Estaba de pie
como cada mañana a las 9 en punto. Frente a él tenía las puertas de cristal con
la tipografía y letras de la revista Vogue. Gente salía y entraba con gran
prisa cargando bolsos y paquetes sellados de una manera casi hermética.
Respiró hondo y
exhaló lo que le parecían las ganas de subir las escaleras, pero una fuerza
dentro de él le hizo mover un pie tras otro hasta traspasar lo que él
consideraba una cárcel de lujo. Dentro se podía escuchar el bullicio de
teléfonos que pedían atención, personas hablando en secreto y unos más en voz
alta confirmando una entrevista. Empleados corrían de un lado a otro empujando
tubos de metal con todo tipo de prendas y cajas de zapatos. Nadie lo notó al
entrar, una segunda edición era más pesada que la primera.
-
Cada una mejor que la anterior - susurró para sí, al ver
en tamaño póster la portada del número anterior colgada junto al
elevador.
Al llegar al
último de los 4 pisos que conformaban el edificio de la revista saludó a la
recepcionista y ésta le dijo:
- Buen
día señor, en un momento le hago llegar sus mensajes.
-
Gracias – era lo único que atinó a responder. Dejando la puerta
semi-abierta para que la recepcionista pudiera entrar.
Allí estaba él, sentado
sin nada que hacer, esperando recados de personas que no conocía pero que
estaban pendientes de cada decisión que tomaba.
- Llamó
el señor Jacobs para negociar su campaña de verano.
- De
eso se encarga el departamento publicitario.
- Lo
sé, pero él insistió en que me dirigiera a usted.
- Está
bien, ¿Algo más?
- El
señor Demarchelier mandó un catalogo para lo que será el especial de septiembre
– dijo pasándole un sobre amarillo sellado – Y por último Frida Gianini le
mandó la invitación para el desfile en Milán.
- Falta
un mes. ¿Por qué la prisa? – preguntó más para sí que para su asistente.
- Eso
es todo hasta el momento, dentro de unos minutos traerán lo reportajes para
poder conformar el libro principal y pueda elegir el número final del mes.
- Gracias
Rose. Puedes retirarte.
La semana de la
moda de Milán, el sueño de modelos primerizos y diseñadores emergentes. Para él
eran un martirio de lujo. Correr de una pasarela a otra era un acto obligado.
Estar en el Front Row de cualquier desfile era un privilegio, sin embargo
cruzar la ciudad en un lapso de una hora para poder asistir a estos eventos era
un verdadero fastidio.
Recordó a Rose y
se vio a sí mismo: comenzando con un pequeño escritorio abarrotado de papeles
donde nada tenía pies ni cabeza. Se recordó escribiendo un resumen de pasarelas
a las cuáles no había asistido y fiestas con las cuáles soñaba. Recordó su
primer sueldo y el trench de Carolina Herrera que compró con él. Recordaba a su
antiguo compañero de departamento. Recordó cuando vivió sólo por primera vez en
su nueva casa. Recordó a sus padres y su semblante cambió
drásticamente. Su padre trabajaba en una empresa metalúrgica, casi no se comunicaba
con él. Su madre se dedicaba al hogar y fue ella quién le inculcó el amor por
las letras escritas y leídas. Su padre aborrecía el mundo de la moda por decir
que no existía, que era un complot del mundo para sentir pobres a
los que poco tenían. Como hijo único le fue difícil desprenderse de sus padres
para viajar al extranjero con una beca. Dejar la vida del Bronx en Nueva York
para vivir el alboroto distinto de Londres. Una beca que le abrió las
posibilidades de un trabajo de medio tiempo y después de ser un asistente de
redacción de una revista de publicación semanal de chismes. Un puesto que
siempre detestó. Y desde que lo pusieron en la cima de Vogue para hombres ha
sabido dejar el pasado detrás para darle paso al futuro.
