ahí te la encargo mucho ¿Eh?
- No se apure don Cristóbal – dijo David, estrechándole la mano al padre de Angélica agradecido – yo se la voy a cuidar muy bien... ¿Quieres ir a la plaza un rato? – preguntó a la chica.
- Cena primero – dijo Doña Mónica, aún sentada y en posición defensiva – y después sales a la plaza.
Entonces te veo allá – murmuró Angélica
- Le dices a mi flaquita que allá la veo – dijo Arturo en voz alta, irrumpiendo el momento como si alguien gritara en un funeral.
- Pues... adiós... Digo, hasta el rato... – balbuceó David, haciendo un torpe movimiento con los brazos a su salida a la puerta. Tenía las inmensas ganas reprimidas de besarla, pero hacerlo frente a sus padres lo consideraba muy arriesgado –con permiso, buenas noches – dijo, antes de cerrar la puerta lentamente para salir.
- ¡Ve primo! Le dije que no iba a ser difícil y usté creyendo que el patrón lo iba a andar mandando a fusilar.
- ¡Ya ni me digas! Lo bueno es que Don Cristóbal ya me dio permiso de andar con mi chula, y así aquel cabrón se va aplacar de una vez.