- ¡Vamos Charles! ¡Esas latas de aceite no van a apilarse solas! – gritó su padre desde el interior de la tienda, donde su hijo miraba con impaciencia hacia el fondo de la calle. El chico resopló con desdén y cada una de las latas de aceite fueron encontrando su lugar en el alto estante en la tienda de refacciones, sus manos manchadas del material industrial eran testigo de otro día de verano, uno más expendiendo refacciones de automóvil en lugar de disfrutar los rayos del sol junto al Támesis.
Tras salir de la ducha y tirado en la cama de su habitación, miraba en la pared las fotografías que había recortado de las ediciones anteriores de Vogue: veía a Eric Saade con un impecable traje de Salvatore Ferragamo, a Seth Lakeman con colorido conjunto de Canali y a Fyfe Dangerfield con un pulcro atuendo de Roberto Cavalli. Sus ojos se detuvieron en el número anterior de Vogue sobre un improvisado escritorio: la portada brillaba bajo el sol en contraste con el montón de papeles y tareas hechas en el verano, recordaba el reportaje de sandalias y calzado para el verano y se odio a sí mismo por muchas razones: por tener los pies muy largos como para llevar uno de esos ejemplares, de no tener dinero para poder adquirir unos y por ambas razones por ser las detonantes de no aparecer en la revista más importante del planeta. Caminó descalzo hasta su armario y se puso una camiseta de las primeras que encontró (las más percudidas y rotas las guardaba para el trabajo en la tienda de su padre, mientras que las más decentes las llevaba a la universidad) y se tiró de nuevo a la cama. Donde un grito de su madre lo hizo abrir los ojos de nuevo.
- ¡Charlie! ¡Te buscan en la puerta! – vociferó su madre desde el piso de abajo. Charlie se levantó con desgana de la cama y caminó descalzo hasta la puerta de la casa, donde se encontró con un chico de ojos azules con gesto perezoso:
- ¿Eres Charlie? ¿Charlie Glyde? - le preguntó, mirando el nombre en la tarjeta de un paquete de considerable tamaño.
- Sí, soy yo... ¿Quién eres?
- Trabajo para Condé Nast – contestó el chico sin temor de ocultar un bostezo – firma aquí y continuemos con nuestras vidas ¿Entendido? – Éste le extendió un formato en donde Charlie escribió su nombre de conformidad al recibir el paquete – bien, hasta luego Charlie – dijo, caminando hacia el vehículo que lo había llevado hasta ahí, donde un hombre casi inmóvil lo esperaba con su pulcro uniforme de trabajo.
Charlie subió a su habitación y se arrojó a la cama con el paquete en manos, nunca había recibido nada tan grande por correo, excepto la vez que su abuela le envió una chamarra desde Gloucestershire por su cumpleaños.
Al abrir la caja su corazón dio un vuelco como el que cada mes sentía al ver la nueva portada de Vogue, sin embargó, notó que era mucho embalaje para contener solamente una revista de modas. Debajo del ejemplar, observó una delicada hoja de papel con el membrete de Vogue, fue entonces cuando experimentó lo más parecido a un infarto al ver su nombre escrito en él.
Sus dedos no le respondían, su mirada se perdía en aquella firma que visualizaba cada mes en la revista y en el logotipo. No era posible, era prácticamente imposible que el editor en jefe más importante del mundo se dirigiera a él habiendo miles, incluso millones de personas que deseaban llamar su atención. Rápidamente buscó en el paquete y ahogó un grito de sorpresa: dentro de la caja había un traje azul que había visto en el número anterior, lo recordaba a la perfección: Simon Nessman en un hotel histórico de México, Charlie trataba de recuperar el ritmo de su respiración cuando notó que debajo del traje había unos zapatos que combinaban a la perfección.
- ¿Crees que le guste? – preguntó Alex, conduciendo de vuelta a casa
- Sin duda alguna – contestó Chris
- Creo que hicimos lo correcto
- Lo hiciste bien, viejo.
- Creo que hicimos lo correcto
- Lo hiciste bien, viejo.