Estaba tan
exhorto en sus pensamientos que escuchó que llamaban a la puerta la segunda vez
que llamaron. Se levantó (como era su costumbre) a abrir y estaba Rose con los
brazos repletos de sobres de todos los colores, material empastado y una caja
con sobres con llamativas cintas, transparencias y listones.
- Éstos
son los reportajes, entrevistas y especiales editoriales para el libro de este
mes – señaló separando un gran número de sobres y encuadernados en un lado del
escritorio - Y éstas – señaló la caja poniéndola encima de los documentos
anteriores – son las invitaciones a la semana de la moda de Milán. Si necesita
algo más puede llamarme.
- Gracias
Rose – dijo, sorprendido con la cantidad de artículos que tenía por leer. –
Puedes retirarte.
Pasó la mayor
parte del día leyendo artículos de chicos que estudiaban periodismo en alguna
universidad, los reportajes iban desde el uso de cámaras solares para el
bronceado perfecto hasta la importancia de incluir pimientos y salmón a una
dieta balanceada. Descartó poco menos de la mitad de los reportajes poniéndolos
en una esquina alejada de su escritorio, y los demás los dejó a la mano para
llevárselos a casa. Llamaron a la puerta una vez más, era de nuevo Rose:
- Me
han llamado de los premios BAFTA pidiendo que confirme su asistencia – dijo
asomándose por la puerta –
- Diles
que ahí estaré, no sé para qué me invitan, pero es mejor no quedarmal con
nadie.
- Entendido
– dijo Rose cerrando la puerta y corriendo al teléfono descolgado.
Miró al reloj:
eran las cinco de la tarde. La alfombra roja comenzaba a las ocho, así que
tenía algo de tiempo que perder. Miró las invitaciones y tomó algunas:
Gazzarrini, Pringle Of Scotland, Jil Sander, John Richmond, Neil Barrett,
Alexander McQueen y demás. Todas con hora y fecha del evento, algunas con la
invitación a la fiesta después del desfile y boleto para una bolsa de
productos. Los volvió a poner en la caja junto con las demás, la caja la puso
sobre los reportajes elegidos, tomo su bolsa y salió.
- Rose
– dijo dirigiéndose a la recepcionista cerrando la puerta tras él – me voy,
tengo que prepararme para los BAFTA, y terminaré de seleccionar los reportajes,
si llega el resto de contenido para el libro puedes dejarlo aquí y lo revisaré
mañana, si llaman pide que dejen recados y si consideras que es algo importante
o urgente puedes llamar a mi teléfono. – Al ver que ella lo miraba concentrada
en memorizar todo le dijo: - Muchas Gracias Rose, si gustas puedes retirarte
pronto. Hará una linda noche hoy.
- Gracias
señor.
- Llámame
Alex – la corrigió - no he hecho nada para merecer tu respeto.
Salió hacia el
ascensor y el gigante reloj de pared digital le recordó la hora: tenía más de
dos horas y media para poner en orden todo lo que cargaba en sus brazos. Al
salir a la acera fría del edificio un taxi estaba en la calle, lo tomó y le
dijo el destino al chofer. De repente su teléfono celular sonó y tardó algunos
minutos en encontrarlo entre el barullo de papeles y cosas de su bolsa.
- ¿Sí?
– contestó, él nunca preguntaba quién llamaba -
- Disculpe
por molestarlo tan pronto – dijo la voz de Rose – Pero el señor Grint me llamó
para ponerse en contacto con usted justo cuando salió de la oficina, ahora me
pide que le pase su número celular o algún medio por el cual contactarse.
- ¿Qué
señor Grint? – preguntó extrañado, mirando hacia atrás el cristal del auto como
si fuese a ver a alguien corriendo para detener el taxi.
- El
señor Rupert Grint – contestó Rose – dice que es con un evento relacionado a
esta noche.
- ¿Esta
noche? – Volvió a preguntar Alex, con el ceño fruncido y un leve dolor de
cabeza.
- Sí,
el también está invitado a los premios BAFTA, de hecho será presentador de un
galardón.
- Bien,
llámale y dale mi número celular, que me llame en cuanto pueda. Y gracias de
nuevo.
- Hasta
luego señor.
Alex había
cerrado el teléfono antes de que su secretaria colgara primero, nunca le gustó
pensar que había alguien para servirlo, él consideraba que “nadie en la empresa
está por encima de los demás, todos los trabajadores de todas las áreas son
parte importante de esta estructura organizada”, le gustaba bajar a comprar un
café ocasionalmente y tratar el mismo sus llamadas.
Bajó del taxi y
al dirigirse a la puerta de su casa sonó su teléfono de nuevo:
- ¿Sí? -
contestó, teniendo problemas para encontrar las llaves en su bolsa sin dejar
caer los documentos que cargaba –
- ¿Alex?
– le contestó una voz familiar – Soy yo, Rupert.
- Lo
temía – dijo él - ¿A qué se debe tu llamada? – dijo, dejando los documentos
sobre una cabina telefónica cercana para poder buscar más a fondo.
- Bien,
como te dijo tu asistente, también asistiré a los BAFTA como presentador…
- ¿Y?
– lo interrumpió, encontrando por fin las llaves de su casa.
- …
Que si tengo que presentar un premio tengo que verme bien, sabes que si sólo
asistiría o sería nominado me daría lo mismo, pero necesito ayuda con esto.
- ¿Y
el punto es…? - Dijo tomando sus cosas de encima de la cabina telefónica y
entrando al pasillo de su casa que daba directo a la sala de estar.
- Necesito
tu ayuda. ¿En dónde estás? – preguntó son algo de interferencia en el fondo de
la comunicación.
- Acabo
de llegar a mi casa – contestó dejando los documentos en la mesa de centro y
tirándose en un sillón - ¿En serio es tan importante para ti?
- Sabes
que sí – dijo -¿Cuento contigo?
- Bien,
es algo precipitado y de última hora, así que no tenemos tiempo de ir a comprar
algo a esta hora – dijo mirando el reloj de pared, que marcaba las 6 de la
tarde – Quizá tenga algo para ti en mi armario y luego pensamos en invertir más
que en camisetas Lowcost.
- ¿En
dónde vives? – preguntó Rupert del otro lado de la línea.
- En
la calle Newman número 45, esquina con Oxford. Al norte del Picadilly.
- Voy
para allá… Y muchas gracias por esto. De verdad.
- Sí,
como sea date prisa.
A los quince
minutos el timbre de su casa sonó, estaba terminando de cambiarse y bajó
descalzo a ver quién era, esperaba a Rupert pero pensó que era muy
temprano para que cruzara el tráfico londinense. Al abrir la puerta se topó con
uno de los choferes y mensajeros con los que contaba Vogue, y entregándole un
paquete sellado le dijo:
- Señor
Davis, le traje el libro de la edición próxima. Estuvo listo en cuanto dejó la
oficina. Que tenga un buen día.
- Gracias
– le dijo sosteniendo el paquete con la mano que no tenía el envase de yogur.
Le había sorprendido gratamente que alguien supiera su apellido y que lo
nombraran con tal.
Desgarró el
papel color blanco que conformaba la envoltura y vio un folder con un grosor
considerable. Frente a él tenía la elección de los reportajes, la publicidad,
los artículos y la portada de lo que sería una edición más que daría la vuelta
al mundo. Una vez más sonó el timbre de la entrada y maldiciendo por no subir a
ponerse unos zapatos corrió a abrir, allí estaba Rupert con una pequeña maleta
deportiva bajo el brazo, y Alex haciéndole una invitación a que pasara le
preguntó:
- ¿Haces
yoga antes de salir a un evento?
- ¿Y
acaso tú vendes biblias? – dijo tomando el pesado volumen de la mesa - ¿Qué es
esto?
- Eso
es 5 veces lo que será la edición del próximo mes, más de la mitad se devolverá
a los dueños de artículos y revistas.
- ¡Woow!
¿Cómo sabes que se queda y que no? – preguntó extrañado, dejando su maleta de
lado y sentándose en el sillón del lado derecho.
- Se
elige una temática desde el principio, sigo esa línea y lo que no cuadra se va.
Así de simple. Ahora a lo que viniste. ¿En serio no has tomado una revista
entre tus manos?
- Si
te vas a burlar de mí todo el día mejor me voy.
- Perdóname,
es que es imposible que alguien como tú me pida consejos así.
- Bien
como sea… traje algo de ropa interior limpia, soy demasiado listo para pensar
en eso. Si me permites después de ver que tienes preparado para mí usaré tu
ducha.
- Sígueme
– le dijo Alex, tirando el yogur a un cubo de basura y subiendo unas escaleras
que estaban en un pasillo detrás de la sala. – Algo oscuro porque será de
noche, algo liso porque es primavera y algo slim por tu silueta – murmuraba
para sí.
- ¿Porqué
tanto misterio eh? – preguntó desconfiando.
- Olvídalo
– entraron a la habitación de Alex y éste se dirigió al armario, que Rupert
pensó sería un mueble normal como todos, pero al abrir las puertas notó que su
amigo se adentró en él haciéndole una seña para que lo siguiera – Esto antes
era medio baño – explicó – pero con una remodelación se ha convertido en algo
más funcional.
Era una
prácticamente una habitación más pequeña que el dormitorio principal, era color
blanco con estanterías donde había corbatas, zapatos, guantes, pajaritas y
accesorios como lentes, fedoras y bufandas y un aparador con mancuernillas.
- Esto
es sorprendente – murmuró Rupert.
-
Camisa blanca – dijo sacando una camisa de botones transparentes –
blazer cruzado de solapa estrecha – dijo sacando un saco gris con costuras
negras – y pantalón negro –abriendo un cajón sacó un pantalón de corte recto y
lo puso todo sobre la cama saliendo del armario – el baño está en la puerta de
enfrente, esperaré abajo trabajando en el próximo número, cualquier cosa que
necesites tómala con confianza… - iba bajando las escaleras cuando se giró y
dijo – excepto mis abrigos, esos son intocables.
Esperando en la
sala pasaron 30 minutos, algunos artículos descartados, correcciones en
titulares y hojas arrancadas Rupert bajó con la ropa puesta pero descalzo.
- No
sé cómo puedes sentirte bien estando tan apretado –
- Eso
o no estás en tu talla querido amigo – se burló Alex – creo que unos zapatos
sin cintas serán lo mejor – subió corriendo a su habitación y regresó con unos
zapatos de gamuza negros y calcetines – póntelos, si te sientes cómodo
adelante, si no sal a comprar unos de tu medida.
- Están
bien – dijo Rupert calzando los zapatos – no sabes cuánto te agradezco esto.
- Si
como digas, ahora quítate todo, falta más de una hora y si manchas algo lo peor
que puede suceder es un asesinato – dijo subiendo las escaleras – me ducharé y
prepararé todo para irnos. Puedes ver televisión, tomar comida de la cocina,
escuchar música, con confianza.
- Gracias
– dijo Rupert tomando el control de la televisión.
Media hora
después bajó con unas bermudas y una camiseta a rayas, encontró a Rupert
tomando refresco y mirando detenidamente el librero:
- ¿Has
leído todos estos libros? – preguntó al ver que bajaba despacio secándose el
alborotado cabello.
- Obvio.
Si no, no estuviera presumiéndolos en mi sala.
- Una
pregunta: ¿Quién mezcla a General Fiasco y One Night Only con Dusty Springfield
y Cliff Richards? – preguntó conteniendo una carcajada.
- Es
mi placer culposo – respondió.
- Una
pregunta más: ¿Irás a todas esas fiestas? – señaló la caja que estaba en la
mesa del centro que contenía las invitaciones a los desfiles.
- No,
sólo a las pasarelas. – dijo dejando la toalla en las escaleras.
- ¿Estás
mal del cerebro? ¿Sabes cuantas top models estarán por allí sin novio? –
preguntó Rupert frenético – Por cierto, no sabía que leías más revistas, viejas
por cierto, aparte de Vogue, las encontré en el revistero del baño.
- Si,
supongo que te viste en la portada de la revista Attitude – resopló con
disgusto y añadió – Esa revista se come nuestras sobras, no lo tomes a mal,
pero los reportajes rechazados son una opción principal en esa publicación.
- Llamé
para que nos mandaran un taxi – dijo Rupert ignorando ese comentario.
- ¿Qué
no iremos en tu auto? – preguntó Alex extrañado.
- Como
dijiste tengo mal gusto, y llegar en algo que parece robado de un campo de golf
sería un desastre.
- ¿Nos
vestimos ya? Quiero terminar con esto de una vez.
Después de media
hora más tarde el taxi estaba fuera de la casa de Alex, los dos bajaron a la
planta baja vestidos elegantemente, Rupert en una gama de grises y Alex en un
negro total con corbata blanca. Subieron al taxi y tras calmar al taxista tras
un ataque de nervios debido a que había conocido “al pelirrojo que sale con el
mago”, emprendieron el camino hacia la ceremonia.
Llegaron a la
alfombra roja de los BAFTA que reconocieron fácilmente por la cantidad de
tráfico que había adelante, los flashes cegadores de los camarógrafos y el ir y
venir de personas con un chaleco y gafete que reconocieron como del quipo
técnico. Al llegar su turno un miembro del staff los reconoció y dijo:
- Ustedes
pasarán por la alfombra roja, ¿Verdad? – y sin esperar respuesta abrió la
puerta y agregó: - no pueden llegar en un taxi, una limosina está vacía,
subirán a ella y bajarán cuando alguien les abra la puerta – Alex no alcanzó a
escuchar mucho por el barullo que tenía lugar afuera, pagó al taxista
emocionado por transportar a una celebridad y marchó en reversa.
Subieron a una
limosina por la puerta trasera de lado izquierdo, avanzaron escasos 20 metros y
los flashes les derretían las pupilas, abrieron la puerta y Rupert bajó
primero: las cámaras se cernían sobre él de pies a cabeza, avanzó hacia el
extremo de la alfombra roja y entendió que le daba tiempo a Alex para que
bajara y no supieran al instante que habían llegado juntos. Rupert daba algunas
entrevistas cuando Alex avanzó frente a las cámaras, menos de la mitad de los
fotógrafos se enteraron de su aparición, pero después un murmullo general se
extendió entre los medios de prensa: George Craig aparecía al inicio de la
alfombra roja saludando a los medios. De repente los fotógrafos comenzaron a
pedir una foto de los tres juntos.
- ¡La
trinidad se ha juntado en los premios BAFTA! – vociferaba una conductora que
hacía transmisión en vivo para la televisión.
- -
¿La qué? – preguntó Alex a Rupert, que había llegado antes a él que George –
- ¿La
trinidad? ¡Eso es imposible! – Murmuró Alex.
- ¡Una
más! ¡Una más! – Gritaban los medios, tomando todos los ángulos posibles.
Después de dejar
los flashes marcados en las retinas y la quijada adolorida por una sonrisa
forzada por más de dos minutos, llegaron a la recepción del evento. George fue
dirigido a una mesa donde lo estaban esperando los demás miembros de la banda
que se adelantaron al soundcheck. A Rupert la arribó una organizadora
diciéndole que los presentadores tenían una mesa reservada y un chico le señaló
a Alex su lugar. Compartiendo mesa con Alexa Chung y demás socialités e it
boys que no conocía.
La noche
transcurrió con normalidad: ganadores, nominaciones y chistes malos. Después de
que los conductores del evento despidieran a la audiencia Rupert se acercó a
Alex y le preguntó al oído:
- ¿Te
quedarás a la fiesta? George se quedará un rato y la verdad me duele la cabeza
para soportar un minuto más aquí.
- Buscaré
a alguien que nos llame un taxi – dijo Alex, buscando a un miembro del staff
técnico para que lo atendiera.
Minutos después
salían por donde terminaba la alfombra roja y descubrieron que una torrencial
lluvia se había cernido sobre ellos.
- El
taxi está listo señor – dijo uno de los edecanes que abrían las puertas de las
limosinas, señalando hacia el otro extremo de la acera.
Salieron
corriendo lo más rápido y cautelosamente posible para llegar al taxi.
- Al
45 de Newman Street a la altura de Oxford Street dijo Alex.
- Demonios
– exclamó Rupert – siento mucho lo de tus zapatos, te los pagaré en cuanto
llegue a tu casa.
- Eso
es lo de menos. Al parecer tendrás que quedarte allí, no podrás conducir con
esta lluvia.
Llegaron a casa
de Alex y tras dejarle al taxista unos billetes medio húmedos entraron a la
casa completamente mojados.
- Subamos,
te prestaré algo para que puedas dormir o te enfermarás horrible.
- Lamento
ser mucha molestia, primero tu ropa y luego esto…
- No
es ninguna molestia, al contrario. Me alegra pensar que confíes en mí para este
tipo de cosas tan importantes que son para ti. ¿Quieres cenar algo? Tengo
fruta, cereal y leche. Lo suficiente para la llegada del apocalipsis.
- No,
gracias. Si me permites el sillón de la sala me espera para descansar.
- De
eso nada. El cuarto de huéspedes está al fondo, la puerta a la derecha del
baño. Es algo pequeño, pero con una cama ningún sitio es despreciable.
- Lamento
haber sido una carga, en serio.
- Deja
de decir eso. Sabes que no eres una carga para mí.
- Gracias…
- Estaba por entrar al dormitorio de huéspedes, giró sobre sí y preguntó: -
¿Sabes a que se referían con eso de “La Trinidad”?
- Verás
– dijo Alex apoyándose en el marco de la puerta – en los años noventa había
tres top models que conquistaban todas las pasarelas y acaparaban todas las
portadas de revistas – explicó – Naomi Campell, Linda Evangelista y Christi
Turlington eran lo máximo en los desfiles de moda, todos las querían en una
alfombra roja, e incluso declaraban que por menos de $10,000 dólares no se
levantaban de la cama. Y como verás el titular de “Los hombres del futuro” no
ayudó mucho esta noche. Supongo que es no lo que nos quieren convertir ahora. -
cerró los ojos fuertemente y dijo entre un bostezo: - Hasta mañana. – Entró a
su dormitorio y cerró la puerta tras él.
Después de dos
años de vivir en un país tan excitante como Inglaterra nunca había sentido un
sentimiento de compañerismo tan grande como que el tenía hacia Rupert. Una
persona que emanaba sencillez en su forma de ser a pesar de su fama mundial. Se
tiró en la cama cerrando los ojos, deseando que el día de mañana llegara con
más tranquilidad, pero sin saber que los flashes de esa noche serían el
detonante de una bomba que los medios de prensa estaban dispuestos a hacer
estallar.
En este capítulo quise enfocarme
más a la presión de la que Alex aún no es consciente en su cargo, como verán se
habla del concepto de la trinidad, sin embargo, estos tres personajes carecen
de muy poco peso (juntos) para llamar la atención de la prensa. En cuanto a la
cercanía de Rupert, necesitaba que Alex pudiera confiar en alguien desde que no
lo ha hecho en muchos años.